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Melvins – “A Walk With Love & Death”

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Longevos, prolíficos e imparables. Para nadie es un secreto que la lista de adjetivos para describir a Melvins es tan extensa como sus 34 años de carrera, pero ciertamente el epíteto que los describe mejor es “rebeldes”. En un mundo en el que es fácil dejarse seducir por las modas actuales para llegar a la tan ansiada masividad o hacer giras recordando aniversarios de discos pasados, Buzz Osborne y compañía prefieren seguir engrosando una lista que ya suma 25 publicaciones. Es más, no sólo asombra la frecuencia con la que editan nuevos trabajos, sino que la calidad de lo entregado los mantiene siempre en el interés de la crítica especializada y de sus seguidores. En ese contexto, “A Walk With Love & Death” se erige como un monstruo de dos cabezas en el que tenemos Death, un disco de estudio que continúa la fórmula que la banda se sabe de memoria: riffs catatónicos a base de paisajes esquizofrénicos, y, por otro lado, encontramos Love, compuesto en su mayoría por cortes instrumentales que sirven de telón musical para el próximo cortometraje de Jesse Nieminen. Como es de esperarse, la primera entrega doble de la agrupación de Montesano está lejos de encajar en los cánones de lo común y corriente.

La hipnótica “Black Heath” y la serpenteante “Sober-Delic (Acid Only)” inician el viaje en Death con un ambiente frío, reptante y desolado, con la tensión como protagonista gracias al contundente trabajo de la base rítmica conformada por Steven McDonald y el mítico Dale Crover, logrando pasar de melodías lánguidas y acuosas a verdaderas moles sonoras, como “Euthanasia”, una muestra de doom en su máximo esplendor que libera la energía contenida en los primeros minutos del registro.

Las pulsaciones se aceleran con “What’s Wrong With You?”, una canción con una declarada veta de punk psicótico en la que Steven comparte el micrófono con Anna Waronker de That Dog, y que claramente se encuentra entre lo más revitalizante de la placa. “Edgard The Elephant”, “Flaming Creature” y “Christ Hammer” –esta última lanzada como primer single y con el inigualable Joey Santiago de Pixies entre sus filas– suman kilometraje al recorrido más sludge con un halo cargado de peso, además de ofrecer la cuota de locura siempre necesaria en el mundo de Melvins. La voz de apoyo de Teri Gender Bender de Le Butcherettes en “Cactus Party” aporta un matiz interesante en una canción corpulenta, llena de groove sesentero. Finalmente, “Cardboa Negro” vuelve al sonido aplastante y lánguido, lo que le otorga un cierre apropiado a esta porción del viaje.

Hasta acá, la pesadez y contundencia de “Death” revelan una banda con engranajes totalmente aceitados que ocupa la extravagancia para validar sus credenciales como uno de los actos más trascendentes dentro del rock y la vanguardia. Sin embargo, y a pesar del buen sabor que deja la primera parte, Love pone a prueba la paciencia del oyente, ya que la falta del formato y su dirección caótica nos hace cruzar abruptamente desde un trabajo macizo hacia un cóctel de ruidos y diálogos hablados e inconexos, acompañados de guitarras convulsionantes. “Scooba” es quizá el único oasis que podemos encontrar en este difuso mar sónico al que sería muy pretensioso catalogar de avant-garde. A juzgar por lo expuesto en Love, asumimos que el corto de Nieminen será un espectáculo igual de delirante y probablemente aportará el contexto que le falta a este disco, si es que tiene alguno.

Los discos dobles siempre tienen de dulce y de agraz. Hay veces en que lo óptimo es dosificar para quedarnos con un resumen de lo mejor, antes que desangrarse en un binomio extenso con resultados tan dispares. Eso sería lo lógico, lo seguro y lo convencional, pero se entiende que la rebeldía consiste precisamente en desafiar lo establecido, en incomodar.  Pasar por alto las modas y los avatares de la industria es algo que tiene aún más mérito y en eso Melvins son los reyes indiscutidos, por eso se agradece que no tomen el camino fácil y se mantengan estoicos durante tantos años bajo una moral atípica que no se maneja por concesiones. Al final, es mejor “quemarse a lo buzzo” que apagarse lentamente.

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El Álbum Esencial: “Gentlemen” de The Afghan Whigs

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Gentlemen

R&B metido en el rock con aspiraciones mainstream, hombres reconociendo errores, creatividad mezclada con generosidad, una vocación digna del salmón para nadar contra la corriente, y una conciencia adulta y comprometida. Todos estos factores se conjugaron para convertir a “Gentlemen” en uno de los discos más relevantes de una época que no le reconoció ese estatus en su momento, pero que, con la perspectiva que entrega la distancia temporal, va quedando poco a poco como uno de los bastiones escondidos de una época que fácilmente fue minimizada y estigmatizada, y que tuvo mucho más que grunge y britpop.

Hoy, es natural encontrar en la música negra a un componente esencial de los quiebres rítmicos y sonoros que hacen más rico el panorama de las canciones, pero esto tiene directa relación con la preponderancia alcanzada por el hip hop, y también por el surgimiento de intérpretes que revalorizaron el R&B para el pop. A finales de los 80 esa mezcla no era algo que impactara en el rock, pero Greg Dulli fue formado con esa impronta, viendo en figuras como Al Green, Stevie Wonder o Prince a verdaderos ídolos y, pese a vivir en un lugar conservador, sabía que en el movimiento de las caderas y el groove de un bajo bien instalado había una energía que superaba las diferencias.

Incluso al propio Dulli le costó instalar esta mezcla en su sonido característico. Le tomó un par de discos, muchos conciertos y algunas peleas notar cómo el rock de The Afghan Whigs necesitaba esa cadencia para expresar lo que se hacía urgente. En medio de franela y pelo largo, Dulli y los suyos se ponían trajes, se peinaban y combinaban. Nada de eso les quitaba potencia y se ganaron una reputación tal con ello, que saltaron desde la en ese momento quebrada, pero emblemática etiqueta Sub Pop, hacia el sello Elektra. En medio de un crecimiento basado en la diferencia, esos desencuentros hicieron que Dulli quebrara una relación y esas serían las vísceras desde las cuales “Gentlemen” se haría carne.

Aunque el disco tiene una mirada prominentemente masculina, Dulli escribe y piensa en el álbum como una forma de examinar de forma brutal las relaciones humanas, alejándose de los eufemismos y de la mentira del amor romántico. Aunque ahora existe un conocimiento de cómo la dinámica hollywoodense de pareja es algo construido, pocas veces se había puesto bajo la lupa, en especial desde una visión que ve en el hombre a un ente multidimensional que no sólo sufre, sino que hace sufrir, y que no busca una retribución o un regreso al pasado, sino que sencillamente acepta que se equivoca. Aunque no es explícito en ello, Dulli en “Gentlemen” aborda las aristas de la naturaleza de lo masculino, lo que culturalmente se le asocia, los roles que debe tomar, y mucho más. Más aún: en el disco la voz de un hombre dominante es la que poco a poco se va apagando para dar paso al acto de escuchar. No sólo existe una alquimia que transforma el vital rock de The Afghan Whigs en algo sabroso, sino que la mezcla involucra las voces y los hablantes que se disponen. En vez de dejarse llevar por el ego, está el mérito amplio de entender lo que el disco y las canciones requieren.

Desde el rol que se debe jugar (“Gentlemen”) se pasa al contraste entre lo que se espera románticamente y lo que el sentido más bruto quiere (“Be Sweet”). Las fachadas se caen en “Debonair” justo antes de la separación (“When We Two Parted”), el intento de recaída (“Fountain And Fairfax”) y el bloqueo interior inaguantable (“What Jail Is Like”). Una acrobacia de sentimientos que quiebran al hablante, que queda a merced de, por fin, escuchar. Y eso ocurre cuando Dulli le deja el micrófono a Marcy Mays, quien canta en “My Curse”, y lo hace dejando en claro que, aunque el hombre tenga un dominio dado por múltiples instancias, siguen existiendo posibilidades de igualar el campo y que el opresor sea oprimido –donde más le duele–. Con esa revelación viene “Now You Know”, acusando recibo y quitando del camino el pasado.

Este es un arco casi conceptual, pero se da con fluidez y sin elementos forzados. Quizás tiene que ver que en una sola noche Dulli hizo las voces de seis canciones, pero es más que eso. Hay un entendimiento de cómo las relaciones decaen y de la estética que la banda necesitaba disponer en un disco. “Gentlemen” enfrentó las tendencias de géneros más estáticos y dispuso el soul al servicio de la rabia de una guitarra distorsionada, o al R&B como pauta para la sección rítmica.

Viendo cómo el disco se desenvuelve, no es extraño que se rinda un homenaje a los sonidos que lo sostienen con un cover de “I Keep Coming Back”, popularizada por Tyrone Davis. En vez de usar sus palabras, Dulli entiende que existe alguien que expresa mejor eso, y a él le queda interpretar para dejar casi como si fueran los créditos el final con “Brother Woodrow”, un instrumental que parece soundtrack de película, abriendo el abanico de sensaciones.

En un álbum que busca representar prácticas masculinas, es el hombre el que queda poco a poco sin voz para dar paso a otras, otros, y al acto de oír al resto. Despojado de la carga omnipresente del ego, existe un crecimiento palpable, y donde otros hurgaban en sensaciones adolescentes de rabia y angustia, The Afghan Whigs se hace de un disco que tuvo mucho más en juego y que recién en este presente de perspectivas más conscientes se puede ver cómo intentó cambiar reglas y, más importante, mostrar el camino que se podía seguir. Lástima que no se enteraran por allá en 1993.


Artista: The Afghan Whigs

Disco: Gentlemen

Duración: 48:56

Año: 1993

Sello: Elektra Records


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