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El Álbum Esencial: “King For A Day… Fool For A Lifetime” de Faith No More

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Hace unos meses, el otrora bajista de Nirvana, Krist Novoselic, en entrevista admitía sin tapujos que el éxito del grunge no habría sido tal sin la ayuda de dos bandas que pavimentaron el camino hacia el mainstream para el rock alternativo más duro: Jane’s Addiction y Faith No More. El miembro de la emblemática banda no cae en errores con dicha frase, pues para muchos definir este género es hablar de cuatro emblemas, cuatro vacas sagradas: Billy Gould, Roddy Bottum, Mike Bordin y Mike Patton. Y como toda figura de devoción, son dueños de un libro sagrado que contiene en plenitud su dogma; es esa la función que recae en el disco que nos convoca.

Aunque puede parecer una comparación temeraria, si The Beatles tenía el “Álbum Blanco” como punto ecléctico máximo dentro de su gloriosa discografía, Faith No More encuentra en “King For A Day… Fool For A Lifetime” dicho estado de gracia absoluta. Al igual que con los “4 fantásticos” británicos, sería una mentira y de suma ignorancia decir que este fue el disco que los catapultó a la fama, pues desde hace unos años que ya sonaban con frecuencia en las radios gracias sencillos como “Epic” o “Easy”, además de salir de gira con emblemas de principios de los 90, como Metallica o Guns N’ Roses. Pero, sin duda alguna, este es el larga duración que los independizó y les abrió las endemoniadas puertas del mainstream, posicionándolos como una de las grandes bandas de la década.

Si había algo que estaba quedando claro con el anterior disco, “Angel Dust” (1992), es que el grupo estaba dispuesto a la experimentación sonora; a romper los márgenes de lo que debía ser el rock alternativo o el rock más pesado. Disposición que no fue acogida de buena manera por el guitarrista Jim Martin, quien entendía a la banda como una de metal y no como la amalgama indescifrable que terminó siendo Faith No More. Despedido por la incompatibilidad de horizontes con sus compañeros, la tarea de reemplazarlo recayó en un hombre insigne de la escena alternativa californiana y amigo de la casa: Trey Spruance, guitarrista de Mr. Bungle –el proyecto paralelo de Patton–. En ese sentido, las cosas se dieron de forma fluida para difuminar los límites sonoros de la agrupación, quedando de manifiesto en el material producido. Sin embargo, el trabajo del guitarrista sólo quedó registrado en estudio, ya que en las giras su función fue llevada a cabo por Dean Menta.

Más allá del trabajo musical, existen cómplices secundarios del éxito de la placa, destacando dos personajes que se encuentran fuera de la obra en sí, pero que de todas formas son parte fundamental de esta. Uno de ellos es la mano tras los trazos que dan geometría a la emblemática portada del perro policial, Eric Drooker, actual ilustrador de la famosa revista The Neo Yorker. El otro, la mente maestra encargada de la arquitectura sónica, Andy Wallace, hombre detrás de otros lanzamientos igual de emblemáticos, como lo son el “Reing In Blood” de Slayer, el homónimo de Rage Against The Machine, “Grace” de Jeff Buckley, y discos de Nirvana, Sepultura y Sonic Youth, entre varios otros.

En cuanto a lo que nos convoca, si nos ponemos a escudriñar tema por tema, la relevancia manifiesta es que ninguno de ellos se parece a sus pares, cosa para nada novedosa en el trabajo de Faith No More. No hay concepto más allá de lo explícito en las letras. Sin embargo, todo parece puesto de forma casualmente intencionada en el sentido que ninguna pieza desajusta y, a su vez, el orden de los productos no altera el resultado en lo más mínimo. No hay puntos bajos; todo tema puede ser un hit radial, un himno de estadio o, mejor aún, una obra de culto indiferente al paso del tiempo o a los estilos de moda.

Si bien nos encontramos con canciones que siguen la línea clásica de la banda (lo que ya es difícil de encasillar hasta para la más precisa enciclopedia de géneros musicales), como “Get Out”, “The Gentle Art Of Making Enemies”, “What A Day” y “The Last To Know”, el resto se presenta dentro de un abanico infinito de estilos y variantes, generando una amalgama de metales imposible de etiquetar. Partiendo por los intentos de emular a una big band con elementos funk presentes en “Star A.D.”, incluyendo los brutales y despiadados guiños al hardcore y al grindcore en “Cuckoo For Caca” y “Ugly In The Morning”, pasando incluso por la excentricidad vocal del bossa nova en “Caralho Voador”, o esa melancólica balada de antro de mala muerte olvidado en la nada que es “Take This Bottle”.

Pero, junto a este compendio bíblico, hay temas que destacan de sobremanera y merecen más que una oración para exponer su magnificencia, partiendo por la santísima trinidad “Ricochet”, “Digging The Grave” y “King For A Day”. Líricamente hablando, los tres temas no comparten nada, sin embargo, es la estética la fundamental para unirlos. Es en ellos donde queda manifiesta la desolación propia de toda una generación, pero no aquella que fue vendida en serie en forma de melodrama adolescente, sino que cubierta de ira y de violencia, intentando reflejar la brutalidad del EE.UU. post Guerra Fría.

A este listado de destacados, hay que agregar la excelencia melódica de “Just A Man”. Coros de góspel, el sintetizador de Bottum evocando tonos celestiales y Patton entonando con toda fuerza su prediga cual pastor ante sus creyentes, hacen de este, el tema que cierra el disco, una joya invaluable. Además, si a los cuatro mencionados se les considera en sus versiones en vivo, no hay ecuación que explique de forma lógica le evolución exponencial que experimentan, sobre todo en el caso de “King For A Day”.

Junto con el peso de esos verdaderos himnos generacionales, si es que existe una sola canción que exprese en su totalidad el paso de la banda a los circuitos globales, esa es “Evidence”. Prueba de ello es su combinación de funk sensual con elementos de jazz, y además grabado en diferentes idiomas; de hecho, es norma escuchar la versión en español dentro de los setlist interpretados en las visitas de la banda a nuestro país. Además, junto con romper las barreras idiomáticas, quebró lo limites radiales, pues no es raro sintonizarla en estaciones que de rock poco y nada tienen en su línea editorial.

Otra razón para tributar a “King For A Day… Fool For A Lifetime” es que trajo a la banda por segunda vez a nuestro país, en el mismo año del lanzamiento del disco, en la legendaria noche de los escupos en el Monster Of Rock del 7 de septiembre. Ya no lucían el haraposo look de su primera, excéntrica y anecdótica visita a nuestras tierras en el Festival de Viña del Mar de 1991, pero no se puede cuestionar que la esquizofrenia, carisma y violencia de su propuesta musical se mantenía tanto o más fuerte. Así, Faith No More daba lecciones de que se puede madurar sonoramente sin vender la esencia original. Había autenticidad más allá de los demonios del éxito. Llegaron los cortes de pelo, pero eso no se tradujo en una pérdida de devoción por lo que se estaba haciendo.

Sin duda alguna, hay un proceso de identificación en los fans con el título del disco, especialmente para nuestro caso. Y es en eso que se ha sustentado la ferviente fe en los californianos, cosa que ellos tienen claro en su juego sacrílego y fanatismo por estas tierras, las más cercanas al infierno. El mismo Mike Patton en entrevistas ha señalado, de forma no tan indirecta, que la banda y el público chileno generan una conexión explicada por la serie de variables sociales que esculpen al Chile de los 90; un país post dictadura, una nación donde la juventud vivía reprimida –física y moralmente hablando– frente a una democracia sin derecho a réplica, que necesitaba un medio para canalizar la rabia escondida por años. Y es que somos un país lleno de esos personajes que dentro de una eternidad de miseria tienen –o añoran, aunque sea– sus “cinco” minutos de gloria.

Si queda algo extremadamente claro, es que “King For A Day… Fool For A Lifetime” más allá de su canto a la miseria y la desolación, no es el reflejo de lo que intenta exponer en su título. Tal vez sí fue un pequeño destello de genialidad –el cual puede que no vuelva a repetirse–, pero está lejos de ser olvidado como una simple anécdota del rock noventero. Faith No More lo que menos ha tenido en su trayectoria ha sido la desgracia de ser un bufón de la corte, sino que todo lo contrario. Con este, que fue su quinto lanzamiento, se coronaron como una divinidad en el mundo del rock, pero de aquellas terrenales, cada vez más difíciles de encontrar. Ellos mismos juegan con la idea de mimetizarse como entidades clericales, y si no son los mesías de una entidad superlativa, por lo bajo son los emisarios de ella.


Artista: Faith No More

Disco: King For A Day… Fool For A Lifetime

Duración: 56:46

Año: 1995

Sello: Slash


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Waxahatchee – “Saint Cloud”

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Saint Cloud

Poniendo a descansar las melodías rockeras de su último álbum, “Out In The Storm” (2017), Katie Crutchfield se arma de los elementos característicos del folk y americana para enfrentarse a su etapa más vulnerable. Con un acercamiento más cálido e íntimo, “Saint Cloud” se presenta como un clásico contemporáneo del género. A través de su carrera, Crutchfield ha sido capaz de moldear el sonido de sus guitarras para representar las emociones detrás de sus canciones. Desde sus composiciones lo-fi (American Weekend”, 2012), pasando a un rock más pulido (“Out In The Storm”), hasta llegar a su disco más country, donde las melodías son tan dulces como confrontacionales.

“Oxbow”, la pieza inicial, es una vulnerable y altisonante apertura, un juego entre géneros musicales que deja al oyente adivinando qué es lo que se avecina. Líricamente, retrata el primer paso del viaje de sobriedad de la cantante, capturando los temas de adicción y codependencia en un esperanzador estribillo. “Can’t Do Much” aclara de mejor manera la gama sonora que presentará el disco, donde la voz y las cuerdas presentan los elementos característicos del americana. Si bien, en el corazón de sus discos el folk siempre ha estado presente, es en sencillos como este donde queda claro que aquí abraza el género completamente.

Sin embargo, el espíritu del americana no se encuentra sólo en las melodías del álbum, ya que este está construido como un mapa de los lugares que inspiraron cada canción presente. Algunos de estos son claros, como “Ruby Falls”, una cascada en la ciudad donde reside su gemela; un oscuro y acústico corte sobre la adicción a los opioides y sus efectos, siendo un ejemplo del combate temático y sonoro presente en el disco, entre lo esperanzador y lo descorazonador. “Arkadelphia” –una carretera en su natal Alabama– es una visita a su adolescencia, donde las cuerdas logran trazar una nostálgica melodía que ayuda a adentrarse en el flashback que relata. Y es que los espacios y la significancia de estos siempre han sido relevantes en el proyecto, desde su mismo nombre, Waxahatchee, un arroyo en su ciudad nativa, y Crutchfield siempre ha llevado sus orígenes en ella.

Los sencillos que se desprenden de “Saint Cloud” son algunas de las piezas mejor logradas de su carrera. “Fire” es un himno de autoaceptación; un diálogo interno donde cada palabra es de aliento para sí misma y para cualquiera batallando una adicción. Sin dejar jamás el espíritu country, es el acercamiento más prominente a una canción rock, con una pegajosa melodía que es alentadora como conmovedora. “Si pudiera amarte incondicionalmente, podría planchar los bordes del cielo más oscuro, para una compositora que temía escribir estando sobria, estas son algunas de sus líricas más importantes. “Lilacs” es un confesionario corte donde la artista lamenta la dependencia de un otro, un clásico atemporal donde las cuerdas y su voz muestran el progreso después de todos estos años, donde ya no tiene miedo de llenar cada espacio en el que se presenta.

Waxahatchee lleva sus influencias en la manga, asegurándose de no sonar como un tributo y logrando sacar una sonrisa al recordar un sonido que ha traspasado las barreras del tiempo. Reminiscente es el falsete presente en “Can’t Do Much” o “Lilacs”, que por un segundo emocionan al pensar en Joni Mitchell o las melodías presentes en “Hell” o “War”, que de seguro serían aprobadas por Bob Dylan. En un género con tantos clásicos como lo es el folk, la cantautora no se queda en el pasado, sino que lo estudia para su presente.

El track final, “St. Cloud”, inspirado en la ciudad donde nació y creció su padre, es una delicada pieza acústica con una desnuda interpretación vocal, dándole cierre al recorrido por las ciudades que conforman su trayectoria. Pero no sólo los lugares, sino que las personas presentes en estos: su hermana, sus padres, sus amistades, su versión adolescente e incluso David Berman, quien recibe un tributo a su nombre. Al finalizar, es claro que en “Saint Cloud” Waxahatchee ha presentado su disco más liberador y quizás el más importante de su carrera. Sin grandes decoraciones, ahonda en lo más profundo de sí misma, visitando los momentos que la hicieron ser quien es mirando hacia un futuro prometedor, con un clásico entre sus brazos.


Artista: Waxahatchee

Disco: Saint Cloud

Duración: 40:06

Año: 2020

Sello: Merge


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