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Run The Jewels – “Run The Jewels 3”

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El apocalipsis está a la vuelta de la esquina en el tercer LP que lanzan juntos Killer Mike y El-P, quienes conforman Run The Jewels, la entidad más poderosa del hip hop de los últimos años. El fin de los tiempos es una imagen permanente, y aunque ambos MCs fueron muy vocales en sus posturas políticas en tiempos electorales, e incluso Killer Mike fue vocero de Bernie Sanders, no hay menciones a Donald Trump o a lo contingente. En “Run The Jewels 3” el combo va al aire, los gritos al cielo y la impotencia se queda en la saliva, cada vez más amarga. Pocas veces hay un contraste tan útil entre fuerza y desamparo como en “RTJ3”, porque tanto Mike como El-P consiguen sonar genuinos en todo lo que dicen, con la convicción de quien sufre lo malo y disfruta lo bueno.

Si en “RTJ2” la violencia arreciaba, en “RTJ3” lo que aparecen son posturas estructurales, el paso más allá. Para que un movimiento social no quede en la evanescencia inevitable debe pasar del descontento a la propuesta, debe generar sus manifiestos para que las palabras que convencieron a muchos no se queden en el intento. En su segundo álbum, Run The Jewels movía la jaula donde muchos están inmersos para apuntar con el dedo sin sutilezas a las lógicas injustas, y con un énfasis importante en el tema racial y en la reafirmación de las diferencias como bases de la revolución armada de las líricas de Mike y El-P.

En “RTJ3” la producción de El-P se pule aún más, siendo no sólo perfecta para un disco de hip hop, sino que para cualquiera de los estilos a los que samplea. Cada sintetizador suena como cuchillo en la aorta, profundo, hiriente pero innegable. En “Don’t Get Captured” no sólo la invitación es a escapar de la maquinaria, sino que se sienten los engranajes, cerca, respirando en la oreja, y así no sólo las rimas son urgentes: la música también juega un rol en este laberinto.

En el final de “Thieves! (Screamed The Ghost)” se samplea una parte de un monólogo de “La Dimensión Desconocida”, que dice “cualquier estado, cualquier entidad, cualquier ideología que falla en reconocer el valor, la dignidad, los Derechos Humanos, ese estado está obsoleto” mientras que en un interludio en “Talk To Me” Killer Mike dice a gritos que “se los dije, ahuevonados, se los dije. Se los dije en RTJ1, luego de nuevo en RTJ2, y ustedes aun así no me creen. Así que aquí está RTJ3”, porque es a ese valor de lo humano que el dúo está apelando hace años, hace discos, hace muchas canciones. La convicción de esa frustración por saber que se está en lo cierto y pese a eso siga todo igual, esa convicción de que todo se acabará rápidamente si nadie hace nada, todo aquello pesa en los tracks.

El apocalipsis está a la vuelta de la esquina en cada track de RTJ3 porque los oídos sordos ahondan en conductas destructivas. Ningún tema de Run The Jewels, en ese sentido, había sido tan explícito y vago a la vez como la distópica “2100”, donde con la ayuda de BOOTS desfilan imágenes del real apocalipsis, no ese bíblico, sino que ese ambiental y político que parece más cerca que nunca. En el disco no hay menciones a Trump, pero sí a un “Dummy Don” en CNN: ese Don es Don Lemon, reportero que ninguneó las protestas en Ferguson tras el asesinato de un joven negro por policías blancos. Nada es tan directo, y sin embargo igual se siente como cachetada en la cara; como bomba nuclear en los poros.

Musicalmente el disco tiene lujos como la presencia de Kamasi Washington en “Thursday In The Danger Room”, Tunde Adebimpe de TV On The Radio en “Thieves! (Screamed The Ghost)” o Danny Brown en “Hey Kids (Bumaye)”, pero la colaboración más poderosa es la que afianzan El-P con Killer Mike. El disco no sólo es su manifiesto advirtiendo sobre un caos interno y externo, sino que también es la celebración máxima de su amistad, de los ideales conjuntos y de la diversión y júbilo que existe gracias a la creación artística. También, inevitablemente, existe la intención de advertir sobre quienes están alrededor y el orden impuesto. “Cuidado con los caballos. Un caballo es un caballo, por supuesto, pero quién lo monta es importante, sentado en alto con uniforme, ladrando órdenes, exigiendo orden”, versa el inicio del épico final con el track doble “A Report To The Shareholders / Kill Your Masters”.

No sólo es la instancia más autobiográfica de lo que ha sido Run The Jewels, sino que la segunda mitad –versos sorpresa de Zack de la Rocha incluidos– es directa con descabezar a quienes dominan todo. En la mitad anterior decía “hasta que se acabe esto, me mantendré hostil”, y en “Run The Jewels 3” no hay más alternativa que caer en la hostilidad con el resto. Como dice el coro de “Down”, track inicial del disco: “incluso las aves con las alas rotas quieren volar”.

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Arctic Monkeys – “Tranquility Base Hotel & Casino”

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Tranquility Base Hotel & Casino

Un hype autogenerado en prensa y fanáticos por igual mantuvo las miradas del mundo en “Tranquility Base Hotel & Casino”, el sexto álbum de Arctic Monkeys, esperado ansiosamente por quienes anhelaban saber el siguiente paso que el cuarteto de Sheffield iba a tomar. Ante esto, el conjunto dio vida a uno de los trabajos más extraños y desorientados de su discografía, incluso más que su antecesor “AM” (2013), polémico punto de inflexión en el camino de Alex Turner y los suyos. Sí, Turner y los suyos, porque este nuevo LP no hace más que reflejar un deseo casi intrínseco del frontman por tomar el control de todos los aspectos creativos de la banda, asumiendo poco a poco más protagonismo sobre sus compañeros, al punto de llegar a un disco en que los otros tres talentosísimos miembros quedan relegados a ser la banda de compañía de su figura principal.

Desde el comienzo se aprecia un trabajo claramente influenciado por las decisiones artísticas de Turner, entregando un constante tempo de ambiente lounge, con la banda completa sirviendo de acompañamiento rítmico para el desolado Alex y sus reflexiones sobre la vida, como cual rockstar en el ocaso, sólo que con varios años y vivencias menos que de costumbre. Esa caricaturización del artista introspectivo y melancólico no ayuda mucho a la hora de sentar sobre la mesa lo que debía ser un regreso en gloria y majestad, pero que va perdiendo fuerzas por ripios que su misma naturaleza pretenciosa va dejando en el camino. Canciones como “Star Treatment” o “American Sports” dejan en evidencia el sentido principal de la obra, que se sostiene bajo una calidad sonora sólida y mucho más elaborada que en trabajos anteriores, pero que a la larga no posee un trasfondo más potente para su desarrollo general.

Continuando con lo que se siente como un loop eterno, el bajista Nick O’Malley igual logra lucirse junto a la batería de Matt Helders, pese a lo reducida de su participación en términos creativos, igual que lo ocurrido con el guitarrista Jamie Cook que, independiente de unos cuantos solos genéricos en algunas canciones, no es mayor el trabajo que realiza. Muchos de los defensores de este trabajo han criticado el hecho de que la gente pide que Arctic Monkeys vuelva a ser lo de antes, aludiendo a una ausencia del estilo que la banda profesaba en sus primeros años. Lo cierto es que eso está lejos de ser así, ya que lo que se pide no es un regreso en términos de sonido, sino que de calidad. No se trata de volver a los guitarrazos de antaño o a las potentes canciones de tiempos rebeldes, como “Favourite Worst Nightmare” (2007), en vez de eso, se siente la necesidad de que la banda encuentre su norte en términos de creatividad, dejando de lado una pomposidad forzada y repetitiva, que no le hace un gran favor a su verdadera calidad como músicos.

Un giro artístico siempre será un riesgo considerable, y Arctic Monkeys lo supo manejar de cierta forma con su anterior álbum, pero en el caso de “Tranquility Base Hotel & Casino” no existe un deseo de reforzar la línea sonora que proliferó en aquella placa, optando por adornar composiciones donde se huele a millas de distancia el trabajo casi solitario de Alex Turner. Ese sonido ya conocido en proyectos del músico –como The Last Shadow Puppets– que se toma cada segundo de este álbum, estableciéndolo más como un capricho personal del frontman en vez de un disco que tenga un sentido claro de su forma y fondo, así como del concepto que pretende englobar entre sus canciones. No hay que confundir todos los argumentos expuestos con que la calidad sonora del trabajo es precaria, ya que sin duda existe una ampliación en el espectro de la banda, solidificando así su interpretación. El principal problema es lo forzado con que Turner intenta vender una supuesta obra maestra, recurriendo a clichés que derivan en un producto insípido y falto de ideas.

Muchos coinciden en que este álbum representa un gran paso para la banda, algo que es completamente cierto. Ahora, el destino que ese paso le entregue al cuarteto será la gran interrogante, ya que podría poner en jaque los egos de una agrupación que se empieza a ver consumida por el protagonismo de su vocalista. El propio Jamie Cook afirmó haberle sugerido a Turner lanzar este trabajo como un álbum solista, pero finalmente accedieron a etiquetar la obra como el sexto LP de la banda. Todas las cosas tienen un significado diferente, dependiendo el punto de vista en que se mire, y claramente este disco habría tenido una recepción abismalmente diferente si no se presentaba como el nuevo trabajo de una de las bandas más importantes de los últimos años.

El amor al recuerdo siempre estará latente, pero sólo el tiempo dirá cuál es el destino de Arctic Monkeys. Por ahora, existen dos caminos claros: abrazar esta etapa como la nueva obsesión del principal titiritero del conjunto, o reflexionar sobre una banda que podría dar mucho más, pero que prefiere dejarse llevar por ideas que se imponen en pos de un beneficio no igualitario para todos sus integrantes. En manos de todos queda la elección sobre el camino que se tomará.


Artista: Arctic MonkeysTranquility Base Hotel & Casino

Disco: Tranquility Base Hotel & Casino

Duración: 40:51

Año: 2018

Sello: Domino


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