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Mew – + –

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La música de Mew conlleva un halo de misterio. A simple vista es complicado definir exactamente qué es lo atrayente de estos daneses. ¿Será su orientación pop a la hora de aventurarse en las melodías del indie rock, plagada de armonías de estadio, matizadas por la inusualmente natural voz de alto rango de su vocalista Jonas Bjerre? ¿O será la igualmente inusual naturalidad con la que se inmiscuyen en territorios del rock progresivo, dotando su sonido de una personalidad única? Tal vez es la mezcla de ambas cosas lo que ha logrado que su más reciente disco, llamado simplemente “+ -”, y sucesor de “No More Stories Are Told Today, I’m Sorry They Washed Away / No More Stories, The World Is Grey, I’m Tired, Let’s Wash Away” (2009), haya concitado mucha atención. De cualquier forma, eran ya casi seis años de ausencia discográfica.

MEW - 01Este álbum provoca un cisma entre ambas partes que conforman el sonido Mew, considerando que se cargan directamente al sonido más easy listening, como en su momento Genesis o Asia lo hicieron. El track que abre el disco, “Satellites”, es prueba de ello: un delicado sonido de arpa le da inicio entrelazado con la surreal voz de Bjerre, en una canción que cuida su arista prog-rock, pero dotada de estética de estadio. El segundo single, develado durante la promoción del álbum, es la frenética “Witness”, en donde aún se pueden percibir los ganchos guitarreros de sus anteriores discos y, al menos, en algo se siente la influencia de Michael Beinhorn, productor de este trabajo y que también estuvo detrás de las perillas en “And The Glass Handed Kites” (2005), tal vez su álbum mas celebrado, tanto dentro como fuera de su país, llegando a ganar el Grammy danés como Mejor Álbum Rock del año.

Tal vez donde más se nota el viraje hacia el pop, es en la elección de sus colaboraciones. Si antes había sido el vocalista y guitarrista de Dinosaur Jr, J Mascis, ahora es el turno de la cantante neozelandesa Kimbra quien colabora en “The Night Believer”. La danza de estilos orientados hacia nuevos horizontes se hace patente en “Making Friends”, repleta de guiños funkies ochenteros. El devaneo prog de “Clinging To A Bad Dream” marea un poco, se siente que en cualquier momento aparece ese cambio de ritmo tan característico de los daneses, sin embargo, se limitan a sincopar e intercalar las guitarras con las baterías, con un final tan inesperado como vacilante. La obra maestra de este disco, y llamada a ser en algún momento single, es “My Complications”, vibrante y llena de sorpresas de principio a fin, con una melodía envidiable, dejando en claro lo que una vez el guitarrista Bo Madsen dijo: “Somos, probablemente, la única banda indie de estadio”.

MEW - 02“Water Slides” es una nueva prueba para la tolerancia del auditor, quien tiene que toparse con esta canción indie que bebe mucho del R&B más pop posible, aunque, siendo objetivos, tiene mucho de dream pop también; todo el álbum tiene algo de ello, de hecho. “Interview The Girls” está construida desde las entrañas de las melodías clásicas de Mew, lleno de punta a cabo de voces superpuestas y etéreas; aunque carece del empuje necesario para convertirla en pieza esencial del álbum, conquista por su grandilocuencia calculada. “Rows” corre por la misma senda, es un avión al que le cuesta agarrar altura para luego elevarse al infinito. Casi once minutos de experimento sonoro con aires de jam sesión, en donde aprovechan de experimentar toda clase de texturas y ritmos, que se arrebolan y estallan cual si fueran fuegos de artificio. No mucho más breve es “Cross The River On Your Own”, la balada de siete minutos que cierra el álbum y  que, pese a su delicadeza, compila el sonido general de este trabajo: magnificente y efectivo, pero complejo a la vez.

“+ -” está muy lejos de ser un disco deficiente, tampoco es el mejor de su carrera, sin embargo, gana puntos principalmente por una razón: no renuncia a ninguno de sus vectores de sonido, aunque no se excede en ellos; si existe un sonido Mew, este se mantiene ahí. Fueron capaces de reducir su esencia a su expresión más simple y “radial”, sin perder lo que los ha hecho uno de los puntales del sonido contemporáneo del rock salido de Dinamarca.

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El Álbum Esencial: “Undertow” de Tool

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La portada de todo álbum debiese generar impresiones anticipadas sobre el contenido que este alberga. Bajo esa lógica, ver esa especie de caja torácica roja –que en primera instancia tendría a una mujer obesa y desnuda dentro de ella, pero fue censurada– delante de un fondo negro, no puede más que desconcertar. Si a eso se le suma el intrigante título, “Undertow” (“Resaca” en inglés), esto sólo pude verse potenciado. La estética visual de todo esto simplemente respondía a la proyección del vivo reflejo de la música de Tool. Agonía y desconcierto, no existe otra forma de describirles.

Sin duda alguna, aquello que encierra esta criptica iconografía y perfora nuestro cerebro desde los oídos es difícil de clasificar para la época, o incluso hoy por hoy. A mediados de los 90, todo lo que sonara más o menos distorsionado solía ser etiquetado de grunge o, en el mejor de los casos, como rock alternativo. Pero acá había una diferencia: el uso que se dio a la oscuridad. No hablamos del manto de sombras melancólicas que rodeaba al común de la música de la denominada Generación X, sino que de una penumbra mucho más densa que se manifestaba mediante una catarsis brutal. Pese a su crudeza y visceralidad, también encontramos niveles de introspección y sutileza muy alejados de los márgenes de la escena de la costa oeste estadounidense.

Es habitual que los álbumes debut de una banda expongan una continuidad estética en referencia a los demos, cosa que acá no ocurre. “Undertow”, para ser el primer larga duración, es sumamente complejo, pues marca un temprano punto de inflexión en el trabajo de los oriundos de Los Angeles, cosa que en otras agrupaciones ocurre entrada la discografía. Hay acá una sonoridad mucho más oscura, la que comienza a reemplazar progresivamente el rock más frontal y acelerado presente en el EP “Opiate” (1992). Los temas de tres minutos en donde se lograba apreciar la influencia hardcore que posee la banda, comenzaron a alargarse hasta los seis o más debido a un aumento de versatilidad en las estructuras de cada canción, en donde los pasajes instrumentales empezaron a tomar cada vez mayor relevancia. Comenzaban así a ganarse paulatinamente la etiqueta de “progresivos” y vaya que lo merecían.

Aunque pudiese ser paradójico, la guitarra de Adam Jones no se caracteriza por exponer las destrezas sobrehumanas con las que se está habituado en la mayoría de las bandas denominadas como metal progresivo, aun así, demuestra una técnica inconfundible, en donde el juego entre tonalidades densas y frecuencias que bordean la estridencia entregan diferentes matices a las composiciones. “Bottom”, tema en donde colabora el eterno Henry Rollins, es quizás el más claro reflejo de esto. Por su parte, el trabajo en el bajo de Paul D’Amour suena de forma penetrante y aguerrida, batallando el protagonismo rítmico y melódico en cada compás. La potencia y misticismo de “Flood” se debe en gran medida a la labor de este instrumento. Mismo misticismo que –con vidente de por medio– rodea la salida del bajista tras una gira por Europa promocionando el disco. En el futuro no lejano, sería el británico Justin Chancellor quien se haría cargo de las frecuencias bajas hasta la actualidad.

Si bien, en los instrumentos de cuerdas no podemos apreciar una técnica elevada como lo demandaría el género progresivo, aquello sí se puede hallar en la percusión. Probablemente, la rítmica que impone Danny Carey es el componente más experimental de la propuesta de Tool en sus inicios. Aunque aún no incorporan estructuras demasiado complejas como en posteriores discos, es notoria la variabilidad de los tiempos y la sagacidad con la que se pasea por la batería. Prueba de ello son temas como “Intolerance” o “Swamp Song”. Punto aparte también es el poderoso registro vocal del hoy endiosado Maynard James Keenan, clave para dar forma al tema homónimo del disco, en donde es capaz de saltar de fraseos melodiosos a desgarradores gritos, pasando por diabólicos arrullos con una facilidad inexplicable. Además, durante la promoción del álbum ya comenzaba a dar cuenta de esta particular visión del espectáculo, dado su singular desplante escénico.

Pese a que Tool suele ser clasificado como metal progresivo, en “Undertow” lo vanguardista está en mantener elementos minimalistas al alero de una gran sensibilidad instrumental. Es cosa de escuchar temas que quizás pasan más desapercibidos, como “Crawl Away” o “Swamp Song”, para dar cuenta de aquello, y ni hablar de temas como “4°” y “Flood”, que empezaban a dar pequeños, pero ahora evidentes indicios del camino que la banda tomaría en sus posteriores discos. Quien haya escuchado los casi 16 minutos de “Disgustipated” y diga que no es vanguardista, debe comenzar a cuestionar sus concepciones del mundo.

En cuanto a sencillos, el primer LP de la banda nos entrega “Sober” y “Prision Sex”, los cuales fueron acompañados de perturbadores videoclips promocionales, dirigidos por el mismo Adam Jones. El primer tema, en un ejercicio sublime de minimalismo al ser guiado por una secuencia repetitiva de tan sólo dos acordes, nos habla de la adicción del alcohol –incorporando la concepción cristiana del pecado–. Mientras tanto, el segundo relata la brutalidad de la violación infantil. Este último, dado lo tétrico de las imágenes y la crudeza de su letra, fue duramente censurado por las cadenas televisivas de música, pero como ha ocurrido a lo largo de la historia, el morbo ante lo prohibido sólo ayuda a atraer nuevos adictos e incrementar el peso de los cultos.

Así es como “Undertow”, con todos sus componentes, establece los cimientos de la catedral que posteriormente construiría Tool, dando pie para un largo legado que sigue influenciando a un sinfín de bandas de diversos estilos. Si bien, suele ser denostado por ser el disco menos experimental de la banda y, por ende, el con menos teorías conspirativas alrededor de él, su sonido más duro ha ayudado a consolidar a un grupo no menor de fanáticos de esta obra, quienes incluso profesan que este es el mejor de todos los lanzamientos del grupo. Pero ¿puede segmentarse la discografía de Tool y no comprenderla como un todo? ¿Hay realmente un mejor Tool? Preguntas tan complejas como sus respuestas y el objeto al que apuntan.

De todas formas, sí se puede asegurar algo: ser fan de Tool es probablemente uno de los actos de masoquismo más grandes dentro de la ya auto flagelante vida de los melómanos –podría incluirse dentro de esta patología el ser fan de Radiohead; si se es de ambos, el diagnostico debe ser crítico–. Y es que sentir atracción por aquello que no logramos comprender, por aquello que nos desestabiliza mentalmente por no poder apropiárnoslo, debe ser uno de los males más viejos de la historia de la humanidad. Aquel primer trago de la banda, sin duda, ha generado una resaca que sigue palpitando en nuestras cabezas. Lo único que se espera es mantenerla hasta que Maynard y compañía nos entreguen una nueva dosis de su tan ansiado licor.

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