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Painted Ruins Painted Ruins

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Grizzly Bear – “Painted Ruins”

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Luego de varios años tras su boom mediático a partir de principios de la década de 2000, hoy en día suele ser engorroso hablar de indie. Como en todo género, la capacidad de innovación se ha visto debilitada frente a las redes del mainstream, sin embargo, para el caso de Grizzly Bear esto no aplica. Luego de cinco años de receso creativo tras el lanzamiento del bien valorado “Shields” (2012), los neoyorkinos regresan con una elegante renovación sonora, impregnada de dulzura y sutileza compositiva, sumergiéndonos en atmósferas mucho más melancólicas en comparación a anteriores lanzamientos.

Las frecuencias profundas de “Wasted Acres” dan el puntapié inicial al disco bajo aires confortables, con cierta influencia del R&B, donde la delicada estructura de la guitarra de Daniel Rossen es algo a destacar. Más enérgico llega “Mourning Sound”, con una sonoridad renovada cercana a un indie pop, en la que el bajo y los sintetizadores toman protagonismo, todo sobre un marcado beat. Seguido esto, el atractivo redoble de tambores de Christopher Bear da vida a “Four Cypresses”, donde las capas de la guitarra vuelven a tomar protagonismo en una evolución de intensidad que lo hace uno de los grandes momentos del álbum.

“Three Rings” entrega resabios del sonido folk de los inicios de la agrupación, matizada por los nuevos elementos electrónicos que muestran una nueva cara del repertorio: los cada vez más hipnóticos pasajes instrumentales. Aproximándose a un sonido más rock, pero siempre indie, “Losing All Sense” se mantiene a tono dentro del disco, aunque significa un leve descenso en comparación a lo anterior. Por su parte, “Aquarian” es un tema con una esencia más experimental, convirtiéndose en una de las pistas interesantes del LP, dejando relucir un sonido con mayor carga hacia la neo-psicodelia. De regreso al indie folk, en “Cut-Out” la guitarra por momentos simula fraseos de un sereno banjo que entra en juego con la potencia introductoria de los coros.

Con componentes acústicos en su introducción, “Glass Hillside” posee guiños a un funk de tempo lento en los coros, además de presentar un interesante quiebre al final, lo que nos traslada hacia atmósferas oníricas. En “Neighbors” se luce la voz profunda y dulce de Edward Droste al igual que en todo el disco, debido a las armonías vocales. “Systole” nos transporta a parajes armónicos, dentro de una línea por momentos de synth pop, donde guitarra acústica y sintetizadores dialogan genuinamente. Este es el único tema en el que Chris Tylor cumple el rol de vocalista principal, quien además se encargó de la producción del disco. Por su parte, con una rítmica de jazz, “Sky Took Hold” se ofrece como un intrigante número de cierre, donde lo que se nos presenta en un comienzo resulta no ser lo esperado.

Observando el todo, es probable que para algunos seguidores de la banda “Painted Ruins” no se encuentre a la altura de anteriores lanzamientos. Es indudable el alejamiento hacia el indie folk que los hizo alcanzar notoriedad con el disco “Veckatimest” (2009), pues en este nuevo lanzamiento hay mayor coqueteo con sonidos más pop y rock, impregnados de texturas psicodélicas. Considerando esto, más que disminuir su calidad, se debe comprender que sólo estamos frente a una etapa nueva para Grizzly Bear, donde de todas formas nos ofrecen un disco sumamente delicado. Por lo mismo, es sólo cuestión de escuchar con detención para apreciar en su totalidad esta nueva propuesta ansiosa de oídos dispuestos a la innovación.


Artista: Grizzly BearPainted Ruins

Disco: Painted Ruins

Duración: 48:28

Año: 2017

Sello: RCA


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El Álbum Esencial: “La Voz de los ’80” de Los Prisioneros

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La Voz de los 80

Jorge González dijo una vez que el primer disco de una banda toma mucho tiempo porque el proceso parte desde que naces hasta que cumples edad para grabarlo, mientras que para el segundo sólo cuentas con un par de meses debido a la presión del sello. “Corazones” (1990), en rigor el primer trabajo de Jorge como solista, goza de un sonido pulcro y de una genialidad compositiva totalmente atemporal, “La Cultura de la Basura” (1987) cuenta con atisbos de experimentación y materializa el virulento sarcasmo social de la agrupación, y “Pateando Piedras” (1986) representa el cénit creativo del grupo produciendo un trabajo de alta calidad, que los posicionó como un suceso de masas. Pero es “La Voz de los ’80” el que encapsula esa energía primal, rudimentaria y cruda, que rompió con todo lo establecido como signo de una catarsis a nivel nacional en un país sumido en una gris dictadura.

Son diez cortes nacidos en la adolescencia de tres jóvenes de San Miguel que aplanaban las calles de la capital chilena entre interminables conversaciones sobre la música y su entorno. Nacieron como una banda de colegio, tocando en festivales escolares muchas veces con instrumentos prestados, sin embargo, su equipamiento más valioso eran sus canciones, creaciones que son la consecuencia de una mezcla ecléctica entre lo mejor de la música juvenil de la época, léase The Cars, Depeche Mode, New Order o The Clash, con la tradición auditiva de cualquier casa de clase media, como Raphael, Camilo Sesto o Salvatore Adamo. La sensibilidad pop con la aspereza del rock al servicio de letras inteligentes, llenas de sarcasmo, que se derraman en un disco que en la actualidad parece un compilado de grandes éxitos.

La capacidad que tuvo Claudio Narea, Jorge González y Miguel Tapia para retratar a su generación, el momento político y la cultura pop, es el gran valor que hace a este disco permanecer en el tiempo. La juventud que aparece en “Brigada de Negro”, esa que nada en alcohol y tabaco, es casi tan difusa como la sombría línea de bajo de González que serpentea por toda la canción, mientras Narea marca el ritmo con sus acordes y Tapia promueve una batería marchante, que narra la hipocresía juvenil de una felicidad hedonista que difícilmente era la realidad de la clase media asolada por la política neoliberal de los Chicago Boys. Parte de esa atmósfera aparece en “La Voz de los ’80”, canción que remece con la energía rabiosa de un trío que se quería comer al mundo desde el primer momento. A pesar de que cada obra esté anclada a su época, lo importante es cuando esta trata temas tan universales que se van repitiendo generación tras generación.

El primer larga duración de Los Prisioneros es un disco que siempre será joven, porque refiere a los temas que vive cada chiquillo o chiquilla desde que esta etapa de la vida humana emergió como una forma cultural en sí misma, después del destape mundial en los años 50. Tanto el relato del despertar sexual que se palpa en “Eve-Evelyn”, como la posterior desolación amorosa de carácter invernal de “Paramar”, son impulsivas y encaran la frustración amorosa con un relato original, el mismo que sale disparado de los parlantes de manera un poco más furiosa en “Mentalidad Televisiva”. Y ¿si la chica que perdió su imaginación para instalar un video tape ahora la perdiera para instalar la última actualización de YouTube, Snapchat o Instagram? Son los temas que, entre la ingenuidad y suspicacia, instalan esas verdades que siempre vamos a vivir, estemos en la época que estemos.

Esa aterrizada visión que ostentaba el trío siempre los hizo ver como algo distinto en un panorama musical un tanto agreste. En la primera mitad de los 80 la música de guitarras era marginal en nuestro país, el rock estaba relegado a encuentros que, si bien cimentaron gran parte de lo que después se expresaría en el underground criollo en estilos más extremos como el thrash o el punk, se veían aplastados por la culturalidad de un régimen que impuso firmemente su manera de ver la realidad, contexto clave para entender letras como “Latinoamérica Es Un Pueblo Al Sur De Estados Unidos” y “No Necesitamos Banderas”, que recogen elementos foráneos como el reggae y el ska para alinearlos a nuestras características locales. Esto choca de frente con la postura del sonido imperante en el mundo universitario dominado por el Canto Nuevo, forjado desde las raíces propias de nuestra música, y no al revés, como en el caso del rock.

Las letras pomposas y repletas de metáforas, adornadas con la complejidad de los acordes de una guitarra acústica, no podía ser más distinto al mensaje directo de “Sexo” o de “¿Quién Mató A Marilyn?” que, tomando elementos de la cultura pop, prefiguran un mensaje directo, conciso y simple de entender, aunque no por ello menos contundente. Es por eso que “Nunca Quedas Mal Con Nadie”, grabada el 6 de diciembre de 1984 –mismo día en que Jorge cumplía 20 años–, emerge como una crítica tanto a ese movimiento como también a la liviandad de las bandas que compartieron un terruño que Los Prisioneros nunca quisieron habitar. Aparato Raro, Cinema, Valija Diplomática, Emociones Clandestinas, seguidos de un largo etcétera, se subieron al carro del nuevo rock chileno y recibieron un mejor trato de las emisoras locales, cosa que no pasó con los de San Miguel, precisamente por lo filudo de su lírica.

Famoso por sus frases para el bronce, el otrora vocalista de la banda expresó: “Pocas veces nos hicieron una crítica en un diario, y las veces que lo hicieron, era para decirnos que éramos pésimos, lo último, que sonábamos mal, que no servíamos para nada y que éramos una moda no más”. El tiempo no se ha cansado de probar lo equivocado que estaban los tabloides del momento. Desde aquella foto tomada en la Vega Central en la que se ve a tres muchachos sosteniendo sus instrumentos, hasta esa camisa apuñalada como carta abierta a un amor imposible que vino a cerrar la primera etapa del grupo después de la vuelta a la democracia, Los Prisioneros marcaron a fuego la historia de nuestro país.

Su valor no está condicionado por el mero hecho de retratar a una generación que vivió momentos sombríos ­–lo que ya sería un mérito–, sino que recae en cómo tres miembros de esas escuelas numeradas, en las que les enseñaban humildad y resignación, lograron establecer un mensaje que resuena hasta el día de hoy y que se mantiene totalmente vigente. Eso habla tanto de la inteligencia de sus letras, como de una sociedad que siente un romanticismo exacerbado por muchos elementos de la cultura de épocas pasadas, sobre todo en lo que se refiere a los años 80; no por nada se sigue escuchando en la radio casi la misma música que alguna vez llamó la atención de Narea, Tapia y González.

En la actualidad, Chile sigue teniendo problemas limítrofes (“no necesitamos banderas, no reconocemos fronteras”), sigue luchando contra el machismo (“…y les sigues el juego, y les das tu dinero, y te sientes muy hombre y me río en tu cara de tu estupidez”) y seguimos presa del cinismo ahora exacerbado por las redes sociales (“pretendes pelear y sólo eres una mierda buena onda”). Los Prisioneros cambiaron la forma de ver la realidad, pero parece que somos nosotros los que no hemos cambiado tanto.


Artista: Los PrisionerosLa Voz de los 80

Disco: La Voz de los ’80

Duración: 40:22

Año: 1984

Sello: Fusión / EMI Music


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