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El Álbum Esencial: “Gentlemen” de The Afghan Whigs

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R&B metido en el rock con aspiraciones mainstream, hombres reconociendo errores, creatividad mezclada con generosidad, una vocación digna del salmón para nadar contra la corriente, y una conciencia adulta y comprometida. Todos estos factores se conjugaron para convertir a “Gentlemen” en uno de los discos más relevantes de una época que no le reconoció ese estatus en su momento, pero que, con la perspectiva que entrega la distancia temporal, va quedando poco a poco como uno de los bastiones escondidos de una época que fácilmente fue minimizada y estigmatizada, y que tuvo mucho más que grunge y britpop.

Hoy, es natural encontrar en la música negra a un componente esencial de los quiebres rítmicos y sonoros que hacen más rico el panorama de las canciones, pero esto tiene directa relación con la preponderancia alcanzada por el hip hop, y también por el surgimiento de intérpretes que revalorizaron el R&B para el pop. A finales de los 80 esa mezcla no era algo que impactara en el rock, pero Greg Dulli fue formado con esa impronta, viendo en figuras como Al Green, Stevie Wonder o Prince a verdaderos ídolos y, pese a vivir en un lugar conservador, sabía que en el movimiento de las caderas y el groove de un bajo bien instalado había una energía que superaba las diferencias.

Incluso al propio Dulli le costó instalar esta mezcla en su sonido característico. Le tomó un par de discos, muchos conciertos y algunas peleas notar cómo el rock de The Afghan Whigs necesitaba esa cadencia para expresar lo que se hacía urgente. En medio de franela y pelo largo, Dulli y los suyos se ponían trajes, se peinaban y combinaban. Nada de eso les quitaba potencia y se ganaron una reputación tal con ello, que saltaron desde la en ese momento quebrada, pero emblemática etiqueta Sub Pop, hacia el sello Elektra. En medio de un crecimiento basado en la diferencia, esos desencuentros hicieron que Dulli quebrara una relación y esas serían las vísceras desde las cuales “Gentlemen” se haría carne.

Aunque el disco tiene una mirada prominentemente masculina, Dulli escribe y piensa en el álbum como una forma de examinar de forma brutal las relaciones humanas, alejándose de los eufemismos y de la mentira del amor romántico. Aunque ahora existe un conocimiento de cómo la dinámica hollywoodense de pareja es algo construido, pocas veces se había puesto bajo la lupa, en especial desde una visión que ve en el hombre a un ente multidimensional que no sólo sufre, sino que hace sufrir, y que no busca una retribución o un regreso al pasado, sino que sencillamente acepta que se equivoca. Aunque no es explícito en ello, Dulli en “Gentlemen” aborda las aristas de la naturaleza de lo masculino, lo que culturalmente se le asocia, los roles que debe tomar, y mucho más. Más aún: en el disco la voz de un hombre dominante es la que poco a poco se va apagando para dar paso al acto de escuchar. No sólo existe una alquimia que transforma el vital rock de The Afghan Whigs en algo sabroso, sino que la mezcla involucra las voces y los hablantes que se disponen. En vez de dejarse llevar por el ego, está el mérito amplio de entender lo que el disco y las canciones requieren.

Desde el rol que se debe jugar (“Gentlemen”) se pasa al contraste entre lo que se espera románticamente y lo que el sentido más bruto quiere (“Be Sweet”). Las fachadas se caen en “Debonair” justo antes de la separación (“When We Two Parted”), el intento de recaída (“Fountain And Fairfax”) y el bloqueo interior inaguantable (“What Jail Is Like”). Una acrobacia de sentimientos que quiebran al hablante, que queda a merced de, por fin, escuchar. Y eso ocurre cuando Dulli le deja el micrófono a Marcy Mays, quien canta en “My Curse”, y lo hace dejando en claro que, aunque el hombre tenga un dominio dado por múltiples instancias, siguen existiendo posibilidades de igualar el campo y que el opresor sea oprimido –donde más le duele–. Con esa revelación viene “Now You Know”, acusando recibo y quitando del camino el pasado.

Este es un arco casi conceptual, pero se da con fluidez y sin elementos forzados. Quizás tiene que ver que en una sola noche Dulli hizo las voces de seis canciones, pero es más que eso. Hay un entendimiento de cómo las relaciones decaen y de la estética que la banda necesitaba disponer en un disco. “Gentlemen” enfrentó las tendencias de géneros más estáticos y dispuso el soul al servicio de la rabia de una guitarra distorsionada, o al R&B como pauta para la sección rítmica.

Viendo cómo el disco se desenvuelve, no es extraño que se rinda un homenaje a los sonidos que lo sostienen con un cover de “I Keep Coming Back”, popularizada por Tyrone Davis. En vez de usar sus palabras, Dulli entiende que existe alguien que expresa mejor eso, y a él le queda interpretar para dejar casi como si fueran los créditos el final con “Brother Woodrow”, un instrumental que parece soundtrack de película, abriendo el abanico de sensaciones.

En un álbum que busca representar prácticas masculinas, es el hombre el que queda poco a poco sin voz para dar paso a otras, otros, y al acto de oír al resto. Despojado de la carga omnipresente del ego, existe un crecimiento palpable, y donde otros hurgaban en sensaciones adolescentes de rabia y angustia, The Afghan Whigs se hace de un disco que tuvo mucho más en juego y que recién en este presente de perspectivas más conscientes se puede ver cómo intentó cambiar reglas y, más importante, mostrar el camino que se podía seguir. Lástima que no se enteraran por allá en 1993.


Artista: The Afghan Whigs

Disco: Gentlemen

Duración: 48:56

Año: 1993

Sello: Elektra Records


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Big Sean – “Detroit 2”

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Detroit 2

Como continuación directa de su mixtape “Detroit” (2012), el rapero Big Sean vuelve inteligentemente a sus raíces durante sus honestos relatos plasmados en “Detroit 2”, un homenaje a la ciudad donde creció y la plataforma inicial para su reconocimiento. El hambre por fama puede resultar un impulsor ambicioso para concretar metas y también un espacio donde los errores pueden tener un costo más alto en la carrera de un artista, y para uno como Big Sean, el intento de posicionarse con nombres como Kendrick Lamar o Drake es una vara alta. Con su quinto trabajo larga duración se muestra audaz y más consciente.

Como declaración de principios, no hay pieza más precisa que “Why Would I Stop?”, la que llega con el atrevimiento suficiente para remarcar el término “imparable”. El cantante reflexiona sobre las repercusiones que podría enfrentar si el momento que vive lo da por sentado y, consciente de sus habilidades, se muestra vibrante en sus versos, extendiendo su sensación de gratitud en “Lucky Me”, un track que va in crescendo, conducido por el relato de las dificultades que tuvo al lidiar con una aflicción cardiaca y el impacto de esto en su enfoque para enfrentar los problemas venideros durante su carrera, sin buscar la aceptación generalizada.

Acompañada de pistas que mezclan arreglos de piano más orientados al neo soul y junto a melodías que encienden el ambiente, consigue crear momentos eficaces que contrastan con las gancheras “Wolves”, canción donde Post Malone suma al nutrir otro color de voz, “ZTFO”, en la reconexión con su propósito con “FEED”, y la colaboración con Travis Scott en “Lithuania”, donde Big Sean se ve un tanto eclipsado al acomodar la esencia de la composición para asimilar lo hecho por Scott en “ASTROWORLD” (2018). La calidad instrumental se ve enriquecida por momentos sublimes, como en la introspectiva “Guard Your Heart”, donde cuenta con la participación de Anderson .Paak, Earlly Mac y Wale, quienes, con toques de jazz en su armado, elevan lo versátil de las sensaciones.

La senda bailable y de confrontación de Big Sean es innegable. Habiéndose tomado tres años desde “Double Or Nothing”, su álbum colaborativo con Metro Boomin y su anterior larga duración, “I Decided.” (2017), la influencia de estos trabajos se encuentran en las categóricas “Harder Than My Demons” y “The Baddest” (en esta última utilizando un sampler del film japonés “Godzilla vs. Mothra”). El norteamericano no duda en incendiar con su ética de trabajo cada muestra y, creando una convergencia en un gran tributo a su ciudad, en “Friday Night Cypher” tiene la participación de diez artistas, que obtienen su espacio para sumar experiencias personales que se relacionan con vivencias y decisiones intrépidas para conseguir lanzar sus carreras que conectan con el pasaje donde Eminem irrumpe con su forma de versear muy visceral, y con los característicos cambios de registro del legendario rapero.

Con momentos de agradecimiento en palabras del comediante Dave Chappelle, la cantante Erykah Badu y el gran Stevie Wonder, funcionando como aterrizajes para mantener el concepto global del álbum presente, en el cierre “Still I Rise” Big Sean entiende el punto de inflexión que provoca una carrera inmersa en la vorágine. “Algunas pérdidas te enseñan más de lo que ganar siempre podría”, es una línea donde se percibe que la visión del artista se afina e insta a mostrarse y enfrentar lo que pueda venir, debido a que sólo en enfoque puede llevarnos donde queramos, y eso es algo de lo que cada persona puede reflexionar, sobre todo en tiempos donde la incertidumbre asecha. Con “Detroit 2”, en celebración con sus pares, Big Sean se enorgullece por el camino perseguido y revitaliza el orgullo por la ciudad que fue testigo del artista que hoy, mostrando un alto nivel de convicción.


Artista: Big Sean

Disco: Detroit 2

Duración: 71:19

Año: 2020

Sello: GOOD Music / Def Jam Recordings


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