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Manuel García – Témpera

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Las canciones de Manuel García aun siguen siendo un gran descubrimiento para muchos, quienes se maravillan recién ahora con la genialidad y sencillez que ‘Pánico’ desperdigó por allá por 2005. Este año, el fascinante cantautor nortino edita su segunda placa de estudio titulada ‘Témpera’, una refinada producción que difiere bastante de las primeras canciones de García como solista, tanto en la temática de sus textos como en su suculenta y muy cuidadosa instrumentación.

‘Témpera’ representa un punto categórico en la carrera del cantautor, pues ratifica su calidad de compositor y no deja dudas acerca de su talento imaginativo, compendiando todas las armas de su virtuosismo sagaz en una de las actuales propuestas más interesantes dentro la escena nacional. Manuel García escribe una poesía llena de belleza y enigmáticas imágenes, que luego acomoda sutilmente en gráciles melodías tan dulces como taciturnas, y esto es prácticamente lo mismo que han hecho prestigiosos autores como José González o Sam Beam (Iron and Wine) en el mundo, lo que no resta prestigio al trabajo del trovador chileno.

No obstante, ‘Témpera’ puede parecer un ejercicio de introspección demasiado intrínseco, y quizás por esto no produzca la misma sensación que ‘Pánico’, un álbum del cual es difícil no enamorarse. En esta ocasión, García nos presenta 13 temas que esconden paisajes opacos y cuentos íntimos e anímicos, los cuales no identifican del todo al auditor promedio, o no tanto como lo hicieron “La pena vuela”, “Hablar de ti”, “La danza de las libélulas” o “Azúcar al café” en su momento. De esta forma, ‘Témpera’ se enuncia como un álbum sumamente personal, que pretende consumar ciertos pasajes incompletos de la infancia de García, a juzgar por sus retrospectivas letras que, incluso, evocan otros tiempos en el ambiente sonoro en el que se plantean.

Abre el disco “Nadie más que el sol”, una hermosa canción que podría haber sido parte del tracklist de ‘Pánico’, ya que posee características similares al Manuel tradicional, melodías y acordes bañados en fina melancolía e interpretada con una voz en estado de gracia. Una letra que quedará impregnada en la memoria de todo seguidor por siempre: ¿Cómo crees tú que ese juego se te ocurrió?… Aunque sólo a ti te bese el sol, nadie más que el sol. Sigue la mustia “Barcos de cristal”, y la sutileza en la guitarra de palo continúa un rumbo más fuliginoso, con un Manuel yendo a lo más profundo de sí, recitando un planteamiento más críptico y al mismo tiempo fugaz. Con “Ninguna calle”, el autor marca la diferencia, implicando levemente su percepción de la religiosidad y estilando una ardua composición instrumental de trasfondo, cortesía de la contrabajista María Teresa Molina, quien además se encarga de la producción del disco.

“La gran capital” es uno de los temas más entrañables del álbum, aunque poco o nada tenga que ver con el Manuel de siempre. Se trata de una tonada muy alegre y con un buen ritmo, que mira con particular nostalgia –y algo de humor- aquellos tiempos en que un tímido provinciano llegaba a instalarse y probar suerte en tierras santiaguinas. Luego, “Tarde” derriba el muro de regocijo que “La gran capital” habría instado minutos antes, para trazar esa misma timidez pero en un terreno completamente diferente. Un Manuel cantando como si fuera un lamento fragmentos de su pasado que aun repercuten en su presente, expresados tácitamente en el texto y con cierto dejo de rencor. Aquel silencioso clamor se disuelve en “Canción y plegaria”, y es aquí donde la complejidad de los arreglos instrumentales alcanzan su mayor apogeo, con una ancestral introducción de cuerdas de muy buen nivel y una letra casi épica que se nutre de la mejor poesía del artista.

Es recurrente en Manuel García escribir canciones sobre el amor que es tortuoso y confuso, aquellas donde el músico esboza una suerte de análisis acerca de las problemáticas que posee las relaciones sentimentales, todo un universo por describir. “Es bello, es bueno” es una de ellas; una acertada balada acústica que encubre una compleja observación sobre los pros y los contras del corazón, pero con un denotado resentimiento personal que a ratos pareciera desviar el contexto a un plano más surrealista. A partir de “Pañuelí”, Manuel se pone más folklórico y nacionalista, y junto a “Los colores” y “Témpera” (increíble el verso: difícil hacer el amor sin sentir que nos agarramos de una tabla),  recurre a su indumentaria más intimista y apasionada del álbum, con canciones repletas de textos sorprendentes, convenientes armonías de manufactura sencilla, y precisos arreglos nativos en plan artesanal que no fallan a la hora de enganchar al oyente.

En “Perderse”, García arpegia un riff repetitivo y una composición sensible en su letra y en su tonada, incluyendo posteriormente una pegajosa base rítmica muy cercana al rock de Mecánica Popular, agregando beneficiosos arreglos y efectos espaciales en la guitarra eléctrica. Continúa “Piedras” y el concepto musical cambia notoriamente a una atmósfera más añeja, recuperando el sonido básico de las canciones folk-psicodelia de los sesenta -aquellas que requerían palmas para mayor deleite-, y haciéndose innegable la influencia del otrora cantautor nacional, Fernando Ubiergo. Notable el solo con que cierra “Piedras” para dar inicio al final del álbum, “Cangrejo azul”, otro tema en plan folklore que implora por cuadros fantásticos, una rebelión de cuerdas acústicas rugiendo al compás del frío sureño, y un fraseo repleto de imaginación pictórica. Sin dudas, el broche de oro que consuma este gran obra chilena.

Un disco clasificable en su propio género, que se inspira tanto en el folklore más penetrante como en el indie acústico más alternativo. ‘Témpera’ de Manuel García, es una buena muestra de que en Chile hay excelente música que no obvia los sonidos contemporáneos del mundo, ni olvida las raíces con las que se nutre, y que fácilmente podría salir de exportación a conquistar algunas almas en el extranjero, sin perder una gota de la esencia del norte, de la capital y del sur de Chile. Ni una gota de esta témpera de múltiples colores.

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Orville Peck – “Bronco”

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Bronco

Desde su aparición con “Pony” (2019), la misteriosa imagen de Orville Peck colmó las miradas de medios y fanáticos, y no precisamente por su sonido. Era su misteriosa imagen, la de vaquero incógnito, un llanero solitario tatuado y de flecos, lo que más llamó la atención, volcando ese interés hacia el contenido de su debut a través de Sub Pop. De voz grave y profunda, Orville Peck trazó nuevas líneas para el country y, lejos de la experimentación, hacia el lado más alternativo, se apropió de códigos propios del estilo y se insertó como uno más en el panorama.

Pareciera ser que la carrera de Orville Peck llevara años y una vasta trayectoria, pero su estantería no acumula más de dos lanzamientos. Tras una serie de singles y EP’s, el músico con base en Canadá regresa ahora en un sello grande: “Bronco”. El álbum, mucho más completo y maduro que su antecesor, muestra temáticas propias del country con un claro énfasis en la fragilidad y los sentimientos, además, es riquísima la textura de su voz de crooner y los arreglos de slide en guitarras, banjos y otros. Sin embargo, el primer track, “Daytona Sand”, dice lo contrario con su galopante inicio y arreglos, más propios de bandas de rock con trazos de country. Seguramente el espíritu alternativo de Peck se hizo realidad en lo que sería su primer lanzamiento a través de Columbia.

¿Qué más ofrece Peck a lo largo de “Bronco”? Posiblemente una mejor versión de su trabajo vocal, más rango y, sobre todo, más profundidad. El álbum, en ese sentido, es muy dinámico y completo y también más accesible y oreja, donde abundan canciones de marcada tendencia pop, como “Lafayette”, y también baladas como “The Curse Of The Blackened Eye” o “Iris Rose”, alcanzando todos los niveles que el género puede probar. “Bronco” es un disco extenso, de 15 canciones y una gran variedad de sonidos, y el denominador común es la experiencia de la voz de Peck que se cuela con pasión entre percusiones, arreglos de cuerda (“Let Me Drown”) y letras que reflejan la fragilidad de la soledad, beber y más.

No sirve ni viene al caso teorizar, buscar o desvelar la identidad de Orville Peck ni su pasado musical, su imagen y propuesta sólo gana manteniendo su figura incógnita y, además, apropiándose del imaginario sureño de los cowboys. Todo esto, que además tuvo un renacer de la mano de artistas como Lil Nas X y su hit “Old Town Road” junto a Billy Ray Cyrus, o la propia imagen de Diplo, quien llevó precisamente a Orville Peck a la ceremonia de los Grammy donde los vaqueros se robaron la película y los flashs, reafirma la idea de retomar y torcer los heteronormativos códigos de la imagen dura de los vaqueros, y Peck, en ese sentido, se convirtió en una figura más que atractiva gracias a su estilo. Si hasta hizo un dueto con Shania Twain.

Seguramente, para muchos “Bronco” sea el primer acercamiento hacia Orville Peck y es una decisión acertada: el álbum es más que accesible, complejo dentro de su rango y muy agradable. Más allá de su alter ego y el cuidado trabajo visual sobre su no-identidad, Peck asoma como más que una construcción, más que un simple personaje y podrá posicionarse como un artista de country fresco y ruidoso.


BroncoArtista: Orville Peck

Disco: Bronco

Duración: 53:40

Año: 2022

Sello: Columbia / Sub Pop


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