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Pixies – Indie Cindy

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La idea de una carrera perdurable, en el estricto sentido de permanencia y vigencia sobre los escenarios, forma parte de lo que se podría considerar una trayectoria exitosa, sin embargo, Pixies apostó por retomar una carrera que se dejó en pausa y que fue marca característica del sonido alternativo de la década de los noventa. Continuar en esta misma senda, considerando que una de sus piezas más esenciales como lo es la bajista, Kim Deal, haya optado por desligarse de la banda, previamente a que se publicaran los EP’s que forman este disco, no es algo que pase desapercibido para quien quiera reencontrarse con una de las agrupaciones más icónicas, inspiradoras e influyentes de la escena underground. Este nuevo larga duración es el compilado de una serie de EP’s que fueron difundidos entre septiembre de 2013 y marzo de 2014, y que contó con la colaboración del productor Gil Norton, quien ya había participado en las grabaciones de los últimos tres discos de estos norteamericanos, previos a este lanzamiento. Doce pistas son las que se nos presentan en este “Indie Cindy” y que se extiende por poco menos de una hora, donde la banda nos enseña esta nueva propuesta.

PIXIES 01“What Goes Boom”, nos permite comprobar si, efectivamente, las expectativas que se fueron acumulando respecto a esta reunión eran las más oportunas. Y es que, claro, veinte años fuera de los estudios genera una cantidad y variedad de percepciones y juicios, que muchas veces encuentran su origen en los temores que producen las actualizaciones sonoras y estilísticas. Con este tema en particular, se vislumbra un giro en su sello característico, pero más asociado a la madurez musical. Las distorsiones siguen presentes, sólo que ahora los arreglos surgen mucho más limpios y amables, tal como sucede con “Greens And Blues”, donde la voz de Black Francis emana delicadamente y se funde con los suaves acordes de la guitarra de Joey Santiago, la misma que se encarga de iniciar la canción que le otorga el título a este registro, la cual presenta la misma estructura antes mencionada, pero que rompe levemente el esquema destacando con una composición más relacionada con el surf rock. “Bagboy” integra un spoken word, casi a modo de discurso, que se desarrolla sobre una interesante implementación de sintetizadores que se arriesga, explícitamente, con sonidos más contemporáneos.

“Magdalena 318” arranca con un atractivo riff que se complementa a la perfección con la batería de David Lovering, creando una pieza que se aventura con sonidos sutilmente sugestivos, y que conforma la antesala para “Silver Snail” que, si bien, menos entusiasta que las pistas anteriores, se desplaza serenamente incluyendo, eventualmente, unos acordes genéricos del antes mencionado surf rock. Con “Blue Eyed Hexe”, aunque nunca tan evidente, Pixies se decide a juguetear con sonidos más duros; más gritos y menos susurros, inclusión que a la mitad de esta reproducción es para nada despreciable. “Ring The Bell” no destaca por sobre las demás pistas en cuanto a la fórmula utilizada. Posee precisamente todos los elementos antes descritos, sólo que la armonía y melodías se perciben mucho más constantes y reiterativas, tal como sucede con “Another Toe In The Ocean”. “Andro Queen” considera en su articulación sonidos reminiscentes a lo que podemos encontrar en sus registros PIXIES 02anteriores. Distorsiones, una guitarra acústica, leves sonidos espaciales, adicionado a la fragilidad que expresa la voz del frontman, Black Francis. Concluyendo este “Indie Cindy”, nos encontramos con “Snakes” y “Jaime Bravo”, que continuando con la tónica general, cuenta con implementos que se pueden apreciar en la estructura melódica de la mayoría de las bandas actuales que tomaron como influencia a los oriundos de Boston, Massachussets.

La evolución era algo inevitable, pero quizás no tan imprescindible. Sin embargo, las secuelas de esta reinvención no han sido tan evidentes. Si bien, claramente, la ausencia de Kim Deal se ha convertido en uno de los episodios más lamentables y controversiales de la banda, no merma abruptamente en la continuidad de su línea estilística y profesionalismo. En resumen, “Indie Cindy” es una propuesta diferente, pero que logra mantener la identidad de la banda, incorporando a su fórmula clásica las influencias que han ido nutriendo –a lo largo de estas dos décadas- a cada uno de sus integrantes, y que es digno de ser atendido, no sólo por curiosidad, sino que además para comprobar que efectivamente el tiempo no transcurrió en vano.

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El Álbum Esencial: “Undertow” de Tool

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La portada de todo álbum debiese generar impresiones anticipadas sobre el contenido que este alberga. Bajo esa lógica, ver esa especie de caja torácica roja –que en primera instancia tendría a una mujer obesa y desnuda dentro de ella, pero fue censurada– delante de un fondo negro, no puede más que desconcertar. Si a eso se le suma el intrigante título, “Undertow” (“Resaca” en inglés), esto sólo pude verse potenciado. La estética visual de todo esto simplemente respondía a la proyección del vivo reflejo de la música de Tool. Agonía y desconcierto, no existe otra forma de describirles.

Sin duda alguna, aquello que encierra esta criptica iconografía y perfora nuestro cerebro desde los oídos es difícil de clasificar para la época, o incluso hoy por hoy. A mediados de los 90, todo lo que sonara más o menos distorsionado solía ser etiquetado de grunge o, en el mejor de los casos, como rock alternativo. Pero acá había una diferencia: el uso que se dio a la oscuridad. No hablamos del manto de sombras melancólicas que rodeaba al común de la música de la denominada Generación X, sino que de una penumbra mucho más densa que se manifestaba mediante una catarsis brutal. Pese a su crudeza y visceralidad, también encontramos niveles de introspección y sutileza muy alejados de los márgenes de la escena de la costa oeste estadounidense.

Es habitual que los álbumes debut de una banda expongan una continuidad estética en referencia a los demos, cosa que acá no ocurre. “Undertow”, para ser el primer larga duración, es sumamente complejo, pues marca un temprano punto de inflexión en el trabajo de los oriundos de Los Angeles, cosa que en otras agrupaciones ocurre entrada la discografía. Hay acá una sonoridad mucho más oscura, la que comienza a reemplazar progresivamente el rock más frontal y acelerado presente en el EP “Opiate” (1992). Los temas de tres minutos en donde se lograba apreciar la influencia hardcore que posee la banda, comenzaron a alargarse hasta los seis o más debido a un aumento de versatilidad en las estructuras de cada canción, en donde los pasajes instrumentales empezaron a tomar cada vez mayor relevancia. Comenzaban así a ganarse paulatinamente la etiqueta de “progresivos” y vaya que lo merecían.

Aunque pudiese ser paradójico, la guitarra de Adam Jones no se caracteriza por exponer las destrezas sobrehumanas con las que se está habituado en la mayoría de las bandas denominadas como metal progresivo, aun así, demuestra una técnica inconfundible, en donde el juego entre tonalidades densas y frecuencias que bordean la estridencia entregan diferentes matices a las composiciones. “Bottom”, tema en donde colabora el eterno Henry Rollins, es quizás el más claro reflejo de esto. Por su parte, el trabajo en el bajo de Paul D’Amour suena de forma penetrante y aguerrida, batallando el protagonismo rítmico y melódico en cada compás. La potencia y misticismo de “Flood” se debe en gran medida a la labor de este instrumento. Mismo misticismo que –con vidente de por medio– rodea la salida del bajista tras una gira por Europa promocionando el disco. En el futuro no lejano, sería el británico Justin Chancellor quien se haría cargo de las frecuencias bajas hasta la actualidad.

Si bien, en los instrumentos de cuerdas no podemos apreciar una técnica elevada como lo demandaría el género progresivo, aquello sí se puede hallar en la percusión. Probablemente, la rítmica que impone Danny Carey es el componente más experimental de la propuesta de Tool en sus inicios. Aunque aún no incorporan estructuras demasiado complejas como en posteriores discos, es notoria la variabilidad de los tiempos y la sagacidad con la que se pasea por la batería. Prueba de ello son temas como “Intolerance” o “Swamp Song”. Punto aparte también es el poderoso registro vocal del hoy endiosado Maynard James Keenan, clave para dar forma al tema homónimo del disco, en donde es capaz de saltar de fraseos melodiosos a desgarradores gritos, pasando por diabólicos arrullos con una facilidad inexplicable. Además, durante la promoción del álbum ya comenzaba a dar cuenta de esta particular visión del espectáculo, dado su singular desplante escénico.

Pese a que Tool suele ser clasificado como metal progresivo, en “Undertow” lo vanguardista está en mantener elementos minimalistas al alero de una gran sensibilidad instrumental. Es cosa de escuchar temas que quizás pasan más desapercibidos, como “Crawl Away” o “Swamp Song”, para dar cuenta de aquello, y ni hablar de temas como “4°” y “Flood”, que empezaban a dar pequeños, pero ahora evidentes indicios del camino que la banda tomaría en sus posteriores discos. Quien haya escuchado los casi 16 minutos de “Disgustipated” y diga que no es vanguardista, debe comenzar a cuestionar sus concepciones del mundo.

En cuanto a sencillos, el primer LP de la banda nos entrega “Sober” y “Prision Sex”, los cuales fueron acompañados de perturbadores videoclips promocionales, dirigidos por el mismo Adam Jones. El primer tema, en un ejercicio sublime de minimalismo al ser guiado por una secuencia repetitiva de tan sólo dos acordes, nos habla de la adicción del alcohol –incorporando la concepción cristiana del pecado–. Mientras tanto, el segundo relata la brutalidad de la violación infantil. Este último, dado lo tétrico de las imágenes y la crudeza de su letra, fue duramente censurado por las cadenas televisivas de música, pero como ha ocurrido a lo largo de la historia, el morbo ante lo prohibido sólo ayuda a atraer nuevos adictos e incrementar el peso de los cultos.

Así es como “Undertow”, con todos sus componentes, establece los cimientos de la catedral que posteriormente construiría Tool, dando pie para un largo legado que sigue influenciando a un sinfín de bandas de diversos estilos. Si bien, suele ser denostado por ser el disco menos experimental de la banda y, por ende, el con menos teorías conspirativas alrededor de él, su sonido más duro ha ayudado a consolidar a un grupo no menor de fanáticos de esta obra, quienes incluso profesan que este es el mejor de todos los lanzamientos del grupo. Pero ¿puede segmentarse la discografía de Tool y no comprenderla como un todo? ¿Hay realmente un mejor Tool? Preguntas tan complejas como sus respuestas y el objeto al que apuntan.

De todas formas, sí se puede asegurar algo: ser fan de Tool es probablemente uno de los actos de masoquismo más grandes dentro de la ya auto flagelante vida de los melómanos –podría incluirse dentro de esta patología el ser fan de Radiohead; si se es de ambos, el diagnostico debe ser crítico–. Y es que sentir atracción por aquello que no logramos comprender, por aquello que nos desestabiliza mentalmente por no poder apropiárnoslo, debe ser uno de los males más viejos de la historia de la humanidad. Aquel primer trago de la banda, sin duda, ha generado una resaca que sigue palpitando en nuestras cabezas. Lo único que se espera es mantenerla hasta que Maynard y compañía nos entreguen una nueva dosis de su tan ansiado licor.

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