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El Álbum Esencial: “Disintegration” de The Cure

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Uno de los trabajos más arriesgados –acaso un suicidio comercial– que se haya producido en el amplio marco del post punk, de la música alternativa o del género que por designación de las casas discográficas y los medios de comunicación predominasen sobre la culminación de los ochenta. Y es que con “Disintegration” de The Cure no hay espacio para otra lectura cuando la evidencia apunta al octavo largo de la banda británica como el que llevó de regreso a la misma hacia los años de sus primeras publicaciones, desde “Three Imaginary Boys” (1979) hasta “Faith” (1981), cuando un adolescente Robert Smith sin la pintura de labios corrida cantaba sobre los dilemas existenciales propuestos por Albert Camus, el siniestrado sonido “después del punk” ocupara la atención de casi todos los artistas golpeados por la muerte de Ian Curtis, y el nombre The Cure aún no era asociado con los híbridos pop/rock más importantes de la época.

Precisamente, esto último explica por qué los ingleses –y particularmente su vocalista– fueron emblemáticos para la música y la estética bajo el régimen de la señora Thatcher: su inagotable capacidad para crear hits, lo mismo que simultáneamente estaba haciendo R.E.M. en Estados Unidos. Sumemos la institucionalización del videoclip como el activo principal de MTV: ya más de la mitad del mundo tenía tele a color y no una menor parte tenía acceso a los canales por cable, por lo tanto, pulir esa veta visual para complementar esos mini himnos pop de tufillo under era absolutamente factible. Ahí están “Let’s Go To Bed”, “The Lovecats”, “In Between Days”, “Close To Me” o “Why Can’t I Be You?” para probarlo. Con una impresionante cifra de 45 registros en este formato, The Cure es la banda con más videoclips en la historia.

Si el grupo decide seguir este camino, entregándose a la borrachera optimista de sus melodías y transformándose en el paladín del dogma audiovisual con la aprobación masiva del público y la crítica, ¿qué tuvo que pasar para que esta postura se torciera? Alguna vez Robert Smith declaró haber tenido como objetivo específico completar su obra maestra antes de cumplir los 30 años (su deadline era 1989), algo que en el prisma del compositor estaba lejos de ocurrir si seguía editando discos con el corte de “The Head On The Door” (1985), trabajo que justamente despejó los prejuicios del mercado norteamericano y permitió que la agrupación triunfara de manera definitiva en aquel con sus lanzamientos posteriores. La imagen de Smith se adivinaba cada vez más grisácea y, por supuesto, las drogas, el componente autodestructivo y la inestabilidad emocional en el músico iban haciendo su parte. En 1987 se publica “Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me”, un registro mucho más que transitorio hacia el descenso programado de la banda, donde la condición flagelante del autor partiría el disco en dos mitades. Nos guste o no, la figura de Robert Smith trasciende sobradamente al colectivo de The Cure, por eso en los dormitorios de medio planeta hacia los ochenta lucía el poster solitario del cantante. Pasó con Jim Morrison, pasó con Michael Hutchence, pasó con Kurt Cobain; lo propio con Russell Hammond en el Stillwater de la cinta “Almost Famous” (2000).

A pesar de lo anterior, en “Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me” todavía se fijaba un grueso remanente del The Cure más festivo, aquel que no tuvo problemas en desarreglar su teatralidad para comulgar con todos quienes fueron susceptibles a su ennegrecido sonido original. El equilibrio se sostuvo y canciones caleidoscópicas como “Catch”, “Just Like Heaven”, “Hot Hot Hot!!!” o “The Perfect Girl” pudieron nivelarse sin entorpecer el paso de otras como “One More Time”, “The Snakepit”, “A Thousand Hours” o “Like Cockatoos”. Aunque pueda ser incómodo para algunos, The Cure fue perfectamente capaz de armonizar su semblante arcoíris con su porción más brumosa sin que a Robert Smith se le despeinara un solo mechón. Por el contrario, en el momento más celebrado de su carrera la banda británica cayó en la inmolación para abandonarse a las inquietudes de su líder, y con esto firmar la producción más brillante y doliente de toda su historia: “Disintegration”.

El disco que Kyle Broflovski de South Park no dudó en definir como “el mejor álbum jamás hecho”, representa la expiación que Smith tanto necesitaba y la magnum opus que tanto le urgía. La banda se radicaliza completamente al negro para deambular por la derrota, el cansancio, la angustia y, sobre todo, por la pérdida. Y es que esto último es parte de la hipótesis central de una pieza que sangra por lo mismo en todos sus rincones. El abandono, la desilusión y el tiempo que “desintegra” todo se asumieron como el muestrario más lóbrego de la crisis que Smith atravesaba y por la que experimentó un desapego de la realidad. Hacia 1988, los rumores sobre la separación de The Cure eran frecuentes, sin embargo, después de que el compositor paradójicamente se casara con su pareja de toda la vida, Mary Poole (quien debe tener un lazo trascendental con aquel), este no hizo más que tomar distancia de todo para escribir las letras de “Disintegration” en total aislamiento. Sí, el tipo se alienó en el complejo del artista maldito, pero poco hay para decir al respecto cuando sabemos que su versión primigenia nace a partir de la poética más oscura del existencialismo.

Desde su primer corte, “Disintegration” admite que la nostalgia es el nicho que va a explotar: “Plainsong” multiplica la voz de Smith para adosarla a la épica involuntaria de su teclado, mientras la guitarra del propio autor duele como en poquísimos temas del grupo. Se pliega inmediatamente “Pictures Of You”, y The Cure proyecta la canción que de facto debe simbolizar su legado. La vocalización de Smith se lastima al extremo para el correlato diluido en el álbum y para anticipar que el tema tendrá una continuación natural en la maravillosa “A Letter To Elise” de “Wish” (1992). Los cuatro singles del registro van dando cuenta del sabotaje que la banda impuso sobre el que hasta ese instante era su pasado reciente. A discutir: “Pictures Of You”, un corte de 7:30 de duración que no tendría espacio difusivo en el dial; “Lovesong”, que no bien se presenta como la pieza más radial del track listing, permanece siempre unificada con el mismo, contaminada con el desgarro afectivo del conjunto; “Lullaby”, la composición más trágica de The Cure, cuya lenta cadencia es tan inmensamente icónica de la agrupación como el videoclip biográfico de Smith, en el que aquel yace cataléptico ante sus miedos (“El Grito” de Munch y los payasos de Gacy quedan cortos después de esto); y “Fascination Street”, el ejemplo más claro de que el LP fue un ensayo retrospectivo hacia el concepto musical que los ingleses adoptaron a fines de los setenta.

A lo anterior hay que agregar las largas introducciones que tomaron parte no sólo en los sencillos, sino que en todas las canciones del álbum. Porque “Disintegration” es una obra fundamentalmente instrumental. Estrujando una vez más la máxima capacidad del nuevo formato CD que ya se extendía por el mundo (a Chile le quedaba un buen tiempo de romanticismo con el casete), los de West Sussex flanquearon el trabajo con sendos y complejos arreglos atmosféricos, los que crearon el escenario ideal para la verborrea catastrófica de Smith. Mientras que temas como “Closedown” o “Last Dance”, que no superan los 4:30 de duración (de las más cortas del disco) incluían prólogos acompasados de 2 minutos, otras como “Prayers For Rain”, “Homesick” o la estremecedora “The Same Deep Water As You” dilataron su extensión y aportaron en la cohesión rítmica y contemplativa de la placa. Justo en medio, el sonido de la guitarra de Smith –ese que adeuda tanto el dream pop de alto vuelo– tuvo su reedición a través de un pedal phaser que, en un tono disminuido, incorporó la oscurísima psicodelia del registro, corriendo paralelamente con las notas malheridas de Roger O’Donnell en teclados y sintetizadores. Luego está el extraordinario bajo de Simon Gallup, que traza una línea independiente en la suma para tomar el protagonismo cuando la voz y los motivos del cantante agonizan.

Es inmediatamente después de que Smith vomita toda su incontinencia emocional en medio del vertiginoso beat del corte homónimo del disco, y luego de que la resignada “canción sin título” (“Untitled”) cierra de tan hermosa forma el relato, cuando nos tenemos que preguntar por qué “Disintegration” puede calificarse como un álbum esencial. La razón principal se descubre sola: rupturismo en una banda esencial para la historia de la música. Si el cambio de paradigma fue tan acertado como para servir de benzodiacepina a Robert Smith, y tan bien recibido por el público como para hacer olvidar la tendencia resultadista de los hits de tres minutos, entonces el giro pre noventas que dio The Cure es imprescindible. Las razones secundarias que las atesore cada oyente.


DisintegrationArtista: The Cure

Disco: Disintegration

Duración: 71:47

Año: 1989

Sello: Fiction


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Fontaines D.C. – “Skinty Fia”

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Skinty Fia

Usualmente, cuando se habla de tradición cultural de un país, y en especial cuando se habla de música, se suele recurrir a los arquetipos folclóricos y, más específicamente, al folk en su estricto sentido, ya que los instrumentos de cuerda eran la arquitectura de la lingua franca musical de los pueblos europeos antiguos, sin embargo, Irlanda parece vivir en un mundo paralelo entre esta dinámica y las nuevas tendencias. Son un pueblo con historia, muchas veces no muy agradable ni muy alegre, pero historia, al fin y al cabo. Décadas de artistas –que no viene realmente al caso enumerar– tienen una nueva escala histórica en Fontaines D.C., el novel quinteto de Dublin, quienes con sólo dos álbumes de estudio enamoraron al mainstream con sus melodías abrasivas y oscuras. El tercero de ellos se llama “Skinty Fia” y apareció este 2022.

Ahora bien, ¿por qué viene al caso citar a Irlanda al mismo tiempo que a Fontaines D.C., aparte de lo obvio? Porque la raigambre de Fontaines D.C. en su cultura es mucho más fuerte que el que otras bandas contemporáneas tienen con la suya. Y esto no necesariamente quiere decir que ahora hagan folk celta ni nada por el estilo, el hilo del que tiraron para este disco no va muy lejos de la madeja del que vino “A Hero’s Death” (2020), pero las referencias a su legado cultural parten por el título del álbum, que es una expresión irlandesa que podría traducirse como “la maldición del ciervo” o “la condenación del ciervo”, y la canción que abre el álbum, “In Ár gCroíthe Go Deo” (en nuestros corazones por siempre), la que tiene como inspiración la historia de Bernadette Martin y la lucha de su familia luego de su muerte para que esta inscripción quedara en su tumba, justo debajo de una cruz celta, para disgusto de la iglesia de Inglaterra.

Uno de los aspectos más destacables de “Skinty Fia”, en contraposición a sus anteriores LPs, se nota a poco andar: hay una vocación melódica en lo vocal muchísimo más notoria, que tiene como botón de muestra a “Big Shot”, que, a pesar de su ambiente cavernoso, la voz resulta ceremoniosa y armoniosa por partes iguales, mientras que el llamativo lick de guitarra la adorna en las partes precisas. Más allegado a sus anteriores trabajos está “How Cold Love Is”, con un Grian Chatten retomando sus labores de crooner desgarbado y post-punketa. El apesadumbrado y agobiante viaje que resulta el componente instrumental (en especial las guitarras de Carlos O’Connell y Conor Curley, pese a los “sha la la’s” de fondo) de “Jackie Down The Line”, se ve compensado con la voz de Chatten. Curiosamente, y pese a tirar con fuerza del downtempo en “Bloomsday”, no se siente tan pesada como “Jackie Down The Line”, quizás porque el trasfondo en parte es algo más alegre: el Bloomsday es la celebración que se hace cada año cada 16 de junio “conmemorando” la reunión que tuvieron los personajes de “Ulises”, la obra ilustre del más célebre escritor irlandés James Joyce, otro gancho a su herencia.

La envidiable aptitud melódica que despliegan en uno de los singles de “Skinty Fia” y, al mismo tiempo, uno de los puntos altos del mismo que es “Roman Holiday”, bien podría funcionar como un mundo aparte en el álbum y servir como material para futuros lanzamientos. Y en esa misma senda camina la canción que le da nombre al título, aunque, si hay que ponerlas en orden de melodicidad, la primera se lleva la corona. Por otro lado, la melodía de acordeón a manera de trova gaélica sobre la que reposa “The Couple Across The Way” no necesita más que lo que tiene para clavar otra estaca en el camino diverso que a estas alturas es “Skinty Fia”.

Con “I Love You” y “Nabokov” como broche de oro se termina por fraguar el mejor álbum en lo que va de la corta carrera de los de Fontaines D.C., donde, sin renunciar a su naturaleza agreste, optaron por hacer más con aquello que se han traído entre manos durante todos estos años, mezclando guitarras furiosas con bloques de cadencia, tanto en lo vocal como lo instrumental, y llevando al oyente a ver las cosas como ellos e introducirlos en su mundo. ¿La tercera es la vencida? Más bien, la tercera es la primera de la que se esperan muchos más y demostraron que hay pasta para construirla.


Skinty FiaArtista: Fontaines D.C.

Disco: Skinty Fia

Duración: 44:52

Año: 2022

Sello: Partisan / Rough Trade


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