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P.O.D. – Murdered Love

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Los norteamericanos de P.O.D. (Payable On Death) retornan a la escena musical tras cuatro años de espera desde su último larga duración, “When Angels & Serpents Dance” (2008), y lo hacen con su octavo álbum de estudio, que lleva por nombre “Murdered Love”. El disco será editado bajo el sello discográfico Razor & Tie y para la producción del mismo, reclutaron a Howard Benson, un viejo conocido que ya trabajó con la banda en el álbum “Satellite” (2001) y que también ha colaborado con artistas de la talla de Papa Roach, Sepultura, Motörhead, entre muchos otros. La portada del disco fue encargada al estudio de diseño e ilustración “Invisible Creature”, que tienen en su curriculum el haber trabajado en el arte gráfico de artistas como Foo Fighters, Korn, Chris Cornell y Kanye West.

Desde su primera pista, “Eyez”, el álbum se presenta enérgico, apoyado en el sonido clásico de P.O.D. y potenciado por la colaboración en las voces de Jamey Jasta (líder y vocalista de Hatebreed). “Murdered Love” es el tema que le da nombre a la placa y también su segundo sencillo, una canción fuertemente influenciada por el hip-hop que aporta el mexicano Sick Jacken (Joaquín González) de Psycho Realm, pero que no convence respecto a si fue la mejor elección para ser el segundo single. La apuesta mejora de la mano de “Higher”, con un sonido mucho más melódico, lleno de energía y vitalidad, que entrega buenas secuencias rítmicas. Llega el turno de “Lost In Forever”, el primer sencillo que se desprende del álbum, y en donde la potencia de la guitarra y la solidez de la batería, marcan una base que se complementa a la perfección con la voz de Sonny Sandoval, sin lugar a dudas uno de los mejores cortes del trabajo. “West Coast Rock Steady” representa un cambio drástico en el estilo, lo que se fundamenta en el matiz hip-hop que imprime Sen Dog de Cypress Hill, dando vida a una canción mucho más lúdica y acelerada, que justifica completamente la apuesta. El cierre de la primera mitad del disco llega con los sensibles acordes de “Beautiful”, una hermosa balada que baja totalmente las revoluciones. Un delicado riff de guitarra marca la pauta de todo el tema, convirtiéndolo en una valiosa gema dentro de todo un repertorio más vigoroso.

La fuerza retorna con la guitarra eléctrica de “Babylon The Murderer”, canción que destaca por no tener una línea totalmente definida, pero que no escatima en intensidad y velocidad. Una melodía pegajosa y constantes cambios de ritmo convierten este corte en uno de los puntos altos de la placa. La tendencia a los sonidos más potentes continúa con “On Fire”, canción que rápidamente sucumbe ante la monotonía de su ritmo, carente de matices y elementos sorpresa, convirtiéndolo en quizás el único track descartable de toda la placa. “Bad Boy” vuelve a proponer un interesante cambio de estilo, mezclando sonidos hip-hop con algunas secuencias que hacen pensar en una cierta influencia funk, para terminar dando paso al sonido más puro de P.O.D. El suave canto de los pájaros introduce “Panic & Run”, que de inmediato sorprende por su entretenida melodía y su paulatino incremento de intensidad, teniendo su cambio más drástico hacía el final, en donde se produce una oscura secuencia en forma de plegaria, para terminar dando paso a los sonidos más optimistas del comienzo. El tema encargado de marcar el cierre del álbum es “I Am”, que no sorprende en demasía, apegándose a un libreto ya conocido, y en donde sus más de cinco minutos de duración, parecen demasiado excesivos para dejar en evidencia la impronta de la banda.

Cuando se trata de P.O.D., la pregunta por defecto es si “Murdered Love” supera todo lo bueno que se logró hace más de diez años con “Satellite”, y la respuesta es simple: no lo hace, sin embargo, esto no significa que estemos en presencia de un álbum prescindible, muy por el contrario, este disco es superior en muchos aspectos a sus tres predecesores, en donde la incorporación de nuevos estilos le da un valor agregado, haciendo posible extraer un set de muy buenas composiciones, tanto del punto de vista de la intensidad, como de su apuesta rítmica.

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Weyes Blood – “And In The Darkness, Hearts Aglow”

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Tres años pasaron desde que Natalie Mering estrenara el cuarto trabajo de estudio de su proyecto Weyes Blood, llevándose el reconocimiento general y un sinfín de aplausos con una obra tan completa como “Titanic Rising” (2019). Aunque la artista se acostumbraba a las buenas críticas, las expectativas serían aún mayor al momento de enfrentarse a un próximo larga duración, misión que tiene pendiente con la llegada de “And In The Darkness, Hearts Aglow”, un trabajo donde la premisa de oscuridad absorbe gran parte de la trama, pero que la interpretación desde el corazón la transforma en una obra con una belleza e intensidad por partes iguales, haciéndole justicia a su título, más allá de las palabras. Todo esto se debe a la manera en que el disco se desarrolla, así como las capas que resisten el análisis o de cualquier prejuicio a la profundidad y efectividad de dichas composiciones.

Desde las distintas aristas que podamos darle a este disco, el principal factor que resalta es la capacidad de Natalie Mering a la hora no sólo de componer canciones, sino que también de la impronta que aplica en la producción, con una serie de colaboradores cooperando en aquella misión. Y es que desde la apertura con “It’s Not Just Me, It’s Everybody” demuestra cómo las cosas siguen su curso desde donde quedaron la última vez y, así, poder identificar de entrada los elementos que hacen de esta obra una sucesora de “Titanic Rising”, ya que es la propia intérprete quien describe este LP como el segundo en una trilogía que comenzó con su lanzamiento anterior. Si bien, prácticamente todas las canciones tienen la intervención de un arreglista externo, todo esto debido al trabajo que los músicos Ben Babbitt y Drew Erickson aplican en gran parte de los tracks, el componente personal se siente no sólo desde la interpretación, sino también desde donde Mering estructura su obra.

De esa forma de estructurar es cómo podemos ver el funcionamiento secuencial de inmensas composiciones, como “Children Of The Empire” o “Grapevine”, en las que Weyes Blood se luce en una interpretación muy rica en detalles, donde su voz logra tomar primer plano incluso con una sección instrumental tan cuidadosa y robusta como la que implementan en la guitarra y batería los hermanos Brian y Michael D’Addario, ampliamente reconocidos como el dúo The Lemon Twigs. Entre el sinfín de influencias y comparaciones que recibe la artista, los nombres de Brian Wilson y Karen Carpenter siempre estarán presentes en la manera compositiva e interpretativa, respectivamente, pero lo cierto es que Natalie ha sabido nutrirse de esos elementos para entregar un enfoque fresco y de manera más directa, evitando plagios o reminiscencias tan explicitas en su música. Un ejemplo de ello es la melancólica “God Turn Me Into A Flower”, donde la hipnótica presencia vocal de Mering se toma cada espacio con una delicadeza e intensidad que ha transformado en sello propio.

“Hearts Aglow”, por otra parte, encierra un poco los tópicos y componentes sonoros de esta quinta obra de estudio de Weyes Blood, aplicando correctamente términos líricos y musicales de la melancolía y contemplación personal, pero a la vez dejando entrever esas fisuras que permiten entrar a un plano más luminoso y optimista. Los arreglos siguen tan impecables como en cualquiera de las canciones de este disco, pero su desarrollo inminente hacia el interludio “And In The Darkness” le dan una cara única, con el carácter más ligado al pop barroco, poniendo énfasis en la experimentación, sobre todo considerando la presencia de una canción como “Twin Flame” que, contraria a la mayoría, carece de arreglistas externos y se centra en las propias ideas de la intérprete. Luego del tormentoso paso de “In Holy Flux”, el disco cierra con “The Worst Is Done” y “A Given Thing”, sumando 10 minutos donde tenemos desde el lado más juguetón hasta el más apasionado, aristas opuestas en el amplio rango interpretativo de Mering.

Siempre es complejo analizar una obra cuando se pueden tomar tantas referencias a la hora de desmantelar su estructura, pero lo cierto es que es en ese ejercicio donde verdaderamente podemos notar cuánto hay de inspiración y de reinterpretación, o si, en el peor de los casos, existe algún atisbo de plagio. Los artistas más nuevos enfrentan el gran problema de un panorama musical a veces desgastado, donde todo fue inventado y nadie puede ser el primero a la hora de querer aplicar sus ideas o entregar una versión más fresca de algo que ya esté arraigado en el oído colectivo. Lo de Weyes Blood no es por ninguna parte algo novedoso o diferente a muchos discos que podamos oír previamente, pero su principal gracia se encuentra en cómo esos elementos se presentan e interpretan, y ahí es donde la artista se desmarca de sus pares y logra salir adelante como una compositora que tiene mucho que ofrecer con su arte. Cinco discos y sólo aciertos es algo que pocos pueden contar, sobre todo a una edad tan temprana, donde el legado musical no puede hacer otra cosa que reforzarse de aquí en adelante.


Artista: Weyes Blood

Disco: And In The Darkness, Hearts Aglow

Duración: 46:22

Año: 2022

Sello: Sub Pop


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