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Rancid – “Trouble Maker”

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Cuando hablamos de punk rock, la actitud, la intransigencia y la honestidad son valores intrazables que no pueden faltar en la conversación, y da gusto cuando una banda que ya lleva más de un cuarto de siglo de circo los sabe utilizar tan bien. En ese sentido, Rancid les saca mucha ventaja a sus contemporáneos, ya que no se pierde en tratar de hacer malabares y trucos que no sabe ejecutar; por el contrario, su trabajo más reciente pone en alto la bandera de la música que ha defendido toda la vida y constituye una colección de 17 canciones que no bajan la calidad de lo mostrado hace ya tres años en “…Honor Is All We Know” (2014).

Y es que la consistencia ha sido una constante en la discografía de los de Berkeley. Tanto es así, que el único atisbo de experimentación se vio en “Life Won’t Wait” de 1998, en el que las influencias reggae, ska y rockabilly se tomaron la mayor parte de ese disco, pero se sabe que en el caso de Rancid esos ritmos siempre son acompañamientos y no el plato principal. Es así como la novena entrega de la banda, con la producción del ilustre Brett Gurewitz de Bad Religion, es una verdadera descarga de 36 minutos de punk sin concesiones, ni aderezos, salvo por la contribución del eterno colaborador de Amstrong, Kevin Bivona de The Interrupters, en el órgano y el piano, misión que ha estado a su cargo en otros discos de la banda.

El arranque furioso y certero con “Track Fast” es una de esas delicias que solo el punk rock bien afinado puede entregar. 58 segundos de pura rapidez que bastan y sobran para dar el pase a “Ghost Of A Chance”, uno de los singles que pudimos disfrutar como adelanto en mayo de este año, con un gancho insuperable y un coro directo, uno de los códigos más usados y efectivos de Rancid.  El aroma a The Clash se siente a kilómetros en canciones como “Telegraph Avenue” o “Where I’m Going”, con fraseos que parecen cantados por el mismo Joe Strummer, por lo que nadie puede negar que Tim, Lars, Matt y Branden son quizá los alumnos más aventajados de la escuela propuesta por el combo inglés a fines de los 70. Otro de los elementos que unen a los londinenses con los de Amstrong es la contundencia de sus bajistas. Matt Freeman se luce en canciones que aprietan el acelerador a fondo, como es el caso de “All American Neighborhood” y “I Got Them Blues Again”, o en las más reposadas como “Beauty Of The Pool Hall”, en la que nos regala un pequeño solo, y la saltarina “Bovver Rock And Roll”.

Las referencias a los clásicos no paran, ya que “I Kept A Promise” o “Molly Make Up Your Mind” muestran cambios de acordes muy ramonescos, en los que la guitarra de Frederiksen irrumpe con líneas muy simples, pero efectivas. La misma fórmula se repite en “An Intimate Close Up Of A Street Punk Trouble Maker”, que incita instantáneamente al pogo gracias a su riff galopante y al sólido ladrido de Tim Amstrong con el apoyo de Lars, Matt y Braden en las segundas voces, recurso que también sostiene a la motivadora “This Is Not The End”.  Dicha sincronía no sólo se hace carne en lo vocal, sino que también en lo instrumental, con una tripleta exquisita del bajo y las dos guitarras en la más psychobilly “Cold Cold Blood”.  Aparte del simpático acordeón que inicia “Buddy”, no encontramos mucha más diversificación en lo que respecta al uso de otros instrumentos dentro del disco, ya que este descansa mucho más en la formulación de himnos, como es el caso de “Farewell Lola Blue” o “Say Goodbye To Our Heroes”, ambas con letras que encapsulan una nostalgia muy rica y líricas interesantes, esta última con una dedicatoria explícita a todos sus héroes del punk rock.

“Trouble Maker” es el reflejo del momento de madurez y buena salud que vive Rancid, en el que se sienten cómodos con un legado que ellos nunca buscaron, pero que les sienta muy bien. No es casual que hayan recurrido al mismo logo de su disco debut para ilustrar la portada de esta nueva placa, esa es una forma de hacerse cargo de su legado y también nos recuerda que los valores del punk no se compran en ningún lado, se viven. La historia parece ser más una aliada que una bomba de tiempo para Rancid.

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DIIV – “Deceiver”

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Deceiver

Desde su debut, la imagen de DIIV –y en particular la de su líder, Zachary Cole Smith– ha sido asociada a los estereotipos de los iconos del rock noventero, con una estética grunge que, para felicidad de Smith, les valieron numerosas comparaciones con su ahora ex modelo a seguir, Kurt Cobain. Sin embargo, la música de la banda nunca sonó similar a Nirvana o a sus coetáneos. En “Oshin” (2012) la melódica voz de Smith era acompañada de dulces instrumentaciones, asegurándoles un espacio como rostros del dream pop y el shoegaze. Este sonido se profundizo en “Is The Is Are” (2016), sin embargo, su contenido se aleja de la luminosidad de su predecesor y ofrece relatos más personales. Es en “Deceiver” donde el grupo toma las guitarras y abandona las dulces melodías para su trabajo más oscuro e introspectivo, escribiendo sus propias narrativas.

Resulta irónico que sea “Deceiver” el disco que por primera vez se asemeja a las influencias grunge que la banda ha presentado de forma estilística. Poco antes de su lanzamiento, Zachary Cole aseguró ya no ver a Cobain como un modelo a seguir y decidió separar al hombre de su trabajo. El primer sencillo, “Skin Game”, continúa con el tema de las adicciones de su predecesor, pero con fuertes guitarras que contrarrestan la dulce voz de Smith. A diferencia del disco anterior, el sencillo no lidia con la recuperación, sino que con la aceptación de una enfermedad y el cómo vivir con ella. La canción es un perfecto adelanto del disco, manteniendo un sonido dream pop, pero abandonando los meros guiños al rock; esta vez las guitarras son protagonistas.

El primer corte del disco, “Horsehead”, es una antítesis a las introducciones de las placas anteriores de DIIV, con una oscura instrumentación a cargo de poderosas guitarras que adelantan la gama sonora del disco. La voz de Smith no pierde su dulzura, pero su tuno sugiere una honestidad y fragilidad más presente que en trabajos anteriores. Canciones como “Like Before You Were Born” y “Between Tides” muestran que la banda no ha desestimado sus composiciones características, sólo ha expandido su gama sonora para maximizar toda la experiencia. “Blankenship”, por ejemplo, es un clásico de DIIV desde su inicio, con una suave melodía que fluye a través del liderazgo vocal de Smith, pero este espacio común es rápidamente corrompido por la inclusión de guitarras que recuerdan la intencionalidad del disco y expresan la diversidad de la banda.

Si bien su duración es menor que la de su antecesor, “Deceiver” suena mucho más grande. Las vocales y líricas son mucho más claras y la instrumentación nos acerca a un maximalismo no visto antes en su discografía. Y es que en este esfuerzo no hay espacios para sutilezas; después del lanzamiento de “Is The Is Are” el cantante se refirió a sus composiciones como unas “mentiras”, lamentando la forma en que representó las adicciones, enfocándose sólo en la recuperación y no en la vida con estas. Por esto, todos los elementos del disco se maximizan, como una contraparte más oscura y profunda que la anterior. “Taker” se presenta como una pieza central, tomando las responsabilidades de las mentiras cometidas y aceptando las consecuencias de un viaje lejos de terminar. Las guitarras son mucho más pesadas en este punto, adelantando la forma en que esta oscuridad se profundizará en la segunda mitad.

Es la segunda parte del disco la que presenta su mayor vulnerabilidad y sinceridad, donde el problema ha sido aceptado y comienza la búsqueda por la redención. “For The Guilty” presenta los efectos que las adicciones han causado en su círculo y en sí mismo, con un instrumental que prueba que el álbum triunfa en sus momentos sonoros más oscuros, sin opacar el desempeño vocal, sino que resaltándolo. “The Spark”, tal como lo índica su título, presenta un inusual momento de luz en el disco, con una brillante melodía que acompaña la catarsis de su narración. Sin embargo, culmina con “Acheron”, quizás uno de los momentos más oscuros de “Deceiver”, con sombrías guitarras y líricas: “Odio al Dios en el que no creo. El paraíso es sólo una parte del infierno”. La pieza es lo más cercano a rock noventero que alude su imagen, y sus siete minutos de duración dejan en un punto alto el cierre del disco.

La escena de rock en la que DIIV ha participado durante esta década ha sido asociada a las adicciones por casi tanto tiempo como existe. Asimismo, la figura de Zachary Cole Smith, quien había gozado de las comparaciones con quien veía como un modelo a seguir, pero su distanciamiento de estas figuras no viene desde un lugar juzgador, sino de reconocerse y querer narrar su propia historia. El protagonismo de las guitarras no es coincidencia, es parte del viaje a emprender y un reconocimiento a las influencias que esas bandas que lo formaron estilísticamente tuvieron a la hora de hablar sin tapujos de las adicciones. “Deceiver” puede no ser el sonido más característico de DIIV, pero es el más sincero y pertinente para reflejar el presente de la banda.


Artista: DIIV

Disco: Deceiver

Duración: 42:28

Año: 2019

Sello: Captured Tracks


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