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Judas Priest – “Firepower”

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Aunque el Parkinson le haya cortado las alas del destino a Glenn Tipton, este no se va sin gritar venganza, ya que “Firepower” es por lejos lo más inspirado que ha entregado Judas Priest desde ese enorme giro de tuerca llamado “Painkiller” (1991). Sobran pergaminos en la historia de los de Birmingham; cambiaron para siempre la cara del metal, dotándolo de una imagen y un sonido característico que ha inspirado a generaciones de músicos durante casi cinco décadas, aspecto que está vivo y latente en estos catorce cortes, y esta experiencia se nota incluso en los guiños a sus propias glorias. Basta con ver la portada que creó el diseñador ítalo-chileno Claudio Bergamin, inspirada en las carátulas clásicas, y logra el cometido. Lo más impresionante es que están conscientes de su legado y, aún así, se dejan seducir por las nuevas sonoridades del medio con resultados óptimos en la mayoría de sus aproximaciones. Dan y reciben a partes iguales.

De hecho, si se tuviera que explicitar un punto débil de la placa, no sería la reinvención que experimentan en algunos cortes como “Lone Wolf”, “Children Of The Sun” y “Spectre”, en los que suenan tan frescos, que no pareciera que estamos hablando de una banda tan longeva, manejando los códigos de la composición del metal al pie de la letra. Y cómo no, si ellos mismos ayudaron a crearlos. Riffs demoledores y con mucho groove, con un trabajo excelente de la dupla que componen el baterista Scott Travis y el bajista Ian Hill, anclas para lograr un sonido muy musculoso, sobre todo en momentos tensos y explosivos como los de “Never The Heroes”.

A Judas Priest le sientan bien estos aires de modernidad, sin embargo, su única debilidad es la falta de dosificación en la cantidad de canciones. No es que haya unas menos interesantes que otras, tampoco hay presencia de relleno, sino que simplemente algunos medios tiempos –como la conmovedora “Guardians” y su secuela “Rising From Ruins”– pueden perderse de vista, como pasa con “Sea Of Red”, hermosa balada que podría haber brillado mucho más en un disco directo. De todas maneras, esto no afecta por ningún momento la calidad sobresaliente del trabajo completo, en el que se nota que la inspiración es el fuego que le da poder a esta máquina.

Todo ese fulgor se puede apreciar en el costado más ligado al hard rock de “No Surrender”, “Flame Tower” e “Evil Never Dies”, esta última con un coro que clama por arrasar los estadios, en los que destaca el trabajo de las guitarras de Richie Faulkner y Glen Tipton, dúo que ya se establece y logra generar una identidad propia. A su vez, los caminos del lado más heavy quedan en territorio de “Necromancer” y “Traitors Gate”, lo que prueba que la banda puede pasearse por toda la historia del género sin problemas. Tanto es así, que la dupleta de “Firepower” y “Lighting Strike” es la evidencia de que la capacidad para impresionar y regalarnos la mejor muestra de todo su poder sigue intacta, con un Halford que se escucha arrollador, tal como en sus buenos tiempos, labor en la que los productores Tom Allon –quién estuvo detrás de las perillas durante el aclamado período 1979-1988– y Andy Sneap –famoso por darle aire fresco a las bandas más reconocidas del circuito como Accept y Saxon– juegan un rol fundamental. Además, este último pasará a integrar las filas de la agrupación tras la salida de Glen.

No hay dudas de que “Firepower” entrará directamente entre lo más destacado de la discografía de Judas Priest, una despedida por todo lo alto para Tipton, quien se va como un gigante con un larga duración aventurero, lleno de buenas melodías y diferentes voces. Con una discografía consistente a su haber –con altos y bajos por supuesto–, los Dioses del metal regresan para hacerle frente a las inclemencias de la vida y seguir poniendo en alto el nombre de la movida combinando ferocidad, técnica y sabiduría, pero también una capacidad enorme para aprender de lo que ellos mismos han creado. A sacar las motos, las chaquetas de cuero y los látigos, el acero británico está de vuelta.


Artista: Judas Priest

Disco: Firepower

Duración: 58:10

Año: 2018

Sello: Epic


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Jack White – “Boarding House Reach”

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Boarding House Reach

Pasaron casi cuatro años para que Jack White volviera a entregar un nuevo álbum de estudio, el que mantenía a todos expectantes luego del tibio recibimiento que obtuvo “Lazaretto” (2014). Ahora, apoyándose con un reforzamiento en su equipo de colaboradores en el estudio, White quiso traer a la vida un montón de ideas que tenía en su mente, interpretándolas de manera cruda y primitiva, sin mayores arreglos de por medio, Las expectativas eran altas para lo que el mismo White denominó como su “álbum más extraño a la fecha”, lo que se cumple absolutamente luego de conocer el resultado final de “Boarding House Reach”, un trabajo donde el oriundo de Detroit pasea al oyente por diferentes estilos musicales, sin motivo o razón aparente, generando contradicciones entre una canción y otra, y haciendo de la experiencia algo desconcertante pero atractivo, yéndose literalmente al extremo en ambos calificativos.

Y es que Jack White pareciera tener muchas ideas, aunque sin saber cómo ordenarlas, lo que nos da como resultado un álbum lleno de momentos, pero carente de relato, que es lo que finalmente debe primar en un disco de estudio. Entre toda la amalgama de sonidos presentes a lo largo del LP existe de todo, desde momentos de asombrosa genialidad como “Connected By Love” o “Why Walk A Dog?”, tracks que por momentos parecieran ser el salto a la “madurez” musical de White, con el teclado ganando una agradable prominencia, así como también las furiosas guitarras de antaño con “Over And Over And Over”, que, pese a su gran aire a Rage Against The Machine, deja en evidencia de inmediato su característico sonido de la época con The White Stripes (la canción, de hecho, fue una colaboración descartada con Jay Z).

Al lado contrario, tenemos composiciones incomprensibles como “Hypermisophoniac”, “Ice Station Zebra” o “Get In The Mind Shaft”, cargadas de muchos elementos digitales para un hombre que se destaca por ser análogo, lo que no permite que el relato cuaje de una vez por todas. En cuanto al pequeño giro en su sonido, además del destacado papel que cumple el teclado, también se vuelve muy atractiva la incorporación de congas en canciones como “Corporation” y “Respect Commander”, a cargo del percusionista Bobby Allende, famoso por trabajar con artistas como Julio Iglesias, Marc Anthony o David Byrne, dándole un toque muy en la onda de Carlos Santana, algo muy interesante para un guitarrista de la talla de White.

A fin de cuentas, estamos frente a una cápsula del tiempo que busca encerrar muchos de los estilos musicales de la era moderna, por lo que no debería resultar extraño que estos se mezclen, armen, desarmen y transiten libremente dentro de un disco que se siente como una vieja rockola en la que alguien, con muchas monedas, oprimió un montón de botones al azar sin verificar si las canciones que serían tocadas tenían algo en común. Constantemente se dice que existen muchos Jack White, algo a lo que el músico ha hecho alusión en varias ocasiones, con “Blunderbuss” (2012) representando el lado más nostálgico y “Lazaretto” abordando el interior de la mente de White. “Boarding House Reach”, en cambio, debe ser como una conversación común y corriente con el músico, donde se inicia a raíz de un tema, avanza por otro, regresa al tópico del principio, y termina en un asunto completamente diferente a lo que era originalmente, lo que no es tan malo, dependiendo el punto de vista.

Muchos detractores señalan constantemente que Jack White es mal considerado como el inventor del blues, pero esa descripción sólo se valida en el discurso de los fanáticos más entusiastas, ya que, muy por el contrario, los verdaderos méritos musicales del guitarrista difieren bastante de ser el inventor de algo, sino más bien de ser el encargado de volver a condimentar un estilo que se creía muerto, dándole una nueva vida dentro de la contemporaneidad. En momentos en que (como muchos otros) el rock se creía muerto, White le dio una nueva vida llenándolo de energía, desestructurando a los géneros más clásicos en cada uno de sus trabajos. Es por eso que este álbum se siente tan fuera de lugar, resultando como una buena idea en el papel, pero una pésima ejecución en la acción. No diremos que “Boarding House Reach” contiene malas canciones, debido a que posee unos momentos de lucidez verdaderamente impecables, pero si nos avocamos al conjunto de composiciones como un todo, el disco deja mucho que desear, no encontrando jamás el hilo conductor a través de los triviales asuntos que relata. A final de cuentas, Jack White no inventó el blues, pero sí le devolvió la relevancia, tampoco hay que permitir que un traspié como este quite todo el mérito que el músico se ha ganado durante dos décadas de carrera.


Artista: Jack White

Disco: Boarding House Reach

Duración: 44:07

Año: 2018

Sello: Third Man / Columbia / XL


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