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Deep Purple – “Infinite”

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Cuando una banda ha atravesado con éxito gran parte del siglo pasado y parte importante de estos primeros años del siglo XXI, aunque con algunas pausas y muchos cambios de alineación lógicamente, estamos en presencia de unos insignes clásicos de la música. Reputados como pocos, electrificados hasta los huesos y fundadores de un sonido denso y pesado, Deep Purple no requiere de demasiados apelativos ni envalentonadas apologías para reconocer su trayectoria. Así, cuando en noviembre pasado anunciaron un nuevo proyecto de estudio con el productor Bob Ezrin, las expectativas por conocer el resultado final crecieron exponencialmente. Las inquietudes del público se vieron en parte aplacadas cuando publicaron su primer single, “Time For Bedlam”, una canción misteriosa y portadora de una esencia rockera que recuerda las viejas glorias de los años setenta.

“Infinite” es un disco con el sello y la calidad propia de Deep Purple, con composiciones debidamente diseñadas y ejecutadas. En tan sólo 10 tracks presenciamos la perseverancia de una banda que alterna, como pocas, elementos propios de la instrumentalidad, aunque sin descuidar ni prescindir de la calidad en las letras y la expresividad sonora. De cierta forma, el disco expone la confianza de sus integrantes al tener la certeza de que sonarán tal cual ellos son.

La placa es inaugurada por el ya mencionado single “Time For Bedlam, una canción elegida con prolijidad, puesto que deslumbra por su agilidad rítmica y energía descollante. La guitarra se desliza nítida pero pesada, todo envuelto en un poderoso juego de percusión y de voces que aparecen y desaparecen sin cesar. Estamos en presencia de una composición que bien podría haber sido insertada décadas antes en el icónico “Made In Japan”. Le sigue “Hip Boots”, una canción instrumental correctamente ejecutada y dibujada en su arquitectura. La guitarra de Steve Morse delinea más de tres minutos de experimentación y rudeza. Con “All I Got Is You” nos acercamos a un clímax sonoro al elevarse una canción con pretensiones de grandeza y trascendencia. La alquimia de Deep Purple aún no caduca y esta composición demuestra que los años no pasan en vano. Por su parte, “One Night In Vegas” encuentra su espacio con luces propias, descollando por una voz entumecida pero elegante de Ian Gillam, todo en medio de una canción que incita al descontrol.

Con “Get Me Outta Here” el disco asciende a una demostración de rock enraizado en la dureza de la banda británica. Probablemente una canción que será coreada en las presentaciones en vivo de la banda. “Johnny’s Band” se introduce como una composición con tradición británica, densa y pesada a ratos, pero con pequeños guiños a sonidos melódicos y elegantes. “Birds Of Prey” tiene elementos de los mejores momentos de Deep Purple en el disco “Machine Head” (1972), que bien sirve de preámbulo para un final con estilo y añoranzas. Así, finalmente aparece el cover “Roadhouse Blues” de The Doors en la virtuosa pero personalizada interpretación de los británicos. Un cierre de disco lleno de solemnidad con una canción del recuerdo, que entrega la posibilidad de disfrutar y recordar.

Ambicioso en su estructura, aunque bien ejecutado en lo instrumental, “Infinite” es un disco manejado de comienzo a fin por la densidad sonora propia de Deep Purple. La banda británica, como durante gran parte de su trayectoria, manipula ese sonido tan característico que los identifica, pero lo transforman a través de ejecuciones que sólo músicos de su envergadura pueden realizar. Seguramente un par de hits saldrán de esta encubierta despedida de la banda, no obstante, habrá que esperar para verificar qué le deparará el futuro a quienes forjaron y le dieron un sonido tan elevado al rock, principalmente durante los años setenta. Ciertamente hay en este trabajo mucho de añoranzas y recuerdos, pese a ello, no se puede anclar toda la vida futura allí, y aquí está Deep Purple para corroborarlo.

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Arctic Monkeys – “Tranquility Base Hotel & Casino”

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Tranquility Base Hotel & Casino

Un hype autogenerado en prensa y fanáticos por igual mantuvo las miradas del mundo en “Tranquility Base Hotel & Casino”, el sexto álbum de Arctic Monkeys, esperado ansiosamente por quienes anhelaban saber el siguiente paso que el cuarteto de Sheffield iba a tomar. Ante esto, el conjunto dio vida a uno de los trabajos más extraños y desorientados de su discografía, incluso más que su antecesor “AM” (2013), polémico punto de inflexión en el camino de Alex Turner y los suyos. Sí, Turner y los suyos, porque este nuevo LP no hace más que reflejar un deseo casi intrínseco del frontman por tomar el control de todos los aspectos creativos de la banda, asumiendo poco a poco más protagonismo sobre sus compañeros, al punto de llegar a un disco en que los otros tres talentosísimos miembros quedan relegados a ser la banda de compañía de su figura principal.

Desde el comienzo se aprecia un trabajo claramente influenciado por las decisiones artísticas de Turner, entregando un constante tempo de ambiente lounge, con la banda completa sirviendo de acompañamiento rítmico para el desolado Alex y sus reflexiones sobre la vida, como cual rockstar en el ocaso, sólo que con varios años y vivencias menos que de costumbre. Esa caricaturización del artista introspectivo y melancólico no ayuda mucho a la hora de sentar sobre la mesa lo que debía ser un regreso en gloria y majestad, pero que va perdiendo fuerzas por ripios que su misma naturaleza pretenciosa va dejando en el camino. Canciones como “Star Treatment” o “American Sports” dejan en evidencia el sentido principal de la obra, que se sostiene bajo una calidad sonora sólida y mucho más elaborada que en trabajos anteriores, pero que a la larga no posee un trasfondo más potente para su desarrollo general.

Continuando con lo que se siente como un loop eterno, el bajista Nick O’Malley igual logra lucirse junto a la batería de Matt Helders, pese a lo reducida de su participación en términos creativos, igual que lo ocurrido con el guitarrista Jamie Cook que, independiente de unos cuantos solos genéricos en algunas canciones, no es mayor el trabajo que realiza. Muchos de los defensores de este trabajo han criticado el hecho de que la gente pide que Arctic Monkeys vuelva a ser lo de antes, aludiendo a una ausencia del estilo que la banda profesaba en sus primeros años. Lo cierto es que eso está lejos de ser así, ya que lo que se pide no es un regreso en términos de sonido, sino que de calidad. No se trata de volver a los guitarrazos de antaño o a las potentes canciones de tiempos rebeldes, como “Favourite Worst Nightmare” (2007), en vez de eso, se siente la necesidad de que la banda encuentre su norte en términos de creatividad, dejando de lado una pomposidad forzada y repetitiva, que no le hace un gran favor a su verdadera calidad como músicos.

Un giro artístico siempre será un riesgo considerable, y Arctic Monkeys lo supo manejar de cierta forma con su anterior álbum, pero en el caso de “Tranquility Base Hotel & Casino” no existe un deseo de reforzar la línea sonora que proliferó en aquella placa, optando por adornar composiciones donde se huele a millas de distancia el trabajo casi solitario de Alex Turner. Ese sonido ya conocido en proyectos del músico –como The Last Shadow Puppets– que se toma cada segundo de este álbum, estableciéndolo más como un capricho personal del frontman en vez de un disco que tenga un sentido claro de su forma y fondo, así como del concepto que pretende englobar entre sus canciones. No hay que confundir todos los argumentos expuestos con que la calidad sonora del trabajo es precaria, ya que sin duda existe una ampliación en el espectro de la banda, solidificando así su interpretación. El principal problema es lo forzado con que Turner intenta vender una supuesta obra maestra, recurriendo a clichés que derivan en un producto insípido y falto de ideas.

Muchos coinciden en que este álbum representa un gran paso para la banda, algo que es completamente cierto. Ahora, el destino que ese paso le entregue al cuarteto será la gran interrogante, ya que podría poner en jaque los egos de una agrupación que se empieza a ver consumida por el protagonismo de su vocalista. El propio Jamie Cook afirmó haberle sugerido a Turner lanzar este trabajo como un álbum solista, pero finalmente accedieron a etiquetar la obra como el sexto LP de la banda. Todas las cosas tienen un significado diferente, dependiendo el punto de vista en que se mire, y claramente este disco habría tenido una recepción abismalmente diferente si no se presentaba como el nuevo trabajo de una de las bandas más importantes de los últimos años.

El amor al recuerdo siempre estará latente, pero sólo el tiempo dirá cuál es el destino de Arctic Monkeys. Por ahora, existen dos caminos claros: abrazar esta etapa como la nueva obsesión del principal titiritero del conjunto, o reflexionar sobre una banda que podría dar mucho más, pero que prefiere dejarse llevar por ideas que se imponen en pos de un beneficio no igualitario para todos sus integrantes. En manos de todos queda la elección sobre el camino que se tomará.


Artista: Arctic MonkeysTranquility Base Hotel & Casino

Disco: Tranquility Base Hotel & Casino

Duración: 40:51

Año: 2018

Sello: Domino


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