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Richard Hawley – Standing At The Sky’s Edge

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Uno de los tesoros musicales del archipiélago británico menos conocidos, es una estrella de pop. Claro, Richard Hawley se hizo conocido con propuestas tan románticas como sentidas, siendo reconocido como uno de los mejores en esa extraña especie que son los “crooners de Sheffield”.

Para muchos, fue recién reconocido por el lado B que grabó con Arctic Monkeys, “You & I”, pero quienes siguen la escena británica, notarán que Hawley no es un aparecido –lleva 3 décadas en esto- y que lleva un buen rato, con proyectos como Longpigs o incluso colaborando con Pulp, con quienes hace poco tocó en Reading.

Pero es su carrera solista la que ha presentado más variaciones. Si “Lady’s Bridge” (“Mute”, 2007) era un registro rockabilly más romántico o “Truelover’s Gutter”, del mismo álbum, fue un tierno y tímido homenaje al desamor más doloroso, “Standing At The  Sky’s Edge”, el séptimo álbum de estudio del orgullo de Sheffield, cambia nuevamente el escenario y presenta a Hawley más reflexivo y potente que nunca.

Y aunque el título del álbum llame a creer que la música será grandilocuente y que Hawley dejaría de ser terrenal para mostrarse como un Dios de la guitarra, nada más alejado de eso: “Standing At The Sky’s Edge” es un registro crudo, con los pies bien puestos en la tierra, que no aspira a más que revisitar el rock psicodélico de finales de los 60, como simboliza la portada del disco. De hecho, el nombre del registro no significa “Parado en el filo del cielo” sino que “Parado en Sky’s Edge”, un sitio en Sheffield bastante poco etéreo.

No deja de ser curiosa la apuesta por las canciones robustas y ruidosas, con bastantes arreglos de guitarra y con solos de maravilla, aunque el inicio lleve a engaños incluyendo citaras y cuerdas, pero “She Brings The Sunlight” es oscura y densa, siendo la antítesis de su título.

Quizás el momento más anexado con el romanticismo de Hawley sea “Seek It”, que recuerda al pop sesentero más tierno, pero con esa nébula que acompaña al resto del LP. El track que le da el nombre al disco tiene una vibra folk y una vocación narrativa que se mezcla con un sonido lleno de capas que se descubren tras varias oídas, como el resto del registro, condensando bien el espíritu de un álbum que no es sencillo de escuchar, pero que cuando alguien se sumerge en él, lo hace a fondo.

Es que Hawley no sólo suena bien, sino que también denota ganas genuinas de sonar así, tal como el beat de “Down In The Woods” y su garage rock intenso, denotan metáforas hiperbólicas pero creíbles, como pocos lo pueden hacer, o en “Don’t Stare At The Sun” donde las lamentaciones se transforman en melodías que pasan desde la ternura al guitarreo más muscular, con un solo hermoso y una letra que apela a la afectación del desamparo. Nada nuevo para Mister Hawley, en todo caso.

Pero donde la maestría de este tándem de canciones se manifiesta en su máxima expresión, es en la gigantesca mezcla de “The Wood Collier’s Grave” y “Leave Your Body Behind You”, que en la práctica son un misma canción. Aquí se pasa del tema recurrente del crooner, el amor perdido, pisoteado, despechado, pero sin clichés, hacia la autoafirmación de que es mejor seguir adelante, aunque sea sólo en espíritu. Como se ve, clásico de Richard Hawley.

Entonces, ¿por qué tanta habladuría de que hay una reinvención de su estilo? Debe ser porque es así. Los amplificadores, el uso de los recursos del sonido y el desarrollo de las composiciones apelan a otros estilos, aunque en el fondo siga siendo el mismo.

No es una reinvención, sino que sólo se trata de las inquietudes de un crooner que sabe que las canciones deben ir donde las canciones puedan llegar, y que si por eso debe pasar por encima de su propia firma, lo harán. Y es ahí cuando se agradece que para muchos no sea conocido, porque sí que vale la pena que muchos lo conozcan por este notable “Standing On The Sky’s Edge”.

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El Álbum Esencial: “Undertow” de Tool

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La portada de todo álbum debiese generar impresiones anticipadas sobre el contenido que este alberga. Bajo esa lógica, ver esa especie de caja torácica roja –que en primera instancia tendría a una mujer obesa y desnuda dentro de ella, pero fue censurada– delante de un fondo negro, no puede más que desconcertar. Si a eso se le suma el intrigante título, “Undertow” (“Resaca” en inglés), esto sólo pude verse potenciado. La estética visual de todo esto simplemente respondía a la proyección del vivo reflejo de la música de Tool. Agonía y desconcierto, no existe otra forma de describirles.

Sin duda alguna, aquello que encierra esta criptica iconografía y perfora nuestro cerebro desde los oídos es difícil de clasificar para la época, o incluso hoy por hoy. A mediados de los 90, todo lo que sonara más o menos distorsionado solía ser etiquetado de grunge o, en el mejor de los casos, como rock alternativo. Pero acá había una diferencia: el uso que se dio a la oscuridad. No hablamos del manto de sombras melancólicas que rodeaba al común de la música de la denominada Generación X, sino que de una penumbra mucho más densa que se manifestaba mediante una catarsis brutal. Pese a su crudeza y visceralidad, también encontramos niveles de introspección y sutileza muy alejados de los márgenes de la escena de la costa oeste estadounidense.

Es habitual que los álbumes debut de una banda expongan una continuidad estética en referencia a los demos, cosa que acá no ocurre. “Undertow”, para ser el primer larga duración, es sumamente complejo, pues marca un temprano punto de inflexión en el trabajo de los oriundos de Los Angeles, cosa que en otras agrupaciones ocurre entrada la discografía. Hay acá una sonoridad mucho más oscura, la que comienza a reemplazar progresivamente el rock más frontal y acelerado presente en el EP “Opiate” (1992). Los temas de tres minutos en donde se lograba apreciar la influencia hardcore que posee la banda, comenzaron a alargarse hasta los seis o más debido a un aumento de versatilidad en las estructuras de cada canción, en donde los pasajes instrumentales empezaron a tomar cada vez mayor relevancia. Comenzaban así a ganarse paulatinamente la etiqueta de “progresivos” y vaya que lo merecían.

Aunque pudiese ser paradójico, la guitarra de Adam Jones no se caracteriza por exponer las destrezas sobrehumanas con las que se está habituado en la mayoría de las bandas denominadas como metal progresivo, aun así, demuestra una técnica inconfundible, en donde el juego entre tonalidades densas y frecuencias que bordean la estridencia entregan diferentes matices a las composiciones. “Bottom”, tema en donde colabora el eterno Henry Rollins, es quizás el más claro reflejo de esto. Por su parte, el trabajo en el bajo de Paul D’Amour suena de forma penetrante y aguerrida, batallando el protagonismo rítmico y melódico en cada compás. La potencia y misticismo de “Flood” se debe en gran medida a la labor de este instrumento. Mismo misticismo que –con vidente de por medio– rodea la salida del bajista tras una gira por Europa promocionando el disco. En el futuro no lejano, sería el británico Justin Chancellor quien se haría cargo de las frecuencias bajas hasta la actualidad.

Si bien, en los instrumentos de cuerdas no podemos apreciar una técnica elevada como lo demandaría el género progresivo, aquello sí se puede hallar en la percusión. Probablemente, la rítmica que impone Danny Carey es el componente más experimental de la propuesta de Tool en sus inicios. Aunque aún no incorporan estructuras demasiado complejas como en posteriores discos, es notoria la variabilidad de los tiempos y la sagacidad con la que se pasea por la batería. Prueba de ello son temas como “Intolerance” o “Swamp Song”. Punto aparte también es el poderoso registro vocal del hoy endiosado Maynard James Keenan, clave para dar forma al tema homónimo del disco, en donde es capaz de saltar de fraseos melodiosos a desgarradores gritos, pasando por diabólicos arrullos con una facilidad inexplicable. Además, durante la promoción del álbum ya comenzaba a dar cuenta de esta particular visión del espectáculo, dado su singular desplante escénico.

Pese a que Tool suele ser clasificado como metal progresivo, en “Undertow” lo vanguardista está en mantener elementos minimalistas al alero de una gran sensibilidad instrumental. Es cosa de escuchar temas que quizás pasan más desapercibidos, como “Crawl Away” o “Swamp Song”, para dar cuenta de aquello, y ni hablar de temas como “4°” y “Flood”, que empezaban a dar pequeños, pero ahora evidentes indicios del camino que la banda tomaría en sus posteriores discos. Quien haya escuchado los casi 16 minutos de “Disgustipated” y diga que no es vanguardista, debe comenzar a cuestionar sus concepciones del mundo.

En cuanto a sencillos, el primer LP de la banda nos entrega “Sober” y “Prision Sex”, los cuales fueron acompañados de perturbadores videoclips promocionales, dirigidos por el mismo Adam Jones. El primer tema, en un ejercicio sublime de minimalismo al ser guiado por una secuencia repetitiva de tan sólo dos acordes, nos habla de la adicción del alcohol –incorporando la concepción cristiana del pecado–. Mientras tanto, el segundo relata la brutalidad de la violación infantil. Este último, dado lo tétrico de las imágenes y la crudeza de su letra, fue duramente censurado por las cadenas televisivas de música, pero como ha ocurrido a lo largo de la historia, el morbo ante lo prohibido sólo ayuda a atraer nuevos adictos e incrementar el peso de los cultos.

Así es como “Undertow”, con todos sus componentes, establece los cimientos de la catedral que posteriormente construiría Tool, dando pie para un largo legado que sigue influenciando a un sinfín de bandas de diversos estilos. Si bien, suele ser denostado por ser el disco menos experimental de la banda y, por ende, el con menos teorías conspirativas alrededor de él, su sonido más duro ha ayudado a consolidar a un grupo no menor de fanáticos de esta obra, quienes incluso profesan que este es el mejor de todos los lanzamientos del grupo. Pero ¿puede segmentarse la discografía de Tool y no comprenderla como un todo? ¿Hay realmente un mejor Tool? Preguntas tan complejas como sus respuestas y el objeto al que apuntan.

De todas formas, sí se puede asegurar algo: ser fan de Tool es probablemente uno de los actos de masoquismo más grandes dentro de la ya auto flagelante vida de los melómanos –podría incluirse dentro de esta patología el ser fan de Radiohead; si se es de ambos, el diagnostico debe ser crítico–. Y es que sentir atracción por aquello que no logramos comprender, por aquello que nos desestabiliza mentalmente por no poder apropiárnoslo, debe ser uno de los males más viejos de la historia de la humanidad. Aquel primer trago de la banda, sin duda, ha generado una resaca que sigue palpitando en nuestras cabezas. Lo único que se espera es mantenerla hasta que Maynard y compañía nos entreguen una nueva dosis de su tan ansiado licor.

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