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Foster The People – “Sacred Hearts Club”

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Es innegable que la música está íntimamente relacionada con el baile, la danza o, como suele denominarse técnicamente, la expresión corporal. Ahora bien, la reunión de ambas variables puede darse en un reluciente y elegante teatro, o en una oscura y húmeda discoteca. Ciertamente, el ADN musical posee una cadena biológica que liga el sonido con el movimiento; en otras palabras, la música sigue siendo un ritual cargado de sentido práctico y corpóreo. Imbuidos en este escenario, cada cierto tiempo aparecen en los confines de la música bandas encargadas de transformar el arte de la creación artística en un acto performativo y bailable. Ese es el camino que los inquietos jóvenes de Foster The People han venido pavimentando a punta de duros y pegadizos beats.

Herederos de una larga tradición musical ligada a la jocosa y lúdica costa oeste norteamericana, los oriundos de Los Angeles han demostrado sus cualidades para extraer la esencia de los sonidos que su tradición y su espacio les ha regalado. Desfilan por sus pistas un creativo hibrido de pop, electrónica, rap y r&b, sin embargo, con “Sacred Hearts Club” ha llegado el momento de que se sacudan del legado que dejó el exitoso “Supermodel” (2014) y demuestren, finalmente, cuán amplia es su capacidad de reinvención e inventiva. Sin miedo a equivocarse o a perder el rumbo, introducen doce variadas composiciones que develan la amplísima paleta de sonidos que la banda ha venido delineando desde sus inicios. Sin lugar a dudas, en este trabajo no cabe ni la austeridad ni el recato.

“Pay The Man” se cuela como una composición donde los beats golpean fuerte y directo, desnudando las inclinaciones de la banda hacia las mezclas y la hibridación acústica, y la electrónica se muestra acompañada de una ejecución lírica cercana al hip hop. Si de crear canciones de fácil llegada se trata, “Doing It For The Money” y “Sit Next To Me” ejemplifican dicha tendencia al presentar dos composiciones hermanadas con el electropop típicamente californiano, expeliendo claras influencias que van desde The Beach Boys hasta Tame Impala. “SHC” es una arriesgada, pero bien lograda apuesta psicodélica, que presenta intensidades sonoras variadas y cambiantes. De fondo resuena el bajo siempre potente que intersecta con una acertada ejecución vocal de parte de Mark Foster. Un leve, pero rotundo decaimiento deviene con “I Love My Friends”, dada su estructura ligada a un repetitivo estribillo. Es destacable, sin embargo, la forma en que la guitarra aparece punzante y definida de comienzo a fin. Un breve intermedio instrumental lo proporciona “Orange Dream”, que sirve para demostrar todo el virtuosismo en la percusión de Mark Pontius.

“Static Space Lovers” tiene una introducción liviana y melódica, que bien conecta con la dulce voz de la colaboradora Jena Malone (sí, la actriz), siendo con toda claridad la canción más inocente que muestra la placa. “Lotus Eater” es una excepción en este disco y en la historia de Foster The People, puesto que está sacada del manual del indie rock con una presencia y un uso realmente admirable de la guitarra y de la percusión. Por esta misma razón, es tan excepcional a todo lo escuchado antes, que rápida y abruptamente se desvanece en un intermedio electrónico para dar paso a “Time To Get Closer”, una canción que asombra por su dispersión y atrevimiento. “Loyal Like Sid & Nancy” y “Harden The Paint” están hermanadas por su estructura dominada por el sintetizador y un repetitivo coro, que poco ayuda a contrapesar el bestial inicio de la placa. Finalmente, “III” es una extraña conjunción de sonidos, intenciones y desvaríos que siembran gran incertidumbre, pues el rompecabezas ha vuelto a su punto muerto.

Con “Sacred Hearts Club” Foster The People tuvo la irrepetible posibilidad de consagrar su corta pero exitosa carrera. Y si bien la amplitud de estilos integrados en este trabajo revela la eficacia y la madurez alcanzada por la banda, no satisface desde el punto de vista de la solidez y de la contundencia final del registro. Es claro que de la placa se extraerán y adjuntarán algunos temas a sus delirantes shows en vivo, sin embargo, la banda pierde credibilidad al fracasar en el momento en que deberían haberse encumbrado a lo más alto de su carrera. Aunque no es prescindible, se debe tomar sus recaudos si se quiere seguir conociendo el –ahora incierto– futuro de Foster The People.

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El Álbum Esencial: “A Night At The Opera” de Queen

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A Night At The Opera

Al abrir la versión en vinilo de “A Night At The Opera” (1975) uno se encuentra con una imagen reveladora en su funda interior: una foto de Queen en vivo, adueñados totalmente de su hábitat natural, el escenario. Ciertamente es una sentencia, es el retrato de una agrupación que nació para ser grande y con este disco lo logró con creces, se ganó la inmortalidad. Además, como si fuera poco, tuvo el doble mérito de ser el gran salvavidas de las arcas de la banda en momentos en que su relación con el sello Trident llegó a su punto más bajo. Era muy difícil imaginar que podían facturar un verdadero testamento sónico mientras atravesaban una situación tan turbulenta con su casa grabadora, sin embargo, la placa fue la coronación definitiva para cuatro compositores que lograron confluir canciones muy distintas, aunque siempre dentro de su estética clásica, pese a los tormentosos tiempos que enfrentaban.

Gracias al arrollador éxito obtenido por el tercer disco, “Sheer Heart Attack” (1974), y especialmente por el single “Killer Queen”, Freddie Mercury, John Deacon, Roger Taylor y Brian May llegaron a lo más alto en los rankings musicales de todo el orbe y eran recibidos por hordas de fanáticos en países como Japón o Estados Unidos, no obstante, el dinero seguía siendo esquivo para la banda. Cuando firmaron el contrato con Trident Studios en 1972, el acuerdo consistía en que iban a grabar el disco para la compañía productora y luego esta se lo vendería a la casa discográfica, hecho que provocó que Queen no recibiera las regalías de los trabajos que vendían y, obviamente, provocó una crisis económica mayúscula entre sus integrantes.

Toda la rabia causada por esa situación se vio reflejada en una de las canciones más belicosas jamás creadas por Mercury: “Death On Two Legs (Dedicated To…)”, una verdadera declaración de odio cuya progresión de piano se tiñe con un tono siniestro gracias al tritono de la guitarra de Brian May, un riff que el herido Freddie creo en el piano y que el ondulado guitarrista va marcando con su Red Special. La música logra reflejar el hastío, la falta de respeto y lo vulnerado que se sentía el frontman en ese período, pero también la presión a la que estaban sometidos debido a las deudas que contrajeron con todo su equipo de iluminadores, tramoyas, entre otros, a causa del inconveniente con Trident. Así las cosas, terminaron su trato y recurrieron al mánager John Reid para que pudiera salvarlos de todo ese infierno que estaban viviendo. Las palabras de Reid simplemente fueron: “entren al estudio y hagan el mejor disco de sus vidas”.

Para Queen esto era de vida o muerte; si el disco no era exitoso, no tendrían otra opción que separarse. Este fue un factor determinante que los llevó a usar el estudio como un laboratorio para sacarle el mayor provecho posible, tal y como había hecho Jimi Hendrix y The Beatles antes que ellos, influencias directas para crear canciones tan eclécticas como “Lazy On A Sunday Afternoon”, en la que el ingeniero Gary Lyons y el productor Roy Thomas Baker utilizaron el efecto “megáfono”, que consistía en que las voces cantadas en el estudio se reproducían en unos audífonos metidos en una lata de metal y luego un micrófono recogía ese sonido desde la lata. El increíble crisol de voces y el perfeccionismo de la agrupación consiguió que el proceso fuera un período de gran aprendizaje, además de propiciar que todos los integrantes se sintieran a sus anchas para incluir sus aportes.

Precisamente, el hecho de que cada miembro era un compositor en sí mismo ayudó a que el disco tuviera distintas caras y, a su vez, reflejara las personalidades de cada uno. Acostumbrado a dejar su estampa en cada publicación, el aporte de Roger Taylor en “A Night At The Opera” –nombre que sacaron de una película de los Hermanos Marx– es ciertamente uno de sus puntos cúlmines. Cuando el baterista de voz rasposa le presentó el demo de “I’m In Love With My Car” a Brian May, este pensó que era una broma, pero nada hacía presagiar que una canción dedicada a Jonathan Harris (roadie de la banda que compartía el fanatismo automovilístico con Taylor) llegaría a ser tan importante como para ocupar la cara B del single de “Bohemian Rhapsody”, y con esto el baterista terminaría ganando la mitad de los beneficios económicos de la ventas del single. Esta no es la típica canción de Taylor, que siempre defendió un estilo encajado en los cánones del rock más convencional, tanto en canciones lentas como en otras más aceleradas, es una composición excesiva y abultada con una exquisita mezcla de voces que agregan dramatismo y que termina con el rugido furioso de su auto, el Alpha Romeo.

La poderosa intromisión de Roger contrasta con la delicadeza de “You’re My Best Friend”, compuesta por John Deacon. El bajista emergió desde las sombras y creó lo que sería el primero de varios éxitos para el conjunto, entre los que más tarde se incluirían “Another One Bite The Dust” o “I Want To Break Free”, además facturó quizá una de las composiciones de amor más bellas de la historia de la banda, y eso que pueden regodearse de tener varias. Este es un ejemplo de cómo las armonías constituyen una de las mejores armas secretas de la agrupación, ya que pareciera que van contando historias paralelas que se suman al fino teclado Fender Rhodes al estilo Motown tocado por el mismo Deacon, quién batalló con los demás para sacarla como single, en una jugada que terminó siendo acertada. No cabe ninguna duda de que, con esta cara más amable, la banda quería apostar a la masividad y tuvieron razón: hasta el día de hoy es una de las favoritas de las radios estadounidenses.

En la otra cara de la moneda, “‘39” no corrió la misma suerte, a pesar de que Brian apostó todas sus fichas para que la sencilla canción de folk espacial llegara al gran público, pero solo logró que quedara como cara B del single compuesto por Deacon. Es impresionante como May logró poner la ciencia al servicio de una canción que trata sobre un astronauta que viaja por el universo para descubrir nuevos mundos, pero que, traicionado por la teoría de la relatividad y la velocidad de la luz, regresa al cabo de cien años de una travesía que para él solo duró uno, formulando así una gran alegoría sobre los sentimientos de un artista que tiene que abandonar a sus seres queridos para salir de gira y encontrar que todo ha cambiado a su regreso.

Otras canciones como “Sweet Lady”, una descarga total de adrenalina rockera en la que May desborda riffs afilados y solos monumentales, “Good Company”, una reposada tonada compuesta con un ukelele-banjo que intenta emular el jazz de los años veinte, o la descomunal “The Prophet’s Song”, obra grandilocuente llena de recovecos instrumentales, que Brian toca con la guitarra afinada de manera distinta para darle más profundidad al instrumento y en la que se vierten todas sus fantasías musicales cercanas al rock progresivo, nos hablan de un guitarrista que siempre buscaba colores distintos, sin que esto necesariamente abrumara a los oyentes con complejidades que no pudieran entender, sino que aportaba detalles sorprendentes que transformaban cada canción en un viaje.

En ese sentido, May contaba con una tripulación que podía conducir ese periplo a los parajes sonoros más impresionantes que la música popular haya conocido, y para esto, nadie podría haber tomado mejor el timón –o el control del transbordador espacial para estar más a tono con Brian– que Freddie Mercury, un personaje totalmente teatral y dueño de una adaptabilidad melódica y lúdica como podemos apreciar en “Seaside Rendezvous”, o que puede lucir desgarrado, desnudo y sensible en una de sus baladas más conocidas, “Love Of My Life”, dedicada a Mary Austin, a quienes muchos señalan como el verdadero amor de la vida de Freddie,  en la que hace gala de un registro que proyecta emoción y romanticismo con una precisión inconmensurable. La forma de ser extrovertida y desinhibida de su actuación en vivo le aseguran su lugar en la historia como uno de los mejores showman de la historia, pero Freddie era mucho más que eso.

Sólo un músico de una calidad tan extraordinaria podría haber dado vida a una pieza tan trascendental como “Bohemian Rhapsody”, un verdadero monumento artístico que muchos han intentado interpretar, pero cuyo real significado se fue a la tumba con Mercury. La canción rompió todos los moldes posibles en una época en que los singles tenían que durar tres minutos; demasiado críptica para ser un éxito, decían algunos. Además, no sigue ningún esquema convencional de composición, está plagada de flashbacks y flashforwards, conectando ideas que a simple vista carecen de todo sentido. Aun así, su principio a capella, la secuencia de guitarra, piano, bajo y batería, el interludio operático, el final al más puro estilo del hard rock más afilado y sus referencias a personajes clásicos como Scaramouche, el payaso de la commedia dell’ arte; Galileo, el astrónomo, y Belcebú, entre otros, se unen en un hechizo mágico que todavía logra encantar a generaciones.

“A Night At The Opera” no solo marcó un punto de inflexión en el desarrollo artístico de la agrupación británica, sino que logró salvarlos de la quiebra total gracias a sus tres millones de copias vendidas, lo que les abrió la puerta para tocar ante cien mil personas en el Hyde Park de Londres y los catapultó para siempre como el mejor acto de rock en el planeta. De hecho, ese fuego espiritual que sale de los parlantes cuando el álbum cierra con “God Save The Queen” nos hace sentir en un estadio, logra que veamos a Mercury con su capa de rey recorriendo el escenario con la corona en la mano. Cuando un disco sigue impresionando de forma constante y se mantiene fresco sin que su pomposidad lo vuelva anticuado, es porque supera el paso del tiempo y se transforma en un verdadero golpe a la cátedra, efecto que Queen logra con una capacidad casi tan grandilocuente como su sonido.


Artista: QueenA Night At The Opera

Disco: A Night At The Opera

Duración: 43:10

Año: 1975

Sello: EMI / Elektra


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