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Paradise Lost – “Medusa”

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En 2015 el oscuro y lúgubre universo del doom fue remecido por una de las bandas referentes en su género. Paradise Lost lanzaba “The Plague Within”, placa que no tardó en traducirse como una de las mejor logradas a lo largo de su extensa carrera discográfica, generando altas expectativas para lo que sería un próximo trabajo. Repetir la hazaña, o en lo posible entregar una obra mejor lograda, es el contexto en que los muchachos de Halifax lanzan su decimoquinto larga duración titulado “Medusa”, que, si bien no logra causar el impacto inmediato de su predecesor, sí da cuenta del presente fructuoso que gozan los ingleses.

Valiéndose de este clásico personaje de la mitología griega, Paradise Lost hipnotiza con pequeñas sutilezas que aparecen a lo largo del álbum, donde el cuidado por lo sobrio es un acento frecuente. Así lo evidencia su apertura a través del timbre sombrío en el teclado de Gregor Mackintosh en “Fearless Sky”, que, aunque se trate de un arreglo breve, logra introducir en esta atmósfera tétrica propia del doom y que, por vasta experiencia, estos monstruos del metal ya dominan con tranquilidad. El quiebre de ritmo hacia un riff de corte sabático funciona como un gancho atractivo, que concluye con el primer track ofreciendo un inicio prometedor.

“Gods Of Ancient” se inclina hacia un sonido más denso, entrando de lleno a una faceta más tosca de la banda. Las dos canciones siguientes se rigen bajo lineamientos similares: mientras “Fom The Gallows” saca buen provecho de la voz gutural de Nick Holmes, “The Longest Winter” se inclina nuevamente hacia los acompañamientos de teclado, aportándole un matiz fúnebre a la canción, sin perder la fuerza que transmite la interpretación. Esta última logra destacarse como uno de los puntos más altos de la primera porción del álbum.

La segunda mitad comienza con “Medusa”, donde el sonido espeso y poderoso del bajista Steve Edmondson da la consistencia para que la canción viaje a través del relato melancólico de Holmes, quien aprovecha su capacidad de jugar con voces limpias y guturales, intercalándolas de acorde a las distintas intensidades del track. “No Passage For The Dead” retoma la vibra que rescata el sonido de Black Sabbath, mientras que “Blood And Chaos” aumenta ligeramente las revoluciones. El tiro de gracia lo da “Until The Grave”, canción al cierre que logra aunar la sutileza letárgica que ha acompañado ciertos pasajes, con la densidad de la banda y el dinamismo de su vocalista, resultando un cierre redondo para darle fin a la placa.

A pesar de que ambos discos van por intenciones distintas, resulta inevitable hacer la comparación entre “Medusa” con su trabajo anterior. Mientras “The Plague Within” resultó ser un impacto inmediato, su sucesor está un peldaño más abajo en cuanto al gancho de las canciones. “Medusa” es un trabajo donde prima el alto cuidado por los detalles, siendo el aporte de Mackintosh en las teclas el condimento más atractivo. Sin embargo, el ritmo del álbum pareciese estancarse y perder dinamismo en su porción media. Aunque el presente trabajo no baja del buen nivel que presentan las producciones de Paradise Lost, sí es cierto que es un tanto opacado por la superioridad del anterior. Considerados los puntos en contra, “Medusa” es un álbum menos accesible, que requiere más escuchas quizás, pero logra hacerle frente al desafío y demostrar el buen pasar de Paradise Lost en cuanto composición se trata.

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El Álbum Esencial: “Gentlemen” de The Afghan Whigs

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Gentlemen

R&B metido en el rock con aspiraciones mainstream, hombres reconociendo errores, creatividad mezclada con generosidad, una vocación digna del salmón para nadar contra la corriente, y una conciencia adulta y comprometida. Todos estos factores se conjugaron para convertir a “Gentlemen” en uno de los discos más relevantes de una época que no le reconoció ese estatus en su momento, pero que, con la perspectiva que entrega la distancia temporal, va quedando poco a poco como uno de los bastiones escondidos de una época que fácilmente fue minimizada y estigmatizada, y que tuvo mucho más que grunge y britpop.

Hoy, es natural encontrar en la música negra a un componente esencial de los quiebres rítmicos y sonoros que hacen más rico el panorama de las canciones, pero esto tiene directa relación con la preponderancia alcanzada por el hip hop, y también por el surgimiento de intérpretes que revalorizaron el R&B para el pop. A finales de los 80 esa mezcla no era algo que impactara en el rock, pero Greg Dulli fue formado con esa impronta, viendo en figuras como Al Green, Stevie Wonder o Prince a verdaderos ídolos y, pese a vivir en un lugar conservador, sabía que en el movimiento de las caderas y el groove de un bajo bien instalado había una energía que superaba las diferencias.

Incluso al propio Dulli le costó instalar esta mezcla en su sonido característico. Le tomó un par de discos, muchos conciertos y algunas peleas notar cómo el rock de The Afghan Whigs necesitaba esa cadencia para expresar lo que se hacía urgente. En medio de franela y pelo largo, Dulli y los suyos se ponían trajes, se peinaban y combinaban. Nada de eso les quitaba potencia y se ganaron una reputación tal con ello, que saltaron desde la en ese momento quebrada, pero emblemática etiqueta Sub Pop, hacia el sello Elektra. En medio de un crecimiento basado en la diferencia, esos desencuentros hicieron que Dulli quebrara una relación y esas serían las vísceras desde las cuales “Gentlemen” se haría carne.

Aunque el disco tiene una mirada prominentemente masculina, Dulli escribe y piensa en el álbum como una forma de examinar de forma brutal las relaciones humanas, alejándose de los eufemismos y de la mentira del amor romántico. Aunque ahora existe un conocimiento de cómo la dinámica hollywoodense de pareja es algo construido, pocas veces se había puesto bajo la lupa, en especial desde una visión que ve en el hombre a un ente multidimensional que no sólo sufre, sino que hace sufrir, y que no busca una retribución o un regreso al pasado, sino que sencillamente acepta que se equivoca. Aunque no es explícito en ello, Dulli en “Gentlemen” aborda las aristas de la naturaleza de lo masculino, lo que culturalmente se le asocia, los roles que debe tomar, y mucho más. Más aún: en el disco la voz de un hombre dominante es la que poco a poco se va apagando para dar paso al acto de escuchar. No sólo existe una alquimia que transforma el vital rock de The Afghan Whigs en algo sabroso, sino que la mezcla involucra las voces y los hablantes que se disponen. En vez de dejarse llevar por el ego, está el mérito amplio de entender lo que el disco y las canciones requieren.

Desde el rol que se debe jugar (“Gentlemen”) se pasa al contraste entre lo que se espera románticamente y lo que el sentido más bruto quiere (“Be Sweet”). Las fachadas se caen en “Debonair” justo antes de la separación (“When We Two Parted”), el intento de recaída (“Fountain And Fairfax”) y el bloqueo interior inaguantable (“What Jail Is Like”). Una acrobacia de sentimientos que quiebran al hablante, que queda a merced de, por fin, escuchar. Y eso ocurre cuando Dulli le deja el micrófono a Marcy Mays, quien canta en “My Curse”, y lo hace dejando en claro que, aunque el hombre tenga un dominio dado por múltiples instancias, siguen existiendo posibilidades de igualar el campo y que el opresor sea oprimido –donde más le duele–. Con esa revelación viene “Now You Know”, acusando recibo y quitando del camino el pasado.

Este es un arco casi conceptual, pero se da con fluidez y sin elementos forzados. Quizás tiene que ver que en una sola noche Dulli hizo las voces de seis canciones, pero es más que eso. Hay un entendimiento de cómo las relaciones decaen y de la estética que la banda necesitaba disponer en un disco. “Gentlemen” enfrentó las tendencias de géneros más estáticos y dispuso el soul al servicio de la rabia de una guitarra distorsionada, o al R&B como pauta para la sección rítmica.

Viendo cómo el disco se desenvuelve, no es extraño que se rinda un homenaje a los sonidos que lo sostienen con un cover de “I Keep Coming Back”, popularizada por Tyrone Davis. En vez de usar sus palabras, Dulli entiende que existe alguien que expresa mejor eso, y a él le queda interpretar para dejar casi como si fueran los créditos el final con “Brother Woodrow”, un instrumental que parece soundtrack de película, abriendo el abanico de sensaciones.

En un álbum que busca representar prácticas masculinas, es el hombre el que queda poco a poco sin voz para dar paso a otras, otros, y al acto de oír al resto. Despojado de la carga omnipresente del ego, existe un crecimiento palpable, y donde otros hurgaban en sensaciones adolescentes de rabia y angustia, The Afghan Whigs se hace de un disco que tuvo mucho más en juego y que recién en este presente de perspectivas más conscientes se puede ver cómo intentó cambiar reglas y, más importante, mostrar el camino que se podía seguir. Lástima que no se enteraran por allá en 1993.


Artista: The Afghan Whigs

Disco: Gentlemen

Duración: 48:56

Año: 1993

Sello: Elektra Records


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