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Sigur Rós – Valtari

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Es difícil definir lo que consideramos –casi- indescriptible. El constante estado de experimentación, de esquemas existentes pero invisibles, de retratos irrepetibles, hace de las palabras una mera justificación de la cual aferrarnos para convencernos que algo estamos sintiendo. Y que, por tanto, seguimos vivos. Así podría delimitarse el territorio por el que transita el nuevo larga duración de Sigur Rós, llamado “Valtari”. Un espacio infinito, del que un segundo se transforma en la eternidad creada por cada uno de los sonidos que concibe Jónsi y compañía.

Juzgar canción a canción, por separado, podría parecer un ejercicio absurdo, debido a la conceptualización que existe tras el disco. Porque los casi 55 minutos de duración de “Valtari” valen como un todo: el relato de una sola y gran historia, distinta para cada uno de nosotros. Entre barcos que vuelan sobre un océano verde o siluetas misteriosas que utilizan la luz de sus bengalas, tras la lluvia o la nieve, para entregarnos mensajes en clave Morse.

Sin embargo, es posible, y comprensible también, abstraer extractos de este cuento, como distintos capítulos, a través de canciones como “Varúð” que, entre guitarras distorsionadas y coros celestiales, pueden hacernos volver a la vida o sumirnos en la desesperación, convirtiéndose en la representación más cruda, y más humana, de un faro que ilumina el camino, ya sea éste correcto o desacertado. O lo desolador que puede sonar el orfeón tras “Ég Anda”, por más elementos que se vayan agregando a la composición.

Pero no sólo está el paso hacia el desastre. Porque la ternura contenida tras “Rembihnútur” es innegable, que tras un poco más de cinco minutos, se transforma en un apacible consuelo llamado “Dauðalogn”; tanto como una atmosférica canción de cuna en “Varðeldur”, donde el coro incansable se esfuma tras cada nota, como si fuera el alma del piano la que se va evaporando; un alma que se cristaliza gracias al arco de “Fjögur Píanó”. Condensándose todo en la canción que da nombre al disco, en la que no hay estructura concreta, sí un sinfín de matices que conviven entre el islandés, el vonlenska, los violines y el piano de “Ekki Múkk”, quizás el viaje más maravilloso de “Valtari”.

“No queremos decirle a nadie cómo tiene que sentirse al escucharnos o cómo tiene que interpretar las canciones”, explicó la banda en una oportunidad. Así, cada uno podrá construir su propia historia tras “Valtari”. Y eso es lo mejor de este trabajo. Que en tu cabeza no se repetirá siquiera una sola imagen, cada vez que lo vuelvas a escuchar.

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Waxahatchee – “Saint Cloud”

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Saint Cloud

Poniendo a descansar las melodías rockeras de su último álbum, “Out In The Storm” (2017), Katie Crutchfield se arma de los elementos característicos del folk y americana para enfrentarse a su etapa más vulnerable. Con un acercamiento más cálido e íntimo, “Saint Cloud” se presenta como un clásico contemporáneo del género. A través de su carrera, Crutchfield ha sido capaz de moldear el sonido de sus guitarras para representar las emociones detrás de sus canciones. Desde sus composiciones lo-fi (American Weekend”, 2012), pasando a un rock más pulido (“Out In The Storm”), hasta llegar a su disco más country, donde las melodías son tan dulces como confrontacionales.

“Oxbow”, la pieza inicial, es una vulnerable y altisonante apertura, un juego entre géneros musicales que deja al oyente adivinando qué es lo que se avecina. Líricamente, retrata el primer paso del viaje de sobriedad de la cantante, capturando los temas de adicción y codependencia en un esperanzador estribillo. “Can’t Do Much” aclara de mejor manera la gama sonora que presentará el disco, donde la voz y las cuerdas presentan los elementos característicos del americana. Si bien, en el corazón de sus discos el folk siempre ha estado presente, es en sencillos como este donde queda claro que aquí abraza el género completamente.

Sin embargo, el espíritu del americana no se encuentra sólo en las melodías del álbum, ya que este está construido como un mapa de los lugares que inspiraron cada canción presente. Algunos de estos son claros, como “Ruby Falls”, una cascada en la ciudad donde reside su gemela; un oscuro y acústico corte sobre la adicción a los opioides y sus efectos, siendo un ejemplo del combate temático y sonoro presente en el disco, entre lo esperanzador y lo descorazonador. “Arkadelphia” –una carretera en su natal Alabama– es una visita a su adolescencia, donde las cuerdas logran trazar una nostálgica melodía que ayuda a adentrarse en el flashback que relata. Y es que los espacios y la significancia de estos siempre han sido relevantes en el proyecto, desde su mismo nombre, Waxahatchee, un arroyo en su ciudad nativa, y Crutchfield siempre ha llevado sus orígenes en ella.

Los sencillos que se desprenden de “Saint Cloud” son algunas de las piezas mejor logradas de su carrera. “Fire” es un himno de autoaceptación; un diálogo interno donde cada palabra es de aliento para sí misma y para cualquiera batallando una adicción. Sin dejar jamás el espíritu country, es el acercamiento más prominente a una canción rock, con una pegajosa melodía que es alentadora como conmovedora. “Si pudiera amarte incondicionalmente, podría planchar los bordes del cielo más oscuro, para una compositora que temía escribir estando sobria, estas son algunas de sus líricas más importantes. “Lilacs” es un confesionario corte donde la artista lamenta la dependencia de un otro, un clásico atemporal donde las cuerdas y su voz muestran el progreso después de todos estos años, donde ya no tiene miedo de llenar cada espacio en el que se presenta.

Waxahatchee lleva sus influencias en la manga, asegurándose de no sonar como un tributo y logrando sacar una sonrisa al recordar un sonido que ha traspasado las barreras del tiempo. Reminiscente es el falsete presente en “Can’t Do Much” o “Lilacs”, que por un segundo emocionan al pensar en Joni Mitchell o las melodías presentes en “Hell” o “War”, que de seguro serían aprobadas por Bob Dylan. En un género con tantos clásicos como lo es el folk, la cantautora no se queda en el pasado, sino que lo estudia para su presente.

El track final, “St. Cloud”, inspirado en la ciudad donde nació y creció su padre, es una delicada pieza acústica con una desnuda interpretación vocal, dándole cierre al recorrido por las ciudades que conforman su trayectoria. Pero no sólo los lugares, sino que las personas presentes en estos: su hermana, sus padres, sus amistades, su versión adolescente e incluso David Berman, quien recibe un tributo a su nombre. Al finalizar, es claro que en “Saint Cloud” Waxahatchee ha presentado su disco más liberador y quizás el más importante de su carrera. Sin grandes decoraciones, ahonda en lo más profundo de sí misma, visitando los momentos que la hicieron ser quien es mirando hacia un futuro prometedor, con un clásico entre sus brazos.


Artista: Waxahatchee

Disco: Saint Cloud

Duración: 40:06

Año: 2020

Sello: Merge


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