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Depeche Mode – “Spirit”

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La llegada de Donald Trump al sillón presidencial de la Casa Blanca fue un suceso que marcó al mundo y, para muchos, se ha transformado en la señal más clara de que la sociedad va en un descenso que parece no tener vuelta atrás. Entre las masivas manifestaciones en contra del mandato del magnate norteamericano, las más vistosas han venido del mundo del arte, sobre todo de la industria musical, donde cientos de artistas se han cuadrado en contra de Trump y todo lo que su figura representa. Es así como el primer sencillo de Gorillaz en años es una canción que critica implícitamente al presidente estadounidense, mientras que otros músicos han recurrido a formas más explícitas y violentas de exponer su disgusto, decapitando derechamente al mandatario, como lo hizo Marylin Manson en el teaser del video de “SAY10”, o dándole un balazo en la cabeza, como se puede apreciar en el más reciente -y controversial- video del rapero Snoop Dogg. Ya sea con una metáfora sutil o una explícita ejecución, el mundo de la música ha aprovechado este terremoto social para parir material y entregar un mensaje al mundo, apelando a la esperanza, a la desazón, a la rebelión o a la reflexión, algunas veces logrando buenos resultados, mientras que en otros no tanto. Lamentablemente, el decimocuarto álbum de estudio del trío británico, Depeche Mode, se encuentra en el segundo caso.

A cuatro años del lanzamiento del sólido “Delta Machine” (2013) las expectativas por un nuevo lanzamiento de los ingleses eran altas -como siempre-, sobre todo cuando se dio a conocer el título del álbum y su temática. “Spirit”, presentado con una carátula cuya ilustración muestra a un grupo de manifestantes levantando banderas y marchando mientras sostienen un lienzo con el nombre del grupo escrito en él, dejaba en claro que este nuevo LP iba ir orientado a lo social, en una apuesta que sonaba interesante para una banda que suele manejarse mejor en la exploración de los recovecos más profundos del ser humano. Esta premisa fue rectificada con “Where’s The Revolution”, donde se pudo apreciar este llamado de Depeche Mode a la “población durmiente” a tomar las riendas del asunto y también, irónicamente, la falta de espíritu de la propia banda en uno de los sencillos más insípidos de su carrera, lo que resulta paradójico cuando lo que se busca con este es contagiar de energía a la audiencia. Lo peor es que este sinsabor empapa a gran parte de “Spirit”, que después de presentar un potente comienzo entra en una curva descendente de la que le es imposible encumbrar el vuelo, a pesar de contar con unas cuantas canciones rescatables que salvan a este larga duración de no ser completamente olvidable.

“Going Backwards” es un digno comienzo, musicalmente hablando, porque, a pesar de contar con un buen ritmo y un coro ganchero que invita a hacerse parte del viaje, a ratos puede parecer efectista por lo manoseado de su mensaje, en otro de los elementos clave que juega en contra del álbum en sus pasajes más contestatarios, ya que tomando en cuenta que Martin Gore tomó parte, total o parcial, de la composición y lírica de todas las canciones, sorprende lo simplista de la forma en que escogió entregar su crítica. Uno esperaría que una banda con la trayectoria y bagaje que tiene Depeche Mode hubiera dado una vuelta de tuerca al asunto y nos hubiese hecho reflexionar desde una perspectiva más interesante, pero en constantes ocasiones nos encontramos con letras que pudieron haber sido escritas por cualquier otra persona, y eso es bien mata pasiones cuando viene de una agrupación que con cada lanzamiento se las arregla para innovar y seguir demostrando que son unos referentes musicales a nivel mundial. Canciones como la ya mencionada, “Where’s The Revolution”, o la que cierra el disco, “Fail”, pierden fuerza al caer en el cliché, en la protesta trivial. Aunque logran dar en el clavo en algunas ocasiones, como en la pesimista y amarga “The Worst Crime”, no es suficiente para un conjunto de su categoría, haciéndonos sentir que esto fue una gran oportunidad pérdida en este ámbito.

Por suerte, cuando se trata de tocar temas más introspectivos y personales, Depeche Mode jamás se equivoca. Y ahí están cortes como la sentida “Cover Me”, o las más movidas “Scum” y “You Move”, erigiéndose como lo mejorcito entre estas doce nuevas composiciones, ya que el resto, a pesar de contar con alguna que otra chispa de inspiración, parecen sacadas de un disco de lados B, o lisa y llanamente incompletas. “Eternal” posee delicadeza y sentimiento, pero es tan breve que no alcanza a llegar al peak de su propuesta. “Poison Heart”, “Poorman” y “So Much Love” son tres canciones que parecen haber sido recicladas de discos anteriores, haciendo uso del blues o el synth pop, que tan bien han sabido explotar en otras ocasiones, aquí sonando planos y carentes de matices. Es cierto que gran parte de los discos de Depeche Mode se digieren mejor, e incluso llegan a hacerse más grandes después de varias escuchas, pero en este caso a cada nueva revisión la sensación de que tomaron un puñado de samples y letras, y las pegaron a la fuerza para dar vida a este disco, se acrecienta. No existe un relato redondo como el que mostraron en placas de su etapa más reciente y que comparten una sonoridad similar, como “Playing The Angel” (2005) o “Sounds Of The Universe” (2009), y este problema puede radicar en que trataron de tomar como norte un tema al cual no pudieron encausar a buen puerto, y que a todas luces no encaja con el estilo de la banda.

En definitiva, el espíritu está más ausente que nunca en este nuevo disco de Depeche Mode, en el que puede ser considerado su lanzamiento más bajo desde “Exciter” (2001). No es una abominación, ni tampoco candidato a lo peor de lo que va del año, pero sí una decepción que opaca una racha de lanzamientos impecables, provocando aún más congoja cuando se sabe que la banda puede entregar más de lo que muestran estas doce alicaídas canciones, y sobre todo cuando su intención era la de dar un tirón de orejas a las masas. Nuestro consuelo radica en que en vivo Depeche Mode siempre ha dado una nueva vida a sus temas, por lo que es de esperar que “Spirit” muestre su verdadero potencial sobre un escenario, ya que en estudio lamentablemente queda al debe.

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Florence + The Machine – “Dance Fever”

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Dance Fever

“Dance Fever”, el nuevo disco de Florence + The Machine, funciona al menos en dos niveles: por una parte, y como su nombre lo indica, es una declaración de amor al baile y a la música en general y, por otra, podemos considerarlo como una especie de diario o crónica de la pandemia, con el encierro como uno de sus motivos principales. Lo anterior lo vuelve en un disco intimista por momentos, mientras que en otros parece abrirse hacia el afuera, como si de un momento a otro la cuarentena hubiera acabado. Esto también genera varios contrastes entre las dos caras presentadas, condición dual que parece verse acrecentada por el hecho de que el disco cuente con dos productores, quienes se ven cada uno asociado a una de estas facetas del disco respectivamente.

En lo relacionado estrictamente al sonido, hay canciones donde las guitarras juegan un rol más protagónico que en sus discos anteriores, imponiéndose sobre los pianos que marcaban a sus predecesores. Hay momentos en los que la voz de Florence está apenas acompañada por instrumentación, como en algunos pasajes de “Free”, o más notablemente en “Back In Town”, donde de la voz adquiere un indisputado protagonismo, irguiéndose épica e íntima a la vez, casi como un discurso religioso o una confesión. Este dejo espiritual es algo que también atraviesa al álbum en su totalidad, como lo demuestran “Girls Against God”, “Dream Girl Evil” y “Prayer Factory”. La primera es una canción pandémica, donde, desde las cosas cotidianas, la voz se queja a Dios por la situación de encierro que la aleja de su vida creativa; “Dream Girl Evil”, por su parte,  se enlaza con “King” (que abre el disco) al tratar ambas de las ideas que la sociedad impone a las mujeres, “King” refiriéndose sobre todo a la maternidad versus la carrera artística (“No soy madre / No soy novia / Soy rey”), mientras la otra funciona irónicamente, y donde Florence asume las cargas negativas impuestas y las subvierte para hacerlas propias.

La que parece abrir una nueva sección del disco es “Cassandra”, con un acercamiento al mito griego relacionándolo con la pandemia del Covid-19. El track también recupera el tópico de la música como un espacio curador y necesario para la artista, motivo ya tratado en “King”, “Free” y “Choreomania”, aunque esta vez centrado específicamente en la conexión música-espectador. Si aquí vemos a una Florence alejada de su capacidad de relacionarse con el público por las condiciones del encierro, esto se profundiza en “Heaven Is Here”, una canción que no llega a los dos minutos de duración, pero que condensa buena parte de lo que “Dance Fever” tiene para ofrecer: preguntas sobre la espiritualidad y la religión, cuestionamiento de lo asociado a lo femenino y la relevación de la música como parte fundamental de la persona de Florence: “Y cada canción que escribí se convirtió en una cuerda de escape / Atada alrededor de mi cuello para llevarme al cielo”. “Daffodill” cierra esta tríada con una especie de renacimiento de la artista; también inspirada parcialmente en la mitología griega, esta parece ser el renacimiento de la compositora como una figura poderosa y sobrenatural, todo en relación con la música, haciéndose mítica a sí misma.

“My Love” es el corte más típicamente bailable, donde el sonido parece un poco fuera de lugar con el ánimo que venía arrastrando el disco, pero que, aun así, mantiene el tono en lo que a la letra respecta. De esta forma, la canción se levanta como el momento más cercano a un pop de radio y fiestas, pero con una Florence cantando acerca de la imposibilidad de encontrar un lugar donde depositar el amor que siente, asociado esto nuevamente a la condición del encierro obligatorio. “The Bomb” vuelve a la pausada intimidad de los primeros cortes para hablar de la incapacidad de encontrar lugares o personas adecuadas donde llevar estos sentimientos, en una confesión de los problemas de la artista para poder establecer relaciones reales y duraderas. En la misma tónica, llegamos al final del disco con “Morning Elvis”, que nos relata una pequeña anécdota de Florence no siendo capaz de ir a Graceland para ver la tumba de Elvis Presley debido a una terrible resaca. Aquí se hace un paralelismo entre la figura del “Rey del Rock” y la propia Florence, ambos retratados en su carácter de estrellas con problemas de adicción, una con mejor final que el otro, esto gracias a la relación con la música que una vez más se muestra como la salvadora a un nivel personal de la artista.

“Dance Fever” es un disco que funciona perfectamente en lo que se propone, en el que, sin embargo, hay un par de momentos que parecen no estar del todo bien incorporados a la totalidad del álbum. Más allá de esto, el quinto larga duración de Florence + The Machine es una gran demostración de su talento y versatilidad, lo que dejará contentos tanto a sus fans ya convencidos como a quiénes no estén tan familiarizados con la obra de la artista inglesa y sus músicos.


Dance FeverArtista: Florence + The Machine

Disco: Dance Fever

Duración: 47:12

Año: 2022

Sello: Polydor


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