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John Frusciante – Enclosure

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Conforme transcurren los años, uno de los guitarristas y compositores más innovadores emergidos a finales de la década de los ochenta, se ha consolidado en un escenario donde la invariable fórmula utilizada se ha definido por una fortalecida fusión entre destreza, constante e inagotable actividad, y un ya conocido dinamismo creativo. Este mismo afán creador ha sido el gestor de una insistente dualidad, que ha acarreado proporcionalmente tanto aceptación como rechazo por parte de quienes se atreven a profundizar en los diversos proyectos presentados por Frusciante. Y es que es imposible negar la ilusión –que además, poco a poco, él mismo se ha encargado de maltratar-, respecto a lo que se espera de sus producciones: el protagonismo de aquella mítica guitarra. No obstante, la resignación no lo es todo, ya que si bien sus últimos trabajos –incluyendo el que nos convoca-, tienen una seria relación con la música electrónica y el synth pop progresivo, él ha declarado en diversas JOHN FRUSCIANTE 01ocasiones que sus creaciones son básicamente inspiración pura, y quién sabe, quizás no pase mucho tiempo antes de que reincida con sus iniciales motivaciones.

La promoción de “Enclosure” probablemente fue uno de los focos premeditados de atención, que otorgó una cuota mística y, literalmente, cósmica a esta placa. Un curioso anuncio comunicado a fines de marzo insinuaba que el disco en cuestión vagaría a través del espacio exterior. Esto se llevaría a cabo por medio de un satélite denominado SATJF14, que se lanzó al firmamento y que, dependiendo de la ubicación geográfica sobre la que se encontraba, se podía descargar por medio de una app para teléfonos móviles, convirtiéndose simbólicamente en una pieza sideral.

La apertura de este undécimo álbum en solitario le corresponde a “Shining Desert”, que incorpora armonías vocales acompañadas por una breve pero imponente guitarra, apagada gradualmente por arreglos electrónicos, que torna a este como un inicio sombrío y siniestro. Una misma canción, expresada en diferentes ritmos, convierte a “Sleep” en una pista bastante singular. Una idéntica melodía es distribuida a través de poco más de cuatro minutos, pasando por configuraciones rítmicas que van desde un pacífico tecno-pop a sonidos experimentales vanguardistas y sutilmente agresivos. “Run”, es una pista intensa, donde abruptos cambios rítmicos mezclados con ondulantes sintetizadores, generan y mantienen una alborotada y desquiciada atmósfera.

“Stage”, aparece con arreglos relacionados con el new wave, destacándose principalmente por la figuración de un envolvente solo de guitarra que se apropia satisfactoriamente de la segunda mitad de este track. “Fanfare” es la pieza más emotiva de este LP, donde se percibe un ligero coqueteo con el synth pop ochentero. Por la misma senda de “Letur-Lefr” (2012) se manifiesta una pieza instrumental que consta de una –hasta el momento- persistente guitarra. Se trata de “Cinch”, magnífica composición que, probablemente, podría complacer a aquel seguidor que ha rehuido de estas estructuras experimentales.

JOHN FRUSCIANTE 02En “Zone” las percusiones se tornan bastante prolijas, sin desperfilar a un inquieto teclado, acompañando a un Frusciante que, evidentemente, ha sabido sacar mucho provecho a sus capacidades vocales. “Crowded” se desarrolla con un atemporal pero muy oportuno ritmo, adicionado a una guitarra sucia presente en los coros, que por momentos hace rememorar lo mejor de “Inside The Emptiness” (2004). “Excuses”, se encarga de dar término a este reciente trabajo en solitario de quien alguna vez estuvo a cargo de las cuerdas en Red Hot Chili Peppers. Se trata de un track que cumple con la tónica total del disco, pero que no destaca por sobre las interpretaciones previas.

Hablar de John Frusciante es casi un tema de tolerancia. Parte importante de su labor como músico es la incesante inventiva, la constante búsqueda, que lo mantiene sumergido en lo más profundo de sus capacidades artísticas, tomando, además, el infalible riesgo que se traduce en el ser cuestionado insistentemente. Con sus últimas producciones ha dejado en claro que no está exigiendo reconocimiento, adherencia, ni conformismo por parte de sus seguidores, más bien se podría interpretar como una etapa que se identifica por la satisfacción propia, el placer de plasmar lo que a él más le apasiona. Con “Enclosure” eso es lo que se percibe: un disco lleno de matices, una exteriorización de variadas emociones, plagado de pasajes intensos, inquietantes y, por supuesto, para nada condescendiente.

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El Álbum Esencial: “La Voz de los ’80” de Los Prisioneros

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La Voz de los 80

Jorge González dijo una vez que el primer disco de una banda toma mucho tiempo porque el proceso parte desde que naces hasta que cumples edad para grabarlo, mientras que para el segundo sólo cuentas con un par de meses debido a la presión del sello. “Corazones” (1990), en rigor el primer trabajo de Jorge como solista, goza de un sonido pulcro y de una genialidad compositiva totalmente atemporal, “La Cultura de la Basura” (1987) cuenta con atisbos de experimentación y materializa el virulento sarcasmo social de la agrupación, y “Pateando Piedras” (1986) representa el cénit creativo del grupo produciendo un trabajo de alta calidad, que los posicionó como un suceso de masas. Pero es “La Voz de los ’80” el que encapsula esa energía primal, rudimentaria y cruda, que rompió con todo lo establecido como signo de una catarsis a nivel nacional en un país sumido en una gris dictadura.

Son diez cortes nacidos en la adolescencia de tres jóvenes de San Miguel que aplanaban las calles de la capital chilena entre interminables conversaciones sobre la música y su entorno. Nacieron como una banda de colegio, tocando en festivales escolares muchas veces con instrumentos prestados, sin embargo, su equipamiento más valioso eran sus canciones, creaciones que son la consecuencia de una mezcla ecléctica entre lo mejor de la música juvenil de la época, léase The Cars, Depeche Mode, New Order o The Clash, con la tradición auditiva de cualquier casa de clase media, como Raphael, Camilo Sesto o Salvatore Adamo. La sensibilidad pop con la aspereza del rock al servicio de letras inteligentes, llenas de sarcasmo, que se derraman en un disco que en la actualidad parece un compilado de grandes éxitos.

La capacidad que tuvo Claudio Narea, Jorge González y Miguel Tapia para retratar a su generación, el momento político y la cultura pop, es el gran valor que hace a este disco permanecer en el tiempo. La juventud que aparece en “Brigada de Negro”, esa que nada en alcohol y tabaco, es casi tan difusa como la sombría línea de bajo de González que serpentea por toda la canción, mientras Narea marca el ritmo con sus acordes y Tapia promueve una batería marchante, que narra la hipocresía juvenil de una felicidad hedonista que difícilmente era la realidad de la clase media asolada por la política neoliberal de los Chicago Boys. Parte de esa atmósfera aparece en “La Voz de los ’80”, canción que remece con la energía rabiosa de un trío que se quería comer al mundo desde el primer momento. A pesar de que cada obra esté anclada a su época, lo importante es cuando esta trata temas tan universales que se van repitiendo generación tras generación.

El primer larga duración de Los Prisioneros es un disco que siempre será joven, porque refiere a los temas que vive cada chiquillo o chiquilla desde que esta etapa de la vida humana emergió como una forma cultural en sí misma, después del destape mundial en los años 50. Tanto el relato del despertar sexual que se palpa en “Eve-Evelyn”, como la posterior desolación amorosa de carácter invernal de “Paramar”, son impulsivas y encaran la frustración amorosa con un relato original, el mismo que sale disparado de los parlantes de manera un poco más furiosa en “Mentalidad Televisiva”. Y ¿si la chica que perdió su imaginación para instalar un video tape ahora la perdiera para instalar la última actualización de YouTube, Snapchat o Instagram? Son los temas que, entre la ingenuidad y suspicacia, instalan esas verdades que siempre vamos a vivir, estemos en la época que estemos.

Esa aterrizada visión que ostentaba el trío siempre los hizo ver como algo distinto en un panorama musical un tanto agreste. En la primera mitad de los 80 la música de guitarras era marginal en nuestro país, el rock estaba relegado a encuentros que, si bien cimentaron gran parte de lo que después se expresaría en el underground criollo en estilos más extremos como el thrash o el punk, se veían aplastados por la culturalidad de un régimen que impuso firmemente su manera de ver la realidad, contexto clave para entender letras como “Latinoamérica Es Un Pueblo Al Sur De Estados Unidos” y “No Necesitamos Banderas”, que recogen elementos foráneos como el reggae y el ska para alinearlos a nuestras características locales. Esto choca de frente con la postura del sonido imperante en el mundo universitario dominado por el Canto Nuevo, forjado desde las raíces propias de nuestra música, y no al revés, como en el caso del rock.

Las letras pomposas y repletas de metáforas, adornadas con la complejidad de los acordes de una guitarra acústica, no podía ser más distinto al mensaje directo de “Sexo” o de “¿Quién Mató A Marilyn?” que, tomando elementos de la cultura pop, prefiguran un mensaje directo, conciso y simple de entender, aunque no por ello menos contundente. Es por eso que “Nunca Quedas Mal Con Nadie”, grabada el 6 de diciembre de 1984 –mismo día en que Jorge cumplía 20 años–, emerge como una crítica tanto a ese movimiento como también a la liviandad de las bandas que compartieron un terruño que Los Prisioneros nunca quisieron habitar. Aparato Raro, Cinema, Valija Diplomática, Emociones Clandestinas, seguidos de un largo etcétera, se subieron al carro del nuevo rock chileno y recibieron un mejor trato de las emisoras locales, cosa que no pasó con los de San Miguel, precisamente por lo filudo de su lírica.

Famoso por sus frases para el bronce, el otrora vocalista de la banda expresó: “Pocas veces nos hicieron una crítica en un diario, y las veces que lo hicieron, era para decirnos que éramos pésimos, lo último, que sonábamos mal, que no servíamos para nada y que éramos una moda no más”. El tiempo no se ha cansado de probar lo equivocado que estaban los tabloides del momento. Desde aquella foto tomada en la Vega Central en la que se ve a tres muchachos sosteniendo sus instrumentos, hasta esa camisa apuñalada como carta abierta a un amor imposible que vino a cerrar la primera etapa del grupo después de la vuelta a la democracia, Los Prisioneros marcaron a fuego la historia de nuestro país.

Su valor no está condicionado por el mero hecho de retratar a una generación que vivió momentos sombríos ­–lo que ya sería un mérito–, sino que recae en cómo tres miembros de esas escuelas numeradas, en las que les enseñaban humildad y resignación, lograron establecer un mensaje que resuena hasta el día de hoy y que se mantiene totalmente vigente. Eso habla tanto de la inteligencia de sus letras, como de una sociedad que siente un romanticismo exacerbado por muchos elementos de la cultura de épocas pasadas, sobre todo en lo que se refiere a los años 80; no por nada se sigue escuchando en la radio casi la misma música que alguna vez llamó la atención de Narea, Tapia y González.

En la actualidad, Chile sigue teniendo problemas limítrofes (“no necesitamos banderas, no reconocemos fronteras”), sigue luchando contra el machismo (“…y les sigues el juego, y les das tu dinero, y te sientes muy hombre y me río en tu cara de tu estupidez”) y seguimos presa del cinismo ahora exacerbado por las redes sociales (“pretendes pelear y sólo eres una mierda buena onda”). Los Prisioneros cambiaron la forma de ver la realidad, pero parece que somos nosotros los que no hemos cambiado tanto.


Artista: Los PrisionerosLa Voz de los 80

Disco: La Voz de los ’80

Duración: 40:22

Año: 1984

Sello: Fusión / EMI Music


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