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Chaos Divine – Colliding Skies

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El proceso que debe vivir una banda para encontrar su sonido característico y diferenciador, generalmente dura años y es una parte oscura para sus oyentes, pues se da en el contexto de su génesis. De ahí que, salvo algunos casos, cuando una agrupación ha lanzado su disco debut, ya ha trazado las líneas generales de su sonido, el cual, con el paso de los años, experimentará cambios más o menos bruscos en la medida que los músicos vayan buscando respuesta a sus intrigas creativas. No obstante, en el caso de los australianos Chaos Divine, la búsqueda de su contraste musical particular se ha extendido a su tercer disco, “Colliding Skies”, pues en él se puede apreciar que aún sus integrantes no están definidos en cuanto al espacio que quieren ocupar en el metal, aspecto que no es negativo en lo absoluto, pero que sí provoca que se cometan ripios debido a la cantidad de elementos que buscan concatenar en cada canción. Lo anterior es lamentable, puesto que se puede advertir fácilmente desde el inicio, con “Landmines”, que la banda tiene talento de sobra.

CHAOS DIVINE 01En efecto, si bien el álbum puede ser catalogado como progresivo, tal etiquetación se debe a que las composiciones se van desdibujando desde un metal agresivo hasta intentos por hacer un rock de tintes gloriosos, que muchas veces no ensambla bien en la estructura general de los temas. Ejemplo de lo anterior es “Painted With Grey”, cuyo coro altera el natural trance que tiene la canción; y lo mismo ocurre con “Before The Dawn”, en donde la voz de David Anderton es la encargada de apagar la intensidad inducida por las cuerdas de Simon Mitchell y Ryan Felton, y la base rítmica del Ben Mazzarol. Esto conlleva a que la constante en este trabajo sea la redundancia, es decir, si se escuchan de una pasada los 56 minutos de duración del disco, es difícil diferenciar completamente un tema de otro, yerro que por lo demás es atribuible a la producción del opus, mezquina con los matices y texturas interesantes que incorpora la banda, y demasiado preocupada de buscar una perfección en la voz.

En tal sentido, ocurre una especie de carambola con las intervenciones del vocalista. A lo largo de todo el disco se puede apreciar que tiene un registro notable, siendo capaz de llegar a notas muy altas con una evocación profunda, lo cual aporta épica al relato musical que propone Chaos Divine. No obstante, su exagerada utilización en la mayoría de los temas hace que tal registro no sea memorable, eliminando además la individualidad que intentan aportar los compases del bajo y guitarra, con la estructura perfecta que incorpora la batería. Apoyando esto, se pueden mencionar temas como “Badge Of Honour” y “Mara”, que justamente son excelentes creaciones que no logran entusiasmar como tales por el uso excesivo del recurso vocal de ínfulas fatuas.

CHAOS DIVINE 02Pero por otra parte, lo anteriormente señalado no alcanza para catalogar al álbum como deficiente. “Colliding Skies” contiene canciones que realmente están bien logradas, precisamente porque en ellas la banda dio en el clavo en cuanto a cómo hacer uso de su aptitud. Verbigracia, “Tides” debe ser sin duda alguna una de las grandes composiciones en lo que va de este año: todos sus elementos debidamente acompasados en pos de la grandilocuencia que busca el tema, resultando algo que puede ser clasificado como un Journey más denso y pesado. Asimismo, son destacables “Soldiers” y “The Shepherd”, en donde la banda se escucha natural, sin fricción en la voz, con métricas simples en la batería y guitarras, que quizás por descuido del productor por fin no resultan “ahogadas”.

En resumen, “Colliding Skies” es un disco más ambicioso que su predecesor, “The Human Connection” (2011), en cuanto a la búsqueda de nuevas expresiones artísticas que nutran la música de los australianos, lo que resulta acertado por extensión parajes. Sin embargo, una producción demasiado sancionadora del talento de la banda, junto con una excesiva añadidura de partes a temas que podrían haber sido célebres, provocan una sensación de vaguedad respecto a qué es lo que se está escuchando. En cualquier caso, queda claro que Chaos Divine es un grupo que tiene todas las condiciones para explotar como uno de los grandes del metal progresivo contemporáneo, sólo que en esta oportunidad cometieron algunos errores no forzados que empañaron un cuadro que se veía casi perfecto.

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Triggerfinger – “Colossus”

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Colossus

Están por cumplir 20 años de carrera. Dos décadas que parecen mucho y poco al mismo tiempo. Triggerfinger es una banda que, con cinco discos a cuestas, nada tiene que demostrar y que, sin embargo, no ha logrado encontrar el punto de despegue para llegar a la cima y codearse con los más grandes de la escena (no siendo teloneros, claro está). Pero ¿qué los hace tan especiales? No son genios incomprendidos ni nada por el estilo; de hecho, su sonido es muy fácil de digerir, sin que ello implique falta de originalidad o de agudeza creativa.

El stoner rock y el rockabilly son los componentes que perfilan la fórmula de este power trio oriundo de Bélgica, siendo un buen punto de referencia la semejanza estilística que comparte con Queens Of The Stone Age: ambas agrupaciones nacieron por la misma época, tienen una estética retro, y las dos son insolentemente seductoras y onderas. Esto último evidenciado por sus respectivos frontman, ya que, así como Josh Homme posee un carisma desbordante, Ruben Block no se queda corto, derrochando presencia escénica por montones.

El post punk se hace presente en “Colossus”, canción que da el nombre a este álbum. Parte enérgico y crudo, con la particularidad de que acá intervienen dos bajos, uno de ellos afinado lo más agudo posible buscando reemplazar a la guitarra, tarea que estos belgas cumplen satisfactoriamente. “Flesh Tight” es de esos temas que de lejos se nota que son singles: cuenta con una estructura rítmica y melódica que la hace en extremo pegadiza, adicionada a la incorporación de un teclado que, en contraste con la sugerente voz de Block, da como resultado una pieza que deja un halo siniestro escondido bajo una atmósfera retro. Muy rocanrolero.

“Candy Killer” emerge misteriosa y parsimoniosa, como aquella tranquilidad que antecede a la tormenta. Inicia con la ejecución del bajo de Paul Van Bruystegem, la que, a modo cortina sonora, mantiene la tensión y dramatismo hasta el final. Con “Upstairs Box” se manifiesta una mezcla de arreglos sesenteros de dos vertientes: por un lado se distinguen articulaciones psicodélicas procedentes de la guitarra de Block, y por otro, Mario Goossens prolonga el ritmo con una percusión al más estilo pop de antaño, elementos que se combinan armoniosamente.

“Afterglow” logra evocar pasajes crepusculares, es una pieza principalmente acústica, que destaca por su sedosidad melódica y su final, donde se desarrolla un desgarrador solo de guitarra. Después de este paréntesis auditivo, la potencia nuevamente adquiere ventaja. “Breathlessness” emerge con un aire brit, lo que, expresado a través de las seis cuerdas de Block, recuerda al inconfundible sonido de Oasis. “That’ll Be The Day” es otro de los temas que encuentran su mejor desarrollo en el coro, donde la cadencia sonora se transforma en un quiebre para una composición que tiene una estructura en base a sintetizadores y percusiones que emulan sonidos industriales. Mientras tanto, el bajo sigue siendo el que marca la pauta a través de intensos riffs. “Bring Me Back A Live Wild One” tiene buen pulso, posee algo de blues y de rock & roll, pero en una medida que le permite conservar su carácter moderno.

“Steady Me” parece sacado de una colección de lados B, o al menos no parece encajar con el esquema propuesto en este LP, jugando con el tempo, con los arreglos vocales y con distorsiones sonoras, una buena amalgama de sonidos que, lejos de asustar, se transforma en una buena forma de acercarse al término de esta lista de tracks. Acá estamos ante un desenlace por partida doble. Por un lado, “Wollensak Walk” se presenta en una pieza instrumental de blues que logra evocar parajes desérticos tipo western. Simple, pero muy efectivo; al menos ese es el final lógico. Sin embargo, 20 segundos después emerge el remate oficial disfrazado de pista oculta en una apología a la música campirana del sur de EE.UU, curiosa elección viniendo de una banda europea. Es tan hermosamente inesperado como “Das Schützenfest” de Faith No More.

Este último lanzamiento mantiene la esencia que Triggerfinger ha venido cultivando desde su debut en 2004 con su producción homónima, no obstante, aquellas experimentaciones que plasman casi al final de esta placa sugieren que existe un deseo que los empuja a salir de su zona de confort. Deseo que podría impulsar o sepultar su carrera. Sin embargo, estamos ante un disco fresco y versátil, cualidades que están lejos de ser tan solo muestra de su potencial. Han demostrado que saben cómo construir atmósferas, pues la gama de estilos presentes se logra cocinar bien en esta obra, donde lo stoner, lo ochentero, lo psicodélico y la sensualidad de la voz de Block se entrelazan, dando como resultado a este gigante, este coloso.


Artista: TriggerfingerColossus

Disco: Colossus

Duración: 36:23

Año: 2017

Sello: Mascot Records


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