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Green Day – ¡Uno!

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En la última década, los destinos de las bandas de los noventa han sido muy disímiles. Mientras varios se separaron y formaron otros proyectos, otros se separaron y se volvieron a juntar. Pocos pueden decir que se han mantenido contra viento y marea, y aún más, sólo un puñado ha tenido un creciente éxito y al mismo tiempo han expandido los horizontes de su propuesta.

Green Day no es una banda que desde lo under haya tenido un explosivo reconocimiento. El éxito de “Dookie” en 1994 cimentó su camino donde han tenido más altos que bajos, principalmente porque, pese a siempre instalarse en la vereda del punk rock más adolescente, no se quedaron pegados en un estilo. El salto al rock de estadios lo dieron con el indiscutible “American Idiot” (2004), pero en su siguiente álbum, “21st Century Breakdown” (2009), la grandeza simplemente se les escapó de las manos, resultando en un material descartable más allá de un par de singles promedio.

Ahora, el siguiente paso es ambicioso y nostálgico en varios planos. En un periodo de 5 meses van a lanzar tres álbumes, como una trilogía, de la que “¡Uno!” es el primer vistazo, y las conclusiones son ambivalentes. Si bien pareciera ser un disco incompleto y de una sola tecla —que se explica en que sea parte de una trilogía—, también presenta una vuelta a lo básico con un set de doce canciones, donde todas tienen el potencial de ser exitosos singles, tal como se hacía en los ‘60 o ‘70.

El punto de partida con “Nuclear Family” es explosivo, lleno de vibra glam y con la banda a tope. Hay que recordar que hace rato Green Day dejó de ser un trío en vivo y eso se nota en las capas sonoras que van más allá de la fórmula del power trío común, pese a que destaque especialmente a ratos el bajo de Mike Dirnt. Eso sí, muchos se olvidarán de eso porque las canciones de “¡Uno!” no tienen como objetivo denotar la mayor complejidad que ha alcanzado el poder popular de Green Day, sino que recordar las épocas del trío que no necesitaba esos back-ups.

“Stay The Night” tiene guitarras más brillantes que afiladas, pero funciona bien en el registro como una urgente llamada de atención romántica, al igual que “Oh Love”, que cierra el álbum con una canción extensa, pero que mantiene la urgencia y el impulso del resto del disco. En “Let Yourself Go” o en “Angel Blue” se vuelve hacia la estética de los singles de “Dookie” o “Nimrod” (1997), sin sonar añejas.

Tampoco es que todo siga un patrón monótono, sino que hay cierta flexibilidad como en “Troublemaker”, que suena mucho más Hives, o en “Kill The DJ”, donde hay ciertas cuotas del beat al estilo Franz Ferdinand. Esas son influencias interesantes que quizás abran la puerta a lo que suene en el resto de la trilogía. Y ahí está el punto clave. “¡Uno!” parece más una colección de singles que un álbum en sí, pero decir que efectivamente no hay línea de coherencia, no sería justo hasta tener la trilogía completa.

Además, “¡Uno!” es un saludable retorno a la raíz de Green Day, esa donde Billie Joe, Mike y Tré se lucen con pocos elementos y su poder los hace florecer. En su noveno disco, el tridente californiano muestra urgencia y fuerza, como hace rato no lo hacían, y aunque no sea un gran álbum en sí, por lo menos es un poderoso llamado de atención, y eso ya es bastante interesante.

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2 Comentarios

2 Comentarios

  1. Marcelo.Mancilla

    05-Oct-2012 en 1:07 pm

    En mi opinión este disco es una pisca de lo que green day era antes, en donde se deja el sonido del piano para resaltar el antiguo trío que hacia canciones simples pero que son bastante interesantes, ya que tienen un sonido pegajoso que queda dando vueltas en la cabeza.

  2. jano

    05-Oct-2012 en 6:52 pm

    Encuentran bueno este posavasos y le tiraron mierda a la nueva joya de Muse… tan claritos en humo negro.

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El Álbum Esencial: “The Dark Side Of The Moon” de Pink Floyd

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The Dark Side Of The Moon

No hay que ser seguidor de Pink Floyd para reconocer que “The Dark Side Of The Moon” marca uno de los momentos más altos en la historia del rock, metiéndose de lleno en ese selecto puñado de álbumes que todos deberían escuchar por lo menos una vez en la vida. Es tan así, que, si bien podemos estar todos de acuerdo en que los rankings no definen la grandiosidad de un álbum, no es menos cierto que funcionan como indicadores duros a la hora de evaluar un fenómeno musical. En esta línea, es imposible pasar por alto que al hablar de “The Dark Side Of The Moon” lo estamos haciendo de un disco con más de 45 millones de copias vendidas en todo el mundo, que además tiene la particularidad de haberse instalado majaderamente en el top 200 de Billboard desde su lanzamiento en 1973 hasta 1988, para luego (como si no hubiera sido suficiente) volver a meterse el año 2009. Si esto no es un indicador de vigencia y transversalidad, entonces nada lo es.

Sin embargo, los méritos que hacen de “The Dark Side Of The Moon” un álbum único, exceden largamente sus cualidades estadísticas. En lo concerniente a la banda, el disco marcaría sin duda una suerte de renacimiento. Después de debutar en 1967 con un fantástico larga duración bajo el liderazgo de Syd Barret, la inesperada salida del crazy diamond del cuarteto pondría en jaque el futuro de este, obligando al conjunto a entrar en un largo período de reinvención musical que no fue fácil. La experimentación sonora con marcados tintes de psicodelia y folk se tomaron la identidad de los londinenses y, si bien con el tiempo discos como “A Saucerful Of Secrets” (1968), “Ummagumma” (1969) y “Meddle” (1971) probarían ser imperecederos, lo cierto es que a principios de los setenta el conjunto comenzaba a hacerse difícil de seguir.

Por fortuna, una de las características de la banda siempre fue la capacidad de ir constantemente revaluando su propuesta. En esta línea, “The Dark Side Of The Moon” en ningún caso fue un accidente. La idea de aventurarse en un álbum de identidad lírica compacta, donde esto fuera incluso más relevante que la oferta sonora, hace rato se había apoderado de la mente de Waters, al punto que una de las cosas que demoró la salida del álbum tuvo que ver justamente con que Pink Floyd sintiera que el concepto se había logrado. Y dicho concepto era importante, sin duda la banda de sonido tenía que estar a la altura. Asentados durante ocho meses en los estudios Abbey Road y con Alan Parsons como ingeniero en sonido, echaron mano al uso de loops, samples de conversaciones grabadas en el estudio, sintetizadores análogos y la técnica del multi track recording para dar vida al trabajo que definitivamente haría de la banda un fenómeno reconocido a nivel mundial.

Para iniciar el viaje, el diseñador Storm Thorgerson nos regala una portada inmortal. De interpretaciones múltiples, la carátula de “The Dark Side Of The Moon” es el primer signo de que los cuarenta minutos de música que vienen de la mano de esta portada no son cosa trivial. “Speak To Me” funciona como obertura e incluye varios guiños a fragmentos que aparecerán a lo largo del disco. Corre como una sola pieza con “Breathe”, simbolizando el inicio de la vida, que estaría marcado por la batería de Nick Mason (a modo de latido cardiaco). Por su parte, el etéreo y acogedor ambiente de “Breathe” dominado por la guitarra de David Gilmour, abre las líricas del álbum (dejando de lado el pequeño fragmento de conversación de “Speak To Me”) en una imagen que evocaría al padre hablándole a su hijo recién nacido para que respire y lo haga sin miedo, no olvidando disfrutar la vida.

“On The Run” llega a sacudir la calma del corte anterior, destacando desde el inicio por una secuencia de sintetizador repetida de forma reverberante a altísima velocidad, representando de forma sublime el agobiante estrés al que nos vemos enfrentados en la inmisericorde maquinaria del día a día. La canción crece de forma sostenida a lo largo de sus casi cuatro minutos, explotando para dar paso a “Time”, uno de los cortes más celebrados de esta placa. Reconocible desde el primer segundo gracias al coro de relojes que abre el tema y el característico rototom con que Mason acompaña la introducción, “Time” se desarrolla directa y contundente, guiada de manera impecable por la avasalladora guitarra de Gilmour. Tratándose del único track firmado por los cuatro integrantes del conjunto, tiene además el mérito de abordar con elegancia uno de los tópicos más inquietantes de la existencia humana, la mortalidad y el sentido de trascendencia.

Y si de mortalidad se trata, el cierre de la primera cara de la placa termina graduando al registro en estos menesteres. Haciendo gala de una capacidad de improvisación vocal francamente excepcional, Clare Torry hace de “The Great Gig In The Sky” uno de esos cortes imposibles de ignorar. Único e irrenunciable (originalmente titulado “The Mortality Sequence”), logra expresar sin inconvenientes el dolor y paz que acompañan el proceso de la muerte. Sin embargo, no hay descansos en este viaje, ya que rápidamente la segunda cara del larga duración nos golpea con otra canción inmortal. Es el turno de “Money”, tema que, compuesto por Waters con el objeto de abordar el flagelo del dinero y la avaricia, no sólo incluye una de las líneas de bajo más reconocibles de los setenta, sino que además se da el lujo de completar la base rítmica del track con un loop de cajas registradoras, monedas y papel roto, para luego cerrar distorsionado y catártico. Brillante, sin duda alguna.

“Us And Them” baja las revoluciones, dejando al saxofón de Dick Parry como guía y protagonista de este maravilloso corte acerca del sinsentido de la guerra, donde el eco en la voz de Gilmour funciona tan bien a la hora de dar identidad a este track, que debería tener una mención adicional en los créditos. A continuación, “Any Colour You Like” repite casi sin cambios la estructura armónica de “Breathe”, sin embargo, a diferencia del primero, evita por completo las voces, entregándose del todo a generar atmósferas, haciendo uso y abuso del teclado sintetizado. Ya para ir tomando la recta final, “Brain Damage” habla del lado oscuro de la luna por primera vez en todo el trabajo, apuntando directamente a la figura de Syd Barret. Se trata de un tema de evidentes tintes psicodélicos, amablemente acompañado por guitarras, sintetizador y arreglos vocales, a través del cual Waters intenta reivindicar el derecho a ser distintos.

Hacia el final, “Eclipse” nos confronta con lo banal de la existencia. El órgano Hammond y los acompañamientos vocales funcionan de manera perfecta para enrostrarnos que nada de lo que hacemos o somos es finalmente tan importante. Al cierre, sólo nos queda el latido (último signo de vida al terminar esta travesía) y la paradoja con que la banda decide dejarnos, que dice “There is no dark side in the moon really / Matter of fact it’s all dark”. Sobrecogedor y liberador en igual medida.

“The Dark Side Of The Moon” se instalaría finalmente como un fantástico viaje a través de las problemáticas más universales que enfrenta un individuo a lo largo de su vida, logrando transcurrir de forma seductora y fluida desde la primera señal de vida de “Speak To Me” hasta el último latido que cierra el álbum. De hecho, la principal virtud de este trabajo terminaría siendo precisamente la excelente manera en que logra fluir a lo largo de sus cuarenta minutos. Se trata de un disco que, abordando temáticas tremendamente complejas, logra hacerlo de forma muchísimo más amigable, directa y efectiva que lo que venía haciendo la banda en sus trabajos anteriores. Este es el momento en que el conjunto terminaría de explotar, adquiriendo esa capacidad única de crecer en simpleza, sin sacrificar en nada la profundidad de su propuesta. El tiempo (y los siguientes discos) confirmaría que el giro había sido el correcto. Hoy, tal como hace décadas, la vida sigue siendo un camino difícil de recorrer, pero por fortuna siempre tendremos esta inmortal banda sonora para recordarnos que no hacemos el recorrido solos.


Artista: Pink Floyd

Disco: The Dark Side Of The Moon

Duración: 42:59 minutos

Año: 1973

Sello: Harvest Records / Capitol Records


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