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MONEY – “Suicide Songs”

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Siempre se valora que la música pueda traspasar su dimensión sonora y meterse en el oyente de manera física y reflexiva, provocando sinestesias y estados particulares. Muy en esta dirección se mueven los efectos que provoca escuchar “Suicide Songs”, en parte por la energía interpretativa vocal e instrumental y la intensidad de las letras, elementos que en conjunto calzan íntegramente, logrando conmover e incluso crear sensaciones cinematográficas, es decir, a la evocación de imágenes, momentos o situaciones que provoca el poder de la música. En este sentido, el nuevo disco de MONEY guarda cierta complicidad con su antecesor, “The Shadow Of Heaven” (2013), primer trabajo musical de la banda, que le valió una satisfactoria posición en los comentarios de la crítica, llegando a ser incluso comparados con The Smiths. Una visión importante sobre esta comparación se relaciona con la fuerza de los conceptos tratados –vitales, críticos, dolorosos– transformados en acordes y letras que tocan al oyente y transportan a un lugar atemporal. En el caso de “Suicide Songs”, la crisis de MONEY 01identidad del sujeto en búsqueda del futuro dice relación con el paso del tiempo y el crecimiento o decepción que esto conlleva en el ejercicio de mirar la vida desde un ángulo que es, en este caso, principalmente melancólico.

Y para reflexionar sobre esto, en 2014 la banda de Manchester se trasladó a Londres con el objetivo de escribir y gestar lo que sería el próximo álbum, esto en medio de constantes sesiones de autodestrucción y descontrol que dieron como resultado, al fin y al cabo, un álbum dramático, poético, melancólico y efectivo. Algunas de estas características se manifiestan desde el comienzo con “I Am The Lord”, quedando expuesto el estilo alternativo con tintes de folk y mucho indie. La pista fluye a través de una melodía apacible, abriéndose paso entre los sonidos de la dilruba, percusiones y violines. “I’m Not Here”, la canción que le sigue, se mueve en las mismas coordenadas, entonando armonías que van creciendo en intensidad y creando hermosos momentos.

Un elemento que llama gratamente la atención es la voz de Jamie Lee que, usada como efectiva herramienta en beneficio de la totalidad del mensaje entregado, logra transmitir sensaciones coherentes en relación a las letras y melodías de las canciones, como es el caso de “You Look Like A Sad Painting On Both Sides Of The Sky”, el single previamente lanzado para promocionar el disco, que con la fuerza de la interpretación vocal acompañada por una guitarra encantadoramente triste, compensa la escucha del álbum completo.  En “Night Came” se aprecia nuevamente la atmósfera instrumental bien construida; se percibe la sensación de estar perdido y desesperado en una dimensión noctámbula. Es transversal el lamento como una reflexión sobre el tiempo, y las letras tienen mucho que decir en este sentido, como en “I’ll Be The Night” u “All My Life”, donde Lee canta: “No me avergüenzo de lo que estoy haciendo, pero sí de lo que he hecho”.

Sin mucha trascendencia transcurren canciones como “Suicide Song” o “Hopeless World”, composiciones más bien neutrales que funcionan como un respiro dentro del desaliento como temática general. El cierre del disco viene dado por el anti-villancico “A Cocaine Christmas And An MONEY 02Alcoholic’s New Year”, que se desarrolla lento, reviviendo imágenes sobre una triste celebración e invocando un toque de sarcasmo, pero sin dejar de lado el eterno estado de abatimiento presente a lo largo del disco, que a ratos pareciera ser la banda sonora de una película muy triste.

Si bien se logran momentos de pleno arrobamiento que logran transportar mediante la escucha, a ratos las melodías frágiles y algo redundantes acaban por transformar las canciones en piezas demasiado melosas. Fuera de esto, el álbum funciona creando preciosas atmósferas instrumentales que, sumadas a la interpretación de Lee, logran su cometido. Los sonidos parecen venir, aunque no de la muerte, de un lugar distinto y afligido; la poesía y la reflexión están presentes y se dejan ver mediante la angustia, la desesperación, la pregunta.

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El Álbum Esencial: “Undertow” de Tool

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La portada de todo álbum debiese generar impresiones anticipadas sobre el contenido que este alberga. Bajo esa lógica, ver esa especie de caja torácica roja –que en primera instancia tendría a una mujer obesa y desnuda dentro de ella, pero fue censurada– delante de un fondo negro, no puede más que desconcertar. Si a eso se le suma el intrigante título, “Undertow” (“Resaca” en inglés), esto sólo pude verse potenciado. La estética visual de todo esto simplemente respondía a la proyección del vivo reflejo de la música de Tool. Agonía y desconcierto, no existe otra forma de describirles.

Sin duda alguna, aquello que encierra esta criptica iconografía y perfora nuestro cerebro desde los oídos es difícil de clasificar para la época, o incluso hoy por hoy. A mediados de los 90, todo lo que sonara más o menos distorsionado solía ser etiquetado de grunge o, en el mejor de los casos, como rock alternativo. Pero acá había una diferencia: el uso que se dio a la oscuridad. No hablamos del manto de sombras melancólicas que rodeaba al común de la música de la denominada Generación X, sino que de una penumbra mucho más densa que se manifestaba mediante una catarsis brutal. Pese a su crudeza y visceralidad, también encontramos niveles de introspección y sutileza muy alejados de los márgenes de la escena de la costa oeste estadounidense.

Es habitual que los álbumes debut de una banda expongan una continuidad estética en referencia a los demos, cosa que acá no ocurre. “Undertow”, para ser el primer larga duración, es sumamente complejo, pues marca un temprano punto de inflexión en el trabajo de los oriundos de Los Angeles, cosa que en otras agrupaciones ocurre entrada la discografía. Hay acá una sonoridad mucho más oscura, la que comienza a reemplazar progresivamente el rock más frontal y acelerado presente en el EP “Opiate” (1992). Los temas de tres minutos en donde se lograba apreciar la influencia hardcore que posee la banda, comenzaron a alargarse hasta los seis o más debido a un aumento de versatilidad en las estructuras de cada canción, en donde los pasajes instrumentales empezaron a tomar cada vez mayor relevancia. Comenzaban así a ganarse paulatinamente la etiqueta de “progresivos” y vaya que lo merecían.

Aunque pudiese ser paradójico, la guitarra de Adam Jones no se caracteriza por exponer las destrezas sobrehumanas con las que se está habituado en la mayoría de las bandas denominadas como metal progresivo, aun así, demuestra una técnica inconfundible, en donde el juego entre tonalidades densas y frecuencias que bordean la estridencia entregan diferentes matices a las composiciones. “Bottom”, tema en donde colabora el eterno Henry Rollins, es quizás el más claro reflejo de esto. Por su parte, el trabajo en el bajo de Paul D’Amour suena de forma penetrante y aguerrida, batallando el protagonismo rítmico y melódico en cada compás. La potencia y misticismo de “Flood” se debe en gran medida a la labor de este instrumento. Mismo misticismo que –con vidente de por medio– rodea la salida del bajista tras una gira por Europa promocionando el disco. En el futuro no lejano, sería el británico Justin Chancellor quien se haría cargo de las frecuencias bajas hasta la actualidad.

Si bien, en los instrumentos de cuerdas no podemos apreciar una técnica elevada como lo demandaría el género progresivo, aquello sí se puede hallar en la percusión. Probablemente, la rítmica que impone Danny Carey es el componente más experimental de la propuesta de Tool en sus inicios. Aunque aún no incorporan estructuras demasiado complejas como en posteriores discos, es notoria la variabilidad de los tiempos y la sagacidad con la que se pasea por la batería. Prueba de ello son temas como “Intolerance” o “Swamp Song”. Punto aparte también es el poderoso registro vocal del hoy endiosado Maynard James Keenan, clave para dar forma al tema homónimo del disco, en donde es capaz de saltar de fraseos melodiosos a desgarradores gritos, pasando por diabólicos arrullos con una facilidad inexplicable. Además, durante la promoción del álbum ya comenzaba a dar cuenta de esta particular visión del espectáculo, dado su singular desplante escénico.

Pese a que Tool suele ser clasificado como metal progresivo, en “Undertow” lo vanguardista está en mantener elementos minimalistas al alero de una gran sensibilidad instrumental. Es cosa de escuchar temas que quizás pasan más desapercibidos, como “Crawl Away” o “Swamp Song”, para dar cuenta de aquello, y ni hablar de temas como “4°” y “Flood”, que empezaban a dar pequeños, pero ahora evidentes indicios del camino que la banda tomaría en sus posteriores discos. Quien haya escuchado los casi 16 minutos de “Disgustipated” y diga que no es vanguardista, debe comenzar a cuestionar sus concepciones del mundo.

En cuanto a sencillos, el primer LP de la banda nos entrega “Sober” y “Prision Sex”, los cuales fueron acompañados de perturbadores videoclips promocionales, dirigidos por el mismo Adam Jones. El primer tema, en un ejercicio sublime de minimalismo al ser guiado por una secuencia repetitiva de tan sólo dos acordes, nos habla de la adicción del alcohol –incorporando la concepción cristiana del pecado–. Mientras tanto, el segundo relata la brutalidad de la violación infantil. Este último, dado lo tétrico de las imágenes y la crudeza de su letra, fue duramente censurado por las cadenas televisivas de música, pero como ha ocurrido a lo largo de la historia, el morbo ante lo prohibido sólo ayuda a atraer nuevos adictos e incrementar el peso de los cultos.

Así es como “Undertow”, con todos sus componentes, establece los cimientos de la catedral que posteriormente construiría Tool, dando pie para un largo legado que sigue influenciando a un sinfín de bandas de diversos estilos. Si bien, suele ser denostado por ser el disco menos experimental de la banda y, por ende, el con menos teorías conspirativas alrededor de él, su sonido más duro ha ayudado a consolidar a un grupo no menor de fanáticos de esta obra, quienes incluso profesan que este es el mejor de todos los lanzamientos del grupo. Pero ¿puede segmentarse la discografía de Tool y no comprenderla como un todo? ¿Hay realmente un mejor Tool? Preguntas tan complejas como sus respuestas y el objeto al que apuntan.

De todas formas, sí se puede asegurar algo: ser fan de Tool es probablemente uno de los actos de masoquismo más grandes dentro de la ya auto flagelante vida de los melómanos –podría incluirse dentro de esta patología el ser fan de Radiohead; si se es de ambos, el diagnostico debe ser crítico–. Y es que sentir atracción por aquello que no logramos comprender, por aquello que nos desestabiliza mentalmente por no poder apropiárnoslo, debe ser uno de los males más viejos de la historia de la humanidad. Aquel primer trago de la banda, sin duda, ha generado una resaca que sigue palpitando en nuestras cabezas. Lo único que se espera es mantenerla hasta que Maynard y compañía nos entreguen una nueva dosis de su tan ansiado licor.

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