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Shame – “Songs Of Praise”

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Pocas veces tenemos la fortuna de presenciar el nacimiento de una gran banda de la mano de su primer larga duración. Dentro de aquella selecta lista encontramos a Shame, parte de ese siempre anhelado recambio del rock inglés. En colaboración con Nathan Boddy –quien ha trabajado junto a Gary Numan– y Dan Foat en producción y mezclas, la propuesta musical del quinteto londinense deja aflorar toda la influencia que inculcaron en ellos agrupaciones que brillaron en la década pasada dentro de las islas británicas (nombres que ya son clásicos contemporáneos, como Arctic Monkeys o Interpol). De esta colaboración nace un álbum grandioso de principio a fin, que ya empieza a posicionarse en las listas de lo mejor del año con argumentos de sobra.

Las canciones tienen su precio y se lo toman a pecho; si el tiempo es dinero, no hay segundo por perder, y eso significa arrojar toda la caballería desde un comienzo. Esa es la sensación que nos invade en “Songs Of Praise” al escuchar “Dust On Trial”, con guitarras estridentes y vertiginosas, que amenizan el magistral fraseo “Just – One – Step – Closer to me”. Cargado hacia el post-punk, “Concrete” es un tema que juega con la velocidad de los instrumentos y la pacífica interpretación vocal de Charlie Steen, quien explota en un potente coro vociferando: “Tengo esperanza de que me escuches”, y vaya que se hace escuchar. Por su parte, “One Rizla” nos hace disfrutar a la vez que nos preguntamos cómo lo hace una banda de pubs para sonar como cabeza de cartel de festival europeo. Las guitarras pegajosas de Sean Coyle-Smith y Eddie Green junto con un potente coro, son elementos suficientes para aseverar que este es uno de los mejores tracks del álbum.

En “The Lick” escuchamos la sensual voz de Steen –quien se empieza a candidatear como uno de los grandes frontman de la década que está por llegar–, mientras el bajo de Josh Finerty repite una y otra vez un riff hipnótico, armonizado por las guitarras. Acá la banda nuevamente aplica la fórmula de los coros potentes y bien delimitados. “Tasteless” y “Donk” siguen el cauce de lo que hasta ahora hemos logrado apreciar. El primero, es un tema cargado en reverberaciones que cuestiona a todos aquellos que señalan que las guitarras ya no tienen cabida en el rock. El segundo, un poco más agresivo que su antecesor, presenta a un descomunal Charlie Forbes golpeando sin parar la caja de su batería. Luego de esa exuberante demostración de energía, nos encontramos con otro de los grandes momentos del álbum. “Gold Hole” es de esos temas llamados a ser uno de los himnos de la banda, gracias a un potente coro que repite una y otra vez “shake me up, shake me up”. Además, las variaciones de intensidad y el caos del final son sin duda increíbles.

Un poco más calmada, “Friction” muestra la buena dupla que realizan los guitarristas. Además, acá se logra apreciar una especial conexión con el britpop gracias a las psicodélicas segundas voces de los coros, entregando un aura de armonía mucho mayor que en otros tracks. Llegando al cierre, “Lampoon” ofrece un punk más clásico, totalmente británico, que desborda una gran cantidad de energía, entre bailable y aguerrida. Como punto final, “Angie” cierra con serenidad el excelente debut de Shame. Con buenos quiebres, además de un pulcro juego melódico entre diversos timbres vocales, esta última canción nos enseña que la banda da para explotar diferentes variantes de su género.

Quién no quisiera debutar con un álbum como este, sin puntos bajos, totalmente redondo. Hay una predominancia de temas de estructuras sencillas, pero con grandes arreglos y, no menos importante, con un sentido melódico contagioso que se agradece. A su vez, esas notorias cuotas de oscuridad y pinceladas de violencia le entregan versatilidad de colores al relato. Por otro lado, hay un constante dialogo con la tradición indie británica, lo que significa rememorar viejos estandartes, como Gang Of Four o The Stone Roses, bandas que se dejan sentir, pero sin opacar el sonido de los oriundos de South London. ¿Alguien quería recambio? Acá está. Negarlo debería avergonzarnos y no hay por qué hacerlo.


Artista: ShameSongs Of Price

Disco: Songs Of Praise

Duración: 44:55

Año: 2018

Sello: Dead Oceans


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El Álbum Esencial: “La Voz de los ’80” de Los Prisioneros

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La Voz de los 80

Jorge González dijo una vez que el primer disco de una banda toma mucho tiempo porque el proceso parte desde que naces hasta que cumples edad para grabarlo, mientras que para el segundo sólo cuentas con un par de meses debido a la presión del sello. “Corazones” (1990), en rigor el primer trabajo de Jorge como solista, goza de un sonido pulcro y de una genialidad compositiva totalmente atemporal, “La Cultura de la Basura” (1987) cuenta con atisbos de experimentación y materializa el virulento sarcasmo social de la agrupación, y “Pateando Piedras” (1986) representa el cénit creativo del grupo produciendo un trabajo de alta calidad, que los posicionó como un suceso de masas. Pero es “La Voz de los ’80” el que encapsula esa energía primal, rudimentaria y cruda, que rompió con todo lo establecido como signo de una catarsis a nivel nacional en un país sumido en una gris dictadura.

Son diez cortes nacidos en la adolescencia de tres jóvenes de San Miguel que aplanaban las calles de la capital chilena entre interminables conversaciones sobre la música y su entorno. Nacieron como una banda de colegio, tocando en festivales escolares muchas veces con instrumentos prestados, sin embargo, su equipamiento más valioso eran sus canciones, creaciones que son la consecuencia de una mezcla ecléctica entre lo mejor de la música juvenil de la época, léase The Cars, Depeche Mode, New Order o The Clash, con la tradición auditiva de cualquier casa de clase media, como Raphael, Camilo Sesto o Salvatore Adamo. La sensibilidad pop con la aspereza del rock al servicio de letras inteligentes, llenas de sarcasmo, que se derraman en un disco que en la actualidad parece un compilado de grandes éxitos.

La capacidad que tuvo Claudio Narea, Jorge González y Miguel Tapia para retratar a su generación, el momento político y la cultura pop, es el gran valor que hace a este disco permanecer en el tiempo. La juventud que aparece en “Brigada de Negro”, esa que nada en alcohol y tabaco, es casi tan difusa como la sombría línea de bajo de González que serpentea por toda la canción, mientras Narea marca el ritmo con sus acordes y Tapia promueve una batería marchante, que narra la hipocresía juvenil de una felicidad hedonista que difícilmente era la realidad de la clase media asolada por la política neoliberal de los Chicago Boys. Parte de esa atmósfera aparece en “La Voz de los ’80”, canción que remece con la energía rabiosa de un trío que se quería comer al mundo desde el primer momento. A pesar de que cada obra esté anclada a su época, lo importante es cuando esta trata temas tan universales que se van repitiendo generación tras generación.

El primer larga duración de Los Prisioneros es un disco que siempre será joven, porque refiere a los temas que vive cada chiquillo o chiquilla desde que esta etapa de la vida humana emergió como una forma cultural en sí misma, después del destape mundial en los años 50. Tanto el relato del despertar sexual que se palpa en “Eve-Evelyn”, como la posterior desolación amorosa de carácter invernal de “Paramar”, son impulsivas y encaran la frustración amorosa con un relato original, el mismo que sale disparado de los parlantes de manera un poco más furiosa en “Mentalidad Televisiva”. Y ¿si la chica que perdió su imaginación para instalar un video tape ahora la perdiera para instalar la última actualización de YouTube, Snapchat o Instagram? Son los temas que, entre la ingenuidad y suspicacia, instalan esas verdades que siempre vamos a vivir, estemos en la época que estemos.

Esa aterrizada visión que ostentaba el trío siempre los hizo ver como algo distinto en un panorama musical un tanto agreste. En la primera mitad de los 80 la música de guitarras era marginal en nuestro país, el rock estaba relegado a encuentros que, si bien cimentaron gran parte de lo que después se expresaría en el underground criollo en estilos más extremos como el thrash o el punk, se veían aplastados por la culturalidad de un régimen que impuso firmemente su manera de ver la realidad, contexto clave para entender letras como “Latinoamérica Es Un Pueblo Al Sur De Estados Unidos” y “No Necesitamos Banderas”, que recogen elementos foráneos como el reggae y el ska para alinearlos a nuestras características locales. Esto choca de frente con la postura del sonido imperante en el mundo universitario dominado por el Canto Nuevo, forjado desde las raíces propias de nuestra música, y no al revés, como en el caso del rock.

Las letras pomposas y repletas de metáforas, adornadas con la complejidad de los acordes de una guitarra acústica, no podía ser más distinto al mensaje directo de “Sexo” o de “¿Quién Mató A Marilyn?” que, tomando elementos de la cultura pop, prefiguran un mensaje directo, conciso y simple de entender, aunque no por ello menos contundente. Es por eso que “Nunca Quedas Mal Con Nadie”, grabada el 6 de diciembre de 1984 –mismo día en que Jorge cumplía 20 años–, emerge como una crítica tanto a ese movimiento como también a la liviandad de las bandas que compartieron un terruño que Los Prisioneros nunca quisieron habitar. Aparato Raro, Cinema, Valija Diplomática, Emociones Clandestinas, seguidos de un largo etcétera, se subieron al carro del nuevo rock chileno y recibieron un mejor trato de las emisoras locales, cosa que no pasó con los de San Miguel, precisamente por lo filudo de su lírica.

Famoso por sus frases para el bronce, el otrora vocalista de la banda expresó: “Pocas veces nos hicieron una crítica en un diario, y las veces que lo hicieron, era para decirnos que éramos pésimos, lo último, que sonábamos mal, que no servíamos para nada y que éramos una moda no más”. El tiempo no se ha cansado de probar lo equivocado que estaban los tabloides del momento. Desde aquella foto tomada en la Vega Central en la que se ve a tres muchachos sosteniendo sus instrumentos, hasta esa camisa apuñalada como carta abierta a un amor imposible que vino a cerrar la primera etapa del grupo después de la vuelta a la democracia, Los Prisioneros marcaron a fuego la historia de nuestro país.

Su valor no está condicionado por el mero hecho de retratar a una generación que vivió momentos sombríos ­–lo que ya sería un mérito–, sino que recae en cómo tres miembros de esas escuelas numeradas, en las que les enseñaban humildad y resignación, lograron establecer un mensaje que resuena hasta el día de hoy y que se mantiene totalmente vigente. Eso habla tanto de la inteligencia de sus letras, como de una sociedad que siente un romanticismo exacerbado por muchos elementos de la cultura de épocas pasadas, sobre todo en lo que se refiere a los años 80; no por nada se sigue escuchando en la radio casi la misma música que alguna vez llamó la atención de Narea, Tapia y González.

En la actualidad, Chile sigue teniendo problemas limítrofes (“no necesitamos banderas, no reconocemos fronteras”), sigue luchando contra el machismo (“…y les sigues el juego, y les das tu dinero, y te sientes muy hombre y me río en tu cara de tu estupidez”) y seguimos presa del cinismo ahora exacerbado por las redes sociales (“pretendes pelear y sólo eres una mierda buena onda”). Los Prisioneros cambiaron la forma de ver la realidad, pero parece que somos nosotros los que no hemos cambiado tanto.


Artista: Los PrisionerosLa Voz de los 80

Disco: La Voz de los ’80

Duración: 40:22

Año: 1984

Sello: Fusión / EMI Music


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