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El Álbum Esencial: “Marquee Moon” de Television

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Estamos en 1977, un año donde la película “Rocky” seguía arrasando en la taquilla norteamericana, a la vez que Fleetwood Mac acababa de lanzar el icónico “Rumours”. Fue el año en que Bowie comenzaba su “Trilogía de Berlín” junto a Brian Eno, lanzando “Low”, el primero de tres álbumes en conjunto con el productor inglés. Esta también fue una época donde la escena punk del CBGB se asomaba en la industria con los álbumes debuts de Blondie y Ramones, lanzados el año anterior.

Más allá de eso, existió un grupo de jóvenes que decidieron esperar el momento adecuado para entregar su placa debut, rechazando a cuanto sello discográfico se pusiera por delante, deseosos de producir a un joven cuarteto llamado Television, quienes, comandados por el vocalista y guitarrista Tom Verlaine, optaron por salirse del punk más convencional para abrazar un sonido ligado a las guitarras más limpias, letras más poéticas y una forma de tocar arraigada en el jazz. Dicho sonido llevaría posteriormente el nombre de post-punk, generando una buena cantidad de clásicos para la posteridad. Uno de los primeros de ellos fue el álbum “Marquee Moon”, que se transformaría en un verdadero precedente para la música alternativa.

Comenzando su gestación en 1974, “Marquee Moon” se desarrolló alejándose de todo el ruido y la descuidada producción del punk estilo Ramones, inclusive de la parafernálica y adornada forma de producir que utilizaba Brian Eno, a quien se dieron el lujo de rechazar luego de grabar un demo junto a él ese mismo año. La intransable decisión de Verlaine y el guitarrista Richard Lloyd de realizar el álbum a su manera permitió que Television diera con el trabajo que ellos buscaban, evidenciando sus grandes habilidades musicales, su dominio de la guitarra y la incomparable capacidad de estirar canciones como “Marquee Moon” o “Torn Curtain” bajo el alero del jamming, improvisando y agregando extensos solos entre medio. Contando con tan buenas composiciones como “See No Evil”, “Venus” o “Prove It”, son esas dos pistas mencionadas anteriormente las que le dan el carácter conciso y evolucionado a la obra total. Sin la presencia de ellas, posiblemente sería sólo un conjunto de muy buenas canciones.

Adicionalmente, las presentaciones en vivo de la banda reforzaron más aún la impecable forma de interpretar que Television poseía. Las potentes bases rítmicas del bajista Fred Smith y el baterista Billy Ficca se intercalaban perfectamente con las secciones de improvisación de Verlaine y Lloyd, generando escalas, partes melódicas, distorsiones y muchos otros atributos a un sonido que se cimentó en el arte, con temáticas relacionadas a la vida en el bajo Manhattan y la decadente bohemia neoyorquina, además de tópicos psicodélicos y un profundo estilo metafórico gracias al vasto conocimiento de Verlaine sobre el Romanticismo literario del siglo XIX.

Más allá de la agotada fórmula de álbum conceptual (muy prominente por esos años), “Marquee Moon” está desarrollado íntegramente como si fuera una obra de arte, capturando un sentido, una esencia y un concepto que se aleja de encuadrar todas las canciones en un mismo hilo conductor. “Marquee Moon” es un álbum honesto, conciso e indiscutiblemente pionero en el sonido neoyorquino que predominó en los años posteriores. Como piedra angular del indie rock, inspiró a bandas como Pixies, Sonic Youth o incluso U2, llegando a tener un alcance tan grande como para llegar a la actualidad, siendo citado por bandas contemporáneas a nuestro tiempo como The Strokes o Echo & The Bunnymen.

Hay discos cuya importancia no se ve reflejada en su éxito comercial, sino más bien en el impacto que produjeron en generaciones y generaciones de músicos, quienes vieron en su obra una enorme inspiración. La premisa general que siempre tuvo Television fue la de hacer las cosas contra la corriente, alejándose de lo que todas las bandas en la época estaban buscando. En contraparte al sonido punk de esos años, Television quiso aportar un sello más serio y complejo, no al punto de los extensos solos de Grateful Dead, pero sí estructurados en una fórmula ligada al avant-garde, permitiendo los primeros bosquejos de un sinfín de estilos predominantes hasta el día de hoy.

Hay muchos artistas que aportaron grandes obras a la historia de la música; los años 70 vieron ejemplos como David Bowie, Lou Reed o también Bob Dylan, pero existen también los que, fuera de entregar un disco tras otro, ejecutaron una obra con principio y fin, un hito sin precedentes ni fallidas segundas partes, un álbum de identidad propia y un legado dispuesto eternamente para las futuras generaciones.

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Weyes Blood – “And In The Darkness, Hearts Aglow”

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Tres años pasaron desde que Natalie Mering estrenara el cuarto trabajo de estudio de su proyecto Weyes Blood, llevándose el reconocimiento general y un sinfín de aplausos con una obra tan completa como “Titanic Rising” (2019). Aunque la artista se acostumbraba a las buenas críticas, las expectativas serían aún mayor al momento de enfrentarse a un próximo larga duración, misión que tiene pendiente con la llegada de “And In The Darkness, Hearts Aglow”, un trabajo donde la premisa de oscuridad absorbe gran parte de la trama, pero que la interpretación desde el corazón la transforma en una obra con una belleza e intensidad por partes iguales, haciéndole justicia a su título, más allá de las palabras. Todo esto se debe a la manera en que el disco se desarrolla, así como las capas que resisten el análisis o de cualquier prejuicio a la profundidad y efectividad de dichas composiciones.

Desde las distintas aristas que podamos darle a este disco, el principal factor que resalta es la capacidad de Natalie Mering a la hora no sólo de componer canciones, sino que también de la impronta que aplica en la producción, con una serie de colaboradores cooperando en aquella misión. Y es que desde la apertura con “It’s Not Just Me, It’s Everybody” demuestra cómo las cosas siguen su curso desde donde quedaron la última vez y, así, poder identificar de entrada los elementos que hacen de esta obra una sucesora de “Titanic Rising”, ya que es la propia intérprete quien describe este LP como el segundo en una trilogía que comenzó con su lanzamiento anterior. Si bien, prácticamente todas las canciones tienen la intervención de un arreglista externo, todo esto debido al trabajo que los músicos Ben Babbitt y Drew Erickson aplican en gran parte de los tracks, el componente personal se siente no sólo desde la interpretación, sino también desde donde Mering estructura su obra.

De esa forma de estructurar es cómo podemos ver el funcionamiento secuencial de inmensas composiciones, como “Children Of The Empire” o “Grapevine”, en las que Weyes Blood se luce en una interpretación muy rica en detalles, donde su voz logra tomar primer plano incluso con una sección instrumental tan cuidadosa y robusta como la que implementan en la guitarra y batería los hermanos Brian y Michael D’Addario, ampliamente reconocidos como el dúo The Lemon Twigs. Entre el sinfín de influencias y comparaciones que recibe la artista, los nombres de Brian Wilson y Karen Carpenter siempre estarán presentes en la manera compositiva e interpretativa, respectivamente, pero lo cierto es que Natalie ha sabido nutrirse de esos elementos para entregar un enfoque fresco y de manera más directa, evitando plagios o reminiscencias tan explicitas en su música. Un ejemplo de ello es la melancólica “God Turn Me Into A Flower”, donde la hipnótica presencia vocal de Mering se toma cada espacio con una delicadeza e intensidad que ha transformado en sello propio.

“Hearts Aglow”, por otra parte, encierra un poco los tópicos y componentes sonoros de esta quinta obra de estudio de Weyes Blood, aplicando correctamente términos líricos y musicales de la melancolía y contemplación personal, pero a la vez dejando entrever esas fisuras que permiten entrar a un plano más luminoso y optimista. Los arreglos siguen tan impecables como en cualquiera de las canciones de este disco, pero su desarrollo inminente hacia el interludio “And In The Darkness” le dan una cara única, con el carácter más ligado al pop barroco, poniendo énfasis en la experimentación, sobre todo considerando la presencia de una canción como “Twin Flame” que, contraria a la mayoría, carece de arreglistas externos y se centra en las propias ideas de la intérprete. Luego del tormentoso paso de “In Holy Flux”, el disco cierra con “The Worst Is Done” y “A Given Thing”, sumando 10 minutos donde tenemos desde el lado más juguetón hasta el más apasionado, aristas opuestas en el amplio rango interpretativo de Mering.

Siempre es complejo analizar una obra cuando se pueden tomar tantas referencias a la hora de desmantelar su estructura, pero lo cierto es que es en ese ejercicio donde verdaderamente podemos notar cuánto hay de inspiración y de reinterpretación, o si, en el peor de los casos, existe algún atisbo de plagio. Los artistas más nuevos enfrentan el gran problema de un panorama musical a veces desgastado, donde todo fue inventado y nadie puede ser el primero a la hora de querer aplicar sus ideas o entregar una versión más fresca de algo que ya esté arraigado en el oído colectivo. Lo de Weyes Blood no es por ninguna parte algo novedoso o diferente a muchos discos que podamos oír previamente, pero su principal gracia se encuentra en cómo esos elementos se presentan e interpretan, y ahí es donde la artista se desmarca de sus pares y logra salir adelante como una compositora que tiene mucho que ofrecer con su arte. Cinco discos y sólo aciertos es algo que pocos pueden contar, sobre todo a una edad tan temprana, donde el legado musical no puede hacer otra cosa que reforzarse de aquí en adelante.


Artista: Weyes Blood

Disco: And In The Darkness, Hearts Aglow

Duración: 46:22

Año: 2022

Sello: Sub Pop


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