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Nick Cave & The Bad Seeds – “Skeleton Tree”

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La estética de la muerte es una de las más poderosas. La imposibilidad de que se escape de nuestro alcance –porque “todos vamos a morir”– la hace un tema universal tan poderoso como abrumante. Nick Cave ha usado esa estética antes, y la ha dominado, entonces no resulta extraño verlo en esos terrenos. Cave no necesita mayores halos de luz para caminar terrenos pedregosos, porque los conoce bien, y en “Skeleton Tree” no sólo domina una estética, sino que la enfrenta, la pone en crisis y la glorifica, entregando uno de los mejores discos de 2016. Más importante aún, generando un trabajo con la cualidad única de ser afectuoso y repelente, de esas obras que son de una belleza inconmensurable, pero que a la vez no se puede ver por mucho tiempo, dado que afecta al oyente de manera innegable.

nick-cave-the-bad-seeds-01Erróneamente, la preconcepción de la relación entre realidad y ficción derivó en que las primeras escuchas de “Skeleton Tree”, decimosexto álbum de Cave con The Bad Seeds, fueran marcadas por la muerte en 2015 de Arthur, uno de sus hijos, porque las referencias en las letras, las imágenes presentadas, el ambiente que se cierne sobre las conciencias al escuchar los ocho tracks, parecen ser de una relación directa, pero Cave, en el documental “One More Time With Feeling” que lanzó el disco, explica el proceso creativo –de forma de evitar dar entrevistas y manejar la forma en la que su voz es puesta en los medios–, expresando que las letras y las canciones estaban listas prácticamente un año antes de la muerte de Arthur, y que incluso creativamente él había tenido un bloqueo respecto al acto de escribir.

La relación entre realidad y ficción, tan complicada de explicar y definir cuando la estética de la muerte está cerca. Y más aún cuando la muerte en sí lo está. Si no, que lo diga quien haya intentado leer “Blackstar” (2016) separado del deceso de David Bowie. Las líneas entre lo que ocurre y lo que se crea son complejas, y en un álbum que establece a la vista tantos paralelos entre la muerte de Arthur y lo que pasa en las canciones, sin duda que lleva al equívoco. La diferencia puede ser mínima, pero es crucial. Las letras son claves para el ánimo que trae “Skeleton Tree”, pero es la interpretación la que hace brillar a canciones que podrían perfectamente haberse convertido en una segunda parte de “Push The Sky Away” (2013), dadas las similitudes en la forma de aproximarse al acto de armar un disco. Son esos parecidos los que hacen más evidente que el álbum no fue la respuesta ante una muerte, sino que meramente una forma de lidiar con ella. En rigor, “Skeleton Tree” no se creó para expresar luto, sino que para vivirlo y generar un hito en la superación de un hecho que cambia los cimientos de una persona para siempre.

nick-cave-the-bad-seeds-02Acá tenemos un disco más expansivo y más fácil de relacionar a nuestras historias particulares de lo que parece ser en un comienzo. De hecho, he ahí la conexión inmediata que logra: no todo el mundo ha perdido un hijo, pero sí todo el mundo ha tenido relación con estas estéticas de la muerte, en especial cuando se extiende a los terrenos de la muerte de una relación, o de la muerte de una era en la vida.

Las imágenes en “Jesus Alone” son tan fuertes como la descripción del decaer de la existencia en “Anthrocene”, o la sensación de liberación al dejar atrás todo en la impactantemente bella “Distant Sky”, donde Cave es acompañado por la soprano danesa Else Torp, y ambos logran el clímax emocional de un disco que de por sí ya es muy intenso. Punto aparte merece “Rings Of Saturn” que, más que orbitar la lógica de una muerte, celebra al amor y la vida de forma oscura mediante un seudo rap que apela a algo más juguetón, en un respiro inmediato ante el eco de las imágenes de “Jesus Alone”, un eco que no abandona jamás al oyente en los 39 minutos de “Skeleton Tree”, cuyo track homónimo cierra el disco diciendo que “nada es gratis”, pero que “todo está bien ahora”, en el último acto de consolar este luto estético que coincidió con un hecho lamentable, y que nos entregó a Nick Cave & The Bad Seeds en un disco conmovedor, conciso, e imposible de ignorar. Todos vamos a morir, y este es un álbum que nos da una bella despedida, cuando sea que la necesitemos escuchar.

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DIIV – “Deceiver”

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Deceiver

Desde su debut, la imagen de DIIV –y en particular la de su líder, Zachary Cole Smith– ha sido asociada a los estereotipos de los iconos del rock noventero, con una estética grunge que, para felicidad de Smith, les valieron numerosas comparaciones con su ahora ex modelo a seguir, Kurt Cobain. Sin embargo, la música de la banda nunca sonó similar a Nirvana o a sus coetáneos. En “Oshin” (2012) la melódica voz de Smith era acompañada de dulces instrumentaciones, asegurándoles un espacio como rostros del dream pop y el shoegaze. Este sonido se profundizo en “Is The Is Are” (2016), sin embargo, su contenido se aleja de la luminosidad de su predecesor y ofrece relatos más personales. Es en “Deceiver” donde el grupo toma las guitarras y abandona las dulces melodías para su trabajo más oscuro e introspectivo, escribiendo sus propias narrativas.

Resulta irónico que sea “Deceiver” el disco que por primera vez se asemeja a las influencias grunge que la banda ha presentado de forma estilística. Poco antes de su lanzamiento, Zachary Cole aseguró ya no ver a Cobain como un modelo a seguir y decidió separar al hombre de su trabajo. El primer sencillo, “Skin Game”, continúa con el tema de las adicciones de su predecesor, pero con fuertes guitarras que contrarrestan la dulce voz de Smith. A diferencia del disco anterior, el sencillo no lidia con la recuperación, sino que con la aceptación de una enfermedad y el cómo vivir con ella. La canción es un perfecto adelanto del disco, manteniendo un sonido dream pop, pero abandonando los meros guiños al rock; esta vez las guitarras son protagonistas.

El primer corte del disco, “Horsehead”, es una antítesis a las introducciones de las placas anteriores de DIIV, con una oscura instrumentación a cargo de poderosas guitarras que adelantan la gama sonora del disco. La voz de Smith no pierde su dulzura, pero su tuno sugiere una honestidad y fragilidad más presente que en trabajos anteriores. Canciones como “Like Before You Were Born” y “Between Tides” muestran que la banda no ha desestimado sus composiciones características, sólo ha expandido su gama sonora para maximizar toda la experiencia. “Blankenship”, por ejemplo, es un clásico de DIIV desde su inicio, con una suave melodía que fluye a través del liderazgo vocal de Smith, pero este espacio común es rápidamente corrompido por la inclusión de guitarras que recuerdan la intencionalidad del disco y expresan la diversidad de la banda.

Si bien su duración es menor que la de su antecesor, “Deceiver” suena mucho más grande. Las vocales y líricas son mucho más claras y la instrumentación nos acerca a un maximalismo no visto antes en su discografía. Y es que en este esfuerzo no hay espacios para sutilezas; después del lanzamiento de “Is The Is Are” el cantante se refirió a sus composiciones como unas “mentiras”, lamentando la forma en que representó las adicciones, enfocándose sólo en la recuperación y no en la vida con estas. Por esto, todos los elementos del disco se maximizan, como una contraparte más oscura y profunda que la anterior. “Taker” se presenta como una pieza central, tomando las responsabilidades de las mentiras cometidas y aceptando las consecuencias de un viaje lejos de terminar. Las guitarras son mucho más pesadas en este punto, adelantando la forma en que esta oscuridad se profundizará en la segunda mitad.

Es la segunda parte del disco la que presenta su mayor vulnerabilidad y sinceridad, donde el problema ha sido aceptado y comienza la búsqueda por la redención. “For The Guilty” presenta los efectos que las adicciones han causado en su círculo y en sí mismo, con un instrumental que prueba que el álbum triunfa en sus momentos sonoros más oscuros, sin opacar el desempeño vocal, sino que resaltándolo. “The Spark”, tal como lo índica su título, presenta un inusual momento de luz en el disco, con una brillante melodía que acompaña la catarsis de su narración. Sin embargo, culmina con “Acheron”, quizás uno de los momentos más oscuros de “Deceiver”, con sombrías guitarras y líricas: “Odio al Dios en el que no creo. El paraíso es sólo una parte del infierno”. La pieza es lo más cercano a rock noventero que alude su imagen, y sus siete minutos de duración dejan en un punto alto el cierre del disco.

La escena de rock en la que DIIV ha participado durante esta década ha sido asociada a las adicciones por casi tanto tiempo como existe. Asimismo, la figura de Zachary Cole Smith, quien había gozado de las comparaciones con quien veía como un modelo a seguir, pero su distanciamiento de estas figuras no viene desde un lugar juzgador, sino de reconocerse y querer narrar su propia historia. El protagonismo de las guitarras no es coincidencia, es parte del viaje a emprender y un reconocimiento a las influencias que esas bandas que lo formaron estilísticamente tuvieron a la hora de hablar sin tapujos de las adicciones. “Deceiver” puede no ser el sonido más característico de DIIV, pero es el más sincero y pertinente para reflejar el presente de la banda.


Artista: DIIV

Disco: Deceiver

Duración: 42:28

Año: 2019

Sello: Captured Tracks


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