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Depeche Mode – Delta Machine

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La modernidad es un concepto cada vez más extraño. Se llega incluso a seguir lo que Jean-Francois Lyotard indica como la posmodernidad, que es el pensamiento que intenta dar el paso más allá y elucubrar un pensamiento que vaya más allá del hombre y sus necesidades, y que se demuestre más como un ente intermedio entre pensamiento y acción, más que identidades manifiestas o rótulos descriptores. El sujeto es un objeto y, como tal, adopta formatos que importan más que su humanidad. Por eso es tan interesante que la música de una agrupación se las arregle para sonar fresca y moderna por más de tres décadas. De hecho, es prácticamente imposible que eso ocurra sin que los sujetos queden detrás de su obra. Kraftwerk lo entendió hace rato y logró la inmortalidad de su propuesta asumiéndose como partes de un engranaje más allá de ellos mismos, una propuesta propia.

Depeche Mode ha hecho eso a escala humana. Sabemos que Dave Gahan se expresa de una forma específica, que Andrew Fletcher genera melodías con sonidos improbables y que Martin Gore tiene en su guitarra una reserva de electricidad que potencia cualquier composición. Y esto queda en manifiesto una vez más en su excelente decimocuarto disco, “Delta Machine”, digno de los mejores DEPECHE MODE 02trabajos de una banda que en materia de hits a veces tiene bajones, pero cuya calidad –excepto por un par de lanzamientos- siempre los deja a la vanguardia del pop.

El primer bocado de “Delta Machine” es distinto al resto del disco, una excepción incluso a la mayoría de su legado. “Heaven” es una balada ortodoxa, calmada, intensa, suave y con unas segundas voces de Fletcher que, como pocas veces, opacan la omnipresente interpretación de Gahan dándole un tinte único a esta canción. Allí, en cuatro minutos, DM demuestra que no caerá en el plagio a sí mismos y que “Delta Machine” no es un disco en piloto automático, aunque tuvieran que hacer canciones “raras” en el proceso.

Esto es importante, porque el último lanzamiento de DM, “Sounds Of The Universe” (2009), decepcionó a muchos fanáticos precisamente por tener poca sangre y demasiado cerebro. A Gahan y los suyos no les resulta pensarse como seres eclécticos y distantes. Tampoco el jugar a que son dioses y que cualquier estilo les calza, como pasó en “Playing The Angel” (2005). Por eso es que probablemente muchos digan que “Delta Machine” es el mejor álbum de DM en la última década, y es así, e incluso es mejor que “Exciter” (2001). Es que el minimalismo que se respira en muchos tracks es la frescura y agilidad dentro de los sonidos que le hacía falta al combo británico desde hace rato. De hecho, la única canción que decepciona dentro del álbum no resulta ser “Heaven”, sino que “Soothe My Soul”, que no es más que una composición sacada del molde de éxitos como “Personal Jesus” que puede sonar muy bien, pero que no deja de tener ese dejo de nostalgia que resulta ser el único puente con el pasado de “Delta Machine”, echando por tierra la novedad y la modernidad de este registro.

DEPECHE MODE 01A su modo, no podemos evitar pensar en el blues como una influencia. “Angel”, “Slow”, “Goodbye” y, en menor medida, “Should Be Higher” presentan el swing de aquel estilo como la columna vertebral de canciones intensas y que hacen pensar en estos Depeche Mode más concentrados en que los escuchen y no en que provoquen ganas de bailar. De todas formas tenemos tracks más cercanos al synth-pop que sí logran el efecto de convertir los audífonos en una pequeña pista de baile, como la ya mencionada “Soothe My Soul”, la industrial “Soft Touch / Raw Nerve” o la minimalista y sensual “My Little Universe” que es la que mejor resume lo que es DM en este disco. No sólo hay un synth-pop de gran calidad en este track, sino que también la evolución narrativa y el in crescendo musical consiguen generar una atracción muy fuerte sobre una canción que explota sobre el final.

Está claro que hay bajones como la bonita pero poco potente “The Child Inside” o la languidez del inicio con “Welcome To My World”, pero la gracia es que incluso estos deslices logran ser parte de un todo que marca coherencia a través del uso de la tecnología por parte de músicos que entienden que sólo las emociones y la identidad pueden sobreponerse a la omnipresencia de las máquinas.

Depeche Mode es un grupo de personas, de seres humanos, y justamente eso les permite dominar a las máquinas y dotar de onda (aún más) a su propuesta con el uso inteligente, respetuoso y riesgoso del blues, precisamente un componente que, aunque parezca del pasado, les da una cuota de actualidad y modernidad muy grande. Mal que mal, Depeche Mode nunca había sonado así antes.

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1 Comentario

1 Comentario

  1. Fernando

    28-Mar-2013 en 1:17 pm

    Muy buena columna. Una sola precisión: las segundas voces de “Heaven” son de Martin Gore. Saludos!

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DIIV – “Deceiver”

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Deceiver

Desde su debut, la imagen de DIIV –y en particular la de su líder, Zachary Cole Smith– ha sido asociada a los estereotipos de los iconos del rock noventero, con una estética grunge que, para felicidad de Smith, les valieron numerosas comparaciones con su ahora ex modelo a seguir, Kurt Cobain. Sin embargo, la música de la banda nunca sonó similar a Nirvana o a sus coetáneos. En “Oshin” (2012) la melódica voz de Smith era acompañada de dulces instrumentaciones, asegurándoles un espacio como rostros del dream pop y el shoegaze. Este sonido se profundizo en “Is The Is Are” (2016), sin embargo, su contenido se aleja de la luminosidad de su predecesor y ofrece relatos más personales. Es en “Deceiver” donde el grupo toma las guitarras y abandona las dulces melodías para su trabajo más oscuro e introspectivo, escribiendo sus propias narrativas.

Resulta irónico que sea “Deceiver” el disco que por primera vez se asemeja a las influencias grunge que la banda ha presentado de forma estilística. Poco antes de su lanzamiento, Zachary Cole aseguró ya no ver a Cobain como un modelo a seguir y decidió separar al hombre de su trabajo. El primer sencillo, “Skin Game”, continúa con el tema de las adicciones de su predecesor, pero con fuertes guitarras que contrarrestan la dulce voz de Smith. A diferencia del disco anterior, el sencillo no lidia con la recuperación, sino que con la aceptación de una enfermedad y el cómo vivir con ella. La canción es un perfecto adelanto del disco, manteniendo un sonido dream pop, pero abandonando los meros guiños al rock; esta vez las guitarras son protagonistas.

El primer corte del disco, “Horsehead”, es una antítesis a las introducciones de las placas anteriores de DIIV, con una oscura instrumentación a cargo de poderosas guitarras que adelantan la gama sonora del disco. La voz de Smith no pierde su dulzura, pero su tuno sugiere una honestidad y fragilidad más presente que en trabajos anteriores. Canciones como “Like Before You Were Born” y “Between Tides” muestran que la banda no ha desestimado sus composiciones características, sólo ha expandido su gama sonora para maximizar toda la experiencia. “Blankenship”, por ejemplo, es un clásico de DIIV desde su inicio, con una suave melodía que fluye a través del liderazgo vocal de Smith, pero este espacio común es rápidamente corrompido por la inclusión de guitarras que recuerdan la intencionalidad del disco y expresan la diversidad de la banda.

Si bien su duración es menor que la de su antecesor, “Deceiver” suena mucho más grande. Las vocales y líricas son mucho más claras y la instrumentación nos acerca a un maximalismo no visto antes en su discografía. Y es que en este esfuerzo no hay espacios para sutilezas; después del lanzamiento de “Is The Is Are” el cantante se refirió a sus composiciones como unas “mentiras”, lamentando la forma en que representó las adicciones, enfocándose sólo en la recuperación y no en la vida con estas. Por esto, todos los elementos del disco se maximizan, como una contraparte más oscura y profunda que la anterior. “Taker” se presenta como una pieza central, tomando las responsabilidades de las mentiras cometidas y aceptando las consecuencias de un viaje lejos de terminar. Las guitarras son mucho más pesadas en este punto, adelantando la forma en que esta oscuridad se profundizará en la segunda mitad.

Es la segunda parte del disco la que presenta su mayor vulnerabilidad y sinceridad, donde el problema ha sido aceptado y comienza la búsqueda por la redención. “For The Guilty” presenta los efectos que las adicciones han causado en su círculo y en sí mismo, con un instrumental que prueba que el álbum triunfa en sus momentos sonoros más oscuros, sin opacar el desempeño vocal, sino que resaltándolo. “The Spark”, tal como lo índica su título, presenta un inusual momento de luz en el disco, con una brillante melodía que acompaña la catarsis de su narración. Sin embargo, culmina con “Acheron”, quizás uno de los momentos más oscuros de “Deceiver”, con sombrías guitarras y líricas: “Odio al Dios en el que no creo. El paraíso es sólo una parte del infierno”. La pieza es lo más cercano a rock noventero que alude su imagen, y sus siete minutos de duración dejan en un punto alto el cierre del disco.

La escena de rock en la que DIIV ha participado durante esta década ha sido asociada a las adicciones por casi tanto tiempo como existe. Asimismo, la figura de Zachary Cole Smith, quien había gozado de las comparaciones con quien veía como un modelo a seguir, pero su distanciamiento de estas figuras no viene desde un lugar juzgador, sino de reconocerse y querer narrar su propia historia. El protagonismo de las guitarras no es coincidencia, es parte del viaje a emprender y un reconocimiento a las influencias que esas bandas que lo formaron estilísticamente tuvieron a la hora de hablar sin tapujos de las adicciones. “Deceiver” puede no ser el sonido más característico de DIIV, pero es el más sincero y pertinente para reflejar el presente de la banda.


Artista: DIIV

Disco: Deceiver

Duración: 42:28

Año: 2019

Sello: Captured Tracks


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