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METZ – “Automat”

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Desde su debut, METZ dejó de lado la chapa de novedad o promesa, sepultando los adjetivos bajo una densa capa de riffs y distorsión. El noise había encontrado en Canadá al mejor huésped, y es que sin timidez el trío se hizo dueño de la presión que los catalogaba dentro de todos los estilos posibles relacionados al ruido. Su debut homónimo de 2012, un macizo de once tracks, reverberó en los exigentes oídos de todos quienes buscaban guitarras sin pretensión y canciones con esencia garage, directas y aplicadas.

Así, sin más, los de Ontario dieron con la receta perfecta y se preocuparon de lo importante: la música. Canciones efectivas, pero con pocos matices, es lo que se pudo apreciar en “II” (2015). Su segundo largo se oye más maduro y atrevido, sin embargo, esa atenuación de su sonido pareciera no proponer novedad. Ello cambió con el lanzamiento de “Strange Peace” (2017), producido por Steve Albini y que dotó a la banda de una línea más melódica, nuevas experimentaciones y guiños a todos los clásicos noventeros como complemento de sus nuevos aires.

Como una manera de celebrar diez años de carrera e intensas presentaciones en vivo por todo el mundo (con dos visitas a nuestro país), la banda decidió agrupar en 12 tracks todo el material inédito y lados B que los ha mantenido vigentes desde aquel último disco. Se trata de “Automat”, que repite la fórmula revisitando una gran cantidad de material regado en EP’s y singles. La necesidad de cohesión de estas canciones en un largo era urgente para una banda inquieta y caótica.

“Automat” abre los fuegos con la demoledora “Soft Whiteout”, marca registrada del trío, y continúa en la misma senda con “Lump Sums”, un tema mucho más melódico y experimental. Aquí METZ se atreve a proponer más con otros efectos, una duración mayor y nuevos elementos en la composición. El álbum continúa sin descanso hasta las intensas “Dirty Shirt” y “Can’t Understand”.

¿Qué escuchamos cuando escuchamos a una banda como METZ? Estrés, paranoia y un presente caótico es lo que la banda pretende plasmar en sus letras. Sin mayores conceptos o figuras líricas, sus canciones reflejan estados modernos bajo los chirridos de la afilada guitarra de Alex Edkins, el bajo inmerso de Chris Slorach y las baterías de Hayden Menzies. El epílogo queda a cargo de las ya conocidas “Pure Auto” y “Eraser”, dos temas que comparten intensidad y distorsión con guitarras que transitan entre Nirvana o cualquier formato punk. En su mayoría, canciones breves, para nada ligeras y que no dejan espacio para el descanso.

El lugar común dice que METZ es un torbellino de canciones ásperas; un manual de estilo del ruido armónico que parecía venir de capa caída –con excepciones, como lo que hace Ty Segall o A Place To Bury Strangers–, pero que se refugió en un trío que está lejos de las pretensiones y que no carece de actitud en un estudio o arriba del escenario. Si bien, el sonido de METZ no busca proponer más allá que sutiles cambios a sus líneas melódicas, sabe cómo diferenciarse entre sí para entregar canciones capaces de alterar los sentidos o potenciar sentimientos.


Artista: METZAutomat

Disco: Automat

Duración: 43:05

Año: 2019

Sello: Sub Pop


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Phoebe Bridgers – “Punisher”

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Punisher

En tiempos de pandemia se idealiza la experiencia de la música en vivo, y se extraña, por supuesto, como la cultura, las artes y el encuentro social, pero no se pueden olvidar las trabas para disfrutar cualquier concierto. La más fácil de ocurrir es cuando alguien habla interviniendo la atención en el show, algo para lo que los gringos tienen un término, un “punisher” (castigador), y ese es el concepto que titula la segunda entrega como solista de Phoebe Bridgers, en una especie de declaración de intenciones frente a cualquier síndrome del impostor o posible relajo. Es que la artista, pese a lo activa y reconocida en el mundo del indie, no se sacude nunca la curiosidad de escribir canciones, y es esa ruta la que cómodamente sigue en “Punisher”, el disco.

Hay trampas en el camino de este trabajo que hacen creer que es algo que no es. Sí, la producción es prístina, con un rango emocional desde lo acogedor hacia lo aterrador y hay sonidos diferentes en varios pasajes, pero el fruto no está tan lejos del árbol, y detrás de cualquier artilugio está la solidez de la construcción de canciones que Bridgers vuelve únicas y precisas para sí misma. Ejercicios como Boygenius (con Julien Baker y Lucy Dacus) o Better Oblivion Community Center (con Conor Oberst) no sólo sirvieron para manejar más herramientas en la creación, sino para ensayar un sentido de la colaboración que opera como arma secreta en “Punisher”, con nombres como Dacus, Oberst y muchos más como parte de los créditos de un álbum donde, además, ella tomó la producción junto a Tony Berg y Ethan Gruska, tal como “Stranger In The Alps” (2017).

Desde el comienzo se nota que ese es el desafío más grande para Phoebe, quien escribe y narra desde la perspectiva del temor al apocalipsis, a perder la capacidad de tener una vida personal, o también a convertirse en esa punisher que tanto detesta con el mismísimo Elliott Smith, pero que encuentra en la producción la posibilidad de ahondar más en los sentimientos e historias. Sin eso, el efecto de “Savior Complex” no sería el mismo, por ejemplo, desde una canción que irrumpe con mucha belleza, pero cuyo hálito nostálgico viene desde las decisiones de producción, o en preceder a la loopeada “Garden Song” con “DVD Menu”, track ambiental que samplea “You Missed My Heart”, tema que cerraba su disco anterior, que resulta algo aterrador, posicionando una atmósfera completamente distinta respecto a las canciones.

La canción más tradicional del lote resulta “Kyoto”, que funciona como single y también como parte de las explosiones controladas en el disco. “Te voy a matar / Si no me ganas”, versa una canción que habla de cómo se puede llegar a odiar incluso lo que se ama, hasta la capacidad de sorprenderse. La siguiente es la suerte de homenaje a Elliott Smith, que es el track que nombra al disco, donde ella sabe bien que, si lo hubiera conocido, era demasiado fan para caerle bien o cultivar una buena conversación.

Los mejores pasajes en escritura vienen cerca del final, con la tierna y desgarradora “Graceland Too”, donde se pone en el lugar de quien apoya a alguien con sensaciones de autodestrucción con sustancias o tendencias suicidas, y lo difícil que es el acto de estar ahí. Y el cierre épico con “I Know The End” expresa cómo todo puede acabarse, y está bien que sea así. La canción empieza con trazos melódicos similares a los esbozados en “DVD Menu” para luego decantar en un espíritu más que una melodía, mezclándose de forma efectiva con líricas descriptivas para un viaje extenso, de esos que miran hacia el interior, entre parajes gigantes y vías angostas. Al final, una catarsis que se aguantó durante el álbum completo, tan de contención y de honestidad seca, que es inevitable asociarla con los tiempos que se viven.

Sí, se extrañan los conciertos en vivo, se aborrece a la misma gente de siempre que los arruina, pero también se extraña esa posibilidad de explotar, en oído, voz y sentidos, en emociones y en las entrañas. “Punisher” presenta excelentes canciones, pero, más allá de lo obvio, termina presentando un espejo para darse palmadas en la espalda y creer por cuarenta minutos que lo que está mal con el mundo no es uno, no es la gente que uno conoce, ni tampoco un virus, sino que un universo que no se puede controlar, aunque al menos se puede evadir en cierta medida. Un disco fundamental para sobrevivir a un año de plagas y apocalipsis personales.


Artista: Phoebe Bridgers

Disco: Punisher

Duración: 40:37

Año: 2020

Sello: Dead Oceans


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