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Japandroids – “Near To The Wild Heart Of Life”

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Con tan solo dos discos bajo el brazo, ya a fines de 2012 los oriundos de Vancouver habían logrado situarse como uno de los referentes de la escena punk y garage rock de tono lo-fi. En este escenario hay bandas que posiblemente hubieran amarrado el momento, lanzando varios discos uno tras otro, sin embargo, el conjunto no sólo se tomó un lustro para volver con un nuevo trabajo, sino que además pareciera haber decidido enfrentar tempranamente la encrucijada que separa a aquellas bandas que deciden repetir la fórmula de manera incesante, de aquellas otras que, movidas por la inquietud creativa, deciden arriesgar lo que tienen. “Near To The Wild Heart Of Life” deja en evidencia que King y Prowse no están para facilismos.

Si bien, en las formas el conjunto se mantiene fiel a su legado (entregan por tercera vez una portada en blanco y negro con ambos integrantes como protagonistas, del mismo modo que usan nuevamente sólo ocho tracks para dar testimonio del espacio sonoro que habitan hoy día), y en lo musical los cambios comienzan a evidenciarse desde el primer corte, ya que si bien la canción que da nombre al álbum se presenta efectiva, directa y contagiosa, el sonido es claramente diferente, sin espacio para distorsiones ni excesos lo-fi, sino que, muy por el contrario, brillante y bien definida, sobresaliendo en lo lírico por la destreza de King para facturar uno de esos cortes, que al igual que “Thunder Road” de Bruce Springsteen están hechos para cantar con el alma y salir a cazar sueños. “North East South West” repasa los vaivenes de la vida en la carretera y el sentido de pertenencia, instalándose sin problemas como un excelente mid tempo para continuar la carrera iniciada en el primer track.

Sin embargo, si bien el comienzo del larga duración es sin duda auspicioso, lo que sigue con “True Love And A Free Life Of Free Will” y “I’m Sorry (For Not Find You Sooner)” de alguna manera desacelera en exceso las cosas, al punto de que ni la novedosa guitarra acústica incorporada en el primero de estos cortes, ni el reverberante shoegaze del segundo logran evitar esa extraña sensación de que se podría haber hecho algo más con este par de canciones.

Por fortuna, lo que sigue con “Arc Of Bar” se instala como la apuesta más sorpresiva y grata de esta nueva entrega. Con sintetizadores en rol protagónico, rescata sonidos del pre brit pop inglés, mientras que en lo lírico se planta sencilla y directa, logrando mantener el ímpetu sin problemas a pesar de sus más de siete minutos de duración. “Midnight To Morning” funciona como puente hacia el último tramo del álbum y “No Know Drink Or Drug” sobresale como uno de los puntos altos de la entrega al combinar con precisión quirúrgica una letra coerable y sentida con un estribillo con el número preciso de “sha-na-nas”, mientras que “In A Body Like A Grave” finaliza el álbum en alto: sencilla y efectiva en lo musical, vuelve en lo lírico al concepto que abre el disco, cerrando de manera perfecta el círculo abierto hace algo más de treinta minutos.

Estar en la cima y apostar por cambiar la fórmula teniendo como fin último respetar la propia inquietud artística, es algo que merece ser aplaudido siempre. Los resultados de esto -independiente de las lecturas personales- son más que el reflejo de la música entendida como un animal vivo, que no sabe de concesiones. Lo de Japandroids hoy habla de una banda que justamente entiende y respeta a la música como el ser vivo que es, logrando innovar y al mismo tiempo no perder el espíritu en el intento. Esta nueva entrega combina de buena manera momentos que golpean a la primera vuelta, como “Near To The Wild Heart Of Life”, “North East South West” y “No Know Drink Or Drug”, con otros que sólo comienzan a mostrar sus distintas capas después de varias visitas. Es muy posible que se trate de un álbum de transición, pero, como sea, mientras el dúo mantenga la inquietud creativa y continúe desafiándose a sí mismo, seguirán siendo una de las bandas de revisión obligada.

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El Álbum Esencial: “Undertow” de Tool

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La portada de todo álbum debiese generar impresiones anticipadas sobre el contenido que este alberga. Bajo esa lógica, ver esa especie de caja torácica roja –que en primera instancia tendría a una mujer obesa y desnuda dentro de ella, pero fue censurada– delante de un fondo negro, no puede más que desconcertar. Si a eso se le suma el intrigante título, “Undertow” (“Resaca” en inglés), esto sólo pude verse potenciado. La estética visual de todo esto simplemente respondía a la proyección del vivo reflejo de la música de Tool. Agonía y desconcierto, no existe otra forma de describirles.

Sin duda alguna, aquello que encierra esta criptica iconografía y perfora nuestro cerebro desde los oídos es difícil de clasificar para la época, o incluso hoy por hoy. A mediados de los 90, todo lo que sonara más o menos distorsionado solía ser etiquetado de grunge o, en el mejor de los casos, como rock alternativo. Pero acá había una diferencia: el uso que se dio a la oscuridad. No hablamos del manto de sombras melancólicas que rodeaba al común de la música de la denominada Generación X, sino que de una penumbra mucho más densa que se manifestaba mediante una catarsis brutal. Pese a su crudeza y visceralidad, también encontramos niveles de introspección y sutileza muy alejados de los márgenes de la escena de la costa oeste estadounidense.

Es habitual que los álbumes debut de una banda expongan una continuidad estética en referencia a los demos, cosa que acá no ocurre. “Undertow”, para ser el primer larga duración, es sumamente complejo, pues marca un temprano punto de inflexión en el trabajo de los oriundos de Los Angeles, cosa que en otras agrupaciones ocurre entrada la discografía. Hay acá una sonoridad mucho más oscura, la que comienza a reemplazar progresivamente el rock más frontal y acelerado presente en el EP “Opiate” (1992). Los temas de tres minutos en donde se lograba apreciar la influencia hardcore que posee la banda, comenzaron a alargarse hasta los seis o más debido a un aumento de versatilidad en las estructuras de cada canción, en donde los pasajes instrumentales empezaron a tomar cada vez mayor relevancia. Comenzaban así a ganarse paulatinamente la etiqueta de “progresivos” y vaya que lo merecían.

Aunque pudiese ser paradójico, la guitarra de Adam Jones no se caracteriza por exponer las destrezas sobrehumanas con las que se está habituado en la mayoría de las bandas denominadas como metal progresivo, aun así, demuestra una técnica inconfundible, en donde el juego entre tonalidades densas y frecuencias que bordean la estridencia entregan diferentes matices a las composiciones. “Bottom”, tema en donde colabora el eterno Henry Rollins, es quizás el más claro reflejo de esto. Por su parte, el trabajo en el bajo de Paul D’Amour suena de forma penetrante y aguerrida, batallando el protagonismo rítmico y melódico en cada compás. La potencia y misticismo de “Flood” se debe en gran medida a la labor de este instrumento. Mismo misticismo que –con vidente de por medio– rodea la salida del bajista tras una gira por Europa promocionando el disco. En el futuro no lejano, sería el británico Justin Chancellor quien se haría cargo de las frecuencias bajas hasta la actualidad.

Si bien, en los instrumentos de cuerdas no podemos apreciar una técnica elevada como lo demandaría el género progresivo, aquello sí se puede hallar en la percusión. Probablemente, la rítmica que impone Danny Carey es el componente más experimental de la propuesta de Tool en sus inicios. Aunque aún no incorporan estructuras demasiado complejas como en posteriores discos, es notoria la variabilidad de los tiempos y la sagacidad con la que se pasea por la batería. Prueba de ello son temas como “Intolerance” o “Swamp Song”. Punto aparte también es el poderoso registro vocal del hoy endiosado Maynard James Keenan, clave para dar forma al tema homónimo del disco, en donde es capaz de saltar de fraseos melodiosos a desgarradores gritos, pasando por diabólicos arrullos con una facilidad inexplicable. Además, durante la promoción del álbum ya comenzaba a dar cuenta de esta particular visión del espectáculo, dado su singular desplante escénico.

Pese a que Tool suele ser clasificado como metal progresivo, en “Undertow” lo vanguardista está en mantener elementos minimalistas al alero de una gran sensibilidad instrumental. Es cosa de escuchar temas que quizás pasan más desapercibidos, como “Crawl Away” o “Swamp Song”, para dar cuenta de aquello, y ni hablar de temas como “4°” y “Flood”, que empezaban a dar pequeños, pero ahora evidentes indicios del camino que la banda tomaría en sus posteriores discos. Quien haya escuchado los casi 16 minutos de “Disgustipated” y diga que no es vanguardista, debe comenzar a cuestionar sus concepciones del mundo.

En cuanto a sencillos, el primer LP de la banda nos entrega “Sober” y “Prision Sex”, los cuales fueron acompañados de perturbadores videoclips promocionales, dirigidos por el mismo Adam Jones. El primer tema, en un ejercicio sublime de minimalismo al ser guiado por una secuencia repetitiva de tan sólo dos acordes, nos habla de la adicción del alcohol –incorporando la concepción cristiana del pecado–. Mientras tanto, el segundo relata la brutalidad de la violación infantil. Este último, dado lo tétrico de las imágenes y la crudeza de su letra, fue duramente censurado por las cadenas televisivas de música, pero como ha ocurrido a lo largo de la historia, el morbo ante lo prohibido sólo ayuda a atraer nuevos adictos e incrementar el peso de los cultos.

Así es como “Undertow”, con todos sus componentes, establece los cimientos de la catedral que posteriormente construiría Tool, dando pie para un largo legado que sigue influenciando a un sinfín de bandas de diversos estilos. Si bien, suele ser denostado por ser el disco menos experimental de la banda y, por ende, el con menos teorías conspirativas alrededor de él, su sonido más duro ha ayudado a consolidar a un grupo no menor de fanáticos de esta obra, quienes incluso profesan que este es el mejor de todos los lanzamientos del grupo. Pero ¿puede segmentarse la discografía de Tool y no comprenderla como un todo? ¿Hay realmente un mejor Tool? Preguntas tan complejas como sus respuestas y el objeto al que apuntan.

De todas formas, sí se puede asegurar algo: ser fan de Tool es probablemente uno de los actos de masoquismo más grandes dentro de la ya auto flagelante vida de los melómanos –podría incluirse dentro de esta patología el ser fan de Radiohead; si se es de ambos, el diagnostico debe ser crítico–. Y es que sentir atracción por aquello que no logramos comprender, por aquello que nos desestabiliza mentalmente por no poder apropiárnoslo, debe ser uno de los males más viejos de la historia de la humanidad. Aquel primer trago de la banda, sin duda, ha generado una resaca que sigue palpitando en nuestras cabezas. Lo único que se espera es mantenerla hasta que Maynard y compañía nos entreguen una nueva dosis de su tan ansiado licor.

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