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Corrosion Of Conformity – “No Cross No Crown”

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A veces se nos olvida que Corrosion Of Conformity es una agrupación muy longeva. Su cambio de piel desde el crossover thrash de entregas como “Eye For An Eye” (1984) o “Animosity” (1985), hasta la vuelta de tuerca sabbathica que comenzó con el disco de transición “Blind” (1991) y explotó con el magnífico “Deliverance” (1994), nos habla de una banda que supo sobreponerse a las constantes mutaciones en su formación para encontrar su estado natural desde que Pepper Keenan se unió al combo que completa Mike Dean, Woody Weatherman y Reed Mullin, y asumió como vocalista y guitarra rítmica, dándole el giro que necesitaban en el momento justo para dejar una marca registrada a punta de puro groove.

Dicha fórmula sónica, que llevan trabajado por más de tres décadas, ha logrado sobrevivir gracias a la perseverancia de sus componentes. Tras la salida de Keenan en 2006 para volcarse de lleno a Down, Dean, Weatherman y Reed siguieron como trío, dando rienda suelta a sus valores más ligados al hardcore y editaron dos discos más para mantener flameando la bandera.  Tuvieron que pasar trece años para que la ilustre alineación se reuniera nuevamente en el estudio y diera vida a “No Cross No Crown”, un álbum que los encuentra en plena forma y que logra devolver la magia de sus obras más redondas, un verdadero regalo para los fanáticos que esperaban con ansias esta nueva producción desde que el vocalista y guitarrista anunciara su regreso.

La mirada retrospectiva a sus trabajos más insignes no sólo se ve reflejada en el sonido, sino que también en el formato, ya que con sus 58 minutos de duración y su estructura que consta de una introducción en “Novus Deus” y va sumando una serie de interludios como “No Cross”, “Matre’s Dream” y “Sacred Isolation” intercalados cada dos canciones, dotan al disco de una atmósfera críptica que funciona acertadamente, en especial porque es un guiño que apela a una audiencia cautiva. La banda no se pierde buscando nuevos horizontes, ni replica las formas del metal actual para encajar en moldes que no le son propios, sino que se ciñe al terreno conocido construyendo riffs mastodónticos que atacan de manera frontal, como “A Question To Believe (A Call To The Void)”, generando excelentes trabajos en las guitarras gemelas, como se percibe en “E.L.M” y “Forgive Me”, ambas con riffs galopantes que añaden gran fuerza a su desarrollo, y traduciendo sus influencias más clásicas en “Old Disaster” y “Forgive Me”, con una soltura y energía que no dejan títere con cabeza. De hecho, tanto es su amor por las reminiscencias setenteras, que hasta se dan el gusto de hacer una demoledora versión de “Son And Daughter” de Queen, un cover que les viene como anillo al dedo, puesto que encaja con la línea sólida, compacta y profunda que muestran en toda la placa.

Los momentos más oscuros recaen en la homónima “No Cross No Crown” y en “Nothing Left To Say”, deudoras absolutas de “Master Of Reality” (1971) de Black Sabbath, ya que ambas crean parajes sofocantes, tétricos y duros, en los que Pepper Keenan demuestra que su voz sigue sonando tan bien como hace veinte años, tanto en los tonos graves de la primera, como en los momentos más intensos de la segunda.  “The Luddite”,  “Cast The First Stone” y “Wolf Named Crow” –escogidos como singles para promocionar el larga duración– mantienen viva la leyenda de esta encarnación tan icónica, energía que el productor John Custer (eterno colaborador que a estas alturas es el quinto miembro del grupo) logra capturar bajo las perillas de una manera en que se siente viva y renovada, tanto así, que este disco fácilmente se podría catapultar como un perfecto intermedio entre “Deliverance” (1994) y “Wiseblood” (1996) gracias a esa mezcla de sludge, stoner y rock sureño que aún suena distintiva sin agotar la fórmula.

Sea cual sea su reencarnación, nadie podría cuestionar que Corrosion Of Conformity ostenta las credenciales de una banda tremendamente influyente para varios ídolos del rock. Muchos crecieron viendo cómo figuras de la talla de Jim Martin de Faith No More, Kim Thayil de Soundgarden o Rex Brown de Pantera llevaban en su pecho la icónica polera de la banda, siempre considerada de culto, pero que a estas alturas es una institución infranqueable con una sonoridad curtida. Su legado es su corona y, al mismo tiempo, una cruz que deben cargar en cada entrega, pero se mantienen estoicos, como la estructura de la vieja iglesia del 1500 transformada en centro cultural en Inglaterra, donde Pepper Kennan vio la inscripción “No Cross No Crown” (sin cruz, ni corona) y la adaptó como concepto central del disco. Tanto las cruces como las coronas pueden ser símbolos de opresión, de atarse al poder o un credo de forma ciega, y la banda sabe jugar con eso abrazando una determinada manera de comunicar que se ve dura, honesta, salvaje, distorsionada, a veces desatada, otras arrastrada, pero que a su vez la sienten propia y la desarrollan con libertad y sin miedo. La banda favorita de nuestras bandas favoritas está de vuelta y suena más fuerte que nunca.


Artista: Corrosion Of ConformityNo Cross No Crown

Disco: No Cross No Crown

Duración: 58:01

Año: 2018

Sello: Nuclear Blast


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Descendents – “9th & Walnut”

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9th & Walnut

La trayectoria de Descendents habita en una doble marginación: por un lado, están dedicados al hardcore y al punk, un par de estilos que en su momento fueron contraculturas incomprendidas, aunque hoy gocen de prestigio histórico y, por otro lado, dentro de su mismo círculo siempre fueron un bicho raro, nunca se vistieron como punks (muchas veces una condición discutiblemente excluyente en esta y otras corrientes del rock más radical), ni quisieron jugar con esas mismas reglas estilísticas, trasuntando el pop de guitarras de The Beach Boys con los bajos vibrantes del post punk. Así y todo, se apuntaron con el seminal “Milo Goes To College” en 1982 para luego comenzar con una espiral de cambios de formaciones, hiatos definidos e indefinidos, y mayormente el ir y venir de Milo Aukerman, su vocalista y origen de la icónica marca registrada de la banda. Casi cuarenta años después llegan con su octavo disco, “9th & Walnut”.

Citar a “Milo Goes To College” viene muy al caso para hablar de “9th & Walnut” porque fueron canciones creadas en esa locación del sur de California y, en ese entonces, específicamente entre 1978 y 1980, cuando en su formación contaban a Bill Stevenson en la batería, Frank Navetta en la guitarra, Tony Lombardo en el bajo y el recién llegado Auckerman. Lo que hoy se presenta como un nuevo álbum de estudio en este milenio pudo perfectamente haber sido la continuación de aquel debut, pero la vocación de biólogo molecular de Auckerman pudo más y lo alejó del cuarteto como varias veces más durante la historia de la banda. En 2002, antes de la lamentable muerte de Navetta en 2008, se reunieron a plasmar todas estas tomas que quedaron en el aire y el resultado, junto con regrabaciones hechas en plena pandemia durante 2020 de su primer single “It’s A Hectic World / Ride The Wild”, es este puñado de canciones frenéticas.

Resulta anecdótico que Epitaph haya sido la casa discográfica de este álbum y de su anterior trabajo, “Hypercaffium Spazzinate”, porque es una relación de ida y vuelta: sin Descendents, gran parte del catálogo de Epitaph y del punk pop en general no existiría, o habría tomado un rumbo desconocido; Green Day, The Offspring, Rise Against y otros hoy andan por una carretera de alta velocidad que pavimentaron los californianos. Al mismo tiempo, Descendents se sirve de la actualmente amplia red de difusión del sello para entregar a todo el que lo quiera oír un larga duración potente, aunque bastante más contenido y menos espacioso en términos de sonido que su predecesor, desde el inicio con “Sailor’s Choice” hasta el final con “Glad All Over”, cover de The Dave Clark Five, otro guiño al pop de guitarras de los sesenta. Canciones como “Tired Of Being Tired”, “I’m Shaky” o “Mohicans” parecen justamente estar ahí a manera de puerta giratoria entre el mersey beat y el hardcore.

Por supuesto, hay latigazos punk como títulos rozando lo cliché, tales como “You Make Me Sick” o “Yore Disgusting”, o canciones para mosh pits cuarentones como “Like The Way I Know”, e incluso le dan espacio a píldoras disonantes como “Grudge”, donde el bajo de Lombardo no sólo se encarga de dar el puntapié como a muchas de las canciones de “9th & Walnut”, sino también redirigir el punto focal de la canción y dejar que la guitarra de Navetta se sumerja en el caos, y que la batería de Stevenson se mantenga como un motor inacabable, mientras que la voz de Auckerman se luzca como una de las más constantes y reconocibles del panorama punk, una versión ochentera de Pete Shelley de Buzzcoks, pero mucho más enrabiada y tosca cantando al desamor juvenil y a sentirse un desencajado social.

Este álbum probablemente no está pensado para ser el mejor de la banda, pero no defrauda. Sabido es que hay artistas, y muchas veces variantes del rock completas, que son una suerte de copiar/pegar de ellos mismos o de otros compañeros de rubro y que, a la larga, en su conjunto formar un bloque macizo y difícil de picar, y el punk no es la excepción. La gracia de “9th & Walnut” radica en recordarnos, aquí y ahora con ideas de aquel entonces y con la destreza de los años, por qué gozan de la reputación de ser una de las grandes bandas en la historia de este estilo, elaborando un ejercicio de nostalgia que no suena a punk trastabillante ni a una muralla mecanizada carente de mayores objetivos que pegar un guitarrazo en la cara, sino que a algo en medio, algo propio y reconocible, y pocos pueden decir eso.


9th & WalnutArtista: Descendents

Disco: 9th  & Walnut

Duración: 25:14

Año: 2021

Sello: Epitaph


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