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DIIV – Is The Is Are

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Es bastante arriesgado presentar canciones que no tienen un sustento discográfico, desafío que DIIV asumió hace años en sus directos, entregando constantes adelantos de lo que posteriormente sería su segundo trabajo de estudio. Luego de liberar una serie de éstos, “Is The Is Are” (2016) llega como el tan esperado sucesor de “Oshin” (2012), otorgando un viaje por cielos pintados de dream pop, con guitarras y distorsión en grandes dosis y un espíritu que profesan desde sus inicios.

DIIV 02De manera plena, DIIV entrega un manifiesto de su esencia desde “Out Of Mind”, canción que da la partida al álbum con esa guitarra tan shoegaze transformada al dream pop. La voz de Zachary Cole Smith permite transportarse a un mar de nubes, en un viaje que se prolonga hacia el comienzo de “Under The Sun”, donde la batería y el bajo marcan el ritmo necesario, con el encargado de las cuatro cuerdas, Devin Rubin Perez, demostrando con creces lo clave que es en el especial sonido cultivado por los neoyorkinos. “Bent (Roi’s Song)” pone la cuota decadente y melancólica, elementos fundamentales en el amorfo sonido de la banda; los instrumentos se funden en un constante ejercicio, algo repetitivo pero lleno de concentración, sin ninguna nota fuera de lugar, ni detalles que sobren. Es así como todo sigue su curso con “Dopamine”, ilustrando lo ordenado y claro de este disco, que entrega una propuesta concisa y sin titubear entre una idea y otra.

La creación musical basada netamente en la guitarra, algo tan característico del quinteto, se sostiene bajo las influencias del indie noventero, lo que se evidencia en “Blue Boredom (Sky’s Song)” –que cuenta con la colaboración vocal de la artista Sky Ferreira, novia de Zachary–, una composición inspirada absolutamente en Sonic Youth y esos recordados duetos guitarra-voz de Thurston Moore y Kim Gordon. “Valentine” se desliza bajo oscuros sonidos, en lo que pareciera ser un sample del solo de guitarra presente en “Ode To Viceroy”, canción de su compañero de sello, Mac DeMarco. El bajo de Devin se mimetiza con las cinco cuerdas ejecutadas por Zachary y Andrew Bailey, con un manejo y fiato sonoro increíblemente sincronizado en canciones como “Yr Not Far” o la melancólica “Take Your Time”, que además expresa una mayor demostración de su influencia cargada al indie.

DIIV 01“Is The Is Are” le da una pausa a la distorsión acelerada, para luego suavizarla ligeramente en “Mire (Grant’s Song)”, que hace enloquecer todos los instrumentos, concentrándolos en una sola idea sonora, una pared de ruido que cobra vida propia para desvanecerse en lo que es “Incarnate Devil”, que cierra el pasaje principal del álbum. “Healthy Moon”, que es antecedida por el pequeño interludio “(Fuck)”, irrumpe prácticamente como un bis para la banda, tal como si fuera una presentación en vivo. Esa delicadeza tiene continuidad en “Loose Ends”, que empieza a despedir el disco con todos los elementos desplegados en los tracks anteriores. Un nuevo interludio, “(Napa)”, precede la descarga de ruido y guitarras cargadísimas al shoegaze de “Dust”, y a la desoladora y pausada “Waste Of Breath”, que cierra el álbum con una tranquilidad interrumpida por las distorsionadas guitarras que se desvanecen en el aire, ejecutando notas que explotan hacia la eternidad.

Con solo dos LP’s en su carrera, DIIV ha sabido dar forma a un sonido propio y plasmarlo en sus discos y presentaciones en vivo. Si bien 2016 recién comienza, este álbum se alza como uno de los puntos más destacados de lo que va de año. Zachary y compañía entregan frescura, actitud y dedicación en una placa que demuestra que las segundas partes pueden ser mejores.

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El Álbum Esencial: “Undertow” de Tool

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La portada de todo álbum debiese generar impresiones anticipadas sobre el contenido que este alberga. Bajo esa lógica, ver esa especie de caja torácica roja –que en primera instancia tendría a una mujer obesa y desnuda dentro de ella, pero fue censurada– delante de un fondo negro, no puede más que desconcertar. Si a eso se le suma el intrigante título, “Undertow” (“Resaca” en inglés), esto sólo pude verse potenciado. La estética visual de todo esto simplemente respondía a la proyección del vivo reflejo de la música de Tool. Agonía y desconcierto, no existe otra forma de describirles.

Sin duda alguna, aquello que encierra esta criptica iconografía y perfora nuestro cerebro desde los oídos es difícil de clasificar para la época, o incluso hoy por hoy. A mediados de los 90, todo lo que sonara más o menos distorsionado solía ser etiquetado de grunge o, en el mejor de los casos, como rock alternativo. Pero acá había una diferencia: el uso que se dio a la oscuridad. No hablamos del manto de sombras melancólicas que rodeaba al común de la música de la denominada Generación X, sino que de una penumbra mucho más densa que se manifestaba mediante una catarsis brutal. Pese a su crudeza y visceralidad, también encontramos niveles de introspección y sutileza muy alejados de los márgenes de la escena de la costa oeste estadounidense.

Es habitual que los álbumes debut de una banda expongan una continuidad estética en referencia a los demos, cosa que acá no ocurre. “Undertow”, para ser el primer larga duración, es sumamente complejo, pues marca un temprano punto de inflexión en el trabajo de los oriundos de Los Angeles, cosa que en otras agrupaciones ocurre entrada la discografía. Hay acá una sonoridad mucho más oscura, la que comienza a reemplazar progresivamente el rock más frontal y acelerado presente en el EP “Opiate” (1992). Los temas de tres minutos en donde se lograba apreciar la influencia hardcore que posee la banda, comenzaron a alargarse hasta los seis o más debido a un aumento de versatilidad en las estructuras de cada canción, en donde los pasajes instrumentales empezaron a tomar cada vez mayor relevancia. Comenzaban así a ganarse paulatinamente la etiqueta de “progresivos” y vaya que lo merecían.

Aunque pudiese ser paradójico, la guitarra de Adam Jones no se caracteriza por exponer las destrezas sobrehumanas con las que se está habituado en la mayoría de las bandas denominadas como metal progresivo, aun así, demuestra una técnica inconfundible, en donde el juego entre tonalidades densas y frecuencias que bordean la estridencia entregan diferentes matices a las composiciones. “Bottom”, tema en donde colabora el eterno Henry Rollins, es quizás el más claro reflejo de esto. Por su parte, el trabajo en el bajo de Paul D’Amour suena de forma penetrante y aguerrida, batallando el protagonismo rítmico y melódico en cada compás. La potencia y misticismo de “Flood” se debe en gran medida a la labor de este instrumento. Mismo misticismo que –con vidente de por medio– rodea la salida del bajista tras una gira por Europa promocionando el disco. En el futuro no lejano, sería el británico Justin Chancellor quien se haría cargo de las frecuencias bajas hasta la actualidad.

Si bien, en los instrumentos de cuerdas no podemos apreciar una técnica elevada como lo demandaría el género progresivo, aquello sí se puede hallar en la percusión. Probablemente, la rítmica que impone Danny Carey es el componente más experimental de la propuesta de Tool en sus inicios. Aunque aún no incorporan estructuras demasiado complejas como en posteriores discos, es notoria la variabilidad de los tiempos y la sagacidad con la que se pasea por la batería. Prueba de ello son temas como “Intolerance” o “Swamp Song”. Punto aparte también es el poderoso registro vocal del hoy endiosado Maynard James Keenan, clave para dar forma al tema homónimo del disco, en donde es capaz de saltar de fraseos melodiosos a desgarradores gritos, pasando por diabólicos arrullos con una facilidad inexplicable. Además, durante la promoción del álbum ya comenzaba a dar cuenta de esta particular visión del espectáculo, dado su singular desplante escénico.

Pese a que Tool suele ser clasificado como metal progresivo, en “Undertow” lo vanguardista está en mantener elementos minimalistas al alero de una gran sensibilidad instrumental. Es cosa de escuchar temas que quizás pasan más desapercibidos, como “Crawl Away” o “Swamp Song”, para dar cuenta de aquello, y ni hablar de temas como “4°” y “Flood”, que empezaban a dar pequeños, pero ahora evidentes indicios del camino que la banda tomaría en sus posteriores discos. Quien haya escuchado los casi 16 minutos de “Disgustipated” y diga que no es vanguardista, debe comenzar a cuestionar sus concepciones del mundo.

En cuanto a sencillos, el primer LP de la banda nos entrega “Sober” y “Prision Sex”, los cuales fueron acompañados de perturbadores videoclips promocionales, dirigidos por el mismo Adam Jones. El primer tema, en un ejercicio sublime de minimalismo al ser guiado por una secuencia repetitiva de tan sólo dos acordes, nos habla de la adicción del alcohol –incorporando la concepción cristiana del pecado–. Mientras tanto, el segundo relata la brutalidad de la violación infantil. Este último, dado lo tétrico de las imágenes y la crudeza de su letra, fue duramente censurado por las cadenas televisivas de música, pero como ha ocurrido a lo largo de la historia, el morbo ante lo prohibido sólo ayuda a atraer nuevos adictos e incrementar el peso de los cultos.

Así es como “Undertow”, con todos sus componentes, establece los cimientos de la catedral que posteriormente construiría Tool, dando pie para un largo legado que sigue influenciando a un sinfín de bandas de diversos estilos. Si bien, suele ser denostado por ser el disco menos experimental de la banda y, por ende, el con menos teorías conspirativas alrededor de él, su sonido más duro ha ayudado a consolidar a un grupo no menor de fanáticos de esta obra, quienes incluso profesan que este es el mejor de todos los lanzamientos del grupo. Pero ¿puede segmentarse la discografía de Tool y no comprenderla como un todo? ¿Hay realmente un mejor Tool? Preguntas tan complejas como sus respuestas y el objeto al que apuntan.

De todas formas, sí se puede asegurar algo: ser fan de Tool es probablemente uno de los actos de masoquismo más grandes dentro de la ya auto flagelante vida de los melómanos –podría incluirse dentro de esta patología el ser fan de Radiohead; si se es de ambos, el diagnostico debe ser crítico–. Y es que sentir atracción por aquello que no logramos comprender, por aquello que nos desestabiliza mentalmente por no poder apropiárnoslo, debe ser uno de los males más viejos de la historia de la humanidad. Aquel primer trago de la banda, sin duda, ha generado una resaca que sigue palpitando en nuestras cabezas. Lo único que se espera es mantenerla hasta que Maynard y compañía nos entreguen una nueva dosis de su tan ansiado licor.

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