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Ghosts VI: Locusts Ghosts VI: Locusts

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Nine Inch Nails – “Ghosts VI: Locusts”

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Casi como la secuela de una película, Nine Inch Nails separa sus dos nuevos álbumes en obras con contexto diferente, pero que saben combinar ciertos elementos que se mantendrán presentes durante ambos LP. Principalmente, adoptar la idea del cliffhanger que deja “Ghosts V: Together” es lo que se desarrolla como premisa general en “Ghosts VI: Locusts”, obra mucho menos cálida y contrastada que el disco anterior, que se adentra en un sentido permanente de persecución, permitiendo que el relato cobre un papel muy importante al interpelar y desafiar al auditor a imaginarse su propia historia, ya que, tal como en un libro y sus palabras, la necesidad de imaginar y darle vida a las melodías que expresa NIN es un eje fundamental de la trascendencia que encuentra “Ghosts VI: Locusts”. Ya sea como segunda parte o continuación, esta obra es un cuerpo por sí solo, tal como dijo Trent Reznor al referirse a las canciones de los dos discos: “Algunas de ellas algo felices, otras no tanto”.

La sola idea de tomar una obra como esta y comprender cómo encaja dentro del viaje discográfico de la banda es un ejercicio arriesgado, pero con “Ghosts VI: Locusts” es muy importante diseccionar el disco en sus partes cruciales para comprender sus pilares fundamentales. Si esta pandemia tuviera que musicalizarse, no queda duda de que Trent Reznor y Atticus Ross son los agentes ideales para dicha tarea, y si en “Ghosts V: Together” pensamos que de una u otra forma todo podía estar bien, “Ghosts VI: Locusts” es esa parte en que se piensa no en lo contrario, sino que sólo en asumir que la realidad que afrontamos –y afrontaremos– nunca más será la misma. Casi como la comparativa entre las versiones de “Raining Blood” de Slayer y Tori Amos, si la primera representa la destrucción y masacre en un apocalipsis, la segunda viene cuando el humo se ha despejado y la calma después de la tormenta muestra el desolador y abatido panorama.

Esa idea de contrastes en un contexto de destrucción es lo que va narrando el disco desde su partida con “The Cursed Clock”, canción que se desarrolla con una inquietante y a ratos molesta melodía, la que marca el paso del tiempo de una manera extenuante y apresurada, algo así como esa escapatoria del escenario complicado que nos dejó el final del álbum anterior. En cambio, “The Worriment Waltz” asume una desolación propia de este contexto post traumático, donde la pérdida de esperanza es una realidad, la que se ve alterada por el distante sonido de unas trompetas que, entre un torrencial viento que marca la identidad de esta canción, da la posibilidad de que comiencen a despertar los primeros atisbos de participación en el auditor. Al llegar a “Run Like Hell”, lleva el escenario pandémico a otro nivel, incorporando las primeras baterías como tal y permitiendo que la canción posea una estructura más ligada al trabajo convencional de Nine Inch Nails, pero de una manera mucho más orgánica, no tan digital como se siente en los beats programados que acostumbran a aparecer en varios de sus álbumes.

El contexto se ve roto por “When It Happens (Don’t Mind Me)”, donde las campanas se toman una canción que termina por establecer esa idea de que el disco relata muy subliminalmente situaciones que podrían parecer ficticias, pero que mucho tienen de real en la actualidad. “Another Crashed Car” reafirma ese contexto apocalíptico que el auditor podría imaginar en la urgente y acelerada carrera por la que Reznor y Ross llevan el álbum. A pesar de su casi nula instrumentación, este track en particular permite tomar esa pausa que aclara la mente y hace unir los cabos sueltos, yendo por el camino correcto, que puede no ser el mismo para todos, pero que a final de cuentas será el que cada uno elija para su propia versión del disco. “Your New Normal”, en cambio, pareciera revertir ese escenario sólo para que todo vuelva al mismo punto en la parte final, donde, desde “Turn This Off Please” hasta “Almost Dawn” la suerte está echada y todas las cosas parecen llegar a su final, siempre y cuando quien escucha esto así lo quiera.

A medida que este disco se va revelando –lo que se logra con varias escuchas– va cobrando más sentido en la subjetividad un relato que podría significar escenarios completamente distintos para el receptor, pero siempre con un mensaje cuyo emisor envía en una dirección clara y concisa. Esta obra se hace entre todos, y esa necesidad de conexión que nace en estos tiempos de encierro adopta una importancia vital cuando el auditor no sólo es parte del disco como un consumidor, sino que también como compositor de su propia historia.

El arte es subjetivo, suelen decir mucho por ahí, pero lo que Trent Reznor y Atticus Ross pretenden con esta obra, sobre todo en un contexto como el que vivimos por estos días, hace que podamos sentir lo mismo que los autores cuando nos enfrentamos a ella, y esto no es únicamente desde la otra vereda, sino que también desde la forma en que nos afecta y nos hace comprenderla, generando todo un proceso de descubrimiento y análisis que compromete la mera experiencia de escuchar un álbum mucho más allá. Volviendo a citar a Reznor, “Ghosts V: Together” es para cuando parece que todo puede estar bien, y Ghosts: VI: Locusts… Bueno, lo descubrirás”. Ahora lo estamos descubriendo, ahora lo estamos entendiendo y, sobre todo, ahora lo estamos viviendo.


Artista: Nine Inch Nails

Disco: Ghosts VI: Locusts

Duración: 83:11

Año: 2020

Sello: The Null Corporation


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Ulthar – “Providence”

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Providence

Algo muy valioso dentro de la música extrema es la diversificación del sonido y su amplitud de opciones, exigiendo a los artistas a pulir sus habilidades para no limitarse a crear una mera entrega de blast beats, riff filosos y guturales por doquier, sin sustancia alguna. Mezclar dos de los subgéneros más extremos dentro del metal no es tarea sencilla, debido a su complejidad en ejecución y el manejo de características particulares que posee cada uno. Los músicos que integran la banda Ulthar tienen una vasta experiencia en sonidos extremos, y después del monstruoso “Cosmovore” (2018), el trío de California libera “Providence”, larga duración que los lleva a otro nivel de bestialidad.

Canalizar la atención a los detalles de “Providence” es una prueba. Desde el arranque, “Churn” es puro salvajismo heredado del death metal de antaño, y por más primitivo que resulte, la claridad de la instrumentación es abrumadora. Las variaciones que ejecuta Justin Ennis en la batería son un asalto sonoro sin misericordia para el breve inicio, que conduce a la intrigante atmósfera del siguiente track. Guitarras acústicas empiezan a armar la turbulencia de “Undying Spear”, con una esencia indudable del black metal más tradicional, el que Ulthar aborda con destreza. En lugar de mostrarse sólo como una banda de un género con ciertos arreglos de otra variante, la escucha de “Providence” va mutando con naturalidad entre la oscuridad y densidad, sobrecogedoras en toda su extensión.

El apartado vocal es compartido entre el bajista Steve Peacock y el guitarrista Shelby Lermo, este último también detrás de samplers que son inquietantes al adentrarse en “Through Downward Dynasties” y “Cudgel”, canciones vertiginosas con una muralla vocal portentosa. Aspereza, desesperación y viscerales guturales, engrandecen la estructura más técnica de estos tracks, que no escatiman en brutalidad. Bajando un poco la intensidad, “Furnace Hibernation” es una cruda progresión donde Ennis castiga a la batería con una arrolladora interpretación, dando espacios a disonantes acordes y un trémolo espeluznante.

Al revisar los créditos de Ulthar, se puede dilucidar que el sonido extremo concebido dentro del underground es lo que nutre a la banda. Esta propuesta, inspirada estéticamente en Howard Phillips Lovecraft, consigue en “Humanoid Knot” un notable cierre, alejándose totalmente de lo ceremonioso y optando por una canción sin riendas, sin reglas y con lacerantes quiebres en las cuerdas de Lermo. La voracidad vocal del último tramo es inclemente, al igual que la rítmica que no cesa su hosquedad.

Para superarse a sí mismos, limitarse a crear un trabajo mucho más pesado que el anterior podía ser una alternativa, pero Ulthar no sólo consigue esto. “Providence” desborda calidad y ferocidad, pero, sobre todo, irrumpe con alguna suposición sonora asociada a géneros musicales más letales. Con su nuevo opus, Ulthar desencadena una experiencia extrema garantizada, pero a medida que cada track llega, será difícil vaticinar el impacto de la embestida.


Artista: Ulthar

Disco: Providence

Duración: 36:33

Año: 2020

Sello: 20 Buck Spin


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