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Face Stabber Face Stabber

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Oh Sees – “Face Stabber”

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Camaleónica es una palabra que queda corta al definir la carrera de Oh Sees, nombre con el que, tras siete bautizos, se hace llamar la banda californiana fundada en 1997. Lo anterior se debe a que la experimentación y el cambio han sido las consignas de la agrupación encabezada por John Dwyer, y con el presente LP, “Face Stabber”, los norteamericanos las hacen más propias que nunca. Siguiendo el camino trazado por sus antecesores “Orc” (2017) y “Smote Reverser” (2018), el disco se basa en un fuerte coqueteo entre el garage, el progresivo, el noise y el pysch-punk, convirtiéndose en toda una experiencia.

La apertura con “The Daily Heavy”, el cual se posa esplendoroso con el ruido dominante de un juguete de goma siendo presionado en forma repetitiva para marcar el paso, funciona como argumento a la hora de afirmar que no hay límites en la exploración de nuevos sonidos, aquello que los ha empoderado para ir más allá de lo que sus seguidores y ellos mismos hayan podido imaginar. Posteriormente, la canción se funde con una variada instrumentación que sigue un ritmo punk y guitarras que hacen solos a su antojo e incorpora, de forma intermitente, la voz de Dwyer para sazonarlo con oscuridad y dureza.

La sencillez del estilo que tiene como exponentes a Ty Segall y Black Lips, se hace evidente en los primeros segundos de “The Experimenter”, la cual –haciendo honor a su nombre– permite que la doble batería y las cuerdas desenfrenadas se mezclen con sonidos futurísticos, electrónicos y ambientales de ciudad y de puerto, dando rienda suelta a la creatividad de sus miembros. Luego, “Face Stabber” da el paso al estruendo y saturación propia del metal, encontrando cobijo en este corto pero intenso tema; en él, los platillos gritan fuerte y van de la mano de cargados wah-wahs, lo que sólo le añade rudeza y vigor.

Una novedad interesante que aporta este larga duración es la inclusión de extensas piezas musicales, con “Henchlock” llevándose el oro como pista más larga en los 22 años de carrera de Oh Sees. A pesar de que la inclusión de canciones que superaban los siete minutos se venía dando desde 2017, este track expira pasados los 21 minutos. Esto podría constituir una especie de homenaje a bandas como Pink Floyd, quienes se atrevieron a lanzar pomposas composiciones tanto en instrumentación como en tiempo, tales como “Echoes”, “Atom Heart Mother” y “Dogs”. Concebidas bajo el alero de una dinámica propia de una agrupación de jazz, “Scutum & Scorpius” y “Henchlock” contienen diversos guiños al progresivo de la década del setenta. El mellotrón, los sintetizadores, las cajas y el hipnotizante pero operático ritmo de la misma, intervenido por sabrosas guitarras eléctricas comandadas por diversos pedales, coronan a ambas piezas como dignos viajes en el tiempo a la escena rock que marcó pauta hace medio siglo.

Sin embargo, no todo es fantasía y afán por superarse a sí mismos en términos experimentales. Si bien, Dwyer es un compositor delirante y onírico, no por ello es menos crítico. En esta ocasión, el líder se posiciona de manera belicosa contra los políticos y sus mentiras en “Snickersnee”, donde no duda en bombardear a la clase gobernante. Esto lo hace acompañado por cajas que le ayudan a emprender y dirigir la marcha, a las que se suman penetrantes y agudos riffs e intervenciones de guitarras que se derriten alla 8-bit en el ocaso de la canción ayudada de sintetizadores.

No apto para auditores ansiosos, “Face Stabber” constituye una agotadora pero gratificante experiencia para quienes gozan de perderse en la inmensa nebulosa sonora. El disco es rudo, pero seductor; fantasioso, pero real. La exquisita ejecución y mezcla de estilos y subgéneros del rock hacen que el ambicioso vigesimosegundo lanzamiento de la ecléctica banda sea tanto envolvente como potente.


Artista: Oh Sees

Disco: Face Stabber

Duración: 79:51

Año: 2019

Sello: Castle Face


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Iggy Pop – “Free”

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Free

Puede parecer extraño que un artista que ha hecho literalmente lo que se le ha antojado a lo largo de su carrera, publique como primer single de su nuevo trabajo de estudio un corte que únicamente proclama “Quiero ser libre”. Sin embargo, este supuesto sinsentido es sólo una prueba más de que la figura de Iggy Pop en realidad nunca ha sido tan fácil de descifrar. Es más, uno de sus sellos ha sido justamente aventurarse desde siempre (a veces con éxito y otras veces no tanto) en cuanto estilo musical le ha parecido atractivo (proto punk, garage rock, post punk, new wave, electrónica, hardcore, música de identidad francesa, entre otros). Es en esta dinámica, que el músico nos invita nuevamente a romper esquemas, firmando un álbum cuya característica principal es transitar a través de una pausada clave sonora de cargada identidad jazz, estilo que, sin ser completamente extraño para él (algo de esto había en “Avenue B” de 1999 y “Préliminaires” de 2009), marca uno de esos momentos musicales que por su sola naturaleza obligan a detenerse y escuchar con atención.

Dentro de las muchas particularidades que tiene “Free”, destaca el hecho de que la mayor parte de las canciones no son de autoría de Iggy, lo que hace de este disco un ejercicio de casi completa interpretación. La firma de los tracks recae fundamentalmente en Leron Thomas (trompeta), dejando un discreto espacio para Pop –autor de los temas que abren y cierran el registro– y dos poemas, el primero de ellos escrito por Lou Reed (“We Are The People”) y el segundo por Dylan Thomas (“Do Not Go Gentle Into That Good Night”). ¿Impacta esto la credibilidad la propuesta? En lo absoluto; de hecho, el álbum es tan consistente, que incluso los cortes que de antemano uno podría aventurarse a decir que fueron escritos por Iggy, ya que llevan su sello estilístico, en realidad están firmados por Thomas. En cuanto a lo musical, si bien se trata de un álbum dominado por los cortes de espíritu jazz, también hay lugar para momentos que reviven el lado más caricaturesco de la Iguana.

Es en la primera de estas identidades sonoras donde sin duda se encuentra lo mejor del álbum. “Free”, de naturaleza pausada y contemplativa, nos advierte desde el inicio acerca de los maravillosos paisajes sonoros que dominarán la oferta, y “Sonali”, por su parte, se inscribe como uno de los imperdibles del álbum. Musicalmente intrincada y de percusiones adictivas, se da el lujo de combinar reflexiones de corte existencial en base a metáforas en el estilo de “The Passenger”, con paisajes musicales que rememoran los sonidos que nos dejó el Duque Blanco en su último larga duración. “Page”, a su vez, aporta lo suyo atrapando una atmósfera musical de espíritu casi celestial para revelarnos un Iggy frágil y cercano. Sin embargo, es en la trilogía final con “We Are The People”, “Do Not Go Gentle Into That Good Night” y “The Dawn” donde, vestido de crooner, Iggy termina por comerse el registro. Es en este momento, además, donde más sentido terminan haciendo los aportes de Noveller y Thomas, añadiendo intensidad a cortes de abierta naturaleza minimalista. Un deleite.

Fuera de los pasajes que dominan la identidad del registro, se encuentran momentos totalmente rescatables y otros que, por desgracia, sólo le quitan prolijidad a esta nueva entrega. En el primero de estos grupos se ubica “Loves Missing” y “Glow In The Dark”. El primero de ellos sobresale gracias a la sentida e íntima interpretación de Iggy en los vocales, mientras que el segundo viene a graduarse como el eslabón perdido entre “Post Pop Depression” (2016) y el disco que nos convoca. Sin embargo, es con “James Bond” y “Dirty Sánchez” donde entramos en una vereda más conflictiva, básicamente porque se trata de temas que no respetan en nada el espíritu del resto del álbum. Así y todo, “James Bond” logra ser una aventura perdonable, ya que, aún sonando fuera de lugar, nos deleita con una funky y contagiosa línea de bajo y un espectacular clímax hacia la mitad del track. No se puede decir lo mismo de “Dirty Sánchez”, que además de caer fuera de lugar, se queda corto en lo lírico (convengamos que escuchar a Iggy cantando de “tetas” y “vergas” a esta altura no tiene nada de novedoso) y en lo musical.

El mencionado “Post Pop Depression” provocó varios fenómenos interesantes: por un lado, parte del público empezó a sentir que quizás era buena idea que la Iguana aprovechara el éxito de ese lanzamiento para cerrar su carrera. Sin embargo, a Iggy le pasó algo muy distinto. Luego de terminar la gira de promoción del álbum, se sintió vaciado, con deseos de refugiarse y desaparecer; según sus propias palabras, con deseos de ser libre. Y para Iggy la libertad claramente no es retirarse, sino que tiene que ver con decir cosas, no sabe hacerlo de otra forma, desde siempre ha sido así. Probablemente hace cuarenta años los medios que elegía para expresarse eran indudablemente más físicos, hoy día ya no necesita hacerlo de esa forma: con el tiempo, Pop ha aprendido a golpearnos de otras maneras, como por ejemplo prestando su voz para lanzar un álbum sentido y extrañamente íntimo, casi completamente alejado de lo que esperábamos de él. Puede haber alcanzado los 72 años, pero claramente entregarse al silencio no es uno de los planes del padrino del punk. Tenerlo con nosotros sigue siendo una fantástica sorpresa.


Artista: Iggy Pop

Disco: Free

Duración: 33:44

Año: 2019

Sello: Caroline International / Loma Vista


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