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John Zorn – Templars: In Sacred Blood

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El cuarto lanzamiento discográfico del músico norteamericano en lo que va del año, y el sexto capítulo en la saga de uno de sus proyectos más extremos, conocido como Moonchild, regresa con el trío compuesto por Mike Patton (voz), Trevor Dunn (bajo) y Joey Baron (batería), sumando a la mezcla al órgano de John Medeski, en un disco que toma como inspiración la historia de La Orden de los Caballeros Templarios, quienes jugaron un papel crucial durante las Cruzadas en medio oriente y luego se transformaron en una amenaza para la Iglesia Católica.

Haciendo las tareas de director, productor y compositor, Zorn mantiene la versatilidad del cuarteto en un trabajo que puede ser considerado como el más “oreja” del grupo. Jazz, rock y avant garde, ahora se compenetran con sonidos sicodélicos, obra del órgano de Medeski, y una atmósfera litúrgica, que transmite la sensación de estar inmersos en una misa pagana al interior de una gigantesca catedral.

Aferrándose al concepto del oscurantismo, el disco comienza con “Templi Secretum”, asentando la atmósfera de misterio, la cual explota cuando la voz de Patton entra en escena, transformándose en uno de los elementos claves en el sonido de “Templars: In Sacred Blood”. Es cierto, los elogios a sus virtudes como cantante a estas alturas, parecen majaderos y hasta complacientes, pero hay que señalar que  hace mucho tiempo que no se escuchaba un registro tan sobresaliente del vocalista de Faith No More, ni siquiera desde sus trabajos en Fantômas. Mike Patton se las manda y en “Evocation Of Baphomet”, segundo track del disco, es como escuchar al personaje de un cuento siniestro, más que a un vocalista per se.

Los coros eclesiásticos se apoderan de la introducción de “Murder Of The Magicians”, para dar paso al bajo del siempre preciso Trevor Dunn, cuya base da pie para que el órgano ponga las cuotas de rock setentero, mientras Patton alcanza unos agudos casi heavy metaleros. El bajo de Dunn vuelve a ser protagonista, junto a las percusiones de Baron, en “Prophetic Souls” donde sigue predominando la estructura “esquizoide”, mezclando una base de jazz con cortes rockeros.

Abandonando la atmósfera ritualista, cae “Libera Me”, composición más cercana al trabajo de Naked City, mucho más directa y pesada, es también la más breve del disco. Siguiendo la misma línea, “A Second Sanctuary”, contiene en su segunda mitad un riff casi calcado al del tema “Master Of Puppets” de Metallica, en uno de los cortes más versátiles del disco.

La faceta más experimental de la banda, llega con “Recordatio”, donde la deformación de la propuesta llega a sus límites, en un terreno ya conocido para los músicos, quienes se despachan uno de los momentos más  extremos de la placa. El gran final lo pone la audiovisual “Secret Ceremony”, cuyos nueve minutos de duración nos llevan por un viaje espectral donde la creación de atmósferas sonoras, vuelve a ser la gran protagonista.

Zorn vuelve a darse el lujo de sacar adelante un trabajo que se sale de la norma, trabajando con los artistas más destacados de su campo, en un álbum que confirma que las formas y los estilos musicales, no tiene límites a la hora de la experimentación. Con unas energías que parecen no agotarse, el norteamericano continúa su incesante carrera, que a juzgar por lo mostrado hasta el momento, se mantiene en constante renovación y capaz de seguir dando a luz discos tan remarcables como el que nos ocupa. “Templars: In Sacred Blood” es Zorn en su máxima expresión.

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1 Comentario

1 Comentario

  1. juan

    07-Oct-2012 en 3:13 am

    debo decir que esta es una mierda de review, ¡no hay NINGÚN review en español que analice las letras!
    Se limitan a decir “bueno este álbum suena bonito y me gusta porque sale patton, dumm, amendola, bla bla bla y lo produjo zorn y además me hace sentir así y azá”.

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El Álbum Esencial: “Undertow” de Tool

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La portada de todo álbum debiese generar impresiones anticipadas sobre el contenido que este alberga. Bajo esa lógica, ver esa especie de caja torácica roja –que en primera instancia tendría a una mujer obesa y desnuda dentro de ella, pero fue censurada– delante de un fondo negro, no puede más que desconcertar. Si a eso se le suma el intrigante título, “Undertow” (“Resaca” en inglés), esto sólo pude verse potenciado. La estética visual de todo esto simplemente respondía a la proyección del vivo reflejo de la música de Tool. Agonía y desconcierto, no existe otra forma de describirles.

Sin duda alguna, aquello que encierra esta criptica iconografía y perfora nuestro cerebro desde los oídos es difícil de clasificar para la época, o incluso hoy por hoy. A mediados de los 90, todo lo que sonara más o menos distorsionado solía ser etiquetado de grunge o, en el mejor de los casos, como rock alternativo. Pero acá había una diferencia: el uso que se dio a la oscuridad. No hablamos del manto de sombras melancólicas que rodeaba al común de la música de la denominada Generación X, sino que de una penumbra mucho más densa que se manifestaba mediante una catarsis brutal. Pese a su crudeza y visceralidad, también encontramos niveles de introspección y sutileza muy alejados de los márgenes de la escena de la costa oeste estadounidense.

Es habitual que los álbumes debut de una banda expongan una continuidad estética en referencia a los demos, cosa que acá no ocurre. “Undertow”, para ser el primer larga duración, es sumamente complejo, pues marca un temprano punto de inflexión en el trabajo de los oriundos de Los Angeles, cosa que en otras agrupaciones ocurre entrada la discografía. Hay acá una sonoridad mucho más oscura, la que comienza a reemplazar progresivamente el rock más frontal y acelerado presente en el EP “Opiate” (1992). Los temas de tres minutos en donde se lograba apreciar la influencia hardcore que posee la banda, comenzaron a alargarse hasta los seis o más debido a un aumento de versatilidad en las estructuras de cada canción, en donde los pasajes instrumentales empezaron a tomar cada vez mayor relevancia. Comenzaban así a ganarse paulatinamente la etiqueta de “progresivos” y vaya que lo merecían.

Aunque pudiese ser paradójico, la guitarra de Adam Jones no se caracteriza por exponer las destrezas sobrehumanas con las que se está habituado en la mayoría de las bandas denominadas como metal progresivo, aun así, demuestra una técnica inconfundible, en donde el juego entre tonalidades densas y frecuencias que bordean la estridencia entregan diferentes matices a las composiciones. “Bottom”, tema en donde colabora el eterno Henry Rollins, es quizás el más claro reflejo de esto. Por su parte, el trabajo en el bajo de Paul D’Amour suena de forma penetrante y aguerrida, batallando el protagonismo rítmico y melódico en cada compás. La potencia y misticismo de “Flood” se debe en gran medida a la labor de este instrumento. Mismo misticismo que –con vidente de por medio– rodea la salida del bajista tras una gira por Europa promocionando el disco. En el futuro no lejano, sería el británico Justin Chancellor quien se haría cargo de las frecuencias bajas hasta la actualidad.

Si bien, en los instrumentos de cuerdas no podemos apreciar una técnica elevada como lo demandaría el género progresivo, aquello sí se puede hallar en la percusión. Probablemente, la rítmica que impone Danny Carey es el componente más experimental de la propuesta de Tool en sus inicios. Aunque aún no incorporan estructuras demasiado complejas como en posteriores discos, es notoria la variabilidad de los tiempos y la sagacidad con la que se pasea por la batería. Prueba de ello son temas como “Intolerance” o “Swamp Song”. Punto aparte también es el poderoso registro vocal del hoy endiosado Maynard James Keenan, clave para dar forma al tema homónimo del disco, en donde es capaz de saltar de fraseos melodiosos a desgarradores gritos, pasando por diabólicos arrullos con una facilidad inexplicable. Además, durante la promoción del álbum ya comenzaba a dar cuenta de esta particular visión del espectáculo, dado su singular desplante escénico.

Pese a que Tool suele ser clasificado como metal progresivo, en “Undertow” lo vanguardista está en mantener elementos minimalistas al alero de una gran sensibilidad instrumental. Es cosa de escuchar temas que quizás pasan más desapercibidos, como “Crawl Away” o “Swamp Song”, para dar cuenta de aquello, y ni hablar de temas como “4°” y “Flood”, que empezaban a dar pequeños, pero ahora evidentes indicios del camino que la banda tomaría en sus posteriores discos. Quien haya escuchado los casi 16 minutos de “Disgustipated” y diga que no es vanguardista, debe comenzar a cuestionar sus concepciones del mundo.

En cuanto a sencillos, el primer LP de la banda nos entrega “Sober” y “Prision Sex”, los cuales fueron acompañados de perturbadores videoclips promocionales, dirigidos por el mismo Adam Jones. El primer tema, en un ejercicio sublime de minimalismo al ser guiado por una secuencia repetitiva de tan sólo dos acordes, nos habla de la adicción del alcohol –incorporando la concepción cristiana del pecado–. Mientras tanto, el segundo relata la brutalidad de la violación infantil. Este último, dado lo tétrico de las imágenes y la crudeza de su letra, fue duramente censurado por las cadenas televisivas de música, pero como ha ocurrido a lo largo de la historia, el morbo ante lo prohibido sólo ayuda a atraer nuevos adictos e incrementar el peso de los cultos.

Así es como “Undertow”, con todos sus componentes, establece los cimientos de la catedral que posteriormente construiría Tool, dando pie para un largo legado que sigue influenciando a un sinfín de bandas de diversos estilos. Si bien, suele ser denostado por ser el disco menos experimental de la banda y, por ende, el con menos teorías conspirativas alrededor de él, su sonido más duro ha ayudado a consolidar a un grupo no menor de fanáticos de esta obra, quienes incluso profesan que este es el mejor de todos los lanzamientos del grupo. Pero ¿puede segmentarse la discografía de Tool y no comprenderla como un todo? ¿Hay realmente un mejor Tool? Preguntas tan complejas como sus respuestas y el objeto al que apuntan.

De todas formas, sí se puede asegurar algo: ser fan de Tool es probablemente uno de los actos de masoquismo más grandes dentro de la ya auto flagelante vida de los melómanos –podría incluirse dentro de esta patología el ser fan de Radiohead; si se es de ambos, el diagnostico debe ser crítico–. Y es que sentir atracción por aquello que no logramos comprender, por aquello que nos desestabiliza mentalmente por no poder apropiárnoslo, debe ser uno de los males más viejos de la historia de la humanidad. Aquel primer trago de la banda, sin duda, ha generado una resaca que sigue palpitando en nuestras cabezas. Lo único que se espera es mantenerla hasta que Maynard y compañía nos entreguen una nueva dosis de su tan ansiado licor.

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