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Carry Fire Carry Fire

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Robert Plant – “Carry Fire”

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Cuando hablamos de músicos fundacionales del rock que aún mantienen vivas sus carreras, especialmente los que formaron parte de las décadas de los 60 y 70, se pueden distinguir al menos tres caminos. El primero es el que siguió Roger Daltrey quien, aunque cuenta con una abultada carrera solista, sigue compartiendo escenarios codo a codo con su compañero de toda la vida, Pete Townshend, para mantener viva esa leyenda llamada The Who, a pesar de que la banda sólo cuenta con la mitad de su formación original.

El segundo es aferrarse a la nostalgia, como lo ha hecho Roger Waters, quien nos prueba una y otra vez que la obra de Pink Floyd toca temas tan universales, que cada tanto lo vemos recontextualizando sus piezas maestras en el mundo actual –porque siempre habrá lados oscuros en la luna de la sociedad y muros que tendrán que caer– o valerse de esos mismos elementos para crear algo tan fresco como “Is This The Life We Really Want?” (2017). Que quede claro, ambas rutas son perfectamente válidas, sin embargo, la que escogió Robert Plant es la más difícil: sacudirse de su estatus, emprender un camino totalmente propio y no mirar atrás.

En este contexto, “Carry Fire”, disco número once en la discografía de Plant, es su segunda incursión con la magnífica banda de apoyo nombrada apropiadamente como The Sensational Space Shifters y sigue la senda de lo planteado en “Lullaby And…The Ceaseless Roar” (2014), con una amalgama de sonidos eclécticos que funcionan como un viaje musical por el norte de África y el Medio Oriente, combinados con el blues que forma parte de su ADN. Además, su alma inquieta explora de manera sensacional la mezcla entre world music y elementos electrónicos que el ensamble logra resolver con soltura.

Lejos de los bríos que alguna vez expresaron una virilidad incuestionable con base en una voz aguda privilegiada, Plant encara su presente con un timbre excepcional añejado en roble que lo hace aún más cautivante. Prueba de ello son las delicadas “Season’s Song” y “Dance With You Tonight”, esta última con un aire envolvente propio de lo más hipnótico del catálogo de The Velvet Underground, explorando el amor desde el punto de vista de un hombre que ya ha recorrido un largo trecho. La lánguida “Heaven Sent” y la misteriosa “Keep It Hid” mantienen una atmósfera íntima, no obstante, la segunda se alimenta de una intrincada guitarra aderezada con una percusión onírica en clave de jazz. De hecho, la riqueza musical del disco también nos lleva a rincones etéreos y minimalistas, como en “A Way With Words”, sacada casi de los parajes que Massive Attack exploró en “Mezzanine” (1998) con una sutil línea de piano creada por el tecladista John Baggott.

Y es que sólo Robert Plant puede mezclar mundos tan distintos que juegan con el pasado, el presente y el futuro, además de poner lo electrónico y lo étnico al servicio de piezas tan exuberantes como la homónima “Carry Fire”, cuyo uso del laud y de la viola eléctrica a cargo de Seth Lakeman le dan un aire desértico y místico, mientras que “Bones Of Saint” se toma del blues para llevarnos a un terreno mucho más movido, camino que sigue la enérgica “The May Queen”, con su abrazadora guitarra que bebe de los sonidos clásicos del folk, una señal de que Plant sigue encarnando una habilidad única para facturar canciones con una fuerza rítmica excepcional.

Dicha vigorosidad también queda explícita en el discurso de actualidad plasmado en “New World”, que con su fraseo de guitarra abierto y a la vez melancólico, trata de mostrar los males del colonialismo y los cambios que va sufriendo la identidad nacional a causa de la inmigración, temática que se repite con fuerza en “Carving Up The World Again… A Wall And Not A Fence”, que el guitarrista Justin Adams electrifica para que Plant añada las texturas necesarias en un track que resplandece por su contenido lírico sobre los conflictos armados, un guiño a las vivencias de su abuelo en la Segunda Guerra Mundial. Como si fuera poco, se vale de la ayuda de Chrissie Hynde de The Pretenders para darle vida a una versión de “Bluebirds Over The Mountain”, original de Ersel Hickey, que supera con creces a las versiones de Ritchie Valens y The Beach Boys, ya que exhibe un mayor nivel de sorpresa gracias a sus sintetizadores que emergen desde las sombras y a la confianza proyectada en su ejecución, justificada en lo bien que Plant conoce esta canción desde que la tocaba como parte de las pruebas de sonido con los mismos Space Shifters.

En suma, “Carry Fire” es un excelente indicio de que la vigencia del otrora vocalista de una de las bandas más importantes del mundo recae única y exclusivamente en su capacidad para mezclar lo étnico con lo futurista, acompañado de un poderoso mensaje que se hace cargo de problemas actuales más urgentes, y deja atrás los himnos de estadio que cantaban las aventuras épicas de J.R.R Tolkien en busca de relatos más personales y vivenciales. De hecho, es ese espíritu explorador e incansable el que consigue mostrar todo lo que ha aprendido a sus 69 años de edad y facturar una reflexión personal sobre el rumbo del mundo, de su persona y de los caminos que ha escogido hasta ahora para vivir sin mirar el espejo retrovisor.


Artista: Robert PlantCarry Fire

Disco: Carry Fire

Duración: 48:00

Año: 2017

Sello: Nonesuch / Warner Bros.


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El Álbum Esencial: “La Voz de los ’80” de Los Prisioneros

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La Voz de los 80

Jorge González dijo una vez que el primer disco de una banda toma mucho tiempo porque el proceso parte desde que naces hasta que cumples edad para grabarlo, mientras que para el segundo sólo cuentas con un par de meses debido a la presión del sello. “Corazones” (1990), en rigor el primer trabajo de Jorge como solista, goza de un sonido pulcro y de una genialidad compositiva totalmente atemporal, “La Cultura de la Basura” (1987) cuenta con atisbos de experimentación y materializa el virulento sarcasmo social de la agrupación, y “Pateando Piedras” (1986) representa el cénit creativo del grupo produciendo un trabajo de alta calidad, que los posicionó como un suceso de masas. Pero es “La Voz de los ’80” el que encapsula esa energía primal, rudimentaria y cruda, que rompió con todo lo establecido como signo de una catarsis a nivel nacional en un país sumido en una gris dictadura.

Son diez cortes nacidos en la adolescencia de tres jóvenes de San Miguel que aplanaban las calles de la capital chilena entre interminables conversaciones sobre la música y su entorno. Nacieron como una banda de colegio, tocando en festivales escolares muchas veces con instrumentos prestados, sin embargo, su equipamiento más valioso eran sus canciones, creaciones que son la consecuencia de una mezcla ecléctica entre lo mejor de la música juvenil de la época, léase The Cars, Depeche Mode, New Order o The Clash, con la tradición auditiva de cualquier casa de clase media, como Raphael, Camilo Sesto o Salvatore Adamo. La sensibilidad pop con la aspereza del rock al servicio de letras inteligentes, llenas de sarcasmo, que se derraman en un disco que en la actualidad parece un compilado de grandes éxitos.

La capacidad que tuvo Claudio Narea, Jorge González y Miguel Tapia para retratar a su generación, el momento político y la cultura pop, es el gran valor que hace a este disco permanecer en el tiempo. La juventud que aparece en “Brigada de Negro”, esa que nada en alcohol y tabaco, es casi tan difusa como la sombría línea de bajo de González que serpentea por toda la canción, mientras Narea marca el ritmo con sus acordes y Tapia promueve una batería marchante, que narra la hipocresía juvenil de una felicidad hedonista que difícilmente era la realidad de la clase media asolada por la política neoliberal de los Chicago Boys. Parte de esa atmósfera aparece en “La Voz de los ’80”, canción que remece con la energía rabiosa de un trío que se quería comer al mundo desde el primer momento. A pesar de que cada obra esté anclada a su época, lo importante es cuando esta trata temas tan universales que se van repitiendo generación tras generación.

El primer larga duración de Los Prisioneros es un disco que siempre será joven, porque refiere a los temas que vive cada chiquillo o chiquilla desde que esta etapa de la vida humana emergió como una forma cultural en sí misma, después del destape mundial en los años 50. Tanto el relato del despertar sexual que se palpa en “Eve-Evelyn”, como la posterior desolación amorosa de carácter invernal de “Paramar”, son impulsivas y encaran la frustración amorosa con un relato original, el mismo que sale disparado de los parlantes de manera un poco más furiosa en “Mentalidad Televisiva”. Y ¿si la chica que perdió su imaginación para instalar un video tape ahora la perdiera para instalar la última actualización de YouTube, Snapchat o Instagram? Son los temas que, entre la ingenuidad y suspicacia, instalan esas verdades que siempre vamos a vivir, estemos en la época que estemos.

Esa aterrizada visión que ostentaba el trío siempre los hizo ver como algo distinto en un panorama musical un tanto agreste. En la primera mitad de los 80 la música de guitarras era marginal en nuestro país, el rock estaba relegado a encuentros que, si bien cimentaron gran parte de lo que después se expresaría en el underground criollo en estilos más extremos como el thrash o el punk, se veían aplastados por la culturalidad de un régimen que impuso firmemente su manera de ver la realidad, contexto clave para entender letras como “Latinoamérica Es Un Pueblo Al Sur De Estados Unidos” y “No Necesitamos Banderas”, que recogen elementos foráneos como el reggae y el ska para alinearlos a nuestras características locales. Esto choca de frente con la postura del sonido imperante en el mundo universitario dominado por el Canto Nuevo, forjado desde las raíces propias de nuestra música, y no al revés, como en el caso del rock.

Las letras pomposas y repletas de metáforas, adornadas con la complejidad de los acordes de una guitarra acústica, no podía ser más distinto al mensaje directo de “Sexo” o de “¿Quién Mató A Marilyn?” que, tomando elementos de la cultura pop, prefiguran un mensaje directo, conciso y simple de entender, aunque no por ello menos contundente. Es por eso que “Nunca Quedas Mal Con Nadie”, grabada el 6 de diciembre de 1984 –mismo día en que Jorge cumplía 20 años–, emerge como una crítica tanto a ese movimiento como también a la liviandad de las bandas que compartieron un terruño que Los Prisioneros nunca quisieron habitar. Aparato Raro, Cinema, Valija Diplomática, Emociones Clandestinas, seguidos de un largo etcétera, se subieron al carro del nuevo rock chileno y recibieron un mejor trato de las emisoras locales, cosa que no pasó con los de San Miguel, precisamente por lo filudo de su lírica.

Famoso por sus frases para el bronce, el otrora vocalista de la banda expresó: “Pocas veces nos hicieron una crítica en un diario, y las veces que lo hicieron, era para decirnos que éramos pésimos, lo último, que sonábamos mal, que no servíamos para nada y que éramos una moda no más”. El tiempo no se ha cansado de probar lo equivocado que estaban los tabloides del momento. Desde aquella foto tomada en la Vega Central en la que se ve a tres muchachos sosteniendo sus instrumentos, hasta esa camisa apuñalada como carta abierta a un amor imposible que vino a cerrar la primera etapa del grupo después de la vuelta a la democracia, Los Prisioneros marcaron a fuego la historia de nuestro país.

Su valor no está condicionado por el mero hecho de retratar a una generación que vivió momentos sombríos ­–lo que ya sería un mérito–, sino que recae en cómo tres miembros de esas escuelas numeradas, en las que les enseñaban humildad y resignación, lograron establecer un mensaje que resuena hasta el día de hoy y que se mantiene totalmente vigente. Eso habla tanto de la inteligencia de sus letras, como de una sociedad que siente un romanticismo exacerbado por muchos elementos de la cultura de épocas pasadas, sobre todo en lo que se refiere a los años 80; no por nada se sigue escuchando en la radio casi la misma música que alguna vez llamó la atención de Narea, Tapia y González.

En la actualidad, Chile sigue teniendo problemas limítrofes (“no necesitamos banderas, no reconocemos fronteras”), sigue luchando contra el machismo (“…y les sigues el juego, y les das tu dinero, y te sientes muy hombre y me río en tu cara de tu estupidez”) y seguimos presa del cinismo ahora exacerbado por las redes sociales (“pretendes pelear y sólo eres una mierda buena onda”). Los Prisioneros cambiaron la forma de ver la realidad, pero parece que somos nosotros los que no hemos cambiado tanto.


Artista: Los PrisionerosLa Voz de los 80

Disco: La Voz de los ’80

Duración: 40:22

Año: 1984

Sello: Fusión / EMI Music


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