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El Álbum Esencial: “Rumours” de Fleetwood Mac

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El conflicto vende, y mucho. Todo lo ligado a los espectáculos inmediatamente tiene más atención si aparece algo dramático alrededor, escindiendo los límites entre la obra y el artista. Ahora, si ambas cosas son interesantes, entonces el material no se agota, por ende, las arcas recipientes de dinero, atención y adulación no se detienen en su labor. El drama vende, y mucho, pero lo que no se sabía hasta “Rumours” era que el drama podía sonar irresistible, y muy pop.

Fleetwood Mac, casi sin querer, dibujó los planos que rigen al pop hasta el día de hoy, con elementos claves que explican cómo la canción de aquel estilo puede sobrevivir con ligereza al paso del tiempo y, más aún, por qué nos atrae tanto el conflicto cuando es puesto en canciones. La historia de “Rumours” es clara y documentada, y data de mucho antes de su lanzamiento el 4 de febrero de 1977. Dos parejas en medio de un quiebre inminente, un affair que llevaba años sin consumarse, un disco que muchas veces estuvo a punto de morir, un legado que se cimenta, una decena de canciones inolvidables que salen desde peleas a muerte y mesas llenas de cocaína. “Rumours” tiene todo para generar películas o series alrededor, pero es lo musical lo que prevalece, además de su estatus como uno de los discos más vendidos en la historia de la música, con más de 40 millones de copias despachadas.

Su producción no tiene desperdicios y el sonido es calidad pura, en especial en la forma en que se escuchan sus percusiones, una señal superficial pero decidora de los valores de grabación y mezcla de discos de la época. Por eso, aunque Kansas fuera más rockero que Elvis Costello, era este último el que pegaba más azotes a los oídos. Con esos parámetros, cada instrumento en “Rumours” fue tratado con cuidado, y no es raro, pensando en que cada acción alrededor del disco estaba impregnada de disputas, miradas de reojo, desconfianzas y pasión.

Lindsey Buckingham y Stevie Nicks terminaron su relación justo cuando la banda comenzaba a planear su undécimo disco. En el otro extremo, John y Christine McVie no estaban mucho mejor, ultimando un divorcio que resultaba tan doloroso como pesimista para la agrupación, pensando que el baterista Mick Fleetwood y los McVie son quienes partieron con la banda (John junto a Mick en 1967, y Christine en 1970). Pero el álbum podría haber sido un desastre si es que Fleetwood no hubiera entendido a la perfección la situación. En vez de pedir que operaran como una banda, notó que cada cual debía leer lo ocurrido a su modo. John necesitaba espacio, pero el resto quería componer, y eso fue lo que pasó.

Tampoco ocurrió de un día para otro, porque no todo podía volver a ser como fue alguna vez. John y Mick incluso notaron, antes de terminado 1975, que el siguiente paso debía ser definitorio y por ello no siguieron trabajando con el productor Keith Olsen, derivando posteriormente en Ken Caillat y Richard Dashut, más por temas técnicos que creativos: ellos sabían que debían potenciar la sección rítmica de una banda que vocalmente ya era poderosa. Y precisamente eran las voces las que estaban contrariadas, y cada cual tenía su agenda propia que atender. Buckingham, por ejemplo, sabía que debían armar un disco derechamente pop, alejado de la forma más rockera y blusera que intentaban impregnar Mick y John, y su compañera en esas ideas era Christine, quien, pese a tener una formación más clásica, entendía el valor de canciones más directas y que pudieran ser apreciadas por una cantidad de gente más grande. Prueba de esa afinidad musical es que 40 años después ambos lanzan su primer disco colaborativo como dúo.

En el papel había claridad de los pasos a seguir, pero en la realidad las sesiones se extendieron por casi la totalidad de 1976 por culpa de los excesos, sea en la tensión personal, en las inseguridades como banda, o por las drogas y fiestas que parecían ser la regla primordial. En un entorno así, los conflictos se acentuaron y las distancias se alargaron, pese a tener que compartir a ratos la misma habitación. Todo se erigía como un exceso, desde el hecho de que las mujeres se quedaran en una habitación frente a la playa y los hombres estuvieran viviendo en el estudio mismo, el Record Plant de Sausalito, California, hasta la ridiculez de tener que cambiar de cuerdas la guitarra de Lindsey cada 20 minutos en la grabación de “Never Going Back Again” para preservar ese “brillo en la interpretación de Buckingham”, como diría Caillat que, además, afirmó que tuvieron que gastar un día entero de grabación en las líneas de guitarra para luego, porque Lindsey cantaba en otro tono, grabarlo todo nuevamente al día siguiente.

Esa perfección en cada detalle es evidente en “Rumours”, un disco que todavía no suena antiguo y cuya forma de enfrentar melodías, armonías y recursos sonoros, sigue presente en el pop más plástico y en el más orgánico. Lo mejor de todo, es que cada parte del proceso de “Rumours” terminó justificando el resultado final. Por ejemplo, aunque Buckingham tenía una gran cantidad de guitarras, estas no dejan en segundo plano nunca a los pianos y órganos de Christine o a la sección rítmica de Mick y John. A su vez, Lindsey y Stevie Nicks tienen la misma cantidad de canciones escritas en el disco, en tanto que Christine tiene cuatro tracks a su haber, y esto hace más vívida la única composición del álbum firmada por más de una persona: “The Chain”, la pieza fundamental de “Rumours”, esa canción que necesitó de todos a la vez, cortando, pegando, editando, armando ese puente que inicia la cara B del disco y que hoy porta una identificación transversal, siendo parte hasta de la película “Guardianes de la Galaxia 2”.

El conflicto vende y también es buen catalizador para una creación urgente, pero es extraño que pueda derivar en algo tan constructivo como lo que terminó siendo “Rumours”. Cualquier banda en esa situación se hubiera derrumbado, con escándalos explosivos, incluso amenazando su legado, pero Fleetwood Mac tomó corazones rotos, egos heridos, e inseguridades punzantes y los convirtió en un álbum que aún marca épocas. Un disco que pasó la prueba del tiempo, y cuya trascendencia sigue indeleble hasta ahora.


Artista: Fleetwood MacRumours

Disco: Rumours

Duración: 39:43 minutos

Año: 1977

Sello: Warner Bros.


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Kanye West – “Donda”

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Donda

Donda West, la madre de Kanye, falleció en 2007 por complicaciones en una serie de cirugías plásticas. Hacia 2019, West publicaba en su cuenta de Twitter una foto del cirujano plástico que operó a su madre, anunciado así el lanzamiento de “Donda”, su esperado nuevo disco. Tras una serie de retrasos, polémicas y una mudanza a un mega estadio, el décimo álbum del rapero ya está aquí.

“Donda” es la forma en que West busca homenajear la memoria de su madre, sin embargo, es un disco en extremo egoísta, nuevamente con lecciones cristianas, incoherencias y polémicas que, más que ser un tributo, buscan mantener a West como el centro de atención, el mesías. Y es que la obsesión del rapero con la religión y lo espectacular es más que palpable en las 27 canciones que completan la hora y 48 minutos de “Donda”, reflejado en la grandilocuencia de su puesta en escena y todo lo que rodeó el lanzamiento del esperado álbum: shows en mega estadios, donde la catedral es el Mercedes-Benz Stadium de Atlanta y la liturgia a cargo de West, un orador con sotana Balenciaga, encapuchado y con nadie a su alrededor. West pagó millones de dólares para poder vivir ahí, terminar el disco y posteriormente trasladarse a diferentes recintos, siendo el Soldier Field de Chicago el último de ellos, donde construyó en el centro de la cancha una réplica de la casa donde creció para entregar un mensaje, trasladarnos a sus recuerdos y al fondo de la inspiración para este trabajo.

En “Donda”, y desde el magnífico “Yeezus” (2013), West ha explorado con un giro interesante dentro de las propuestas de rap, por lo que podría guardar ciertas similitudes con uno de sus últimos trabajos antes de caer en el delirio. West aprovecha de manera muy penetrante los beats y bajos profundos que mezcla con sutiles guitarras programadas, samples y esa especie de rap góspel industrial que bien podría ser una nueva categoría para su propuesta. Y es que es sumamente importante para él y el desarrollo de su música tener aquellos elementos (cuenta con la participación del Sunday Service Choir), haciendo de este álbum una experiencia más robusta y jugada con esos matices. Pero, pese a contar con 27 tracks, carece de solidez. Los matices están presentes en los cambios de “Jail” o “God Breathed”, o la interesante “Off The Grid”, trío de canciones que conservan esa esencia distorsionada que alguna vez estuvo presente en trabajos como el ya mencionado “Yeezus”. The Weeknd se encarga de las voces en “Hurricane” y forma parte de la extensa y controvertida lista de colaboradores.

Dentro de la lista de featurings donde destaca Jay-Z o Travis Scott, West también se encargó de convocar a Chris Brown, DaBaby y Marilyn Manson. Por supuesto que en el camarín del estadio de Atlanta, donde vivió los últimos meses, existía conexión a internet y Kanye decidió de todas formas contar con ellos, pese a las diversas acusaciones que enfrentaron y enfrentan. Aún así, se cree incuestionable y pone su figura por encima de todo. West se siente infranqueable y por eso suma y sigue, apoya sin tapujos a Trump o le da espacio a agresores, como si de una lección se tratara, o de si será criticado o no.

¿Por qué “Donda” pareciera ser en extremo un ejercicio egoísta? Su desarrollo, que siempre mantiene los motivos religiosos y autorreferentes, se expresa en cada verso y es difícil ver la motivación principal de una obra que pretende tributar a su difunta madre. Kanye busca en esos motivos religiosos (hace rato) una especie de redención y predicar al mismo tiempo, sin embargo, el uso de la religión en su aparataje mediático pareciera no ser lo suficientemente profundo ni honesto. Kanye no busca a Dios a través de la música como su salvación, ni se presenta como un servidor, sino que busca ser él ese mesías. Podríamos decir que una de las últimas pruebas de humanidad y humildad de West está en “Runaway” de 2010, donde se mostró sincero, autocrítico y entregó una de sus mejores canciones y, por qué no, su mejor trabajo. Esa honestidad desapareció entre las luces del espectáculo y cegaron a un artista que prometía de avanzada.

En “Donda” el mérito de West está en terminar un álbum que parecía que no iba a ver la luz. Estrategia comercial o no, el desfile de canciones a esta altura es agotador, sin embargo, Jesús aparece como la respuesta al tedio. “Jesus Lord” es otra oda tremendamente completa y sencilla, pegajosa y uno de los puntos altos de un disco donde el segundo mérito está en rescatar ese motivo musical que había dejado en “Yeezus”, e incluso más atrás. Porque ese giro es una de las grandes jugadas musicales de West, incluso en este álbum, que parece hecho a medias o un compilado sin conducción coherente, salvo su imagen y discurso. Un disco que pareciera ser desechado antes de lanzado, criticado y amado, y una experiencia agotadora. En ciertos pasajes pareciera ser un regreso hacia un Kanye más creativo y centrado, pero el manto que rodea su polémica vida y carrera difumina esa idea hacia resultados cada vez menos consistentes.


DondaArtista: Kanye West

Disco: Donda

Duración: 108:49

Año: 2021

Sello: GOOD / Def Jam


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