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Prefiero Fernández – Días De Noche

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Los nacionales de Prefiero Fernández se toman las cosas con calma, conscientes del proceso de maduración que debe existir entre cada disco, es por esto que tuvieron que pasar dos años desde el lanzamiento de “Cápsula Natural” (2010) para conocer nuevo material del cuarteto. Su tercer álbum de estudio lleva por título “Días De Noche”, el cual fue grabado en el estudio de Eugenio Larraín, guitarrista de Milodonte, y producido por Ignacio Ramírez y Nicolás Parra de Pdm Producciones, ambos miembros de la banda Mecánico. Además, este trabajo tiene la particularidad de que fue remasterizado en los míticos estudios de Abbey Road, Londres, por el reconocido ingeniero Alex Wharton, quien ostenta el haber trabajado con artistas de la talla de Björk y Chemical Brothers, entre muchos otros.

La apertura del álbum llega de la mano del tema que da nombre a la placa, “Días De Noche”, el cual de inmediato destaca por su dinámica melodía, donde cobra fuerza la presencia del bajo de Felipe Amigo y la característica voz de Cristóbal Watkins. Una carta de presentación llena de energía y vitalidad, que genera buenas expectativas para el resto del disco. “Conexión” mantiene la tendencia de los sonidos intensos y nítidos, un ritmo entretenido y pegajoso que adorna la historia de un mujeriego en busca de su mujer ideal. El viaje continúa con “Interminables”, en donde bajan levemente las revoluciones en base a una melodía a medio tiempo que ofrece hermosas secuencias de cuerdas. En “Santa Fe” el protagonismo lo asume la precisa ejecución de Tomás Oyarzún, en donde la potencia de su guitarra marca la pauta del tema, una hermosa pieza que sugiere una carga emotiva y personal. La batería de Adriano Vera marca el comienzo de “Kilómetros”, en donde la instrumentación asume un rol secundario, sobresaliendo la voz de Watkins que termina por configurar un pegajoso estribillo y por sobretodo una excelente canción. El cierre de la primera mitad del álbum corre por cuenta de “Destiny”, que propone un cambio de estilo mediante la incorporación de la trompeta y un ritmo más agresivo, con intensos solos de guitarra.

Con “Minuto Sensorial” vuelven a tomar el control los sonidos más lúdicos y agradables, destacando por su entusiasmo, pero sin proponer nuevos matices ni cambios de ritmo que ayuden al desarrollo del disco. “Infiltrados” inyecta una buena dosis de rock, uno de los cortes más duros y potentes de la placa, con una melodía mucho más áspera y la presencia de sonidos sintetizados, que aportan con fuerza e intensidad. Siguiendo en la línea de la mixtura de propuestas, la energía vuelve a bajar con “Panal”, un tema que tiene implícito el estilo clásico del cuarteto, una marca registrada que sigue teniendo excelentes dividendos. La base pausada que propone el bajo, resume la tónica de “Cero A La Izquierda”, una canción que no destaca por su velocidad y dinamismo, pero sí por una letra ligera y secuencias fácilmente digeribles. Las cuerdas vuelven a ser protagonistas en el comienzo de “Asilo”, con un agradable riff acústico, muy ad hoc a los matices de melancolía que transmite con cada una de sus líneas. Una bellísima canción que muestra otra más de las facetas que ofrece Prefiero Fernández. La última parada del recorrido a través del álbum lo trae “Nacer”, un tema que gana en energía, con una excelente instrumentación y notables cambios de ritmo, que fluyen por una amplia gama de intensidades y que estructuran uno de los mejores cortes de la placa.

Tras seis años de vida, Prefiero Fernández ha alcanzado una madurez musical que los sitúa como uno de los grandes proyectos de la música chilena, siendo este 2012 un importante punto de inflexión en su carrera, cuya participación en Maquinaria Festival, su presentación como teloneros de Scott Weiland y el lanzamiento de su nuevo álbum en el Anfiteatro del Museo de Bellas Artes, los catapulta a ser protagonistas de la escena local y quizás, en el corto plazo, llevarlos a incursionar en otros mercados. “Días De Noche” cumple con las expectativas que los fanáticos se trazaron durante estos dos años de silencio, con una propuesta que no se encasilla bajo ningún estilo en particular y que tiene su principal virtud en la capacidad de incursionar con varios matices, pero manteniendo siempre su sello característico. Los doce tracks que componen el tercer larga duración de Prefiero Fernández, no hacen otra cosa que presagiar un futuro prometedor para el cuarteto capitalino.

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El Álbum Esencial: “The Dark Side Of The Moon” de Pink Floyd

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The Dark Side Of The Moon

No hay que ser seguidor de Pink Floyd para reconocer que “The Dark Side Of The Moon” marca uno de los momentos más altos en la historia del rock, metiéndose de lleno en ese selecto puñado de álbumes que todos deberían escuchar por lo menos una vez en la vida. Es tan así, que, si bien podemos estar todos de acuerdo en que los rankings no definen la grandiosidad de un álbum, no es menos cierto que funcionan como indicadores duros a la hora de evaluar un fenómeno musical. En esta línea, es imposible pasar por alto que al hablar de “The Dark Side Of The Moon” lo estamos haciendo de un disco con más de 45 millones de copias vendidas en todo el mundo, que además tiene la particularidad de haberse instalado majaderamente en el top 200 de Billboard desde su lanzamiento en 1973 hasta 1988, para luego (como si no hubiera sido suficiente) volver a meterse el año 2009. Si esto no es un indicador de vigencia y transversalidad, entonces nada lo es.

Sin embargo, los méritos que hacen de “The Dark Side Of The Moon” un álbum único, exceden largamente sus cualidades estadísticas. En lo concerniente a la banda, el disco marcaría sin duda una suerte de renacimiento. Después de debutar en 1967 con un fantástico larga duración bajo el liderazgo de Syd Barret, la inesperada salida del crazy diamond del cuarteto pondría en jaque el futuro de este, obligando al conjunto a entrar en un largo período de reinvención musical que no fue fácil. La experimentación sonora con marcados tintes de psicodelia y folk se tomaron la identidad de los londinenses y, si bien con el tiempo discos como “A Saucerful Of Secrets” (1968), “Ummagumma” (1969) y “Meddle” (1971) probarían ser imperecederos, lo cierto es que a principios de los setenta el conjunto comenzaba a hacerse difícil de seguir.

Por fortuna, una de las características de la banda siempre fue la capacidad de ir constantemente revaluando su propuesta. En esta línea, “The Dark Side Of The Moon” en ningún caso fue un accidente. La idea de aventurarse en un álbum de identidad lírica compacta, donde esto fuera incluso más relevante que la oferta sonora, hace rato se había apoderado de la mente de Waters, al punto que una de las cosas que demoró la salida del álbum tuvo que ver justamente con que Pink Floyd sintiera que el concepto se había logrado. Y dicho concepto era importante, sin duda la banda de sonido tenía que estar a la altura. Asentados durante ocho meses en los estudios Abbey Road y con Alan Parsons como ingeniero en sonido, echaron mano al uso de loops, samples de conversaciones grabadas en el estudio, sintetizadores análogos y la técnica del multi track recording para dar vida al trabajo que definitivamente haría de la banda un fenómeno reconocido a nivel mundial.

Para iniciar el viaje, el diseñador Storm Thorgerson nos regala una portada inmortal. De interpretaciones múltiples, la carátula de “The Dark Side Of The Moon” es el primer signo de que los cuarenta minutos de música que vienen de la mano de esta portada no son cosa trivial. “Speak To Me” funciona como obertura e incluye varios guiños a fragmentos que aparecerán a lo largo del disco. Corre como una sola pieza con “Breathe”, simbolizando el inicio de la vida, que estaría marcado por la batería de Nick Mason (a modo de latido cardiaco). Por su parte, el etéreo y acogedor ambiente de “Breathe” dominado por la guitarra de David Gilmour, abre las líricas del álbum (dejando de lado el pequeño fragmento de conversación de “Speak To Me”) en una imagen que evocaría al padre hablándole a su hijo recién nacido para que respire y lo haga sin miedo, no olvidando disfrutar la vida.

“On The Run” llega a sacudir la calma del corte anterior, destacando desde el inicio por una secuencia de sintetizador repetida de forma reverberante a altísima velocidad, representando de forma sublime el agobiante estrés al que nos vemos enfrentados en la inmisericorde maquinaria del día a día. La canción crece de forma sostenida a lo largo de sus casi cuatro minutos, explotando para dar paso a “Time”, uno de los cortes más celebrados de esta placa. Reconocible desde el primer segundo gracias al coro de relojes que abre el tema y el característico rototom con que Mason acompaña la introducción, “Time” se desarrolla directa y contundente, guiada de manera impecable por la avasalladora guitarra de Gilmour. Tratándose del único track firmado por los cuatro integrantes del conjunto, tiene además el mérito de abordar con elegancia uno de los tópicos más inquietantes de la existencia humana, la mortalidad y el sentido de trascendencia.

Y si de mortalidad se trata, el cierre de la primera cara de la placa termina graduando al registro en estos menesteres. Haciendo gala de una capacidad de improvisación vocal francamente excepcional, Clare Torry hace de “The Great Gig In The Sky” uno de esos cortes imposibles de ignorar. Único e irrenunciable (originalmente titulado “The Mortality Sequence”), logra expresar sin inconvenientes el dolor y paz que acompañan el proceso de la muerte. Sin embargo, no hay descansos en este viaje, ya que rápidamente la segunda cara del larga duración nos golpea con otra canción inmortal. Es el turno de “Money”, tema que, compuesto por Waters con el objeto de abordar el flagelo del dinero y la avaricia, no sólo incluye una de las líneas de bajo más reconocibles de los setenta, sino que además se da el lujo de completar la base rítmica del track con un loop de cajas registradoras, monedas y papel roto, para luego cerrar distorsionado y catártico. Brillante, sin duda alguna.

“Us And Them” baja las revoluciones, dejando al saxofón de Dick Parry como guía y protagonista de este maravilloso corte acerca del sinsentido de la guerra, donde el eco en la voz de Gilmour funciona tan bien a la hora de dar identidad a este track, que debería tener una mención adicional en los créditos. A continuación, “Any Colour You Like” repite casi sin cambios la estructura armónica de “Breathe”, sin embargo, a diferencia del primero, evita por completo las voces, entregándose del todo a generar atmósferas, haciendo uso y abuso del teclado sintetizado. Ya para ir tomando la recta final, “Brain Damage” habla del lado oscuro de la luna por primera vez en todo el trabajo, apuntando directamente a la figura de Syd Barret. Se trata de un tema de evidentes tintes psicodélicos, amablemente acompañado por guitarras, sintetizador y arreglos vocales, a través del cual Waters intenta reivindicar el derecho a ser distintos.

Hacia el final, “Eclipse” nos confronta con lo banal de la existencia. El órgano Hammond y los acompañamientos vocales funcionan de manera perfecta para enrostrarnos que nada de lo que hacemos o somos es finalmente tan importante. Al cierre, sólo nos queda el latido (último signo de vida al terminar esta travesía) y la paradoja con que la banda decide dejarnos, que dice “There is no dark side in the moon really / Matter of fact it’s all dark”. Sobrecogedor y liberador en igual medida.

“The Dark Side Of The Moon” se instalaría finalmente como un fantástico viaje a través de las problemáticas más universales que enfrenta un individuo a lo largo de su vida, logrando transcurrir de forma seductora y fluida desde la primera señal de vida de “Speak To Me” hasta el último latido que cierra el álbum. De hecho, la principal virtud de este trabajo terminaría siendo precisamente la excelente manera en que logra fluir a lo largo de sus cuarenta minutos. Se trata de un disco que, abordando temáticas tremendamente complejas, logra hacerlo de forma muchísimo más amigable, directa y efectiva que lo que venía haciendo la banda en sus trabajos anteriores. Este es el momento en que el conjunto terminaría de explotar, adquiriendo esa capacidad única de crecer en simpleza, sin sacrificar en nada la profundidad de su propuesta. El tiempo (y los siguientes discos) confirmaría que el giro había sido el correcto. Hoy, tal como hace décadas, la vida sigue siendo un camino difícil de recorrer, pero por fortuna siempre tendremos esta inmortal banda sonora para recordarnos que no hacemos el recorrido solos.


Artista: Pink Floyd

Disco: The Dark Side Of The Moon

Duración: 42:59 minutos

Año: 1973

Sello: Harvest Records / Capitol Records


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