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Hadouken! – Every Weekend

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Hadouken! no suena mucho en nuestro país, y a pesar de haberse hecho un pequeño espacio en los mix de fiestas electrónicas juveniles –celebraciones donde todavía se puede vivir el lado más rave y desordenado del techno, a diferencia de las empaquetadas y poseras mega-fiestas a las que estamos acostumbrados-, Hadouken! todavía se mantiene como un nombre bastante alejado de la popularidad de agrupaciones como Crystal Castles o artistas como Skrillex.

La banda británica, que toma su nombre del movimiento especial del popular videojuego de luchas, Street Fighter, aterrizó de manera oficial allá por el año 2007 con el lanzamiento en formato digital del EP “Not Here To Please You”, para lanzar un año después el fundacional “Music For An Accelerated Culture” (2008), uno de los grandes exponentes del renacimiento del rave, el denominado nu rave, del que también se colgaron bandas como Klaxons o CSS. Hadouken! proponía una fórmula simple, pero muy efectiva, a base de rapeos que describían situaciones adolescentes y ritmos frenéticos que mezclaban el desenfado del punk con el rave noventero.

La agrupación no proponía nada nuevo, pero se escuchaba fresco y divertido, acaparando un fiel séquito de seguidores que motivaron al grupo a realizar un nuevo disco, “For The Masses” (2010), consagrando su estilo con sencillos como “M.A.D.” y “Mic Check”, mostrando ya señales de “evolución” con marcadas influencias de The Prodigy, y por sobre todo, de Pendulum, quienes se han trasformado en una suerte de padrinos de los ingleses, llevándolos de gira consigo por gran parte de Europa y convirtiéndose en importantes referentes para este nuevo LP que lleva por nombre “Every Weekend”, el disco más comercial de Hadouken! hasta la fecha.

HADOUKEN 01El arribo de músicos como Skrillex y Deadmau5 al panorama musical, pese a quien le pese, ha dado un vuelco a la electrónica contemporánea mainstream, y el dubstep ha logrado establecerse como el estilo en boga en estos días. Hadouken! no ha querido quedarse fuera del fenómeno. Tampoco es que estemos frente a EL disco dubstep de los londinenses, sino que se toman los elementos más representativos del estilo para mezclarlos con las influencias de Pendulum y el dance “a lo David Guetta”, siendo éste último el punto más criticable de un disco que peca de monotonía en varios de sus pasajes, empeñado en dar el despegue final para llegar a audiencias mundiales, solapando la esencia que hizo de Hadouken! la banda punk/electrónica de rebeldes sin causa, ideada para pasar un buen rato bailando y saltando.

El inició es más que prometedor, siguiendo la senda de “For The Masses”, la introducción de “The Vortex” suena a épica fiestera, dejando caer las primeras señales de que lo que vamos a escuchar es un disco que puede ser reproducido de principio a fin en cualquier disco y poner a bailar a todo el mundo. Las voces de apoyo y los sintetizadores dance-pop, otorgan ese sentimiento de carnaval electrónico, complementado por los fraseos de James Smith, que terminan de definir a este Hadouken! 2013, bastante más oreja, pero deseoso de continuar construyendo su legado.

“Levitate” viene impregnada de Pendulum. Desde su imponente introducción, hasta el intenso quiebre del estribillo, cuya intensidad la saca del ámbito netamente bailable, para dar forma a un muy buen tema electrónico que nació de la melodía principal de un bonus track que servía de outro para “For The Masses”, el instrumental “Retaliate”. Por su parte, “Bliss Out” toma como base el dubstep, en un tema bastante más bajo perfil, aunque necesario para dar un respiro y cantar su pegajoso coro.

HADOUKEN 02La idea de madurar es una tarea que los ingleses han querido tomarse muy en serio en este larga duración y una canción como “As One”, que repite la estructura y sentimiento de “Levitate”, es una composición que podría conquistar a cualquier aficionado a eventos como Mysteryland o Creamfields, efectiva y grandilocuente, haciendo añorar los años en que temas como “Liquid Lives” o “That Boy That Girl”, bastaban para identificar –y disfrutar- de Hadouken! Aun así, no es para nada un mal tema, ya que el quinteto ha aprendido a moverse por estos senderos y dar material más que solvente. La agresividad hace acto de presencia con la poderosa “Parasite”, canción que ya pudimos escuchar durante el año pasado, como muchas de las canciones de este disco. Drum ‘n bass a la vena, una vez más mostrando la herencia Pendulum, en uno de los mejores momentos de la placa. “Bad Signal” es LA canción dubstep “marca registrada Hadouken!”, la misma que causó revuelo entre sus fanáticos cuando se estrenó como sencillo a principios de 2012, al poner en duda la continuidad del sonido que los llevó a la fama, para rendirse ante la moda del momento. Afortunadamente, el cambio sólo fue parcial y “Bad Signal” es una respuesta a la contingencia bajo la chapa de los británicos, que tomó prestadas las voces de “You Keep Me Hangin’ On” del grupo The Supremes, para reciclarlos bajo las bases de dubstep. Llegados a este punto, lo que más se puede achacar a este retorno discográfico es la ausencia casi absoluta de la guitarra de Daniel “Pilau” Rice y el bajo de Christopher Purcell, quienes han decidido unirse a Alice Spooner en los sintetizadores, transformando a la banda en una agrupación completamente electrónica. Si hasta la batería de Nick Rice podría ser fácilmente reproducida por un computador, pero en una decisión bastante criteriosa, su sonido acústico sigue presente para dotar de naturalidad al combo europeo.

“Stop Time” nos devuelve a la discoteca, mientras que “Spill Your Guts” es la mezcla perfecta entre este Hadouken! “versión Skrillex” y los teenagers contestatarios. Bajo estos mismos términos llega “The Comedown”, canción en la que, por fin, la guitarra de Rice toma un poco de protagonismo. Luego toca el turno de “Daylight”, original del grupo Drummsound & Bassline Smith, en una colaboración que realizaron en conjunto con Hadouken!, y que fue agregado a este álbum marcando el segundo pasaje más frenético del registro, que es rematado por “Vessel”, última manifestación drum ‘n bass, antes de regresar al baile absoluto con los dos sencillos que fueron lanzados durante 2011, “Mecha Love” y “Oxygene”, que funcionan muy bien como unidad, pero en conjunto con el resto del álbum no logran sobresalir ante la similitud que comparten con gran parte de las canciones de “Every Weekend”.

Hadouken! dio el gran salto a nivel comercial, y lo más probable es que su tercera placa los lleve a la fama mundial, hasta alcanzar un podio al que han tratado de escalar con no pocos esfuerzos durante su meteórica carrera. Su incorporación a la parrilla principal de certámenes como Reading Festival, dan fe de los frutos que han podido cosechar. Para los que seguimos a la banda desde hace unos años, el cambió que ha sufrido se veía venir desde “For The Masses”, y no choca, pero lo cierto es que el resultado pudo haber sido mucho más contundente, más diverso. Faltó esa personalidad y carisma que caracterizó a sus dos primeras producciones. Eso se ha perdido en este disco, transformando a Hadouken! en una banda mucho más amigable, más genérica, más comercial. Tampoco es que hayan vendido sus almas ni nada por el estilo, sus intenciones radiales estaban más que claras desde un principio, pero aunque “Every Weekend” se transforma es una entretenida escucha y en un muy buen disco de música electrónica, la esencia desvergonzada de un grupo de chicos adictos a las fiestas alocadas al ritmo del “punchi, punchi”, se echa demasiado de menos.

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1 Comentario

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  1. Ignacio

    27-Mar-2013 en 12:12 am

    HDKN! en Humonegro :o!

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El Álbum Esencial: “The Dark Side Of The Moon” de Pink Floyd

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The Dark Side Of The Moon

No hay que ser seguidor de Pink Floyd para reconocer que “The Dark Side Of The Moon” marca uno de los momentos más altos en la historia del rock, metiéndose de lleno en ese selecto puñado de álbumes que todos deberían escuchar por lo menos una vez en la vida. Es tan así, que, si bien podemos estar todos de acuerdo en que los rankings no definen la grandiosidad de un álbum, no es menos cierto que funcionan como indicadores duros a la hora de evaluar un fenómeno musical. En esta línea, es imposible pasar por alto que al hablar de “The Dark Side Of The Moon” lo estamos haciendo de un disco con más de 45 millones de copias vendidas en todo el mundo, que además tiene la particularidad de haberse instalado majaderamente en el top 200 de Billboard desde su lanzamiento en 1973 hasta 1988, para luego (como si no hubiera sido suficiente) volver a meterse el año 2009. Si esto no es un indicador de vigencia y transversalidad, entonces nada lo es.

Sin embargo, los méritos que hacen de “The Dark Side Of The Moon” un álbum único, exceden largamente sus cualidades estadísticas. En lo concerniente a la banda, el disco marcaría sin duda una suerte de renacimiento. Después de debutar en 1967 con un fantástico larga duración bajo el liderazgo de Syd Barret, la inesperada salida del crazy diamond del cuarteto pondría en jaque el futuro de este, obligando al conjunto a entrar en un largo período de reinvención musical que no fue fácil. La experimentación sonora con marcados tintes de psicodelia y folk se tomaron la identidad de los londinenses y, si bien con el tiempo discos como “A Saucerful Of Secrets” (1968), “Ummagumma” (1969) y “Meddle” (1971) probarían ser imperecederos, lo cierto es que a principios de los setenta el conjunto comenzaba a hacerse difícil de seguir.

Por fortuna, una de las características de la banda siempre fue la capacidad de ir constantemente revaluando su propuesta. En esta línea, “The Dark Side Of The Moon” en ningún caso fue un accidente. La idea de aventurarse en un álbum de identidad lírica compacta, donde esto fuera incluso más relevante que la oferta sonora, hace rato se había apoderado de la mente de Waters, al punto que una de las cosas que demoró la salida del álbum tuvo que ver justamente con que Pink Floyd sintiera que el concepto se había logrado. Y dicho concepto era importante, sin duda la banda de sonido tenía que estar a la altura. Asentados durante ocho meses en los estudios Abbey Road y con Alan Parsons como ingeniero en sonido, echaron mano al uso de loops, samples de conversaciones grabadas en el estudio, sintetizadores análogos y la técnica del multi track recording para dar vida al trabajo que definitivamente haría de la banda un fenómeno reconocido a nivel mundial.

Para iniciar el viaje, el diseñador Storm Thorgerson nos regala una portada inmortal. De interpretaciones múltiples, la carátula de “The Dark Side Of The Moon” es el primer signo de que los cuarenta minutos de música que vienen de la mano de esta portada no son cosa trivial. “Speak To Me” funciona como obertura e incluye varios guiños a fragmentos que aparecerán a lo largo del disco. Corre como una sola pieza con “Breathe”, simbolizando el inicio de la vida, que estaría marcado por la batería de Nick Mason (a modo de latido cardiaco). Por su parte, el etéreo y acogedor ambiente de “Breathe” dominado por la guitarra de David Gilmour, abre las líricas del álbum (dejando de lado el pequeño fragmento de conversación de “Speak To Me”) en una imagen que evocaría al padre hablándole a su hijo recién nacido para que respire y lo haga sin miedo, no olvidando disfrutar la vida.

“On The Run” llega a sacudir la calma del corte anterior, destacando desde el inicio por una secuencia de sintetizador repetida de forma reverberante a altísima velocidad, representando de forma sublime el agobiante estrés al que nos vemos enfrentados en la inmisericorde maquinaria del día a día. La canción crece de forma sostenida a lo largo de sus casi cuatro minutos, explotando para dar paso a “Time”, uno de los cortes más celebrados de esta placa. Reconocible desde el primer segundo gracias al coro de relojes que abre el tema y el característico rototom con que Mason acompaña la introducción, “Time” se desarrolla directa y contundente, guiada de manera impecable por la avasalladora guitarra de Gilmour. Tratándose del único track firmado por los cuatro integrantes del conjunto, tiene además el mérito de abordar con elegancia uno de los tópicos más inquietantes de la existencia humana, la mortalidad y el sentido de trascendencia.

Y si de mortalidad se trata, el cierre de la primera cara de la placa termina graduando al registro en estos menesteres. Haciendo gala de una capacidad de improvisación vocal francamente excepcional, Clare Torry hace de “The Great Gig In The Sky” uno de esos cortes imposibles de ignorar. Único e irrenunciable (originalmente titulado “The Mortality Sequence”), logra expresar sin inconvenientes el dolor y paz que acompañan el proceso de la muerte. Sin embargo, no hay descansos en este viaje, ya que rápidamente la segunda cara del larga duración nos golpea con otra canción inmortal. Es el turno de “Money”, tema que, compuesto por Waters con el objeto de abordar el flagelo del dinero y la avaricia, no sólo incluye una de las líneas de bajo más reconocibles de los setenta, sino que además se da el lujo de completar la base rítmica del track con un loop de cajas registradoras, monedas y papel roto, para luego cerrar distorsionado y catártico. Brillante, sin duda alguna.

“Us And Them” baja las revoluciones, dejando al saxofón de Dick Parry como guía y protagonista de este maravilloso corte acerca del sinsentido de la guerra, donde el eco en la voz de Gilmour funciona tan bien a la hora de dar identidad a este track, que debería tener una mención adicional en los créditos. A continuación, “Any Colour You Like” repite casi sin cambios la estructura armónica de “Breathe”, sin embargo, a diferencia del primero, evita por completo las voces, entregándose del todo a generar atmósferas, haciendo uso y abuso del teclado sintetizado. Ya para ir tomando la recta final, “Brain Damage” habla del lado oscuro de la luna por primera vez en todo el trabajo, apuntando directamente a la figura de Syd Barret. Se trata de un tema de evidentes tintes psicodélicos, amablemente acompañado por guitarras, sintetizador y arreglos vocales, a través del cual Waters intenta reivindicar el derecho a ser distintos.

Hacia el final, “Eclipse” nos confronta con lo banal de la existencia. El órgano Hammond y los acompañamientos vocales funcionan de manera perfecta para enrostrarnos que nada de lo que hacemos o somos es finalmente tan importante. Al cierre, sólo nos queda el latido (último signo de vida al terminar esta travesía) y la paradoja con que la banda decide dejarnos, que dice “There is no dark side in the moon really / Matter of fact it’s all dark”. Sobrecogedor y liberador en igual medida.

“The Dark Side Of The Moon” se instalaría finalmente como un fantástico viaje a través de las problemáticas más universales que enfrenta un individuo a lo largo de su vida, logrando transcurrir de forma seductora y fluida desde la primera señal de vida de “Speak To Me” hasta el último latido que cierra el álbum. De hecho, la principal virtud de este trabajo terminaría siendo precisamente la excelente manera en que logra fluir a lo largo de sus cuarenta minutos. Se trata de un disco que, abordando temáticas tremendamente complejas, logra hacerlo de forma muchísimo más amigable, directa y efectiva que lo que venía haciendo la banda en sus trabajos anteriores. Este es el momento en que el conjunto terminaría de explotar, adquiriendo esa capacidad única de crecer en simpleza, sin sacrificar en nada la profundidad de su propuesta. El tiempo (y los siguientes discos) confirmaría que el giro había sido el correcto. Hoy, tal como hace décadas, la vida sigue siendo un camino difícil de recorrer, pero por fortuna siempre tendremos esta inmortal banda sonora para recordarnos que no hacemos el recorrido solos.


Artista: Pink Floyd

Disco: The Dark Side Of The Moon

Duración: 42:59 minutos

Año: 1973

Sello: Harvest Records / Capitol Records


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