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Savages – Adore Life

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La vida puede dar muchas vueltas, con muchos estados y sentidos diferentes. La felicidad, la tristeza, la rabia o la determinación de hacer un cambio, son procesos complejos y siempre conducidos por un profundo deseo de aferrarse a algo. Bajo el mensaje de adorar la vida, Savages vuelve a renacer furiosamente con un LP lleno de emociones y una declaración más que clara de lo que son y seguirán siendo. Luego del aclamado “Silence Yourself” (2013), “Adore Life” (2016) se presenta como un álbum completamente a la altura, con todo lo que se podría esperar de la magistral entrega del cuarteto post punk.

SAVAGES 01Un riff irrumpe de la nada para iniciar la descarga de rabia que es “The Answer”, donde Jehnny Beth luce su desatada e inspiradora interpretación sobre la destreza de sus compañeras en una canción que invoca el atronador manifiesto que expresaron en su disco anterior. Fay Milton, encargada de las baquetas, demuestra su potencial en una perfectamente sincronizada ejecución de “Evil”, envuelta en esa aura post punk que sólo ellas pueden entregar con tanta exquisitez sonora. El álbum se va deslizando a través de pasajes de calma y caos. “Sad Person” hace brillar a la bajista Ayse Hassan, quien elabora implacablemente junto a los riffs de Gemma Thompson. Ambas se unen en perfecta sincronía para darle paso a “Adore”, desesperanzadamente épica, con Jehnny preguntado: ¿No es humano adorar la vida? Lo que plantea lo corto que puede ser nuestro paso por este mundo; una verdadera arenga a adorar las cosas que nos rodean, ya que nadie sabe cuándo puede llegar el fin.

La furia y la melancolía empiezan a reposar en “Slowing Down The World”, canción que, precisamente, pone un poco más lentas las cosas, con todos los instrumentos luciéndose de una manera increíble y Hassan y Thompson pasando a ser las verdaderas protagonistas. “I  Need Something New” persigue la marcha de Milton en la batería, calmadamente hasta la irrupción de sus compañeras, con una letra desoladora. Beth pide a gritos la necesidad de algo nuevo, en una ruidosa ceremonia llena del carácter tan único de Savages. La comparación eterna con Joy Division, además de la figura de Beth con la de Ian Curtis, es notoria en ciertos aspectos, como en “When In Love”, que se presenta con un riff muy parecido a lo que entregaba en sus años el cuarteto de Manchester.

SAVAGES 02El final se conduce hacia una calma más reflexiva. En “Surrender” se hace uso de un acople distorsionado, con las líneas de bajo de Hassan sosteniendo una canción que resulta ser un poco anti climática para lo que traía el álbum, por lo que su merito está en lo pulcro de su interpretación. La última cuota de furia la pone “T.I.W.Y.G.”, una composición muy punk, que se diferencia del catalogo general de la banda por su novedad, transformándose de inmediato en una de las posibles favoritas de cara a lo venidero. Este track desvanece su rabia hacia el final para fundirse en “Mechanics”, el cierre desolador de una obra que representa de principio a fin los cánones principales de lo que significa Savages.

La agrupación demuestra que su genialidad no era sólo de un LP, situándose como verdaderos estandartes de la actualidad, con una brillantez que les dará un status legendario cuando sean parte del recuerdo. A todos los que dicen que el rock está muerto, se les debería recomendar poner más atención: se están perdiendo a una generación dorada, que manipula y hace propio cada estilo que encuentra a su paso.

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El Álbum Esencial: “Gentlemen” de The Afghan Whigs

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Gentlemen

R&B metido en el rock con aspiraciones mainstream, hombres reconociendo errores, creatividad mezclada con generosidad, una vocación digna del salmón para nadar contra la corriente, y una conciencia adulta y comprometida. Todos estos factores se conjugaron para convertir a “Gentlemen” en uno de los discos más relevantes de una época que no le reconoció ese estatus en su momento, pero que, con la perspectiva que entrega la distancia temporal, va quedando poco a poco como uno de los bastiones escondidos de una época que fácilmente fue minimizada y estigmatizada, y que tuvo mucho más que grunge y britpop.

Hoy, es natural encontrar en la música negra a un componente esencial de los quiebres rítmicos y sonoros que hacen más rico el panorama de las canciones, pero esto tiene directa relación con la preponderancia alcanzada por el hip hop, y también por el surgimiento de intérpretes que revalorizaron el R&B para el pop. A finales de los 80 esa mezcla no era algo que impactara en el rock, pero Greg Dulli fue formado con esa impronta, viendo en figuras como Al Green, Stevie Wonder o Prince a verdaderos ídolos y, pese a vivir en un lugar conservador, sabía que en el movimiento de las caderas y el groove de un bajo bien instalado había una energía que superaba las diferencias.

Incluso al propio Dulli le costó instalar esta mezcla en su sonido característico. Le tomó un par de discos, muchos conciertos y algunas peleas notar cómo el rock de The Afghan Whigs necesitaba esa cadencia para expresar lo que se hacía urgente. En medio de franela y pelo largo, Dulli y los suyos se ponían trajes, se peinaban y combinaban. Nada de eso les quitaba potencia y se ganaron una reputación tal con ello, que saltaron desde la en ese momento quebrada, pero emblemática etiqueta Sub Pop, hacia el sello Elektra. En medio de un crecimiento basado en la diferencia, esos desencuentros hicieron que Dulli quebrara una relación y esas serían las vísceras desde las cuales “Gentlemen” se haría carne.

Aunque el disco tiene una mirada prominentemente masculina, Dulli escribe y piensa en el álbum como una forma de examinar de forma brutal las relaciones humanas, alejándose de los eufemismos y de la mentira del amor romántico. Aunque ahora existe un conocimiento de cómo la dinámica hollywoodense de pareja es algo construido, pocas veces se había puesto bajo la lupa, en especial desde una visión que ve en el hombre a un ente multidimensional que no sólo sufre, sino que hace sufrir, y que no busca una retribución o un regreso al pasado, sino que sencillamente acepta que se equivoca. Aunque no es explícito en ello, Dulli en “Gentlemen” aborda las aristas de la naturaleza de lo masculino, lo que culturalmente se le asocia, los roles que debe tomar, y mucho más. Más aún: en el disco la voz de un hombre dominante es la que poco a poco se va apagando para dar paso al acto de escuchar. No sólo existe una alquimia que transforma el vital rock de The Afghan Whigs en algo sabroso, sino que la mezcla involucra las voces y los hablantes que se disponen. En vez de dejarse llevar por el ego, está el mérito amplio de entender lo que el disco y las canciones requieren.

Desde el rol que se debe jugar (“Gentlemen”) se pasa al contraste entre lo que se espera románticamente y lo que el sentido más bruto quiere (“Be Sweet”). Las fachadas se caen en “Debonair” justo antes de la separación (“When We Two Parted”), el intento de recaída (“Fountain And Fairfax”) y el bloqueo interior inaguantable (“What Jail Is Like”). Una acrobacia de sentimientos que quiebran al hablante, que queda a merced de, por fin, escuchar. Y eso ocurre cuando Dulli le deja el micrófono a Marcy Mays, quien canta en “My Curse”, y lo hace dejando en claro que, aunque el hombre tenga un dominio dado por múltiples instancias, siguen existiendo posibilidades de igualar el campo y que el opresor sea oprimido –donde más le duele–. Con esa revelación viene “Now You Know”, acusando recibo y quitando del camino el pasado.

Este es un arco casi conceptual, pero se da con fluidez y sin elementos forzados. Quizás tiene que ver que en una sola noche Dulli hizo las voces de seis canciones, pero es más que eso. Hay un entendimiento de cómo las relaciones decaen y de la estética que la banda necesitaba disponer en un disco. “Gentlemen” enfrentó las tendencias de géneros más estáticos y dispuso el soul al servicio de la rabia de una guitarra distorsionada, o al R&B como pauta para la sección rítmica.

Viendo cómo el disco se desenvuelve, no es extraño que se rinda un homenaje a los sonidos que lo sostienen con un cover de “I Keep Coming Back”, popularizada por Tyrone Davis. En vez de usar sus palabras, Dulli entiende que existe alguien que expresa mejor eso, y a él le queda interpretar para dejar casi como si fueran los créditos el final con “Brother Woodrow”, un instrumental que parece soundtrack de película, abriendo el abanico de sensaciones.

En un álbum que busca representar prácticas masculinas, es el hombre el que queda poco a poco sin voz para dar paso a otras, otros, y al acto de oír al resto. Despojado de la carga omnipresente del ego, existe un crecimiento palpable, y donde otros hurgaban en sensaciones adolescentes de rabia y angustia, The Afghan Whigs se hace de un disco que tuvo mucho más en juego y que recién en este presente de perspectivas más conscientes se puede ver cómo intentó cambiar reglas y, más importante, mostrar el camino que se podía seguir. Lástima que no se enteraran por allá en 1993.


Artista: The Afghan Whigs

Disco: Gentlemen

Duración: 48:56

Año: 1993

Sello: Elektra Records


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