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Hot Chip – In Our Heads

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“Hoy, el pop es el estilo más conservador”, decía con ánimo revolucionario Joe Goddard de Hot Chip en una entrevista al semanario New Musical Express. Y esto probablemente sea más que cierto. Mientras el rock se ha hecho más bailable u osado para cruzarse con otros estilos, el hip hop ha dejado de lado los samplers sencillos para experimentar más allá. En cambio, el pop sigue echando mano a una misma batería de sonidos. Por eso la frase de Goddard no es dicha al azar. Todo lo contrario, ellos saben la relevancia que su música tiene en esta escena, y que su quinto disco –el primero en el sello Domino- era uno de los más esperados en este año.

Los 11 tracks que conforman “In Our Heads”, reafirman que el quinteto londinense es uno de los grandes grupos del “pop-rock bailable” del presente, y que son capaces de evolucionar entrega tras entrega. Menos enamoradizos que en el gran “One Life Stand” (2010), el sentimentalismo sigue siendo capital en los matices que son denotados en cada capa sonora. Pero ahora ya las sensaciones no son de uno, sino que de varios.

El “we” –o sea, “nosotros”- ocupa gran parte de las letras, constatando la forma de trabajar de este grupo, que se basan en dos polos de voz que se complementan todo el tiempo entre el robótico lamento de Alexis Taylor y la profundidad reflexiva de Joe Goddard. O sea, los sentimientos son compartidos, abiertos, no es cosa de uno sino que de todos.

El uso de este elemento podría haber hecho que el tren se descarrilara en cualquier momento, pero el buen juicio en la producción –realizada por los mismísimos Hot Chip, y Mark Ralph en colaboraciones- logra que lleguemos a instantes deliciosos. Un ejemplo de esto es el primer tema que se dio a conocer de “In Our Heads”, que debe ser la mejor canción del año también, “Flutes” y sus siete minutos de constante crecimiento, minimalismo, momentum, una letra durísima que referencia a la desorientación y que debe ser la canción más parecida a lo hecho hace dos años en “One Life Stand”. Un monumento sonoro pegajoso y siempre en alza. Pero “Flutes” es sólo una canción de 11. Y las otras 10 también son piezas de museo, partiendo por el otro single, “Night & Day”, que es la mejor invitación a la pista de baile del registro.

No obstante, el pop, el r&b y el funk se toman el desarrollo de las composiciones de Hot Chip. En la balada “Now There Is Nothing” los 70s llegan de golpe, con reminiscencias a los Bee Gees en una canción hermosa.

El inicio de “Ends Of The Earth” recuerda a los teclados espaciales de Muse, para derivar en una suite ochentera llena de sintetizadores y teclados fiesteros.

Lo que menos se siente al escuchar de principio a fin este registro, es esa sensación de que una canción sobra, o que todo el rato suena lo mismo, o que algo fue forzado. Todo funciona como debe, como una evolución en todo sentido sin olvidar desde donde viene el quinteto. No por nada varios han comparado este disco con “The Warning” (2006) en su capacidad de no forzar las cosas, creando maquinarias musicales sinérgicas impecables.

Otra cosa agradable de “In Our Heads” es que el disco se siente como un relato coherente y estructurado. El track inicial, “Motion Sickness” y el final con “Always Been Your Love”, funcionan como intro y outro, pero también como singles separados. La segunda canción (“How Do You Do”) y la penúltima (“Let Me Be Him”) también operan en su lugar creando expectativas. El centro del disco es con la dupla estelar de singles. Todo pareciera tan planeado, pero al escucharlo la fluidez es el concepto clave.

Más que destacar sonoridades, matices o interpretaciones, aquí vale destacar una actitud y un crecimiento en materia compositiva con una simplificación de la propia propuesta. Mientras otros grupos estiman que es más ambicioso crear canciones con diez o veinte pistas diferentes de audio, Hot Chip entiende que con lo que pueden hacer los cinco miembros y algunas armonías vocales, es más que suficiente para generar un álbum memorable. Y esa es la verdadera revolución del pop, notar que con la sencillez se puede llegar a lo sublime. En nuestras cabezas (y oídos) retumba esa nueva verdad.

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El Álbum Esencial: “The Dark Side Of The Moon” de Pink Floyd

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The Dark Side Of The Moon

No hay que ser seguidor de Pink Floyd para reconocer que “The Dark Side Of The Moon” marca uno de los momentos más altos en la historia del rock, metiéndose de lleno en ese selecto puñado de álbumes que todos deberían escuchar por lo menos una vez en la vida. Es tan así, que, si bien podemos estar todos de acuerdo en que los rankings no definen la grandiosidad de un álbum, no es menos cierto que funcionan como indicadores duros a la hora de evaluar un fenómeno musical. En esta línea, es imposible pasar por alto que al hablar de “The Dark Side Of The Moon” lo estamos haciendo de un disco con más de 45 millones de copias vendidas en todo el mundo, que además tiene la particularidad de haberse instalado majaderamente en el top 200 de Billboard desde su lanzamiento en 1973 hasta 1988, para luego (como si no hubiera sido suficiente) volver a meterse el año 2009. Si esto no es un indicador de vigencia y transversalidad, entonces nada lo es.

Sin embargo, los méritos que hacen de “The Dark Side Of The Moon” un álbum único, exceden largamente sus cualidades estadísticas. En lo concerniente a la banda, el disco marcaría sin duda una suerte de renacimiento. Después de debutar en 1967 con un fantástico larga duración bajo el liderazgo de Syd Barret, la inesperada salida del crazy diamond del cuarteto pondría en jaque el futuro de este, obligando al conjunto a entrar en un largo período de reinvención musical que no fue fácil. La experimentación sonora con marcados tintes de psicodelia y folk se tomaron la identidad de los londinenses y, si bien con el tiempo discos como “A Saucerful Of Secrets” (1968), “Ummagumma” (1969) y “Meddle” (1971) probarían ser imperecederos, lo cierto es que a principios de los setenta el conjunto comenzaba a hacerse difícil de seguir.

Por fortuna, una de las características de la banda siempre fue la capacidad de ir constantemente revaluando su propuesta. En esta línea, “The Dark Side Of The Moon” en ningún caso fue un accidente. La idea de aventurarse en un álbum de identidad lírica compacta, donde esto fuera incluso más relevante que la oferta sonora, hace rato se había apoderado de la mente de Waters, al punto que una de las cosas que demoró la salida del álbum tuvo que ver justamente con que Pink Floyd sintiera que el concepto se había logrado. Y dicho concepto era importante, sin duda la banda de sonido tenía que estar a la altura. Asentados durante ocho meses en los estudios Abbey Road y con Alan Parsons como ingeniero en sonido, echaron mano al uso de loops, samples de conversaciones grabadas en el estudio, sintetizadores análogos y la técnica del multi track recording para dar vida al trabajo que definitivamente haría de la banda un fenómeno reconocido a nivel mundial.

Para iniciar el viaje, el diseñador Storm Thorgerson nos regala una portada inmortal. De interpretaciones múltiples, la carátula de “The Dark Side Of The Moon” es el primer signo de que los cuarenta minutos de música que vienen de la mano de esta portada no son cosa trivial. “Speak To Me” funciona como obertura e incluye varios guiños a fragmentos que aparecerán a lo largo del disco. Corre como una sola pieza con “Breathe”, simbolizando el inicio de la vida, que estaría marcado por la batería de Nick Mason (a modo de latido cardiaco). Por su parte, el etéreo y acogedor ambiente de “Breathe” dominado por la guitarra de David Gilmour, abre las líricas del álbum (dejando de lado el pequeño fragmento de conversación de “Speak To Me”) en una imagen que evocaría al padre hablándole a su hijo recién nacido para que respire y lo haga sin miedo, no olvidando disfrutar la vida.

“On The Run” llega a sacudir la calma del corte anterior, destacando desde el inicio por una secuencia de sintetizador repetida de forma reverberante a altísima velocidad, representando de forma sublime el agobiante estrés al que nos vemos enfrentados en la inmisericorde maquinaria del día a día. La canción crece de forma sostenida a lo largo de sus casi cuatro minutos, explotando para dar paso a “Time”, uno de los cortes más celebrados de esta placa. Reconocible desde el primer segundo gracias al coro de relojes que abre el tema y el característico rototom con que Mason acompaña la introducción, “Time” se desarrolla directa y contundente, guiada de manera impecable por la avasalladora guitarra de Gilmour. Tratándose del único track firmado por los cuatro integrantes del conjunto, tiene además el mérito de abordar con elegancia uno de los tópicos más inquietantes de la existencia humana, la mortalidad y el sentido de trascendencia.

Y si de mortalidad se trata, el cierre de la primera cara de la placa termina graduando al registro en estos menesteres. Haciendo gala de una capacidad de improvisación vocal francamente excepcional, Clare Torry hace de “The Great Gig In The Sky” uno de esos cortes imposibles de ignorar. Único e irrenunciable (originalmente titulado “The Mortality Sequence”), logra expresar sin inconvenientes el dolor y paz que acompañan el proceso de la muerte. Sin embargo, no hay descansos en este viaje, ya que rápidamente la segunda cara del larga duración nos golpea con otra canción inmortal. Es el turno de “Money”, tema que, compuesto por Waters con el objeto de abordar el flagelo del dinero y la avaricia, no sólo incluye una de las líneas de bajo más reconocibles de los setenta, sino que además se da el lujo de completar la base rítmica del track con un loop de cajas registradoras, monedas y papel roto, para luego cerrar distorsionado y catártico. Brillante, sin duda alguna.

“Us And Them” baja las revoluciones, dejando al saxofón de Dick Parry como guía y protagonista de este maravilloso corte acerca del sinsentido de la guerra, donde el eco en la voz de Gilmour funciona tan bien a la hora de dar identidad a este track, que debería tener una mención adicional en los créditos. A continuación, “Any Colour You Like” repite casi sin cambios la estructura armónica de “Breathe”, sin embargo, a diferencia del primero, evita por completo las voces, entregándose del todo a generar atmósferas, haciendo uso y abuso del teclado sintetizado. Ya para ir tomando la recta final, “Brain Damage” habla del lado oscuro de la luna por primera vez en todo el trabajo, apuntando directamente a la figura de Syd Barret. Se trata de un tema de evidentes tintes psicodélicos, amablemente acompañado por guitarras, sintetizador y arreglos vocales, a través del cual Waters intenta reivindicar el derecho a ser distintos.

Hacia el final, “Eclipse” nos confronta con lo banal de la existencia. El órgano Hammond y los acompañamientos vocales funcionan de manera perfecta para enrostrarnos que nada de lo que hacemos o somos es finalmente tan importante. Al cierre, sólo nos queda el latido (último signo de vida al terminar esta travesía) y la paradoja con que la banda decide dejarnos, que dice “There is no dark side in the moon really / Matter of fact it’s all dark”. Sobrecogedor y liberador en igual medida.

“The Dark Side Of The Moon” se instalaría finalmente como un fantástico viaje a través de las problemáticas más universales que enfrenta un individuo a lo largo de su vida, logrando transcurrir de forma seductora y fluida desde la primera señal de vida de “Speak To Me” hasta el último latido que cierra el álbum. De hecho, la principal virtud de este trabajo terminaría siendo precisamente la excelente manera en que logra fluir a lo largo de sus cuarenta minutos. Se trata de un disco que, abordando temáticas tremendamente complejas, logra hacerlo de forma muchísimo más amigable, directa y efectiva que lo que venía haciendo la banda en sus trabajos anteriores. Este es el momento en que el conjunto terminaría de explotar, adquiriendo esa capacidad única de crecer en simpleza, sin sacrificar en nada la profundidad de su propuesta. El tiempo (y los siguientes discos) confirmaría que el giro había sido el correcto. Hoy, tal como hace décadas, la vida sigue siendo un camino difícil de recorrer, pero por fortuna siempre tendremos esta inmortal banda sonora para recordarnos que no hacemos el recorrido solos.


Artista: Pink Floyd

Disco: The Dark Side Of The Moon

Duración: 42:59 minutos

Año: 1973

Sello: Harvest Records / Capitol Records


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