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Royal Blood – “How Did We Get So Dark?”

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La última joya del rock inglés se llama Royal Blood, y la prensa internacional se rindió ante su irrupción, ganándose rápidamente un nombre en la industria. Su disco debut homónimo tuvo tanta repercusión, que incluso Jimmy Page les dio su bendición, catalogando su música como “lava saliendo de un volcán”. Y es que el dúo no necesita más que un bajo y una batería para crear una buena dosis de rock crudo y cargado de riffs memorables, y así hacer retumbar cualquier escenario al que se suban.

La presión por hacer un segundo álbum que estuviese a la altura del debut no era obra sencilla de realizar, y si a eso le agregamos la fuerte ansiedad –o hype– que se generó previo al lanzamiento, parecía que “How Did We Get So Dark?” iba a tener una tarea titánica. Sin embargo, los ingleses logran salir adelante sin grandes complicaciones, conservando parte de los elementos que les proporcionaron el éxito de su primera placa. El comienzo con la canción homónima es una gran apertura, llena de fuerza y riffs apabullantes, que permiten colocarse en sintonía rápidamente. Lo mismo ocurre con “Lights Out”, primer single de esta producción, donde los matices de Ben Thatcher en batería destacan de manera sobresaliente. Los ritmos más bailables salen a la luz con “I Only Lie When I Love You”, los que hacen una canción entretenida, pero que de todas formas dejan un gusto a poco. Caso similar ocurre con “She’s Creeping”, que pareciera buscar un sonido más digerible, pero que a fin de cuentas no convence.

En esta nueva producción se nota un sonido más trabajado por parte del dúo, en el sentido que prima más la utilización de la variedad de recursos y matices antes que la crudeza, lo que hace que este trabajo se sienta menos pesado y descontrolado que el anterior, y eso se extraña en algunos momentos. Lo bueno vuelve de la mano de “Look Like You Know” y “Where Are You Now?”, donde los oriundos de Brighton repiten de manual la fórmula utilizada en “Royal Blood” (2014), creando canciones con fuerza, llenas de matices y mucho groove.

Probablemente con “Don’t Tell” y “Hook, Line & Sinker” es donde mejor se siente la intención de Kerr y Thatcher de dar el siguiente paso en la evolución de su sonido. Ambas exploran distintos pasajes, desde momentos más tranquilos hasta una intensidad muy trabajada, la que logran cautivar de muy buena manera. Con “Hole In Your Heart” las cosas comienzan perder los estribos, pero en el buen sentido: crean una atmósfera tranquila, pero algo oscura, que se intensifica radicalmente a medida que pasan los segundos, recuperando esas bases más pesadas que se echaban de menos y logrando así el mejor momento de todo el álbum. Cerrando esta placa, “Sleep” es un mid-tempo lleno de grandes riffs cortesía de Mike Kerr, donde además hay una cuota de sensualidad que engrandece aún más en este cierre redondo.

No es nada fácil escribir el siguiente capítulo de una historia cuando una banda tiene un disco debut tan poderoso, donde los fanáticos y la industria caen rendidos a sus pies. “How Did We Get So Dark?” pasa esta prueba, quizás no al nivel de su predecesor, pero rescatando sus elementos esenciales y creando un puñado de canciones más orientadas a ser hits radiales que pasajes más crudos y pesados, en donde también se siente más que nunca la influencia de bandas como Queens Of The Stone Age o The White Stripes. Royal Blood sigue demostrando que su éxito no es un mero golpe de suerte, sino que una propuesta muy trabajada, en un espacio donde muchos verían muy limitadas sus posibilidades de escribir música, sin embargo, se las arreglan para volverlas infinitas y entregar una inyección cargada de buen rock y actitud.

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El Álbum Esencial: “The Dark Side Of The Moon” de Pink Floyd

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The Dark Side Of The Moon

No hay que ser seguidor de Pink Floyd para reconocer que “The Dark Side Of The Moon” marca uno de los momentos más altos en la historia del rock, metiéndose de lleno en ese selecto puñado de álbumes que todos deberían escuchar por lo menos una vez en la vida. Es tan así, que, si bien podemos estar todos de acuerdo en que los rankings no definen la grandiosidad de un álbum, no es menos cierto que funcionan como indicadores duros a la hora de evaluar un fenómeno musical. En esta línea, es imposible pasar por alto que al hablar de “The Dark Side Of The Moon” lo estamos haciendo de un disco con más de 45 millones de copias vendidas en todo el mundo, que además tiene la particularidad de haberse instalado majaderamente en el top 200 de Billboard desde su lanzamiento en 1973 hasta 1988, para luego (como si no hubiera sido suficiente) volver a meterse el año 2009. Si esto no es un indicador de vigencia y transversalidad, entonces nada lo es.

Sin embargo, los méritos que hacen de “The Dark Side Of The Moon” un álbum único, exceden largamente sus cualidades estadísticas. En lo concerniente a la banda, el disco marcaría sin duda una suerte de renacimiento. Después de debutar en 1967 con un fantástico larga duración bajo el liderazgo de Syd Barret, la inesperada salida del crazy diamond del cuarteto pondría en jaque el futuro de este, obligando al conjunto a entrar en un largo período de reinvención musical que no fue fácil. La experimentación sonora con marcados tintes de psicodelia y folk se tomaron la identidad de los londinenses y, si bien con el tiempo discos como “A Saucerful Of Secrets” (1968), “Ummagumma” (1969) y “Meddle” (1971) probarían ser imperecederos, lo cierto es que a principios de los setenta el conjunto comenzaba a hacerse difícil de seguir.

Por fortuna, una de las características de la banda siempre fue la capacidad de ir constantemente revaluando su propuesta. En esta línea, “The Dark Side Of The Moon” en ningún caso fue un accidente. La idea de aventurarse en un álbum de identidad lírica compacta, donde esto fuera incluso más relevante que la oferta sonora, hace rato se había apoderado de la mente de Waters, al punto que una de las cosas que demoró la salida del álbum tuvo que ver justamente con que Pink Floyd sintiera que el concepto se había logrado. Y dicho concepto era importante, sin duda la banda de sonido tenía que estar a la altura. Asentados durante ocho meses en los estudios Abbey Road y con Alan Parsons como ingeniero en sonido, echaron mano al uso de loops, samples de conversaciones grabadas en el estudio, sintetizadores análogos y la técnica del multi track recording para dar vida al trabajo que definitivamente haría de la banda un fenómeno reconocido a nivel mundial.

Para iniciar el viaje, el diseñador Storm Thorgerson nos regala una portada inmortal. De interpretaciones múltiples, la carátula de “The Dark Side Of The Moon” es el primer signo de que los cuarenta minutos de música que vienen de la mano de esta portada no son cosa trivial. “Speak To Me” funciona como obertura e incluye varios guiños a fragmentos que aparecerán a lo largo del disco. Corre como una sola pieza con “Breathe”, simbolizando el inicio de la vida, que estaría marcado por la batería de Nick Mason (a modo de latido cardiaco). Por su parte, el etéreo y acogedor ambiente de “Breathe” dominado por la guitarra de David Gilmour, abre las líricas del álbum (dejando de lado el pequeño fragmento de conversación de “Speak To Me”) en una imagen que evocaría al padre hablándole a su hijo recién nacido para que respire y lo haga sin miedo, no olvidando disfrutar la vida.

“On The Run” llega a sacudir la calma del corte anterior, destacando desde el inicio por una secuencia de sintetizador repetida de forma reverberante a altísima velocidad, representando de forma sublime el agobiante estrés al que nos vemos enfrentados en la inmisericorde maquinaria del día a día. La canción crece de forma sostenida a lo largo de sus casi cuatro minutos, explotando para dar paso a “Time”, uno de los cortes más celebrados de esta placa. Reconocible desde el primer segundo gracias al coro de relojes que abre el tema y el característico rototom con que Mason acompaña la introducción, “Time” se desarrolla directa y contundente, guiada de manera impecable por la avasalladora guitarra de Gilmour. Tratándose del único track firmado por los cuatro integrantes del conjunto, tiene además el mérito de abordar con elegancia uno de los tópicos más inquietantes de la existencia humana, la mortalidad y el sentido de trascendencia.

Y si de mortalidad se trata, el cierre de la primera cara de la placa termina graduando al registro en estos menesteres. Haciendo gala de una capacidad de improvisación vocal francamente excepcional, Clare Torry hace de “The Great Gig In The Sky” uno de esos cortes imposibles de ignorar. Único e irrenunciable (originalmente titulado “The Mortality Sequence”), logra expresar sin inconvenientes el dolor y paz que acompañan el proceso de la muerte. Sin embargo, no hay descansos en este viaje, ya que rápidamente la segunda cara del larga duración nos golpea con otra canción inmortal. Es el turno de “Money”, tema que, compuesto por Waters con el objeto de abordar el flagelo del dinero y la avaricia, no sólo incluye una de las líneas de bajo más reconocibles de los setenta, sino que además se da el lujo de completar la base rítmica del track con un loop de cajas registradoras, monedas y papel roto, para luego cerrar distorsionado y catártico. Brillante, sin duda alguna.

“Us And Them” baja las revoluciones, dejando al saxofón de Dick Parry como guía y protagonista de este maravilloso corte acerca del sinsentido de la guerra, donde el eco en la voz de Gilmour funciona tan bien a la hora de dar identidad a este track, que debería tener una mención adicional en los créditos. A continuación, “Any Colour You Like” repite casi sin cambios la estructura armónica de “Breathe”, sin embargo, a diferencia del primero, evita por completo las voces, entregándose del todo a generar atmósferas, haciendo uso y abuso del teclado sintetizado. Ya para ir tomando la recta final, “Brain Damage” habla del lado oscuro de la luna por primera vez en todo el trabajo, apuntando directamente a la figura de Syd Barret. Se trata de un tema de evidentes tintes psicodélicos, amablemente acompañado por guitarras, sintetizador y arreglos vocales, a través del cual Waters intenta reivindicar el derecho a ser distintos.

Hacia el final, “Eclipse” nos confronta con lo banal de la existencia. El órgano Hammond y los acompañamientos vocales funcionan de manera perfecta para enrostrarnos que nada de lo que hacemos o somos es finalmente tan importante. Al cierre, sólo nos queda el latido (último signo de vida al terminar esta travesía) y la paradoja con que la banda decide dejarnos, que dice “There is no dark side in the moon really / Matter of fact it’s all dark”. Sobrecogedor y liberador en igual medida.

“The Dark Side Of The Moon” se instalaría finalmente como un fantástico viaje a través de las problemáticas más universales que enfrenta un individuo a lo largo de su vida, logrando transcurrir de forma seductora y fluida desde la primera señal de vida de “Speak To Me” hasta el último latido que cierra el álbum. De hecho, la principal virtud de este trabajo terminaría siendo precisamente la excelente manera en que logra fluir a lo largo de sus cuarenta minutos. Se trata de un disco que, abordando temáticas tremendamente complejas, logra hacerlo de forma muchísimo más amigable, directa y efectiva que lo que venía haciendo la banda en sus trabajos anteriores. Este es el momento en que el conjunto terminaría de explotar, adquiriendo esa capacidad única de crecer en simpleza, sin sacrificar en nada la profundidad de su propuesta. El tiempo (y los siguientes discos) confirmaría que el giro había sido el correcto. Hoy, tal como hace décadas, la vida sigue siendo un camino difícil de recorrer, pero por fortuna siempre tendremos esta inmortal banda sonora para recordarnos que no hacemos el recorrido solos.


Artista: Pink Floyd

Disco: The Dark Side Of The Moon

Duración: 42:59 minutos

Año: 1973

Sello: Harvest Records / Capitol Records


https://open.spotify.com/album/4LH4d3cOWNNsVw41Gqt2kv

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