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Iced Earth – Plagues Of Babylon

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Si Iced Earth todavía no es considerado un icono del metal a nivel mundial, poco les falta para alcanzar este reconocimiento. Fuertes como pocos, la banda liderada por Jon Schaffer, luego de haber marcado los años 90, fue lentamente consolidando su nombre a pesar de los constantes cambios en su formación. Incluso después de la segunda separación del vocalista Matt Barlow, la banda de Florida parece haber tomado un segundo aire con el ingreso del ex Into Eternity, Stu Block, grabando “Dystopia” (2011) y demostrando que la visión de Schaffer sigue con vida.

Tres años han pasado desde la última entrega y ahora, con un grupo más unido y con un marcado regreso a las raíces thrash, nos ofrecen “Plagues Of Babylon”, un disco que en su primera mitad agrega un nuevo capítulo a la saga “Something Wicked This Way Comes” iniciada en 1998 con el disco del mismo nombre y que después tendría en “Framing Armageddon” (2007) y “The Crucible Of Man” (2008) su continuación.

ICED EARTH 01Comenzamos con el tema “Plagues Of Babylon”, que recoge las características del disco completo ofreciendo un buen inicio instrumental, un imponente y solemne coro junto a una batería poderosa y los épicos riff que fijaron a la banda en nuestro corazón la primera vez. Pero el álbum cobra vida realmente con “Democide”, en donde se respira una atmósfera dramática, apoyada notablemente por una base power-thrash que nos recuerda a “Night Of The Stormrider” con sus vigorosos riff y una capacidad vocal excepcional. Acá el pedal doble se transforma en el elemento perfecto para fortalecer la base rítmica de la que se apoyan las diferentes composiciones. Mientras avanzamos en el disco, nos es cada vez más fácil apreciar los coros casi imperiales que componen canciones como “The Culling”, los que de seguro se quedarán pegados en la cabeza por varios días, mientras que en “Among The Living Dead” el cruce entre potentes guitarras y una batería como martilleo es algo completamente estruendoso.

La parte central del disco representa, quizás, el clímax de calidad del mismo. “Resistance” es potente y épica al mostrar cambios de tiempo, ritmo y coros que sufren, mientras que con la maidenesca “The End?” descubrimos una potencia casi telúrica de thrash con guitarras que nos asaltan con la potencia de metralletas, cerrando así la primera parte de la placa. Pero Iced Earth es también sinónimo de power ballads y lo demuestra con “If I Could See You”, escrita por Schaffer en memoria de su abuelo, resultando ser una canción lenta e introspectiva que se une a otras como “I Died For You”, “Watching Over Me” o “Melancholy”, con este estilo único certificado por Iced Earth. Con más carácter y vida aparece “Cthulhu”, que se caracteriza por un inicio tranquilo interrumpido por una estruendosa guitarra, sonando como una canción que podría ser parte de “Burnt Offerings” (1995) hasta algo que nos recuerda a “The Glorious Burden” (2004).

ICED EARTH 02A la ligeramente menos incisiva “Peacemaker”, que ofrece un ritmo como un trote siendo la base que enriquece la parte melódica, la sigue “Parasite”, la última pieza original del disco que termina con dos covers como son “Spirit Of The Times” del proyecto paralelo de Schaffer, Sons Of Liberty, y la atípica “Highwayman” de Jimmy Webb con la participación de Michael Poulsen de Volbeat en la voz.

Después de haber demostrado por onceaba vez el talento compositivo de Jon Schaffer y la óptima presentación del guitarrista Troy Seele, tenemos que destacar el trabajo del canadiense Stu Block. Y es que estamos hablando de uno de los vocalistas más prometedores de su generación, aunque no despliegue a pleno todo su desplante vocal como lo hacía en Into Eternity, podemos decir que su segunda participación en un disco de Iced Earth pavimenta un camino largo y con mucho futuro.

Varios son los puntos fuertes de esta entrega, partiendo obviamente por las canciones; es un disco rico y que convence al oírlo aún si falta una pieza capaz de transformarse en un nuevo clásico. Sólo el tiempo dirá si alguna de estas canciones se mantendrá fuerte a la par de caballos de batalla como “Stormrider” o “The Hunter”. Después de escucharlo durante una hora, da la impresión que hubiera sido mejor centrarse en los primeros diez títulos del disco, ya que los dos cover no son imprescindibles. Aun con el aporte de Poulsen y Hansi Kursch, la calidad del trabajo, la impecable técnica, ejecución y creación musical son evidentes. En resumen “Plagues Of Babylon” no es un disco inmediato, se necesita escucharlo más de un par de veces para asimilarlo realmente y descubrir que el clásico e inconfundible sonido de Iced Earth está presente en cada nota.

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El Álbum Esencial: “La Voz de los ’80” de Los Prisioneros

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La Voz de los 80

Jorge González dijo una vez que el primer disco de una banda toma mucho tiempo porque el proceso parte desde que naces hasta que cumples edad para grabarlo, mientras que para el segundo sólo cuentas con un par de meses debido a la presión del sello. “Corazones” (1990), en rigor el primer trabajo de Jorge como solista, goza de un sonido pulcro y de una genialidad compositiva totalmente atemporal, “La Cultura de la Basura” (1987) cuenta con atisbos de experimentación y materializa el virulento sarcasmo social de la agrupación, y “Pateando Piedras” (1986) representa el cénit creativo del grupo produciendo un trabajo de alta calidad, que los posicionó como un suceso de masas. Pero es “La Voz de los ’80” el que encapsula esa energía primal, rudimentaria y cruda, que rompió con todo lo establecido como signo de una catarsis a nivel nacional en un país sumido en una gris dictadura.

Son diez cortes nacidos en la adolescencia de tres jóvenes de San Miguel que aplanaban las calles de la capital chilena entre interminables conversaciones sobre la música y su entorno. Nacieron como una banda de colegio, tocando en festivales escolares muchas veces con instrumentos prestados, sin embargo, su equipamiento más valioso eran sus canciones, creaciones que son la consecuencia de una mezcla ecléctica entre lo mejor de la música juvenil de la época, léase The Cars, Depeche Mode, New Order o The Clash, con la tradición auditiva de cualquier casa de clase media, como Raphael, Camilo Sesto o Salvatore Adamo. La sensibilidad pop con la aspereza del rock al servicio de letras inteligentes, llenas de sarcasmo, que se derraman en un disco que en la actualidad parece un compilado de grandes éxitos.

La capacidad que tuvo Claudio Narea, Jorge González y Miguel Tapia para retratar a su generación, el momento político y la cultura pop, es el gran valor que hace a este disco permanecer en el tiempo. La juventud que aparece en “Brigada de Negro”, esa que nada en alcohol y tabaco, es casi tan difusa como la sombría línea de bajo de González que serpentea por toda la canción, mientras Narea marca el ritmo con sus acordes y Tapia promueve una batería marchante, que narra la hipocresía juvenil de una felicidad hedonista que difícilmente era la realidad de la clase media asolada por la política neoliberal de los Chicago Boys. Parte de esa atmósfera aparece en “La Voz de los ’80”, canción que remece con la energía rabiosa de un trío que se quería comer al mundo desde el primer momento. A pesar de que cada obra esté anclada a su época, lo importante es cuando esta trata temas tan universales que se van repitiendo generación tras generación.

El primer larga duración de Los Prisioneros es un disco que siempre será joven, porque refiere a los temas que vive cada chiquillo o chiquilla desde que esta etapa de la vida humana emergió como una forma cultural en sí misma, después del destape mundial en los años 50. Tanto el relato del despertar sexual que se palpa en “Eve-Evelyn”, como la posterior desolación amorosa de carácter invernal de “Paramar”, son impulsivas y encaran la frustración amorosa con un relato original, el mismo que sale disparado de los parlantes de manera un poco más furiosa en “Mentalidad Televisiva”. Y ¿si la chica que perdió su imaginación para instalar un video tape ahora la perdiera para instalar la última actualización de YouTube, Snapchat o Instagram? Son los temas que, entre la ingenuidad y suspicacia, instalan esas verdades que siempre vamos a vivir, estemos en la época que estemos.

Esa aterrizada visión que ostentaba el trío siempre los hizo ver como algo distinto en un panorama musical un tanto agreste. En la primera mitad de los 80 la música de guitarras era marginal en nuestro país, el rock estaba relegado a encuentros que, si bien cimentaron gran parte de lo que después se expresaría en el underground criollo en estilos más extremos como el thrash o el punk, se veían aplastados por la culturalidad de un régimen que impuso firmemente su manera de ver la realidad, contexto clave para entender letras como “Latinoamérica Es Un Pueblo Al Sur De Estados Unidos” y “No Necesitamos Banderas”, que recogen elementos foráneos como el reggae y el ska para alinearlos a nuestras características locales. Esto choca de frente con la postura del sonido imperante en el mundo universitario dominado por el Canto Nuevo, forjado desde las raíces propias de nuestra música, y no al revés, como en el caso del rock.

Las letras pomposas y repletas de metáforas, adornadas con la complejidad de los acordes de una guitarra acústica, no podía ser más distinto al mensaje directo de “Sexo” o de “¿Quién Mató A Marilyn?” que, tomando elementos de la cultura pop, prefiguran un mensaje directo, conciso y simple de entender, aunque no por ello menos contundente. Es por eso que “Nunca Quedas Mal Con Nadie”, grabada el 6 de diciembre de 1984 –mismo día en que Jorge cumplía 20 años–, emerge como una crítica tanto a ese movimiento como también a la liviandad de las bandas que compartieron un terruño que Los Prisioneros nunca quisieron habitar. Aparato Raro, Cinema, Valija Diplomática, Emociones Clandestinas, seguidos de un largo etcétera, se subieron al carro del nuevo rock chileno y recibieron un mejor trato de las emisoras locales, cosa que no pasó con los de San Miguel, precisamente por lo filudo de su lírica.

Famoso por sus frases para el bronce, el otrora vocalista de la banda expresó: “Pocas veces nos hicieron una crítica en un diario, y las veces que lo hicieron, era para decirnos que éramos pésimos, lo último, que sonábamos mal, que no servíamos para nada y que éramos una moda no más”. El tiempo no se ha cansado de probar lo equivocado que estaban los tabloides del momento. Desde aquella foto tomada en la Vega Central en la que se ve a tres muchachos sosteniendo sus instrumentos, hasta esa camisa apuñalada como carta abierta a un amor imposible que vino a cerrar la primera etapa del grupo después de la vuelta a la democracia, Los Prisioneros marcaron a fuego la historia de nuestro país.

Su valor no está condicionado por el mero hecho de retratar a una generación que vivió momentos sombríos ­–lo que ya sería un mérito–, sino que recae en cómo tres miembros de esas escuelas numeradas, en las que les enseñaban humildad y resignación, lograron establecer un mensaje que resuena hasta el día de hoy y que se mantiene totalmente vigente. Eso habla tanto de la inteligencia de sus letras, como de una sociedad que siente un romanticismo exacerbado por muchos elementos de la cultura de épocas pasadas, sobre todo en lo que se refiere a los años 80; no por nada se sigue escuchando en la radio casi la misma música que alguna vez llamó la atención de Narea, Tapia y González.

En la actualidad, Chile sigue teniendo problemas limítrofes (“no necesitamos banderas, no reconocemos fronteras”), sigue luchando contra el machismo (“…y les sigues el juego, y les das tu dinero, y te sientes muy hombre y me río en tu cara de tu estupidez”) y seguimos presa del cinismo ahora exacerbado por las redes sociales (“pretendes pelear y sólo eres una mierda buena onda”). Los Prisioneros cambiaron la forma de ver la realidad, pero parece que somos nosotros los que no hemos cambiado tanto.


Artista: Los PrisionerosLa Voz de los 80

Disco: La Voz de los ’80

Duración: 40:22

Año: 1984

Sello: Fusión / EMI Music


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