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Manic Street Preachers – Rewind The Film

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Desde su debut a principios de los noventa, Manic Street Preachers desarrolló un sincero repertorio inspirado en la clase trabajadora británica, influenciado en el punk y el metal de la época. La autenticidad de esta tendencia confrontacional fue cuestionada por la prensa, pero de inmediato reprochada por el presuntamente fallecido letrista Richey James Edwards (1995), con el mítico manuscrito con navaja que hizo en su brazo en medio de una entrevista: “4 Real”. En las siguientes décadas fueron matizando hacia el rock alternativo y el pop, y aunque algunos motivos compositivos se enmarcaron en la desaparición de Edwards o pasajes biográficos de artistas y literatos que admiraban, la voluntad lírica inspirada en los conflictos sociales permaneció.

En “Rewind The Film” parecen haber compuesto desde el desenlace de esta larguísima disputa músico-política. El disco es triste y cautivante. Reposados en el folk, el aire de las trompetas y las cuerdas análogas, los galeses depositan sus últimas consignas en el amor, el origen y la trascendencia. “This Sullen Welsh Heart” es el prólogo, un exordio comienzo en arpegio que, con la colaboración de Lucy Rose, dramatiza entre la rendición y la esperanza: “ya no puedo luchar en esta guerra (…) puedes seguir luchando, cuando estás solo”, similar argumento del single “Show Me The Wonder”, que pide una última persuasión tras la pérdida de credibilidad en el entorno. De clásica estructura, jubilosos vientos la moldan de manera radiante y animosa.

MANIC STREET PREACHERS 01“Rewind The Film”, en el podio del larga duración, alude al deseo del pasado y la resignación del futuro. Graves y melosas, las estrofas son entonadas por el ex Pulp, Richard Hawley, para luego ascender con un espléndido punteo acústico mecido con violines y el ingreso del frontman, James Dean Bradfield, para clamar y defender la opción de abandonar una contienda, de esconderse en la vejez tras un vivir corajudo. “Builder Of Routines” retorna al folk para confirmar el postulado (“cansado de ser real”) y sugerir que integrarse al sistema es una solución para sentirse seguro, siempre cuando se esté dispuesto a ser crucificado y no sangrar, una rutina eterna y doliente. En la voz de Cate Le Bon, la serena “4 Lonely Roads” invita a mantener la cabeza en alto y unirse con dignidad y confianza en medio del “infierno más oscuro”, mientras que la poco ambiciosa “(I Miss The) Tokyo Skyline” es lo más alejado del patrón sonoro de la placa, junto con la instrumental y sugestiva “Manorbier”.

Otra merecedora de ser coronada es la balada “Anthem For A Lost Cause”, grabada para conseguir lágrimas con una interpretación en vivo. Perpetuando acústicos y trompetas, relata la potestad de las composiciones musicales para sacudir corazones y mentes, transformándose a sí misma como un tema inmortal: “toma, es tuyo, un himno para una causa perdida”. De acordes redundantes, “As Holy As The Soil (That Buries Your Skin)” anhela de vuelta el amor de pareja que comparte paradigmas de vida, tal como el que Lennon y Ono exteriorizaron en favor de reformas sociales.  Curiosamente, el George Harrison de “Isn’t It A Pity” parece sonar a continuación en “3 Ways To See Despair”, con punteos armónicos y melodías en ascenso, mientras Bradfield exhala “estoy tan agotado como John Lennon cantó, transmitiendo cansancio como nadie más puede hacerlo”.

MANIC STREET PREACHERS 02“Running Out Of Fantasy” es voz, guitarra y piano, mutando de dulce a amargo en sincronía con el texto: “soy viejo (…) me estoy quedando sin imaginación (…) no sé si reír o llorar”. Recurriendo a los ornamentos digitales y con enérgica revelación, la concluyente “30-Year War” salvaguarda y describe con melancolía los sufridos años que inspiraron la música del grupo, disparando contra bancos y medios de comunicación, y memorando la tragedia de Hillsborough (1989) en la que 96 personas fallecieron aplastadas durante un partido de fútbol entre Liverpool y Nottingham Forest, o la sangrienta Batalla de Orgreave (1986) provocada tras la orden que Margaret Thatcher dio a la policía de enfrentarse por la fuerza contra huelguistas mineros británicos.

“Rewind The Film” es una antología vivencial que espera empatía y respuesta. Debe ser concebida como el desenlace –no sabemos aún si es el fin- de más de dos décadas de cuanta impotencia y tortura anímica han contenido al convertir las parcialidades y los conflictos en un puñado de canciones. Hacerlo durante años, y además sufrir la desaparición de un integrante, es duro. En múltiples injusticias se ha adentrado la banda, y no esforzarse en corresponder la obra no merece ser una más. La vejez no puede terminar en solitario, más aún si se espera el fin desde la resignación. El álbum es vejez y una última conversación que espera ser concretada.

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Triggerfinger – “Colossus”

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Colossus

Están por cumplir 20 años de carrera. Dos décadas que parecen mucho y poco al mismo tiempo. Triggerfinger es una banda que, con cinco discos a cuestas, nada tiene que demostrar y que, sin embargo, no ha logrado encontrar el punto de despegue para llegar a la cima y codearse con los más grandes de la escena (no siendo teloneros, claro está). Pero ¿qué los hace tan especiales? No son genios incomprendidos ni nada por el estilo; de hecho, su sonido es muy fácil de digerir, sin que ello implique falta de originalidad o de agudeza creativa.

El stoner rock y el rockabilly son los componentes que perfilan la fórmula de este power trio oriundo de Bélgica, siendo un buen punto de referencia la semejanza estilística que comparte con Queens Of The Stone Age: ambas agrupaciones nacieron por la misma época, tienen una estética retro, y las dos son insolentemente seductoras y onderas. Esto último evidenciado por sus respectivos frontman, ya que, así como Josh Homme posee un carisma desbordante, Ruben Block no se queda corto, derrochando presencia escénica por montones.

El post punk se hace presente en “Colossus”, canción que da el nombre a este álbum. Parte enérgico y crudo, con la particularidad de que acá intervienen dos bajos, uno de ellos afinado lo más agudo posible buscando reemplazar a la guitarra, tarea que estos belgas cumplen satisfactoriamente. “Flesh Tight” es de esos temas que de lejos se nota que son singles: cuenta con una estructura rítmica y melódica que la hace en extremo pegadiza, adicionada a la incorporación de un teclado que, en contraste con la sugerente voz de Block, da como resultado una pieza que deja un halo siniestro escondido bajo una atmósfera retro. Muy rocanrolero.

“Candy Killer” emerge misteriosa y parsimoniosa, como aquella tranquilidad que antecede a la tormenta. Inicia con la ejecución del bajo de Paul Van Bruystegem, la que, a modo cortina sonora, mantiene la tensión y dramatismo hasta el final. Con “Upstairs Box” se manifiesta una mezcla de arreglos sesenteros de dos vertientes: por un lado se distinguen articulaciones psicodélicas procedentes de la guitarra de Block, y por otro, Mario Goossens prolonga el ritmo con una percusión al más estilo pop de antaño, elementos que se combinan armoniosamente.

“Afterglow” logra evocar pasajes crepusculares, es una pieza principalmente acústica, que destaca por su sedosidad melódica y su final, donde se desarrolla un desgarrador solo de guitarra. Después de este paréntesis auditivo, la potencia nuevamente adquiere ventaja. “Breathlessness” emerge con un aire brit, lo que, expresado a través de las seis cuerdas de Block, recuerda al inconfundible sonido de Oasis. “That’ll Be The Day” es otro de los temas que encuentran su mejor desarrollo en el coro, donde la cadencia sonora se transforma en un quiebre para una composición que tiene una estructura en base a sintetizadores y percusiones que emulan sonidos industriales. Mientras tanto, el bajo sigue siendo el que marca la pauta a través de intensos riffs. “Bring Me Back A Live Wild One” tiene buen pulso, posee algo de blues y de rock & roll, pero en una medida que le permite conservar su carácter moderno.

“Steady Me” parece sacado de una colección de lados B, o al menos no parece encajar con el esquema propuesto en este LP, jugando con el tempo, con los arreglos vocales y con distorsiones sonoras, una buena amalgama de sonidos que, lejos de asustar, se transforma en una buena forma de acercarse al término de esta lista de tracks. Acá estamos ante un desenlace por partida doble. Por un lado, “Wollensak Walk” se presenta en una pieza instrumental de blues que logra evocar parajes desérticos tipo western. Simple, pero muy efectivo; al menos ese es el final lógico. Sin embargo, 20 segundos después emerge el remate oficial disfrazado de pista oculta en una apología a la música campirana del sur de EE.UU, curiosa elección viniendo de una banda europea. Es tan hermosamente inesperado como “Das Schützenfest” de Faith No More.

Este último lanzamiento mantiene la esencia que Triggerfinger ha venido cultivando desde su debut en 2004 con su producción homónima, no obstante, aquellas experimentaciones que plasman casi al final de esta placa sugieren que existe un deseo que los empuja a salir de su zona de confort. Deseo que podría impulsar o sepultar su carrera. Sin embargo, estamos ante un disco fresco y versátil, cualidades que están lejos de ser tan solo muestra de su potencial. Han demostrado que saben cómo construir atmósferas, pues la gama de estilos presentes se logra cocinar bien en esta obra, donde lo stoner, lo ochentero, lo psicodélico y la sensualidad de la voz de Block se entrelazan, dando como resultado a este gigante, este coloso.


Artista: TriggerfingerColossus

Disco: Colossus

Duración: 36:23

Año: 2017

Sello: Mascot Records


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