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Jarvis Cocker & Chilly Gonzales – “Room 29”

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Es tan fácil descartar una obra de arte en la actualidad; basta pulsar un botón o apagar un dispositivo para escapar, o incluso moverse entre diferentes épocas y espacios. Esto es más dramático es en la música, donde realmente la experiencia es tan personal, que los cambios de una canción a otra no tienen dificultad alguna y por ello la atención está en los sencillos, en utilizar pocos minutos de la vida de una persona. El espacio para las grandes historias o para los discos queda en los márgenes, lejos del epicentro de las tendencias, por lo mismo no es extraño que el regreso de Jarvis Cocker después de ocho años sea para contar cuentos en un sello de música clásica, con el multi-instrumentista Chilly Gonzales en el piano.

“Room 29” se instala como una rareza, casi desafiante, siendo un disco conceptual editado por el centenario sello Deutsche Grammophon, teniendo como hilo argumental la habitación de un hotel famoso en la época de oro de Hollywood, y hasta prescindiendo de los singles tradicionales, pese a la sapiencia pop de sus dos creadores. La apuesta no es directamente por las composiciones, sino que por la generación de un “ciclo de canciones”, idea que definió hace 150 años Arrey von Dommer para llamar a los grupos de temas que podían seguir coherentemente un eje común y que están pensados para ser tocados en una secuencia determinada, específica, intocable, lo que liga canciones de sonido popular con lo docto y su estructura. Además, von Dommer indicó que muchas veces esos “ciclos de canciones” se ligaban a poemas y líricas cifradas, algo muy parecido a lo que hace Jarvis Cocker, encargado de las letras en “Room 29”.

Ya este carácter hace difícil y hasta estúpido querer homologar este trabajo con otros discos de música popular y sus preceptos: esto no es pop, aunque todo apunte a ello y hasta el sello donde se edita entrega pistas claves. “Room 29” es un disco casi teatral, con Jarvis Cocker metiéndose en soliloquios que aparentan ser diálogos, y entrando en esa habitación del hotel Chateau Marmont en Hollywood, cuyas historias se disponen alrededor del piano que se encuentra en su interior. Jarvis se mete en la cama, pone la oreja en las paredes, toca teclas de un piano con memoria de elefante y discreción de estatua, y le canta a “Clara”, quien es Clara Clemens, la hija de Mark Twain que, tras quedar viuda del pianista ruso Ossip Gabrilowitsch, dejó ese piano en aquella habitación que luego albergaría a figuras como Howard Hughes, Jean Harlow y hasta fantasmas que ululan en un espacio que canción a canción se construye.

Las melodías al piano que Chilly Gonzales compuso antes de mandárselas a Cocker para que les pusiera letra, son clásicas del artista. Gonzales no es un aparecido, ha trabajado con artistas como Daft Punk, Feist, Drake o Jamie Lidell, pero por sí mismo ha tratado de marcar distancias con el pianista tradicional, desde el libro de récords Guiness hasta hacer discos de rap. Sin embargo, lo más importante de Chilly es su afición por las herramientas que ofrece la música y su capacidad para utilizarlas. “Gonzo” -como gusta de ser llamado- usa contrapuntos y melodías como pocos, casi haciendo clases sin decir palabra alguna, y ese afán es el que deriva en armonías placenteras, dulces y compases que fluyen con naturalidad. Chilly dibuja los elementos que están en la habitación 29 y entrega ese halo de belleza que realmente tiene ese lugar, para luego tener el otro lado, más misterioso o tenebroso con Jarvis y sus letras, en poemas que hablan de habitaciones tristes donde nadie ha tenido sexo (“Room 29”), de malas personas que quieren tener algo bueno en sus vidas (“Tearjerker”) o de gente que pierde la cabeza por un amor (“Salomé”).

“Room 29” es un disco que pieza a pieza ilustra decepciones, temores y amores, siendo más cercano a una novela breve que a un compendio de cuentos. En tiempos de singles, streaming e inmediatez, este escape de Jarvis y Gonzo se hace necesario, o al menos bienvenido. Sensualidad, distancia, cama y ventana, lo que aparece en este disco es el retrato de artistas señalando sus fortalezas y potenciándolas. Jarvis Cocker se reencuentra con la chance de narrar historias que a otros les saldrían forzadas, y Chilly Gonzales nuevamente genera melodías que son un marco infalible para contar esas historias y aun así tener su propio espacio. Además, todo disco que cierra proponiendo que un helado sea plato de fondo (“Ice Cream As Main Course”) merece cariño y entendimiento, y eso es lo que, narrativa y musicalmente, consigue “Room 29”.

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PUP – “Morbid Stuff”

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Morbid Stuff

En tiempos donde las bandas underground tienen un espacio mucho más amplio, gracias a distintas plataformas digitales que se convierten en herramientas para estos artistas, llegar a la masividad en cuanto a oyentes es parte del camino en una carrera musical e, idealmente, no abandonar las raíces en relación al sonido e identidad en el avance. Y es aquí donde los formados en Toronto gozan de una carrera en ascenso, debido al gran trabajo plasmado en tres discos de estudio.

El puntapié inicial viene con la canción que da nombre a este nuevo álbum. “Morbid Stuff” representa una fiesta, usando los mejores elementos del pop punk, y el movimiento no se hace esperar, resultando en un acierto total y, aunque bajen las revoluciones en el último tramo, esto conecta directamente con “Kids”. Una batería contundente de parte de Zack Mykula y una línea de bajo bien marcada de Nestor Chumak acompañan a la voz de Stefan Babcock, en un honesto canto que expresa la sensación de conectar con otro, frente al hastío global ante situaciones cotidianas, como nexo.

Como si fuera un show en vivo, “Free At Last” es una vorágine, donde la experiencia de lidiar con la depresión y de cómo esta afecta la vida personal se percibe sin tapujos en su lírica, lo que la hace cercana, junto a su fresca sonoridad. “See You At Your Funeral” puede ser tomada como un quiebre al tener una progresión más pausada, con la guitarra principal de Steve Sladkowski ejecutando una melodía ganchera y con los coros invitando a unirse inevitablemente.

Es destacable la gran manera de escribir de estos músicos, ya que emplean fórmulas accesibles, pero mezcladas con variaciones que no impiden que las canciones queden grabadas en la memoria. Como ejemplo están “Sibling Rivalry” o “Bare Hands”, las cuales son más orientadas al rock con elementos casi radiales. Sin bajar los brazos, se halla profundidad en “Scorpion Hill”, adentrándonos en un pasaje melancólico que se transforma en una explosión de punk rock directo a la cara, sin esconder el doloroso trasfondo durante su ejecución, poniendo fuera una vulnerabilidad descarnada.

También se encuentran sorpresas como con “Full Blown Meltdown”, siendo la canción con menor duración; un intenso riff orientado al sludge y un catártico patrón vocal son suficientes para tomar consciencia del buen equilibrio que hay durante la escucha y no sentir una caída o falta de enfoque. La reflexiva “City” le da cierre al disco, muy en contraste a lo anterior, con una guitarra limpia que varía hacia un disonante quiebre, el que cuenta con un contundente soporte rítmico gracias al bajo y la batería, para un final que hace de esta experiencia un trabajo más integrado.

Este larga duración puede considerarse un paso que consolida lo construido desde su primer lanzamiento, el homónimo “PUP” (2013). Dicho esto, la agrupación toma lo conseguido y, con absoluta libertad, expresan sus vivencias y destreza musical en un material equilibrado, visceral y destacado dentro del género en la última década.


Artista: PUPMorbid Stuff

Disco: Morbid Stuff

Duración: 36:53

Año: 2019

Sello: Rise Records / Little Dipper


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