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Coldplay – Ghost Stories

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Cuando el año 2000 daba sus primeros pasos, unos noveles Coldplay daban un batatazo en el mainstream inglés y, por consecuencia, a nivel mundial con “Parachutes”, una colección redonda de canciones abrasivas circundada por melodías preciosamente cuidadas, rozando el romanticismo cliché y el positivismo endógeno y naïve. Sonoramente, fueron puestos a la sombra de bandas que ya estaban explorando esta introspección como Radiohead o Muse, pero como los primeros se pusieron a juguetear con máquinas y los segundos se dedicaron a hacer rock de estadio, la pista les quedó libre para hacer y deshacer a gusto con este nicho huérfano de emocionalidad y delicadez; cosecharon éxito tras éxito con “A Rush Of Blood To The Head” (2002), y en “X&Y” (2005) simplemente se comieron el mundo, aunque algo ya estaba cambiando, sonoridades electrónicas fueron tomando parte importante. Luego, vino la producción de Brian Eno y los hizo divagar por ambientes electrónicos grandilocuentes pero anodinos en “Viva La Vida Or Death And All His Friends” (2008) y “Mylo Xyloto” (2011).

COLDPLAY 01Luego de un hiato supuestamente indefinido, este año anunciaron sorpresivamente la vuelta a las pistas con “Ghost Stories” y, para ser honestos, la historia no cambia radicalmente, al menos en lo electrónico de todo el asunto. “Always In My Head” y “Magic” así lo delatan con sus cajas de ritmos y sus ambientes melancólicos, pero hay algo que no está en este disco y que no necesariamente se puede decir que se extraña: la grandilocuencia ni ansias de hacer rock para cien mil personas, la vibra es mucho más íntima, y ya en las primeras líneas de “Always In My Head” dan cuenta que esto es obra de una ruptura amorosa, el mediático quiebre entre su frontman Chris Martin y la actriz Gwyneth Paltrow campea por todos lados, sin embargo, no se percibe como algo crudo y visceral como “Sea Change” de Beck o “13” de Blur, sino que como algo mucho más trabajado y maquillado, algo como llorar rodeado de luces estroboscópicas con la última canción en la discoteca, esa que recordaba a la polola, en actitud doliente pero siempre digna. Los primeros atisbos de algo orgánico aparecen en la guitarra acústica de “Ink”, mas se diluyen levemente en “True Love”. Hasta ahora, el álbum cumple con su cometido al menos en retratar el momento de Martin durante el invierno boreal de este año: el disco va a la deriva, tal y como el “pequeño Bono” debió haber estado emocionalmente en su momento.

Donde se retoma el rumbo es en “Midnight”, alejada de todo lo anteriormente expuesto y cercana al tratamiento vocal de Bon Iver, resulta un punto interesante y un quiebre incluso para toda la discografía. Cuando se logran superar las dudas si acaso esto es un disco de Coldplay o un álbum solista de Martin, “Another’s Arms” y su piano se vuelve disfrutable, la melodía es recordable y la voz celestial de fondo se graba de inmediato, aunque el mid-tempo ya empieza a agotar.

COLDPLAY 02“Oceans” y su guitarra matizada con leves toques de sintetizador recuerdan los buenos tiempos, aunque el cambio brusco hacia el casi EDM de “A Sky Full Of Stars” confunde y desorienta, al mismo tiempo que es una cachetada contra la modorra. Aquí, Martin se muestra alegre y positivo, cual si fuera esa etapa del quiebre donde se miente a si mismo (a veces con buenos resultados) y se dice “todo bien, a bailar, qué importa”, para volver a caer en depresión con “O” y su pianito emotivo. “All Your Friends” retoma la idea inicial de este trabajo desde las cajas de ritmos y los tiempos reposados; si esto es en efecto una historia, el morbo aparece para preguntarse “Y, bueno, ¿cómo va a terminar todo esto?”. Entonces el grand finale de esta teleserie aparece y es el track que le da nombre al disco, positivo y animoso; el bueno de Chris estará bien y se nota.

Y es que finalmente el manejo comunicacional del mencionado quiebre amoroso convirtió “Ghost Stories” en un guión para una novela que aún se está construyendo. Musicalmente está lejos de ser el mejor disco, pero cumple; es sincero, pero muestra una verdad meticulosamente elaborada, lo cual no es necesariamente malo, siendo positivos, endógenamente positivos como Chris Martin mismo.

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El Álbum Esencial: “The Dark Side Of The Moon” de Pink Floyd

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The Dark Side Of The Moon

No hay que ser seguidor de Pink Floyd para reconocer que “The Dark Side Of The Moon” marca uno de los momentos más altos en la historia del rock, metiéndose de lleno en ese selecto puñado de álbumes que todos deberían escuchar por lo menos una vez en la vida. Es tan así, que, si bien podemos estar todos de acuerdo en que los rankings no definen la grandiosidad de un álbum, no es menos cierto que funcionan como indicadores duros a la hora de evaluar un fenómeno musical. En esta línea, es imposible pasar por alto que al hablar de “The Dark Side Of The Moon” lo estamos haciendo de un disco con más de 45 millones de copias vendidas en todo el mundo, que además tiene la particularidad de haberse instalado majaderamente en el top 200 de Billboard desde su lanzamiento en 1973 hasta 1988, para luego (como si no hubiera sido suficiente) volver a meterse el año 2009. Si esto no es un indicador de vigencia y transversalidad, entonces nada lo es.

Sin embargo, los méritos que hacen de “The Dark Side Of The Moon” un álbum único, exceden largamente sus cualidades estadísticas. En lo concerniente a la banda, el disco marcaría sin duda una suerte de renacimiento. Después de debutar en 1967 con un fantástico larga duración bajo el liderazgo de Syd Barret, la inesperada salida del crazy diamond del cuarteto pondría en jaque el futuro de este, obligando al conjunto a entrar en un largo período de reinvención musical que no fue fácil. La experimentación sonora con marcados tintes de psicodelia y folk se tomaron la identidad de los londinenses y, si bien con el tiempo discos como “A Saucerful Of Secrets” (1968), “Ummagumma” (1969) y “Meddle” (1971) probarían ser imperecederos, lo cierto es que a principios de los setenta el conjunto comenzaba a hacerse difícil de seguir.

Por fortuna, una de las características de la banda siempre fue la capacidad de ir constantemente revaluando su propuesta. En esta línea, “The Dark Side Of The Moon” en ningún caso fue un accidente. La idea de aventurarse en un álbum de identidad lírica compacta, donde esto fuera incluso más relevante que la oferta sonora, hace rato se había apoderado de la mente de Waters, al punto que una de las cosas que demoró la salida del álbum tuvo que ver justamente con que Pink Floyd sintiera que el concepto se había logrado. Y dicho concepto era importante, sin duda la banda de sonido tenía que estar a la altura. Asentados durante ocho meses en los estudios Abbey Road y con Alan Parsons como ingeniero en sonido, echaron mano al uso de loops, samples de conversaciones grabadas en el estudio, sintetizadores análogos y la técnica del multi track recording para dar vida al trabajo que definitivamente haría de la banda un fenómeno reconocido a nivel mundial.

Para iniciar el viaje, el diseñador Storm Thorgerson nos regala una portada inmortal. De interpretaciones múltiples, la carátula de “The Dark Side Of The Moon” es el primer signo de que los cuarenta minutos de música que vienen de la mano de esta portada no son cosa trivial. “Speak To Me” funciona como obertura e incluye varios guiños a fragmentos que aparecerán a lo largo del disco. Corre como una sola pieza con “Breathe”, simbolizando el inicio de la vida, que estaría marcado por la batería de Nick Mason (a modo de latido cardiaco). Por su parte, el etéreo y acogedor ambiente de “Breathe” dominado por la guitarra de David Gilmour, abre las líricas del álbum (dejando de lado el pequeño fragmento de conversación de “Speak To Me”) en una imagen que evocaría al padre hablándole a su hijo recién nacido para que respire y lo haga sin miedo, no olvidando disfrutar la vida.

“On The Run” llega a sacudir la calma del corte anterior, destacando desde el inicio por una secuencia de sintetizador repetida de forma reverberante a altísima velocidad, representando de forma sublime el agobiante estrés al que nos vemos enfrentados en la inmisericorde maquinaria del día a día. La canción crece de forma sostenida a lo largo de sus casi cuatro minutos, explotando para dar paso a “Time”, uno de los cortes más celebrados de esta placa. Reconocible desde el primer segundo gracias al coro de relojes que abre el tema y el característico rototom con que Mason acompaña la introducción, “Time” se desarrolla directa y contundente, guiada de manera impecable por la avasalladora guitarra de Gilmour. Tratándose del único track firmado por los cuatro integrantes del conjunto, tiene además el mérito de abordar con elegancia uno de los tópicos más inquietantes de la existencia humana, la mortalidad y el sentido de trascendencia.

Y si de mortalidad se trata, el cierre de la primera cara de la placa termina graduando al registro en estos menesteres. Haciendo gala de una capacidad de improvisación vocal francamente excepcional, Clare Torry hace de “The Great Gig In The Sky” uno de esos cortes imposibles de ignorar. Único e irrenunciable (originalmente titulado “The Mortality Sequence”), logra expresar sin inconvenientes el dolor y paz que acompañan el proceso de la muerte. Sin embargo, no hay descansos en este viaje, ya que rápidamente la segunda cara del larga duración nos golpea con otra canción inmortal. Es el turno de “Money”, tema que, compuesto por Waters con el objeto de abordar el flagelo del dinero y la avaricia, no sólo incluye una de las líneas de bajo más reconocibles de los setenta, sino que además se da el lujo de completar la base rítmica del track con un loop de cajas registradoras, monedas y papel roto, para luego cerrar distorsionado y catártico. Brillante, sin duda alguna.

“Us And Them” baja las revoluciones, dejando al saxofón de Dick Parry como guía y protagonista de este maravilloso corte acerca del sinsentido de la guerra, donde el eco en la voz de Gilmour funciona tan bien a la hora de dar identidad a este track, que debería tener una mención adicional en los créditos. A continuación, “Any Colour You Like” repite casi sin cambios la estructura armónica de “Breathe”, sin embargo, a diferencia del primero, evita por completo las voces, entregándose del todo a generar atmósferas, haciendo uso y abuso del teclado sintetizado. Ya para ir tomando la recta final, “Brain Damage” habla del lado oscuro de la luna por primera vez en todo el trabajo, apuntando directamente a la figura de Syd Barret. Se trata de un tema de evidentes tintes psicodélicos, amablemente acompañado por guitarras, sintetizador y arreglos vocales, a través del cual Waters intenta reivindicar el derecho a ser distintos.

Hacia el final, “Eclipse” nos confronta con lo banal de la existencia. El órgano Hammond y los acompañamientos vocales funcionan de manera perfecta para enrostrarnos que nada de lo que hacemos o somos es finalmente tan importante. Al cierre, sólo nos queda el latido (último signo de vida al terminar esta travesía) y la paradoja con que la banda decide dejarnos, que dice “There is no dark side in the moon really / Matter of fact it’s all dark”. Sobrecogedor y liberador en igual medida.

“The Dark Side Of The Moon” se instalaría finalmente como un fantástico viaje a través de las problemáticas más universales que enfrenta un individuo a lo largo de su vida, logrando transcurrir de forma seductora y fluida desde la primera señal de vida de “Speak To Me” hasta el último latido que cierra el álbum. De hecho, la principal virtud de este trabajo terminaría siendo precisamente la excelente manera en que logra fluir a lo largo de sus cuarenta minutos. Se trata de un disco que, abordando temáticas tremendamente complejas, logra hacerlo de forma muchísimo más amigable, directa y efectiva que lo que venía haciendo la banda en sus trabajos anteriores. Este es el momento en que el conjunto terminaría de explotar, adquiriendo esa capacidad única de crecer en simpleza, sin sacrificar en nada la profundidad de su propuesta. El tiempo (y los siguientes discos) confirmaría que el giro había sido el correcto. Hoy, tal como hace décadas, la vida sigue siendo un camino difícil de recorrer, pero por fortuna siempre tendremos esta inmortal banda sonora para recordarnos que no hacemos el recorrido solos.


Artista: Pink Floyd

Disco: The Dark Side Of The Moon

Duración: 42:59 minutos

Año: 1973

Sello: Harvest Records / Capitol Records


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