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Mark Lanegan Band – “Gargoyle”

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Son relativamente pocos los artistas que, a pesar de haber participado activamente en diversos proyectos musicales o bandas, han logrado sortear exitosamente esa permanente propensión a partir de cero infatigablemente. Dentro de ese marco habría que situar norteamericano Mark Lanegan, quien hace más de tres décadas se mueve y deambula por el mundo musical en busca de aires frescos y nuevas aventuras constantemente. Líder indiscutido del agresivo sonido alcanzado por Screaming Trees, pasajero fugaz de Queens Of The Stone Age, artífice de los éxitos de Mad Season y mentor del inacabado proyecto titulado The Gutter Twins, Mark Lanegan es un artista inquieto y escurridizo en su esencia más íntima. Como solista o como parte de conjuntos musicales, el oriundo de Washington ha explorado un abanico realmente extraordinario de estilos y sonidos, transformándose en un artista experimentado en la composición, ejecución y producción musical.

Con esa gran mochila llena de experiencias, Mark reaparece después de tres años de silencio con su nueva placa titulada “Gargoyle”, un álbum inquietante por su desesperanzada atmósfera sonora, aunque envuelta en una electrificación descollante. En él colaboran viejas amistades de Lanegan como el líder de Queens Of The Stone Age, Josh Homme y el carismático vocalista de The Afghan Whigs, Greg Dulli. En tan sólo 10 canciones, “Gargoyle” es un disco que insinúa retazos de elegancia y sensualidad, sin descuidar el descontrol y la energía. El álbum se inaugura con una oscura y melódica canción, “Death’s Head Tattoo”, la que posee una lírica llena de mensajes subliminales en medio de una atmósfera sonora tétrica, muy próxima al post-punk de los ya lejanos ochenta.

“Nocturne”, el primer single del álbum, conecta directamente con un sonido industrial embellecido por una voz que retumba desde un lugar lejano y oscuro. Son claras las reminiscencias de la influencia de un ya difunto Leonard Cohen en las composiciones de Lanegan, y esta no es la excepción. “Blue Blue Sea” es una oda que abre paciente y calma, con los sintetizadores muy bien plantados, adornando y llenando el espacio sonoro de una canción adecuadamente entonada por la rasposa voz de Mark. Con “Beehive” vemos desfilar la amplia experiencia de la banda al desarrollar una canción con un coro pegadizo y preciso, en el que es sin lugar a dudas uno de los mejores momentos de la placa. Una autobiográfica composición se abre en las medianías del proyecto para resaltar una impecable ejecución instrumental, generando una canción melódica, aunque profundamente melancólica en su lírica.

Ciertamente, “Emperor” resuena estridente y apropiadamente calibrada en la instrumentación, con guitarras que se deslizan potentes y una batería poco potente, pero ajustada a una canción que se asemeja a esos himnos que todos querrían corear en un estadio repleto. “Goodbye To Beauty” abre lenta y apaciguada, donde unos finos y delicados acordes acogen un mensaje nítido interpretado por un emocionado Lanegan. “Drunk On Destruction” es una composición triste y melancólica, sin embargo, la instrumentación y el imperceptible crescendo sonoro transporta hacia las postrimerías y las últimas glorias de los años noventa. “First Day Of Winter” resuena como un espacio de despedida; tranquilizadora melodía construida a partir de una batería acompasada y poco destructiva, un coro salvífico y una guitarra que adorna la voz de Lanegan de comienzo a fin. Con el epílogo que “Old Swan” nos proporciona, oímos una canción animada, correctamente instrumentada y una voz que realza todo el conjunto compositivo. Para cerrar la placa, después de haber transitado una variedad inmensa de texturas sonoras, esta canción proyecta la esencia del trabajo del norteamericano.

Incontables son los éxitos y los fracasos que Lanegan ha tenido en sus más de tres décadas como artista consagrado a la música. Incontables son también los proyectos en los que el norteamericano ha intentado plasmar sus referencias y orientaciones musicales. Escuchar a Mark Lanegan es transitar por distintos momentos de la historia del rock, sin embargo, su esencia es tan inclasificable que es más favorable dejarse llevar antes que detenerse o negarse a sus trabajos. “Gargoyle” representa uno de esos proyectos muy bien logrados, que de seguro dará que hablar por mucho tiempo más y que, con el paso de los años, seguramente se solidificará con el grato apelativo de clásico de la música.

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El Álbum Esencial: “Undertow” de Tool

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La portada de todo álbum debiese generar impresiones anticipadas sobre el contenido que este alberga. Bajo esa lógica, ver esa especie de caja torácica roja –que en primera instancia tendría a una mujer obesa y desnuda dentro de ella, pero fue censurada– delante de un fondo negro, no puede más que desconcertar. Si a eso se le suma el intrigante título, “Undertow” (“Resaca” en inglés), esto sólo pude verse potenciado. La estética visual de todo esto simplemente respondía a la proyección del vivo reflejo de la música de Tool. Agonía y desconcierto, no existe otra forma de describirles.

Sin duda alguna, aquello que encierra esta criptica iconografía y perfora nuestro cerebro desde los oídos es difícil de clasificar para la época, o incluso hoy por hoy. A mediados de los 90, todo lo que sonara más o menos distorsionado solía ser etiquetado de grunge o, en el mejor de los casos, como rock alternativo. Pero acá había una diferencia: el uso que se dio a la oscuridad. No hablamos del manto de sombras melancólicas que rodeaba al común de la música de la denominada Generación X, sino que de una penumbra mucho más densa que se manifestaba mediante una catarsis brutal. Pese a su crudeza y visceralidad, también encontramos niveles de introspección y sutileza muy alejados de los márgenes de la escena de la costa oeste estadounidense.

Es habitual que los álbumes debut de una banda expongan una continuidad estética en referencia a los demos, cosa que acá no ocurre. “Undertow”, para ser el primer larga duración, es sumamente complejo, pues marca un temprano punto de inflexión en el trabajo de los oriundos de Los Angeles, cosa que en otras agrupaciones ocurre entrada la discografía. Hay acá una sonoridad mucho más oscura, la que comienza a reemplazar progresivamente el rock más frontal y acelerado presente en el EP “Opiate” (1992). Los temas de tres minutos en donde se lograba apreciar la influencia hardcore que posee la banda, comenzaron a alargarse hasta los seis o más debido a un aumento de versatilidad en las estructuras de cada canción, en donde los pasajes instrumentales empezaron a tomar cada vez mayor relevancia. Comenzaban así a ganarse paulatinamente la etiqueta de “progresivos” y vaya que lo merecían.

Aunque pudiese ser paradójico, la guitarra de Adam Jones no se caracteriza por exponer las destrezas sobrehumanas con las que se está habituado en la mayoría de las bandas denominadas como metal progresivo, aun así, demuestra una técnica inconfundible, en donde el juego entre tonalidades densas y frecuencias que bordean la estridencia entregan diferentes matices a las composiciones. “Bottom”, tema en donde colabora el eterno Henry Rollins, es quizás el más claro reflejo de esto. Por su parte, el trabajo en el bajo de Paul D’Amour suena de forma penetrante y aguerrida, batallando el protagonismo rítmico y melódico en cada compás. La potencia y misticismo de “Flood” se debe en gran medida a la labor de este instrumento. Mismo misticismo que –con vidente de por medio– rodea la salida del bajista tras una gira por Europa promocionando el disco. En el futuro no lejano, sería el británico Justin Chancellor quien se haría cargo de las frecuencias bajas hasta la actualidad.

Si bien, en los instrumentos de cuerdas no podemos apreciar una técnica elevada como lo demandaría el género progresivo, aquello sí se puede hallar en la percusión. Probablemente, la rítmica que impone Danny Carey es el componente más experimental de la propuesta de Tool en sus inicios. Aunque aún no incorporan estructuras demasiado complejas como en posteriores discos, es notoria la variabilidad de los tiempos y la sagacidad con la que se pasea por la batería. Prueba de ello son temas como “Intolerance” o “Swamp Song”. Punto aparte también es el poderoso registro vocal del hoy endiosado Maynard James Keenan, clave para dar forma al tema homónimo del disco, en donde es capaz de saltar de fraseos melodiosos a desgarradores gritos, pasando por diabólicos arrullos con una facilidad inexplicable. Además, durante la promoción del álbum ya comenzaba a dar cuenta de esta particular visión del espectáculo, dado su singular desplante escénico.

Pese a que Tool suele ser clasificado como metal progresivo, en “Undertow” lo vanguardista está en mantener elementos minimalistas al alero de una gran sensibilidad instrumental. Es cosa de escuchar temas que quizás pasan más desapercibidos, como “Crawl Away” o “Swamp Song”, para dar cuenta de aquello, y ni hablar de temas como “4°” y “Flood”, que empezaban a dar pequeños, pero ahora evidentes indicios del camino que la banda tomaría en sus posteriores discos. Quien haya escuchado los casi 16 minutos de “Disgustipated” y diga que no es vanguardista, debe comenzar a cuestionar sus concepciones del mundo.

En cuanto a sencillos, el primer LP de la banda nos entrega “Sober” y “Prision Sex”, los cuales fueron acompañados de perturbadores videoclips promocionales, dirigidos por el mismo Adam Jones. El primer tema, en un ejercicio sublime de minimalismo al ser guiado por una secuencia repetitiva de tan sólo dos acordes, nos habla de la adicción del alcohol –incorporando la concepción cristiana del pecado–. Mientras tanto, el segundo relata la brutalidad de la violación infantil. Este último, dado lo tétrico de las imágenes y la crudeza de su letra, fue duramente censurado por las cadenas televisivas de música, pero como ha ocurrido a lo largo de la historia, el morbo ante lo prohibido sólo ayuda a atraer nuevos adictos e incrementar el peso de los cultos.

Así es como “Undertow”, con todos sus componentes, establece los cimientos de la catedral que posteriormente construiría Tool, dando pie para un largo legado que sigue influenciando a un sinfín de bandas de diversos estilos. Si bien, suele ser denostado por ser el disco menos experimental de la banda y, por ende, el con menos teorías conspirativas alrededor de él, su sonido más duro ha ayudado a consolidar a un grupo no menor de fanáticos de esta obra, quienes incluso profesan que este es el mejor de todos los lanzamientos del grupo. Pero ¿puede segmentarse la discografía de Tool y no comprenderla como un todo? ¿Hay realmente un mejor Tool? Preguntas tan complejas como sus respuestas y el objeto al que apuntan.

De todas formas, sí se puede asegurar algo: ser fan de Tool es probablemente uno de los actos de masoquismo más grandes dentro de la ya auto flagelante vida de los melómanos –podría incluirse dentro de esta patología el ser fan de Radiohead; si se es de ambos, el diagnostico debe ser crítico–. Y es que sentir atracción por aquello que no logramos comprender, por aquello que nos desestabiliza mentalmente por no poder apropiárnoslo, debe ser uno de los males más viejos de la historia de la humanidad. Aquel primer trago de la banda, sin duda, ha generado una resaca que sigue palpitando en nuestras cabezas. Lo único que se espera es mantenerla hasta que Maynard y compañía nos entreguen una nueva dosis de su tan ansiado licor.

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