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Paul Weller – “A Kind Revolution”

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Si algo hay que celebrarle a Paul Weller (entre muchas cosas, ciertamente) es su olfato para estar donde las esquinas se quiebran y los caminos musicales se dicotomizan, tal como lo hizo con The Jam hace cuarenta años, reuniendo la furia del bullante punk con la elegancia del movimiento mod liderando una especie de segunda oleada del estilo, como también lo hizo con The Style Council, profundizando la veta de música negra. Con todo esto en mente, Weller tuvo que emprender una carrera solista alejada de los moldes que comprendían un rock estándar para abrir su paleta de estilos tan amplia como sea posible, en la que el folk, la electrónica e incluso el krautrock han pasado por sus manos. Doce álbumes de estudio después, edita este año su nuevo trabajo: “A Kind Revolution”.

El éxito rotundo de Weller en el mercado británico, tanto con The Jam como solista, le entrega confianza para dar un golpe de timón cada vez que lo ha necesitado, y “A Kind Revolution” es un ejemplo de ello. Desde la apertura con “Woo Sé Mama” y “Nova”, se aventura en los páramos del pop rock desde la perspectiva blue-eyed soul que ya venía mostrando en varios de sus discos, esta vez con la colaboración en los coros de P. P. Arnold y Madelinne Bell, dos divas coristas de la primera oleada del mod en los sesenta. Tal vez la naturaleza prolífica ya conocida de Weller pueda confundir, desconcertar o incluso condicionar la experiencia del oyente con la variedad de estilos, pero no se trata de un mero afán pretencioso, Weller es así, maneja todos los estilos que plasma en sus álbumes; incluso el folk del que renegaba en sus comienzos aparece en “Long Long Road”, una balada emotiva y cálida que puede sonar formulaica en su comienzo, pero que sabe explorar sus posibilidades naturalmente.

“She Moves With The Fayre” representa otro paso más allá, adentrándose en un funk que adolece de Groove, pero que abunda en guitarras. Entrando de lleno en el soul, y para seguir esculpiendo esta pieza de arte desde la música negra, está “The Cranes Are Back”, balada donde Weller explora a placer sus dotes vocales; una de las pocas de la movida punk de fines de los setenta con esa calidad, la que mantiene hasta el día de hoy. Por su parte, en “Hopper” hay una mezcla de pop barroco pastoral con psicodelia, como si el mismo Syd Barrett le hubiera susurrado al oído la melodía mientras grababa “The Piper At The Gates Of Dawn” (1967), uno de los clásicos de Pink Floyd. “New York” tiene un tufillo entre jazz y bossanova en la introducción, para luego adentrarse en el pop rock.

“One Tear” tiene varios puntos a favor que amplían el puntaje general del álbum: primero, se atreve a incluir a Boy George en las voces, otorgándole una vibra muy cercana a lo que fue The Style Council, rotando entre el soul y el R&B. Como segundo, lo bien que le sienta el bajo pulsante al entorno hipnótico de la canción; y tercero, la variedad de elementos que incluye, como pistas puestas en reversa o samples de hang. “Satellite Kid” dialoga entre el blues y el rock contando la historia de un outsider orgulloso de serlo, para luego cerrar con una balada que nuevamente navega entre lo pastoral, el folk y el jazz, dándole un cierre adecuado a las dimensiones del disco.

Por lo general, resulta un espectáculo triste ver a un músico que lleva los años de carrera de Weller tratar de sonar “actual”, y he ahí la principal gracia de este álbum: Paul Weller usa argumentos archisabidos y parte estructural de su carrera, y con la sabiduría de un músico que se acerca a los sesenta años, los moldea, los utiliza como quiere y logra un producto redondo por donde se le mire. Si esta es la revolución amable que nos quiere plantear, bienvenida sea.

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Tomahawk – “Tonic Immobility”

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Tonic Immobility

Ocho años tuvieron que pasar para que Mike Patton, Duane Denison, John Stanier y Trevor Dunn volvieran a estar juntos en un disco de Tomahawk. Y qué mejor que esta pandemia para que el supergrupo regrese con “Tonic Immobility”, un álbum que, mediante la característica urgencia y agresividad del cuarteto, logra ejecutar una fotografía del indescriptible, oscuro, incierto y agotador panorama actual. Lograr retratar una realidad como aquella se lee una tarea sencilla considerando el background de sus integrantes, y lo cierto es que efectivamente se traduce de esa manera, ya que el sucesor de “Oddfellows” (2013) no duda en poner todas sus cartas sobre la mesa para apostar en una fórmula ganadora, la que de manera segura va avanzando por estructuras diferentes en uno de los discos sonoramente más arriesgados y complejos que nos ha entregado Patton en su carrera.

Bastan solamente 12 canciones para que el regreso del conjunto cumpla las expectativas en términos de experimentación y un manejo implacable de las texturas, algo que Tomahawk domina sin mayores problemas a través de las guitarras, un sello esencial en toda la discografía del proyecto. “SHHH!” muestra de entrada ese sonido con sello propio, el que, mediante los catárticos y confrontadores fraseos de Patton, recupera esa agresividad que se desenvuelve lejos del azar o la casualidad, sino que se construye gracias a la quirúrgica precisión que ejerce cada instrumento dentro de la fórmula, algo que con “Valentine Shine” va avanzando sin contratiempos ni descanso alguno. Es tan solo el segundo track del álbum y ya podemos escuchar el característico bajo de Trevor Dunn llevándose sigilosamente la atención del track.

Esa diversidad que irradia la banda no pasa solamente por los estilos variados que se van cubriendo, donde las reminiscencias al hard rock o el post-hardcore están más que claras, sino que también sobre cómo se van edificando las estructuras sonoras de una manera cooperativa y con un patrón fijo, sin caer en el auto plagio o la monotonía. Así es como el disco avanza con urgencia por canciones como “Predators And Scavengers” o “Doomsday Fatigue”, donde nuevamente Dunn es el encargado de marcar el pulso junto a John Stanier en la batería, y una letra donde derechamente se menciona al COVID-19 y el sentimiento fatigante que inunda a prácticamente la mayoría de la población mundial: “Tengo un entrenador de partos con una sonrisa COVID / Trabajamos solos hoy / ¿Qué te está alcanzando, mamá? / ¿Un puño cerrado o mano abierta?”.

“Business Casual” es otro ejemplo de Tomahawk siendo Tomahawk, con letras que bordean entre la ironía y la poesía, con un constante ritmo de acecho y esa siempre presente tensión que anticipa la gran explosión, una que tarda en llegar, por cierto, ya que “Tattoo Zero” nos presenta a aquel Patton en su faceta crooner relatando una historia con intermedios de furia. Todo esto siempre acompañado de la filosa y punzante guitarra de Duane Denison, quien se luce en varios pasajes con una curva melódica que le da una cara completamente diferente al disco, e incluso sintiéndose como una versión de la banda con leves tintes prog, quizás sin esa majestuosidad o elegancia del estilo, pero sí con la misma precisión y carácter. “Fatback”, por su parte”, continúa esa marcha, una que en este punto ya encontró su norte, aunque no pareciera tener rumbo fijo y simplemente se encarga de mostrar su potencia a toda velocidad.

“Howlie”, el interludio de “Eureka” y “Slidewalker”, presentan la sección más “calma” de “Tonic Immobility”, en donde la marcha reduce un poco su velocidad, pero manteniendo la intensidad necesaria para sorprender con algunos cambios de ritmo y estructura, sin dudar en pasar de un estado a otro, siempre con el impecable trabajo de Denison en la guitarra llevándose el peso atmosférico de la canción, mientras que el resto de la banda acompaña a su ritmo el relato que pasa del esquema loud/quiet/loud a un terreno mucho más complejo. Tras el paso de “Recoil”, es “Dog Eat Dog” la encargada de poner punto final al quinto LP del conjunto, con una letra mucho menos profunda que el resto del disco, pero con una intensidad igual de compleja que lo que la banda mostró durante esta nueva aventura en el formato larga duración.

Indudablemente los clichés siempre estarán presentes, pero eso no necesariamente debe ser algo malo. Muy por el contrario, Tomahawk sabe cómo explorar el concepto de “supergrupo” con una ética de trabajo colaborativa, en donde cada integrante impone su sello para el beneficio del otro, con cada uno teniendo su momento a lo largo del disco para brillar y darle paso al resto para hacer lo suyo. Aunque se critique la sobre exposición de Mike Patton con tantos proyectos (además de este y el ya conocido LP de Mr. Bungle, hay un disco de Dead Cross listo para publicarse), cada una de sus aventuras tiene una naturaleza que la caracteriza más allá de su voz, siendo el único elemento que se repite entre una y otra. Pese a la demora ocurrida entre “Oddfellows” y “Tonic Immobility”, Tomahawk presenta una evolución natural en base a la experiencia, haciendo que su sonido pase de ser una novedad a una formula inconfundible.


Artista: Tomahawk

Disco: Tonic Immobility

Duración: 39:22

Año: 2021

Sello: Ipecac Recordings


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