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Paul Weller – Saturns Pattern

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Es interesante cuando artistas de larga trayectoria componen discos y aportan al mundo sonoro una nueva obra. Uno se pregunta qué nuevo tienen para decir, qué novedosa contribución puede hacer al mercado musical. Cuando ya no se tiene casi nada que probar, cuando está casi todo dicho, es un tremendo ejercicio de exposición y humildad publicar un disco; habla muy bien de la inquietud, del fuego creativo y de las ganas de seguir haciendo crecer el paisaje sonoro de los días actuales, y en este caso particular, claramente hay pasión y algo que decir. Paul Weller ha forjado una carrera diversa después de formar parte de The Jam y The Style Council. De las guitarras y las canciones precisas, pasó a diversos estilos y composiciones más complejas, con paisajes sonoros variados y llenos de matices.

PAUL WELLER 01“Saturns Pattern” es un disco que conjuga la esencia musical del world music con elementos más clásicos y rockeros. La canción que abre esta colección de nueve tracks nos anuncia lo que será una constante. Una introducción muy espacial con algo de distorsión abre paso posteriormente a unas guitarras, también distorsionadas, y con una batería segura. Con ritmo pesado y contundente, “White Sky” es un ejemplo de la temática del disco y del estilo que hay en él. Posteriormente, la canción que da el título a la publicación es amigable, de fácil melodía y muy alegre. Nos recuerda, en alguna medida, al Peter Gabriel de “So” (1986): un piano marca el ritmo y los vientos colorean los versos cósmicos que canta Weller.

La estupenda “Going My Way” es una balada que va creciendo y agregando orquestación a medida que transcurren sus cuatro minutos. Al comienzo es una típica canción de amor, pero después acelera el pulso (con piano nuevamente) para volver a la balada. Bello tema, con una inocente e ingenua letra que pregunta y responde quién sigue a quién en la pareja, pero que en realidad no importa nada si es que seguimos juntos. Es un muy logrado tema, complejo y bello, que logra conmover por el contraste de la letra y su riqueza instrumental. “Long Time” es rockero y clásico, machacante y repetitivo, con guitarras procesadas, en donde se repite el coro casi como un mantra. Es inquietante y desesperanzado, con una letra que habla de la pérdida de sentido personal; el hablante lírico no se encuentra a sí mismo y eso queda claro en letra y música.

PAUL WELLER 02En “Pick It Up” continúan las guitarras, pero esta vez ejecutadas de forma más clara, con interludios de guitarra acústica y sonidos de sintetizadores, y sobregrabaciones que construyen una canción compleja, pero muy fluida, con diversas capas y un riff simple que prácticamente nunca abandona el tema. Excelente canción que, a pesar de su complejidad y dada la riqueza de sus sonidos, te atrapa y dan ganas de escucharla varias veces porque siempre se descubren nuevos detalles que valorizan la experiencia estética de su audición. Continúa el tema titulado “I’m Where I Should Be”, que es más plano desde el punto de vista del ritmo, pero mantiene la riqueza de sonidos y los detalles de instrumentación. “Phoenix” quizás sea la más comercial del disco, con un estribillo fácil y reconocible, continúa con una temática naturalista y naíf. “In The Car…” es ambiciosa y diversa; pianos a destiempo, guitarras acústicas y variados ritmos construyen un tema ambicioso y pretencioso, logrado a ratos, pero que aporta mucho al total de la obra. Y el gran cierre de “Saturns Pattern” es la extensa “These City Streets”, que continúa con el tono del disco. Peca de excesiva, pero es interesantísima como obra de cierre, ya que da  la sensación que Weller quiso reunir en una canción toda la propuesta musical de su disco. A ratos funciona, pero si duraba tres minutos menos habría sido una clausura monumental.

Esta obra crece a medida que uno la va escuchando, ya que con el tiempo se van apreciando más los detalles de las canciones, la exquisita instrumentalización y los buenos textos de Weller. Cuando alguien tiene algo que decir y aportar al mundo, se nota, y este es el caso. La trayectoria del ex-líder de The Jam y su capacidad musical no pasan inadvertidas en este disco, y se comprueba una vez más que el rock y la música popular no dependen de la edad de sus compositores y ejecutantes.

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Triggerfinger – “Colossus”

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Colossus

Están por cumplir 20 años de carrera. Dos décadas que parecen mucho y poco al mismo tiempo. Triggerfinger es una banda que, con cinco discos a cuestas, nada tiene que demostrar y que, sin embargo, no ha logrado encontrar el punto de despegue para llegar a la cima y codearse con los más grandes de la escena (no siendo teloneros, claro está). Pero ¿qué los hace tan especiales? No son genios incomprendidos ni nada por el estilo; de hecho, su sonido es muy fácil de digerir, sin que ello implique falta de originalidad o de agudeza creativa.

El stoner rock y el rockabilly son los componentes que perfilan la fórmula de este power trio oriundo de Bélgica, siendo un buen punto de referencia la semejanza estilística que comparte con Queens Of The Stone Age: ambas agrupaciones nacieron por la misma época, tienen una estética retro, y las dos son insolentemente seductoras y onderas. Esto último evidenciado por sus respectivos frontman, ya que, así como Josh Homme posee un carisma desbordante, Ruben Block no se queda corto, derrochando presencia escénica por montones.

El post punk se hace presente en “Colossus”, canción que da el nombre a este álbum. Parte enérgico y crudo, con la particularidad de que acá intervienen dos bajos, uno de ellos afinado lo más agudo posible buscando reemplazar a la guitarra, tarea que estos belgas cumplen satisfactoriamente. “Flesh Tight” es de esos temas que de lejos se nota que son singles: cuenta con una estructura rítmica y melódica que la hace en extremo pegadiza, adicionada a la incorporación de un teclado que, en contraste con la sugerente voz de Block, da como resultado una pieza que deja un halo siniestro escondido bajo una atmósfera retro. Muy rocanrolero.

“Candy Killer” emerge misteriosa y parsimoniosa, como aquella tranquilidad que antecede a la tormenta. Inicia con la ejecución del bajo de Paul Van Bruystegem, la que, a modo cortina sonora, mantiene la tensión y dramatismo hasta el final. Con “Upstairs Box” se manifiesta una mezcla de arreglos sesenteros de dos vertientes: por un lado se distinguen articulaciones psicodélicas procedentes de la guitarra de Block, y por otro, Mario Goossens prolonga el ritmo con una percusión al más estilo pop de antaño, elementos que se combinan armoniosamente.

“Afterglow” logra evocar pasajes crepusculares, es una pieza principalmente acústica, que destaca por su sedosidad melódica y su final, donde se desarrolla un desgarrador solo de guitarra. Después de este paréntesis auditivo, la potencia nuevamente adquiere ventaja. “Breathlessness” emerge con un aire brit, lo que, expresado a través de las seis cuerdas de Block, recuerda al inconfundible sonido de Oasis. “That’ll Be The Day” es otro de los temas que encuentran su mejor desarrollo en el coro, donde la cadencia sonora se transforma en un quiebre para una composición que tiene una estructura en base a sintetizadores y percusiones que emulan sonidos industriales. Mientras tanto, el bajo sigue siendo el que marca la pauta a través de intensos riffs. “Bring Me Back A Live Wild One” tiene buen pulso, posee algo de blues y de rock & roll, pero en una medida que le permite conservar su carácter moderno.

“Steady Me” parece sacado de una colección de lados B, o al menos no parece encajar con el esquema propuesto en este LP, jugando con el tempo, con los arreglos vocales y con distorsiones sonoras, una buena amalgama de sonidos que, lejos de asustar, se transforma en una buena forma de acercarse al término de esta lista de tracks. Acá estamos ante un desenlace por partida doble. Por un lado, “Wollensak Walk” se presenta en una pieza instrumental de blues que logra evocar parajes desérticos tipo western. Simple, pero muy efectivo; al menos ese es el final lógico. Sin embargo, 20 segundos después emerge el remate oficial disfrazado de pista oculta en una apología a la música campirana del sur de EE.UU, curiosa elección viniendo de una banda europea. Es tan hermosamente inesperado como “Das Schützenfest” de Faith No More.

Este último lanzamiento mantiene la esencia que Triggerfinger ha venido cultivando desde su debut en 2004 con su producción homónima, no obstante, aquellas experimentaciones que plasman casi al final de esta placa sugieren que existe un deseo que los empuja a salir de su zona de confort. Deseo que podría impulsar o sepultar su carrera. Sin embargo, estamos ante un disco fresco y versátil, cualidades que están lejos de ser tan solo muestra de su potencial. Han demostrado que saben cómo construir atmósferas, pues la gama de estilos presentes se logra cocinar bien en esta obra, donde lo stoner, lo ochentero, lo psicodélico y la sensualidad de la voz de Block se entrelazan, dando como resultado a este gigante, este coloso.


Artista: TriggerfingerColossus

Disco: Colossus

Duración: 36:23

Año: 2017

Sello: Mascot Records


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