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Mini Mansions – The Great Pretenders

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En 2010, Mini Mansions lanzó su homónimo debut que, con poca promoción, pasó sin pena ni gloria. Cargado al indie, aquel primer larga duración de la banda de Los Angeles no logró cautivar ni a la crítica ni al público. No es de extrañar, entonces, que los pocos comentarios surgidos se refirieran al grupo como “el proyecto paralelo” de Michael Shuman, bajista de Queens Of The Stone Age, en conjunto con Zach Dawes y Tyler Parkford. Esta situación le planteó al trío el desafío de desarrollar un sonido propio, y en ese contexto de búsqueda identitaria surge “The Great Pretenders”. Con un sonido oscuro y cargado de matices y texturas, Mini Mansions lee el panorama actual a la perfección, dando un giro hacia la psicodelia en medio del innegable auge de este género.

MINI MANSIONS 01El disco comienza con la pegajosa “Freakout!”, con Shuman encargado de la voz principal y el bajo de Dawes protagonista durante toda la canción. Un inicio sumamente potente. “La muerte es una mujer y está a solo un baile de distancia” repite Parkford en “Death Is A Girl”, y ese baile bien podría ser con esta canción de fondo que, ágil y frenética, conseguiría animar fácilmente más de alguna fiesta. Fue probablemente su esencia bailable lo que la catapultó a ser elegida como primer sencillo del álbum. “Creeps”, la siguiente pista, también encajaría en una fiesta, pero su rol sería más bien el de un clásico y necesario lento. En esta, por primera vez las guitarras toman protagonismo, contando con la dosis justa de efectos para construir una atmósfera bien sesentera. Es el mayor coqueteo del disco con el rock convencional.

Si hubiera que elegir una canción que resuma mejor el sonido pop de Mini Mansions en esta placa, sin duda sería “Fantasy”. Aunque el coro suene un poco a Tame Impala (el falsete de Parkford de seguro influye), los versos resaltan por su oscuridad, generando un contraste que se encuentra patente a lo largo de todo el disco. A medida que pasan las canciones –si bien estas presentan una estructura tradicional verso-coro-, se nota cómo existe un especial cuidado en mantener interesantes las transiciones entre aquellos elementos. Continuando en la línea pop, la dupla de sencillos “Any Emotions” y “Vertigo” marca la aparición de dos invitados de lujo. En la primera, el histórico miembro fundador de The Beach Boys, Brian Wilson, apoya con sus armonías a Shuman en un emocional relato acerca de sus problemas con el Síndrome de Asperger. La segunda, en tanto, es sin duda uno de los puntos más alto del disco: la intervención de la siempre elegante voz del frontman de Arctic Monkeys, Alex Turner, en el segundo verso, contrasta perfectamente con la delgada voz de Parkford. Además, la letra y los delicados arreglos rebosan sensualidad con intervenciones sobrias y adecuadas de los teclados.

MINI MANSIONS 02Otro punto alto del disco es la dinámica “Honey, I’m Home”. Versos ligeros y estribillos casi instrumentales que tienden al noise terminan en, más que un final, la transición hacia “Mirror Mountain”. Es aquí donde el disco alcanza su clímax, en una canción que podría haber salido perfectamente del “Era Vulgaris” (2007) de QOTSA. Teclados enérgicos y sampleos distorsionados llaman a la locura y concretan la mencionada tendencia al noise, en tanto batería y bajo mantienen la cohesión de la pieza. Después de aquella inyección de energía, la sentimental balada “Heart Of Stone” calma las revoluciones y deja a Shuman abrir nuevamente su corazón, mientras los sintetizadores construyen un entramado de texturas en el fondo. Aquellos diversos colores que los teclados van imprimiendo a cada canción, enriquecen el sonido general del disco, siendo uno de los principales aciertos de la producción. Ya entrando en tierra derecha, la alegre “Double Visions” termina con un rallentando que le da tintes de final, y deja a la atmosférica y experimental “The End, Again” como un mero epílogo.

De esta manera, a pesar de emplear distintas fórmulas en la creación de cada una de las canciones del disco, es posible reconocer un sonido común que unifica la propuesta musical de Mini Mansions: un pop psicodélico fresco y versátil. “The Great Pretenders” representa un fructífero ejercicio en el camino de la banda para forjar su identidad y, más importante aún, resulta un gran disco que, con muchos puntos altos y casi ningún desacierto, llega a engrosar la lista de buenos álbumes que el apogeo de la neo-psicodelia nos ha entregado.

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El Álbum Esencial: “Undertow” de Tool

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La portada de todo álbum debiese generar impresiones anticipadas sobre el contenido que este alberga. Bajo esa lógica, ver esa especie de caja torácica roja –que en primera instancia tendría a una mujer obesa y desnuda dentro de ella, pero fue censurada– delante de un fondo negro, no puede más que desconcertar. Si a eso se le suma el intrigante título, “Undertow” (“Resaca” en inglés), esto sólo pude verse potenciado. La estética visual de todo esto simplemente respondía a la proyección del vivo reflejo de la música de Tool. Agonía y desconcierto, no existe otra forma de describirles.

Sin duda alguna, aquello que encierra esta criptica iconografía y perfora nuestro cerebro desde los oídos es difícil de clasificar para la época, o incluso hoy por hoy. A mediados de los 90, todo lo que sonara más o menos distorsionado solía ser etiquetado de grunge o, en el mejor de los casos, como rock alternativo. Pero acá había una diferencia: el uso que se dio a la oscuridad. No hablamos del manto de sombras melancólicas que rodeaba al común de la música de la denominada Generación X, sino que de una penumbra mucho más densa que se manifestaba mediante una catarsis brutal. Pese a su crudeza y visceralidad, también encontramos niveles de introspección y sutileza muy alejados de los márgenes de la escena de la costa oeste estadounidense.

Es habitual que los álbumes debut de una banda expongan una continuidad estética en referencia a los demos, cosa que acá no ocurre. “Undertow”, para ser el primer larga duración, es sumamente complejo, pues marca un temprano punto de inflexión en el trabajo de los oriundos de Los Angeles, cosa que en otras agrupaciones ocurre entrada la discografía. Hay acá una sonoridad mucho más oscura, la que comienza a reemplazar progresivamente el rock más frontal y acelerado presente en el EP “Opiate” (1992). Los temas de tres minutos en donde se lograba apreciar la influencia hardcore que posee la banda, comenzaron a alargarse hasta los seis o más debido a un aumento de versatilidad en las estructuras de cada canción, en donde los pasajes instrumentales empezaron a tomar cada vez mayor relevancia. Comenzaban así a ganarse paulatinamente la etiqueta de “progresivos” y vaya que lo merecían.

Aunque pudiese ser paradójico, la guitarra de Adam Jones no se caracteriza por exponer las destrezas sobrehumanas con las que se está habituado en la mayoría de las bandas denominadas como metal progresivo, aun así, demuestra una técnica inconfundible, en donde el juego entre tonalidades densas y frecuencias que bordean la estridencia entregan diferentes matices a las composiciones. “Bottom”, tema en donde colabora el eterno Henry Rollins, es quizás el más claro reflejo de esto. Por su parte, el trabajo en el bajo de Paul D’Amour suena de forma penetrante y aguerrida, batallando el protagonismo rítmico y melódico en cada compás. La potencia y misticismo de “Flood” se debe en gran medida a la labor de este instrumento. Mismo misticismo que –con vidente de por medio– rodea la salida del bajista tras una gira por Europa promocionando el disco. En el futuro no lejano, sería el británico Justin Chancellor quien se haría cargo de las frecuencias bajas hasta la actualidad.

Si bien, en los instrumentos de cuerdas no podemos apreciar una técnica elevada como lo demandaría el género progresivo, aquello sí se puede hallar en la percusión. Probablemente, la rítmica que impone Danny Carey es el componente más experimental de la propuesta de Tool en sus inicios. Aunque aún no incorporan estructuras demasiado complejas como en posteriores discos, es notoria la variabilidad de los tiempos y la sagacidad con la que se pasea por la batería. Prueba de ello son temas como “Intolerance” o “Swamp Song”. Punto aparte también es el poderoso registro vocal del hoy endiosado Maynard James Keenan, clave para dar forma al tema homónimo del disco, en donde es capaz de saltar de fraseos melodiosos a desgarradores gritos, pasando por diabólicos arrullos con una facilidad inexplicable. Además, durante la promoción del álbum ya comenzaba a dar cuenta de esta particular visión del espectáculo, dado su singular desplante escénico.

Pese a que Tool suele ser clasificado como metal progresivo, en “Undertow” lo vanguardista está en mantener elementos minimalistas al alero de una gran sensibilidad instrumental. Es cosa de escuchar temas que quizás pasan más desapercibidos, como “Crawl Away” o “Swamp Song”, para dar cuenta de aquello, y ni hablar de temas como “4°” y “Flood”, que empezaban a dar pequeños, pero ahora evidentes indicios del camino que la banda tomaría en sus posteriores discos. Quien haya escuchado los casi 16 minutos de “Disgustipated” y diga que no es vanguardista, debe comenzar a cuestionar sus concepciones del mundo.

En cuanto a sencillos, el primer LP de la banda nos entrega “Sober” y “Prision Sex”, los cuales fueron acompañados de perturbadores videoclips promocionales, dirigidos por el mismo Adam Jones. El primer tema, en un ejercicio sublime de minimalismo al ser guiado por una secuencia repetitiva de tan sólo dos acordes, nos habla de la adicción del alcohol –incorporando la concepción cristiana del pecado–. Mientras tanto, el segundo relata la brutalidad de la violación infantil. Este último, dado lo tétrico de las imágenes y la crudeza de su letra, fue duramente censurado por las cadenas televisivas de música, pero como ha ocurrido a lo largo de la historia, el morbo ante lo prohibido sólo ayuda a atraer nuevos adictos e incrementar el peso de los cultos.

Así es como “Undertow”, con todos sus componentes, establece los cimientos de la catedral que posteriormente construiría Tool, dando pie para un largo legado que sigue influenciando a un sinfín de bandas de diversos estilos. Si bien, suele ser denostado por ser el disco menos experimental de la banda y, por ende, el con menos teorías conspirativas alrededor de él, su sonido más duro ha ayudado a consolidar a un grupo no menor de fanáticos de esta obra, quienes incluso profesan que este es el mejor de todos los lanzamientos del grupo. Pero ¿puede segmentarse la discografía de Tool y no comprenderla como un todo? ¿Hay realmente un mejor Tool? Preguntas tan complejas como sus respuestas y el objeto al que apuntan.

De todas formas, sí se puede asegurar algo: ser fan de Tool es probablemente uno de los actos de masoquismo más grandes dentro de la ya auto flagelante vida de los melómanos –podría incluirse dentro de esta patología el ser fan de Radiohead; si se es de ambos, el diagnostico debe ser crítico–. Y es que sentir atracción por aquello que no logramos comprender, por aquello que nos desestabiliza mentalmente por no poder apropiárnoslo, debe ser uno de los males más viejos de la historia de la humanidad. Aquel primer trago de la banda, sin duda, ha generado una resaca que sigue palpitando en nuestras cabezas. Lo único que se espera es mantenerla hasta que Maynard y compañía nos entreguen una nueva dosis de su tan ansiado licor.

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