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Sepultura – “Machine Messiah”

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El pasado casi siempre es recursivo. Al contrario de lo que se puede suponer, lo que hicimos y lo que vivimos vuelve al presente y se proyecta al futuro, como una sombra imperecedera imposible de sacudir. Cuando aquel pretérito es oscuro o mediocre, la más mínima acción positiva presente se torna como un símbolo de evolución y mejora. Por el contrario, cuando es demasiado bueno, el pasado se erige como una vara con la cual se medirá el estado actual de nuestras realizaciones, y las mismas acciones positivas serán insuficientes y se creará un halo de insignificancia, por más que aquellas sean objetivamente notables.

Lo anterior es cien por ciento aplicable a Sepultura y su último disco, “Machine Messiah”: por más que se diga que es uno de los álbumes más sólidos de este último tiempo en el alicaído mundo del metal, estará condenado a vivir en la sombra del pasado de los brasileños. Aun reconociendo que por mero contexto no causará el impacto de obras como “Chaos A.D.” (1993), “Arise” (1991) o “Beneath The Remains” (1989), decir que en el plano técnico no tiene nada que envidiar a estas sería un sacrilegio para los ortodoxos que estiman que la banda murió con la salida de Max Cavalera. Pero lo concreto es que “Machine Messiah” es eso, un esfuerzo sólido, desbordante de calidad y con una interesante propuesta de amalgamas sonoros que, si bien no conllevan necesariamente un elemento de novedad, ciertamente son un aporte para la esforzada renovación del metal más duro.

Ya el comienzo con la canción homónima sienta un precedente en orden a que la apuesta de Kisser y compañía va por el lado de lograr un crisol con los mejores elementos pesados: un riff oscuro y denso, recordando pasajes de “My Dying Bride” o “Paradise Lost”, que finalmente estallan a través de la garganta de Derrick Green, quien en todo momento realiza un trabajo más que correcto, fórmula que se repite en su esencia al cierre con “Cyber God”; a su vez, “Phantom Self” juega con aquellos elementos también, pero en una veta distinta y ciertamente influida por el productor Jens Bogren, quien se tomó de su trabajo con los israelíes de Orphaned Land para dotar a este corte de sonidos extraídos del medio oriente, logrando una interesante amalgama con la filosa guitarra de los brasileños. Otro tema que destaca en demasía por estas mismas características es “Sworn Oath”, en donde el groove campea sobre una base de batería y bajo machacantes, y que encuentran su pausa y profundidad en los arreglos y en los solos de un Andreas Kisser inspirado en cada segundo.

Notable es el trabajo de la batería. El integrante más nuevo, Eloy Casagrande, sin duda ha dado con la nota brutal y tribal clásica de Sepultura, lo cual se intensifica en temas duros como “Resistant Parasites”, “I Am The Enemy” o en las sorprendentes “Vandals Nest” y “Silent Violence”. En estas últimas, particularmente, existe una reminiscencia muy positiva al death metal de comienzos de los noventa, tributando de bandas como Sadus o Death en los tiempos de “Spiritual Healing”, lo que no lleva a concluir más que esta versión de la banda recoge todos los elementos a su disposición para hace un collage compositivo que da texturas distintas a la brutalidad. Lo dicho precedentemente se intensifica en un tema que es angular en la construcción de este “Machine Messiah”: el instrumental “Iceberg Dances”, una apuesta temeraria, pero que conjuga de manera sobresaliente la improvisación con el cálculo, dejando espacios de tiempo en donde a ratos la guitarra clásica, los tambores y el órgano adquieren protagonismo, para luego cederlo a la distorsión y la técnica de las seis cuerdas, en una mezcolanza que suena natural y correcta, como todo el álbum.

Y así, este decimocuarto álbum de Sepultura es un esfuerzo exuberante de calidad, sin ningún segundo de desperdicio, pero que lamentablemente por la sombra de lo que alguna vez fue e impactó, no tendrá la relevancia que quizás merece. Esto no será culpa de la banda, ni tampoco de los fans o el círculo metalero, sino que es sólo una muestra más de que la música, como todo en la vida, tiene un contexto que determina la relevancia de las cosas y muchas veces esta no se condice con la calidad o el mérito.

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1 Comentario

1 Comentario

  1. nelson

    14-Mar-2017 en 11:59 am

    Es un muy buen álbum de Sepultura y punto, media vuelta para decir que lamentablemente este disco pasara colado por culpa del éxito pasado de la banda,lo que es verdad! pero Sepultura no vive de sus recuerdos, eso queda para los Cavalera con Roots tour (ni siquiera es su álbum más significante). Aplausos a Kisser y sus compañeros.

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Waxahatchee – “Saint Cloud”

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Saint Cloud

Poniendo a descansar las melodías rockeras de su último álbum, “Out In The Storm” (2017), Katie Crutchfield se arma de los elementos característicos del folk y americana para enfrentarse a su etapa más vulnerable. Con un acercamiento más cálido e íntimo, “Saint Cloud” se presenta como un clásico contemporáneo del género. A través de su carrera, Crutchfield ha sido capaz de moldear el sonido de sus guitarras para representar las emociones detrás de sus canciones. Desde sus composiciones lo-fi (American Weekend”, 2012), pasando a un rock más pulido (“Out In The Storm”), hasta llegar a su disco más country, donde las melodías son tan dulces como confrontacionales.

“Oxbow”, la pieza inicial, es una vulnerable y altisonante apertura, un juego entre géneros musicales que deja al oyente adivinando qué es lo que se avecina. Líricamente, retrata el primer paso del viaje de sobriedad de la cantante, capturando los temas de adicción y codependencia en un esperanzador estribillo. “Can’t Do Much” aclara de mejor manera la gama sonora que presentará el disco, donde la voz y las cuerdas presentan los elementos característicos del americana. Si bien, en el corazón de sus discos el folk siempre ha estado presente, es en sencillos como este donde queda claro que aquí abraza el género completamente.

Sin embargo, el espíritu del americana no se encuentra sólo en las melodías del álbum, ya que este está construido como un mapa de los lugares que inspiraron cada canción presente. Algunos de estos son claros, como “Ruby Falls”, una cascada en la ciudad donde reside su gemela; un oscuro y acústico corte sobre la adicción a los opioides y sus efectos, siendo un ejemplo del combate temático y sonoro presente en el disco, entre lo esperanzador y lo descorazonador. “Arkadelphia” –una carretera en su natal Alabama– es una visita a su adolescencia, donde las cuerdas logran trazar una nostálgica melodía que ayuda a adentrarse en el flashback que relata. Y es que los espacios y la significancia de estos siempre han sido relevantes en el proyecto, desde su mismo nombre, Waxahatchee, un arroyo en su ciudad nativa, y Crutchfield siempre ha llevado sus orígenes en ella.

Los sencillos que se desprenden de “Saint Cloud” son algunas de las piezas mejor logradas de su carrera. “Fire” es un himno de autoaceptación; un diálogo interno donde cada palabra es de aliento para sí misma y para cualquiera batallando una adicción. Sin dejar jamás el espíritu country, es el acercamiento más prominente a una canción rock, con una pegajosa melodía que es alentadora como conmovedora. “Si pudiera amarte incondicionalmente, podría planchar los bordes del cielo más oscuro, para una compositora que temía escribir estando sobria, estas son algunas de sus líricas más importantes. “Lilacs” es un confesionario corte donde la artista lamenta la dependencia de un otro, un clásico atemporal donde las cuerdas y su voz muestran el progreso después de todos estos años, donde ya no tiene miedo de llenar cada espacio en el que se presenta.

Waxahatchee lleva sus influencias en la manga, asegurándose de no sonar como un tributo y logrando sacar una sonrisa al recordar un sonido que ha traspasado las barreras del tiempo. Reminiscente es el falsete presente en “Can’t Do Much” o “Lilacs”, que por un segundo emocionan al pensar en Joni Mitchell o las melodías presentes en “Hell” o “War”, que de seguro serían aprobadas por Bob Dylan. En un género con tantos clásicos como lo es el folk, la cantautora no se queda en el pasado, sino que lo estudia para su presente.

El track final, “St. Cloud”, inspirado en la ciudad donde nació y creció su padre, es una delicada pieza acústica con una desnuda interpretación vocal, dándole cierre al recorrido por las ciudades que conforman su trayectoria. Pero no sólo los lugares, sino que las personas presentes en estos: su hermana, sus padres, sus amistades, su versión adolescente e incluso David Berman, quien recibe un tributo a su nombre. Al finalizar, es claro que en “Saint Cloud” Waxahatchee ha presentado su disco más liberador y quizás el más importante de su carrera. Sin grandes decoraciones, ahonda en lo más profundo de sí misma, visitando los momentos que la hicieron ser quien es mirando hacia un futuro prometedor, con un clásico entre sus brazos.


Artista: Waxahatchee

Disco: Saint Cloud

Duración: 40:06

Año: 2020

Sello: Merge


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