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EL VY – Return To The Moon

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Cuando se plantean fusiones musicales entre un frontman de una banda y otro, automáticamente el fan promedio de una u otra banda va a tener subjetivas ganas que el producto resultante se acerque al sonido que más le acomoda. Por otro lado está el especulador esperando un resultado sorprendente o al menos interesante, distinto, o que le acerque en algo al sonido de la otra banda. Ese oyente puede haber tenido resultados satisfactorios, por ejemplo, en discos como el homónimo debut de Divine Fits, conformado por Britt Daniel de Spoon y Dan Boeckner de Handsome Furs y Wolf Parade. En lo que respecta a EL VY, proyecto conformado por Matt Berninger, actualmente en The National, y Brent Knopf, ex miembro de Menomena y actualmente embarcado en su proyecto Ramona Falls, el resultado de ambas fuerzas decantó en este debut bajo el nombre de “Return To The Moon”.

EL VY 01Tal vez sea por el timbre abaritonado de Berninger, más ligado a corrientes oscuras u opresivas, es que resulta algo confusa la obertura del disco con “Return To The Moon (Political Song For Didi Bloome To Sing, With Crescendo)”, plena de guitarras alegres que rasguean y de baterías que electrifican el sonido, en detrimento de la melancolía que los neoyorkinos de The National exudan en cada disco; incluso “bailable” es el adjetivo que le cabe a esta canción. Por lo mismo, desde la partida es difícil asignarle un sonido. Lo que sí es fácil afirmar es que esto no es un disco de The National ni uno de Menomena, pero la cosa se complica a la hora de definir qué es o hacia dónde va. Esto es aún más confuso en “I’m The Man To Be”, pero acá ya es posible notar cierta fusión de sonidos, donde la disonancia de Knopf se suaviza, mientras que el timbre de Berninger se sirve del pop y se alimenta de él para lucir como nunca antes.

En “Paul Is Alive”, aparte del guiño popular al clásico mito de la supuesta muerte de Paul McCartney, se nota aún más el trenzado de sonidos: parte como un The National audaz y más ganchero, para terminar en un Ramona Falls más propositivo y arriesgado; hasta ahora, ganancia pura por donde se le mire. “Need A Friend” toma todo lo que ya se ha expuesto y lo cuaja en uno de los imprescindibles de este disco. Tal vez no es la canción más ganchera ni la más emocionante, pero sirve muy bien como depósito de lo que ya se está construyendo. “Silent Ivy Hotel” parte como si estuviera manejada por los dirigidos por Berninger, pero pareciera que Knopf y su lo-fi le robaran el volante hacia la mitad, y de ahí en adelante. “No Time To Crank The Sun” suena como la continuación de “England” del maravilloso “High Violet” (2010) de los neoyorkinos, pero dispuesto a arriesgar más y de mejor forma.

EL VY 02Da la sensación que cada canción que compusieron sirvió para compenetrarles, y que cada una de ellas fue progresivamente dándose, porque “It’s A Game” compagina y ordena lo mejor de los dos mundos; la simpleza semi-acústica de Berninger se entrega al pop experimental de Knopf para desembocar en una canción que se queda en la cabeza por mucho rato. A ese mismo juego apuesta “Sleeping Light”; los casi inexistentes teclados en los álbumes de la banda madre de Berninger casi por asociación ya casi resultan naturales en el universo de Knopf, mucho más rico en texturas más alegres. “Sad Case” sigue la tendencia, aunque le otorga matices más progresivos, y el hecho que no usen métricas estándar a esta altura del disco, donde se suele optar por el relleno, le hace muy bien a la percepción general.

Hay que agradecer que no hayan terminado el disco con una canción lánguida y que el resultado de esta elección sea “Careless”, una balada que, continuando con la tónica del disco, agarra la voz de Berninger y la somete a la forma más natural que Knopf tiene para ofrecer. “Return To The Moon”, si bien es levemente chocante debido a que la voz está muy asignada a un estilo, a la segunda vuelta es menester darle el beneficio de la duda, porque durante los once tracks está claro que la dupla se entendió bien.

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El Álbum Esencial: “Undertow” de Tool

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La portada de todo álbum debiese generar impresiones anticipadas sobre el contenido que este alberga. Bajo esa lógica, ver esa especie de caja torácica roja –que en primera instancia tendría a una mujer obesa y desnuda dentro de ella, pero fue censurada– delante de un fondo negro, no puede más que desconcertar. Si a eso se le suma el intrigante título, “Undertow” (“Resaca” en inglés), esto sólo pude verse potenciado. La estética visual de todo esto simplemente respondía a la proyección del vivo reflejo de la música de Tool. Agonía y desconcierto, no existe otra forma de describirles.

Sin duda alguna, aquello que encierra esta criptica iconografía y perfora nuestro cerebro desde los oídos es difícil de clasificar para la época, o incluso hoy por hoy. A mediados de los 90, todo lo que sonara más o menos distorsionado solía ser etiquetado de grunge o, en el mejor de los casos, como rock alternativo. Pero acá había una diferencia: el uso que se dio a la oscuridad. No hablamos del manto de sombras melancólicas que rodeaba al común de la música de la denominada Generación X, sino que de una penumbra mucho más densa que se manifestaba mediante una catarsis brutal. Pese a su crudeza y visceralidad, también encontramos niveles de introspección y sutileza muy alejados de los márgenes de la escena de la costa oeste estadounidense.

Es habitual que los álbumes debut de una banda expongan una continuidad estética en referencia a los demos, cosa que acá no ocurre. “Undertow”, para ser el primer larga duración, es sumamente complejo, pues marca un temprano punto de inflexión en el trabajo de los oriundos de Los Angeles, cosa que en otras agrupaciones ocurre entrada la discografía. Hay acá una sonoridad mucho más oscura, la que comienza a reemplazar progresivamente el rock más frontal y acelerado presente en el EP “Opiate” (1992). Los temas de tres minutos en donde se lograba apreciar la influencia hardcore que posee la banda, comenzaron a alargarse hasta los seis o más debido a un aumento de versatilidad en las estructuras de cada canción, en donde los pasajes instrumentales empezaron a tomar cada vez mayor relevancia. Comenzaban así a ganarse paulatinamente la etiqueta de “progresivos” y vaya que lo merecían.

Aunque pudiese ser paradójico, la guitarra de Adam Jones no se caracteriza por exponer las destrezas sobrehumanas con las que se está habituado en la mayoría de las bandas denominadas como metal progresivo, aun así, demuestra una técnica inconfundible, en donde el juego entre tonalidades densas y frecuencias que bordean la estridencia entregan diferentes matices a las composiciones. “Bottom”, tema en donde colabora el eterno Henry Rollins, es quizás el más claro reflejo de esto. Por su parte, el trabajo en el bajo de Paul D’Amour suena de forma penetrante y aguerrida, batallando el protagonismo rítmico y melódico en cada compás. La potencia y misticismo de “Flood” se debe en gran medida a la labor de este instrumento. Mismo misticismo que –con vidente de por medio– rodea la salida del bajista tras una gira por Europa promocionando el disco. En el futuro no lejano, sería el británico Justin Chancellor quien se haría cargo de las frecuencias bajas hasta la actualidad.

Si bien, en los instrumentos de cuerdas no podemos apreciar una técnica elevada como lo demandaría el género progresivo, aquello sí se puede hallar en la percusión. Probablemente, la rítmica que impone Danny Carey es el componente más experimental de la propuesta de Tool en sus inicios. Aunque aún no incorporan estructuras demasiado complejas como en posteriores discos, es notoria la variabilidad de los tiempos y la sagacidad con la que se pasea por la batería. Prueba de ello son temas como “Intolerance” o “Swamp Song”. Punto aparte también es el poderoso registro vocal del hoy endiosado Maynard James Keenan, clave para dar forma al tema homónimo del disco, en donde es capaz de saltar de fraseos melodiosos a desgarradores gritos, pasando por diabólicos arrullos con una facilidad inexplicable. Además, durante la promoción del álbum ya comenzaba a dar cuenta de esta particular visión del espectáculo, dado su singular desplante escénico.

Pese a que Tool suele ser clasificado como metal progresivo, en “Undertow” lo vanguardista está en mantener elementos minimalistas al alero de una gran sensibilidad instrumental. Es cosa de escuchar temas que quizás pasan más desapercibidos, como “Crawl Away” o “Swamp Song”, para dar cuenta de aquello, y ni hablar de temas como “4°” y “Flood”, que empezaban a dar pequeños, pero ahora evidentes indicios del camino que la banda tomaría en sus posteriores discos. Quien haya escuchado los casi 16 minutos de “Disgustipated” y diga que no es vanguardista, debe comenzar a cuestionar sus concepciones del mundo.

En cuanto a sencillos, el primer LP de la banda nos entrega “Sober” y “Prision Sex”, los cuales fueron acompañados de perturbadores videoclips promocionales, dirigidos por el mismo Adam Jones. El primer tema, en un ejercicio sublime de minimalismo al ser guiado por una secuencia repetitiva de tan sólo dos acordes, nos habla de la adicción del alcohol –incorporando la concepción cristiana del pecado–. Mientras tanto, el segundo relata la brutalidad de la violación infantil. Este último, dado lo tétrico de las imágenes y la crudeza de su letra, fue duramente censurado por las cadenas televisivas de música, pero como ha ocurrido a lo largo de la historia, el morbo ante lo prohibido sólo ayuda a atraer nuevos adictos e incrementar el peso de los cultos.

Así es como “Undertow”, con todos sus componentes, establece los cimientos de la catedral que posteriormente construiría Tool, dando pie para un largo legado que sigue influenciando a un sinfín de bandas de diversos estilos. Si bien, suele ser denostado por ser el disco menos experimental de la banda y, por ende, el con menos teorías conspirativas alrededor de él, su sonido más duro ha ayudado a consolidar a un grupo no menor de fanáticos de esta obra, quienes incluso profesan que este es el mejor de todos los lanzamientos del grupo. Pero ¿puede segmentarse la discografía de Tool y no comprenderla como un todo? ¿Hay realmente un mejor Tool? Preguntas tan complejas como sus respuestas y el objeto al que apuntan.

De todas formas, sí se puede asegurar algo: ser fan de Tool es probablemente uno de los actos de masoquismo más grandes dentro de la ya auto flagelante vida de los melómanos –podría incluirse dentro de esta patología el ser fan de Radiohead; si se es de ambos, el diagnostico debe ser crítico–. Y es que sentir atracción por aquello que no logramos comprender, por aquello que nos desestabiliza mentalmente por no poder apropiárnoslo, debe ser uno de los males más viejos de la historia de la humanidad. Aquel primer trago de la banda, sin duda, ha generado una resaca que sigue palpitando en nuestras cabezas. Lo único que se espera es mantenerla hasta que Maynard y compañía nos entreguen una nueva dosis de su tan ansiado licor.

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